lunes, 27 de abril de 2026

A TREINTA AÑOS DEL CHICHONAL

A mi madre doña Fausta Coutiño Coutiño.

Hace treinta años efectivamente, retumbó la tierra, se abrió de cuajo el volcán Chichonal. Blanqui y yo éramos novios, apenas unos chavales. Estudiábamos en la Facultad de Ciencias Sociales de San Cristóbal y entre ambos, recién éramos dueños de un Caribe anaranjado. Por la noche del día anterior —muy poca gente apenas si se enteraba— había estallado majestuoso, aunque mortal, el volcán del nor-noroeste de Chiapas, la montaña sagrada de los zoques de Chapultenango y Francisco León. Eran, según cuentan las crónicas, las 23:15 horas, la media noche del domingo 28 de marzo de 1982.

Al día siguiente, más o menos a las nueve de la mañana, salimos rumbo a Tuxtla Gutiérrez. Nuestros amigos Layi y Exmeling tenían enfermo a Damián, su primogénito de seis u ocho meses de edad. Los acompañábamos para ver al pediatra.

Por la entonces única carretera, apenas nos acercábamos a Nachig, cuando comenzamos a observar grumos muy pequeños de ceniza, polvo o algo parecido, sobre el parabrisas del coche. Para entonces la radio advertía —perfecto lo recuerdo, era la X-E-R-A, la famosa Radio Comunidad Indígena—, acerca de la terrible catástrofe que apenas comenzaba para la región Norte y cómo “probablemente las cenizas volcánicas afectarían en menor escala a los pueblos, ciudades, caminos, ríos y campos de las regiones Altos, Selva y Centro”. Avanzamos sobre la carretera, aunque cada vez era más densa la niebla gris, la niebla obscura que poco a poco invadía el ambiente, los pinabetales y bosques de robles y cipreses cercanos al camino.

© El imponente Volcán Chichonal. Chiapas.

No habíamos llegado a Navencháuc, cuando, tanto por la disminuida visibilidad, como por las advertencias de la radio, dimos marcha atrás.

Vimos de nuevo los techos y casas de San Felipe Ecatepec, aunque ya para entonces, al llegar al Puente Blanco, San Cristóbal lucía como entre obscuro y claro, como si fuesen las seis de la tarde o las siete de la noche. Las luminarias de las calles y plazas se habían prendido. Llevamos a Damián a algún médico de la ciudad y tan pronto como pudimos… corrimos a guarecernos. A la pequeña familia, incluida Blanqui —pues con ellos vivía—, los llevé a su casa. Ahí dejé el Caribe; mi posada no tenía estacionamiento. Caminando atravesé las calles de la Magisterial, pasé por el mercado, luego a la Cola del Diablo: la calle empedrada serpenteante que así llamábamos al callejón Doctor Navarro del barrio del Cerrillo, el mismo lugar en donde aún sigue en pie la pequeña casa verde que habité por temporadas diferentes. Con los motozintlas Hugo y Humberto, compañeros de la Facultad, o con Eduardito, mi hermano, quien apenas comenzaba la Secundaria.

La vida de la ciudad continuaba a medias. Aunque eran las doce del día, cada vez circulaban menos coches. Mientras, los patios, jardines y calles se cubrían de ceniza. Llegó la tarde y terminaba el lunes. Al día siguiente —la verdad como si nada— amaneció despejado: todo sereno, apenas algo de cenizas sobre los techos, y así, pasó sin novedad el martes, el miércoles e incluso el jueves y el viernes. Sin embargo, creo que por la tarde del sábado tres de abril, todos supimos por las noticias, que una nueva y más fuerte erupción volcánica había sucedido. Por la mañana del día siguiente amanecimos con los techos, calles y plazas inundadas de cenizas, y nuevamente ese día cuatro de abril —Domingo de Ramos para los católicos, principio de la Semana Santa— se anunciaba otro estallido. Ya no recuerdo si más o menos grave que los anteriores.

Por la televisión y la radio había muy poca información; escueta, contradictoria e insuficiente.

Daban más importancia a la misión de los geólogos y vulcanólogos de la UNAM, y a las patrullas militares de la SEDENA (que se habían internado a la zona devastada, tras la primera explosión), que a los datos sobre muertes, desapariciones, pérdidas y pronósticos. Nadie decía nada respecto de hacia dónde se movían las densas nubes de polvo y cenizas, levantadas tras las dos últimas erupciones. Ellas cubrían en ese momento, la parte media superior de Chiapas, todo Tabasco y algo de Veracruz. Apenas se oteaba que los municipios circundantes habían quedado sepultados con todo y personas, animales y cosas. Que el poder de las intensas erupciones había esparcido no sólo cenizas y polvo, sino grava y pequeñas rocas ardientes sobre Pichucalco, Juárez, Teapa, Tacotalpa y otros municipios tabasqueños.

Y entre las mentiras que difundía el gobierno de Juan Sabines —me refiero al mayor—, por la radio, destacaba la pérdida de contacto radial y la más que segura defunción de las “brigadas de estudio y salvamento”.

Para ser Semana Santa, nadie se movía. Los coletos sancristobalenses, los empleados y funcionarios foráneos, los estudiantes que veníamos de lejos y se me hace que hasta los turistas que por aquí paseaban, todos habían perdido la noción de sus vacaciones. Sin embargo, Blanqui y yo, con apenas 22 años, con aquellos cariños afiebrados y con aquel coche viejo —que para nosotros era nuevo e impecable—, hacíamos y rehacíamos con base en las noticias de la radio, nuestro plan de marcha; adivinábamos el mejor momento para escapar de San Cristóbal e irnos al Soconusco, a la Costa y al mar Pacífico, en donde su familia nos esperaba.

