Hace un mes decidí por fin, escribir algo sobre la sucursal de la cantina Los Remedios en Tuxtla, asediado por los dos o tres lectores de estas crónicas tabernarias, de frontera. Me fui con Blanqui, para actualizar mis conocimientos sobre ella, llegamos y un acomodador, como siempre, se llevó nuestro Matiz. Uno de los viejos camareros salió para atendernos, aunque… tanto sobre el escaparate externo como junto al dintel de la entrada, no encontramos el nombre de la franquicia. Leímos el marbete con la cabeza de un venado en medio, atravesado:
Me refiero al bar Los Remedios, el que abría a la una de la tarde y cerraba a las dos de la mañana, todos los días, salvo domingos y lunes, situado frente a la unidad deportiva Caña Hueca. Mala, pero muy mala onda la de los empresarios Pedreros y Sierras, quienes probablemente ya no pudieron (o ya no quisieron) pagar la franquicia. ¿Qué por qué fue muy mala onda? Porque tras sus más de veinte años de operación, este bebedero se había integrado a los referentes gregarios, noctívagos y festivos de la generación ochentera y ulteriores. Parte del horizonte vespertino de la ciudad; de su identidad anímica, paisajística y cultural.
La franquicia, es cierto, nos transportaba, por si
hiciera falta, al sumum de la singularidad
cultural de la Mesa Central y el Bajío mexicanos, aunque en cierto modo,
también al estereotipo generalizado de la mal llevada y traída “identidad
mexicana”. Todo ello expresado en la decoración del inmueble; en la
distribución de los espacios, las imágenes, textos y objetos disímbolos varios.
Entre ellos, los refranes grabados sobre los muros, los sombreros, pomos
enormes, juguetes mexicanos y demás trebejos; la extensa reproducción de cartas
de la Lotería Mexicana, adosadas al techo y, sobre todo, el bolero de nuestros
zapatos, el vendedor de flores, el tipo de los toques eléctricos, y los
norteños y mariachis que se turnaban.© Los
Remedios de Insurgentes. Ciudad de México (2005).
Así que tonta y retonta ha sido la decisión de estos empresarios restauranteros insisto, pues el día que fuimos ―nueve de la noche, día viernes, fin de quincena― eso estaba ¡Muerto! Pordios que estuvimos a punto de cambiar de lugar, aunque el motivo justificaba el sacrificio, la voluntad de escribir este texto para ustedes.
Hoy es posible, sin embargo, continuar la tradición de Los Remedios, en las dos sucursales del Deefe (Insurgentes y Polanco), en las dos de Puebla, en las de Ciudad Juárez, Tijuana y Cuernavaca, y… como “de lo perdido lo que aparezca” ―tal como reza el refrán―, bien por la pírrica aunque excelente decisión de mantener la provisión de nuestras cervezas, las de la línea Cuauhtémoc Moctezuma. Bien incluso por las rimas y parodias que se leen en su carta: “Presa que duerme de día, estuvo en la cacería”, “No por mucho madrugar, abrimos más temprano”, “Tigre rugidor, poco mordedor”, “Cornudo nací y cornudo he de morir”, “Quien borracho se acuesta, con chela desayuna”, “Si del cielo te caen limones, pide un tequila”, “El que con tigres anda, a ligar se amaña” y “A llorar a un velorio y a divertirse a la cacería”.
Y como de cacería se trata, los muy inteligentes y avispados, en vez de obsequiar sus insignes trofeos y taxidermias a las salas de historia natural del ZOOMAT, han llenado (y esto sólo es un decir), muros y techo con piezas disecadas de faisanes, venados, jaguares, tigres, y piezas de caza canadienses y africanas. De donde deduzco, dada la similitud de las piezas que se encuentran suspendidas de techos y paredes del Restaurant Tono Gallos ―imitación anodina del original y auténtico en Comitán―, que el dueño de este lugar y de La Cacería, es la misma persona… adepta a expediciones punitivas, depredación y demás obscenidades.
Lo único que conservaron del antiguo look remediense, es el antiguo cartel publicitario del Comiteco Balún Canán, una de las marcas de la empresa Ron Bonampak de los años 50 y 60 del siglo pasado, propiedad del industrial, latifundista y encomendero don Moctezuma Pedrero Argüello, don Chuma Pedrero para mayor precisión.
Los meseros cuentan a trasmano, que ni a ellos les avisaron. Que de pronto a mediados de diciembre desmantelaron todo. Que cambiaron la decoración, ahora escasa, lánguida y triste, y efectivamente, hoy hay muy poca luz. El lugar está casi vacío y el servicio es lento. Ahora las bebidas ya no son al dos por uno, y despachan las cervezas casi al tiempo. Hay mayor tardanza que la habitual en el servicio de los platillos y… para acabar de joder: doña Blanqui de mi corazón opina que poner a la entrada de los retretes “machos” y “hembras”, es comprensible aunque políticamente incorrecto. Que la educación, el civismo, la ética y el lenguaje en el México contemporáneo, pretenden avanzar hacia la erradicación del machismo social omnipresente, y que tales tretas no hacen más que recular; marchar en sentido contrario.
Algo novedoso observo, sin embargo: las originales lámparas obscuras, fabricadas con las botellas de 250 mililitros, típicas de nuestras chelas Cuauhtémoc Moctezuma (Sol, XX, Laguer, Superior, Indio y demás), todas atadas con alambres y… la señora que evidentemente funge como capitana de los meseros. Toda vestida de paja o caqui, remedo de sarakof por tocado, toda una cazadora aunque sin fusil, largavista, botas especiales ni cantimplora. Si antes existió la figura del supervisor, pordios que era invisible. Hoy temo por camareros, cocineras, cantineros, afanadoras y demás, pues podrían quedarse sin trabajo, además de haberles cambiado sus uniformes, hoy adornados con publicidad del tequila Hornitos.
Finalmente, ojalá pronto, pero muy pronto, otra sociedad empresarial restablezca la franquicia, o bien, alguien se anime a abrir una auténtica cantina tuxtleca, de las que abren desde las doce, bien ensamblada: platillos típicos, cervezas de todas las marcas, caguamas y cerveza a granel. Pomos de todas las latitudes, rockola de discos de 45 revoluciones por minuto, marimba y trovadores. Fotografías de nuestra añoranza, tradición y cultura. Adivinanzas, acertijos y refranes propios de Chiapas.
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