sábado, 30 de mayo de 2026

TUXTLA Y SUS CANTINAS, DESDE EL 72

Lectores amigos, vuelvo a mis andanzas de cantina. A intentar ahora penetrar mis recuerdos de la antigua Tuxtla. La del año 1972, la de mis doce años, cuando la ciudad apenas iniciaba en la colonia El Retiro con su fuente sin gracia, la Fuente Huitepec: conjunto de tubos anaranjados que desde el agua ascendían al cielo. Cuando Tuxtla terminaba en el Hotel Bonampak y la famosa Penitenciaría del Estado, especie de fuerte almenado, todo de piedras. A ese año va mi memoria, de cuando mis padres me conducen al Colegio La Salle, tiempo en que conozco, aunque solo sea de paso, el nombre de sus abrevaderos; los que menudeaban al igual que ahora, por los diversos rumbos de la pequeña ciudad.

Me refiero al bar Mi Oficina, muy cerca del templo de San Jacinto sobre la Quinta Sur; Mi Despacho que hoy no recuerdo exactamente en dónde estaba; El Brochas de don Rubén Álvarez, según me han contado (uno de los primeros bares formales, incluso anterior al bar Las Américas, ubicado por el rumbo del Hospital Regional), y una cantina llamada El Talismán de la que recuerdo su anuncio pero nadie me da razón. El Choris Boris y El Galerón o El Galeón (aunque podrían ser dos, diferentes), por los rumbos de la colonia Magisterial, justo detrás del antiguo CECyT del ICACH; El Gallo de Oro que bien a bien no ubico, o El Cubetazo —cantina a más no poder— que se encontraba frente al Campo Revolución, hoy un pequeño estadio de futbol americano.

Y le pregunto, amigo, ¿Quién, adolescente por esos años, no recuerda el bebedero, aunque sobre todo el balneario y los bocadillos ricos del famoso… del famosísimo Jardín Corona, justo en donde se encuentra ahora el fraccionamiento Fovisste?.

Recuerdo los negocios muy céntricos, a medias restaurantes y a medias bares, entre ellos la marisquería Boca del Río, El Mayab y el restaurant Manolo; El Melón o El Tupinampa, también conocido como La Curva Peligrosa; El Cairo, El Palacio Chino, y hasta traigo a la memoria el nombre de algunos burdeles: Las Lluvias y El Foco Rojo sobre la extensión de la Calle Central hacia el Sur, a una cuadra de la actual Facultad de Medicina; el Night Club, el Club Valverde y otro del que se me escapa el nombre, junto a la hoy calzada de los Personajes Ilustres, y la gloriosa Villa Cariño, toda una finca de campo, según se veía desde la carretera, frente a la actual Escuela de Trabajo Social.

© Bebidas relajantes. Tuxtla Gutiérrez. 2014.

Escribo que los recuerdo de paso, pues no obstante la familiaridad con que veía los antros —nada nuevo desde pequeño, pues mi padre entre otras cosas la hizo de cantinero mayor en un bar a finales de los sesenta—, no fue sino hasta los diecisiete años que entré a estos beatíficos lugares, a degustar mis primeras y auténticas caguamas Carta Blanca (de la antigua Cervecería Cuahutémoc), aderezadas con sal, limón y cacahuates enchilados, acompañado por los compas de la herrería de don Gustavo Popomeyá, tiempos del bachillerato.

De ese tiempo y el anterior, recuerdo las cantinas tuxtlecas por sus anuncios luminosos, sus escaparates, las pintas sobre sus fachadas y dinteles, sus puertas abatibles, canceles y biombos, e incluso sus cortinas de tela y ristras o collares de corcholatas, conchas u otros objetos.

De El Brochas desaparecido, hasta la fecha se acuerdan amigos de generaciones anteriores. Dicen que fue el primer bar absolutamente diferente, de “estilo norteamericano, lugar sobrio, pulcro y discreto”, fundado en 1946, a raíz de la celebración de la primera carrera automovilística de estos rumbos, tras la terminación del tramo carretero Oaxaca-Tuxtla. La llamada “carrera intercontinental”, y cuentan que se hizo famoso el dicho de su dueño, don Rubén Álvarez alias El Brochas, quien a voz en cuello espetaba: aquí hay pa’todos —dicen que decía—, ni menos de tres ni más de ciento cincuenta.

Otro lugar que hoy creo ha desaparecido, fue La Pelona, la muy respetable cantina de doña Martha Toledo Álvarez, ubicada sobre la prolongación de la Cuarta Sur, hacia el Oriente, luego del panteón central, “sitio humilde pero decente” según las prédicas de su propia dueña. Fue fundada en 1952, de acuerdo con sus propias palabras, y la conocí a principios de los ochenta, siempre en la línea de las cervezas Cuauhtémoc Moctezuma: Bohemia, Superior, Dos Equis obscura, Sol y Laguer, y sus botanas ricas: chicharrón de cáscara, carnitas al chicharrón, costillas de puerco, carraca con trompa y oreja, trocitos de quesillo, camarón con jugo de limón y chile blanco, y sobre todo… su mal humor.

Era una buena y típica cantina, aunque doña Martha Pelona o la Pelona a secas, expulsaba a los bolos, a quienes se pasaban de tueste, aunque llevaran dinero. Si a la primera no le hacían caso, a la segunda se acompañaba de un garrote y de sus perros negros.