El lunes y el martes de Semana Santa arreció sobre San Cristóbal la lluvia de cenizas y también sobre Tuxtla, según supimos por las noticias. Por ellas sabíamos que familias y comunidades enteras de los municipios zoques del rumbo Norte, habían perecido calcinados, sepultados o por asfixia, pero, sobre todo, era un secreto a voces que los municipios enteros de Francisco León, Chapultenango, Ostuacán, Ixtacomitán e Ixhuatán habían desaparecido. Que la gente, caminando y a rastras escapaba de la zona del siniestro; que se dirigían hacia Pichucalco y se refugiaban en el vecino Tabasco.

Los patios y calles de San Cristóbal alcanzaron los seis u ocho centímetros de cenizas, los automercados —que aún se llamaban así— muy pronto se vaciaron ante las compras de pánico de todo el mundo, y por la radio se sugería, aunque seguramente ordenaban, que, salvo emergencias, no debían usarse los coches, para no complicar aún más el ambiente de polvo.

Aún conservo, para esos días, las dos únicas fotografías que logré tomar desde aquella casa, en las faldas del Cerrillo. Trepándome sobre el muro de adobes del patio, registré el paisaje de la ciudad desolada. Sentí miedo al observar sus techos grises, el cielo encapotado y las ramas de los árboles, agobiadas por el sobrepeso. Para el recuerdo de esos días llené con las cenizas del patio, un pomo grande, que anduve durante varios años de un lado a otro, hasta que en nuestro último traslado desapareció. Blanqui cree que tal vez se haya roto en la mudanza de la Quinta Sur al Aguaje, en donde ahora vivimos. Yo aún albergo la esperanza de que aparezca algún día.

Durante esas jornadas como ahora, recordé las cenizas leves que cayeron en mi antigua casa, cuando era niño, en Los Cuxtepeques. Era el año 1971, yo tenía once años, era septiembre, y clarito recuerdo cómo a medio día, las cenizas cubrían el toldo de un buzón bajito junto a mi casa. Al lado se encontraba la oficina de Correos. Me acuerdo de eso y de cómo volteábamos al cielo y el sol se veía anaranjado, rojizo, con una aureola obscura y extraña, como la de los santos. Ahora sé que eso ocurrió de veras, y que ello se debía a que el día anterior había explotado el volcán de Fuego, una de las montañas de Guatemala.

Rememoré durante esos días, las historias que la abuela nos contaba, las mismas que de niña le relataron: que ella aún no había nacido cuando a punto estuvo de desaparecer el mundo. Que a fines de octubre de 1902 todo el valle de Los Cuxtepeques se cubrió de una densa capa de cenizas. Doña Mariantonia no sabía precisar el grosor, pero me imagino que de unos diez a veinte centímetros. Que fue necesario bajar con escobas y palos las cenizas de los techos —ante el temor de que el sobrepeso los rompiera—. Que mucho ganado murió al cubrirse el pasto y cegarse por las cenizas, y que el mote con que llamaban a sus hermanos y conocidos, los que habían nacido por esos años, era el de “los del año de la ceniza” o “los del tiempo de la ceniza”.

Hoy, mil historias se cuentan acerca de la erupción del volcán Chichonal. Para empezar, que la mayor parte de los zoques de la región llamaban a la montaña simplemente, El Cerro. Que “chichonal” no es más que el plural de “chichón”, la palma también conocida como chapay y chapaya: la Astrocaryum mexicanum de las arecáceas. Que el primer registro científico del volcán se debe al geólogo alemán Federico Müllerried y data apenas de 1933. Que desde varias semanas antes de las violentas explosiones, los vecinos observan el recalentamiento de las aguas termales y azufradas en los alrededores de la montaña y, en especial, ahora se escucha esta narración cada vez más difundida:

Que la Pyobakchuwe, la señora del Volcán, la señora de la Montaña, la señora Quemada, o la señora de Fuego, con alguna anticipación advierte a los pobladores —a través de ciertas personas—, respecto de su inminente “fiesta” o “jolgorio”.

Naturalmente, cuentan ahora que la Pyobakchuwe se refería a la apremiante voladura del volcán, aunque durante esos días, nadie hizo caso a sus palabras. 

Así que, sobre San Cristóbal, después de la erupción inicial del 28 de marzo y las siguientes del sábado posterior y el domingo de Ramos, llovió cenizas y polvo los días lunes y martes. Por eso decidimos, la tarde del miércoles, salir al día siguiente; a hurtadillas y de madrugada, para evitar el reclamo y las mentadas de los vecinos. Todas las calles lucían cerradas a los coches, obstaculizadas con sillas, bancos, piedras, llantas, maderos.

Salimos de todos modos, previa colocación de filtros adicionales al Caribe: una franela humedecida, amarrada a la boca del filtro del carburador, y tras habernos surtido de agua abundante y un cepillo, a fin de limpiar cuantas veces fuese necesario el parabrisas, tomamos el rumbo del Libramiento Sur —entonces de terracería—. Salimos a la carretera de Comitán y Motozintla, casi a vuelta de rueda, aunque… cuando eran las ocho o nueve de la mañana del jueves Santo, ya andábamos por Paso Hondo, en donde las tortillas y el chicharrón caliente, después de La Trinitaria y antes de Comalapa; sitio a donde por fortuna, la pesadilla de las erupciones y la ceniza habían terminado.

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