Hace
algún tiempo, conversando con Oscar Palacios, Oscar el escritor, el Premio
Chiapas, litigando con él y otras entrañables personas —Florentino Pérez, Toño Durán y los dos Marcoantonios—, apretujados alrededor de una mesa, no
de las de setenta por setenta, aunque cercanas a ellas, me comprometí a esto: a
escribir lo que dictara esta memoria y lo que fuera encontrando sobre el ambiente,
el barullo, los aromas y sabores… Los rostros que se ven o se imaginan en las
cantinas santas, los bares, abrevaderos y conexos. Sí. En las cantinas; en
donde se cura la cruda, se olvida la soledad, nos inventamos amantes, se alivia
el mal de amores y se quebrantan las enfermedades del corazón.