Por ese rumbo, aunque hacia la Avenida Central, creo aún se encuentra la Tía Mary, “la cantina de la Tía Mary” o “el restaurant-bar de la Tía Mary”, siempre clandestino según cuentan, desde los años sesenta, tiempos de la entonces joven y hoy anciana doña Mary. Para varios colegas, según he escuchado, ha sido imposible dar con ella. No se animan a tocar las puertas de la cuadra, todas parecidas. Pero bueno, es el bar sin ninguna traza de cantina, ubicado justo detrás del edificio de la SCT, sobre el boulevard de la Doceava Oriente Sur. Lugar curioso a no dudar, pues no debes anunciarte sino empujar la puerta, entrar directamente a una sala (con su altar y muebles usuales), penetrar un corredor, en donde hacia un lado está la cantina y hacia el otro la cocina —ambas absolutamente al desparpajo—, mientras que el servicio se ofrece al fondo, sobre un patio extendido, techado y bochornoso.

En el lugar sirven la línea de cervezas que nunca han domesticado mi paladar —las de la Cervecería Modelo: Corona, Pacífico, Victoria, Estrella, Modelo Especial y Negra Modelo—, y entonces el lugar no tendría mayor motivación y nada de atractivo, si no fuera por su relativa “clandestinidad”. Y dos atractivos que de ordinario busca el buen paladar y el mejor oído: las exquisitas lisas fritas y al mojo de ajo, e incluso de repente cochito horneado, y la marimba pequeña pero bien sonora, impecablemente ejecutada por dos marimbistas estrellas: el maestro Clemente Álvarez y don Ricardo Corzo Solís.

Ahora, muy cerca de ahí, aunque en lugar aún más prominente, se encuentra La Chancluda. Está sobre la calle que desde la Avenida Central conecta con la entrada grande del Panteón Municipal, por donde invariablemente conducen a los muertos.

Su nombre oficial es bar Los Laureles, aunque nadie lo conoce así, más ahora cuando desde hace tiempo tumbaron los vetustos laureles de la calzada. Su dueño es Hugo, aficionado al fútbol y fanático del Club América, por lo que el lugar se convierte, de tiempo en tiempo, en salón oficial de la fanaticada. Al compa Hugo le dicen La Chancluda, pues, aunque es un tipo aseado y respetuoso, antes no usaba zapatos sino siempre huaraches. Pero el lugar es famoso también por su ayudante, aunque más bien por el nombre del ayudante, Samuel Ruiz, homónimo de don Chame, el antiguo obispo de la diócesis sancristobalense, el obispo de los pueblos indios.

Lo bueno de este bar es que deja entrar a todo el mundo: cantantes, grupos norteños, limosneros, canguritos, boleros, vendedores y hasta prostitutas. Reza un anuncio, sin embargo: “Llamadas telefónicas $5.00” y otro: “Baños, sólo para nuestros clientes. Evítenos la pena de decirle NO”.

Aunque expende las cervezas que me provocan urticaria (Modelos, Coronas y Victorias), sus botanas de a veinte pesos valen la pena: oreja, trompa, carraca y costilla de cerdo, quesillo, corazón de res, quesadillas y “tripita bien frita y hasta dorada”. Lo malo es que no se puede conversar en paz. Los parroquianos, gente de medio pelo, empleados del gobierno y comerciantes, regularmente contratan a los músicos y entonces, con el gran bullicio, nadie escucha a nadie y todos debemos gritar.

Y por el rumbo del panteón hay tres súper básicas, de las llamadas “cantinitas”; tan elementales que ni a nombre llegan: la primera es la que siempre luce toda pintada de blanco, azul y amarillo —los colores de la Modelo—, sobre la Novena Oriente, entre Tercera y Cuarta Sur, especial para las caguamas y cervezas derechas, apenas con cacahuates, limón y sal; la segunda sobre la Octava Oriente entre Sexta y Séptima Sur, frente a una de las fachadas del camposanto; igual que la anterior pero cuyo dueño es el famoso Teco: el tipo enorme, moreno y colocho, el de la moto siempre a punto de despanzurrar, provista para mi fortuna, de las cervezas Cuahutémoc-Moctezuma. Y la tercera: el pequeño tugurio del famoso Capulín, el buen Humberto Pérez, más conocido como El Tamal. Me refiero a la cantina “clandestina” más pública y más céntrica de Tuxtla, la ubicada a mitad del callejón terroso de la Octava Oriente entre Quinta y Sexta Sur.

Otra cantina que recuerdo, desde mis correrías de finales de los setenta, ahora virando hacia el Poniente, aunque bastante céntrica, es el Bar de la Paty, sobre la Sexta Sur entre Primera y Segunda Poniente, justo entre la Veterinaria El Campo y la Ferretería El Perico; chingón lugar hasta ahora, por sus botanas, sus camareras, mis antiguas Sol y Superior, y desde hace tiempo Bohemias… aunque en especial recuerdo el lugarcito, por su largo y angosto pasillo, el patio techado al fondo y mis primeras tandas de entrenamiento. Después, a dos cuadras y a la vuelta, estaba y sigue estando en el mismo lugar, el bar Las Quince Letras, ubicado en la esquina de Tercera Poniente y Séptima Sur. Ya existía a finales de los setenta, cuando viví por el rumbo de San Francisco, siempre interesante por sus camareras jóvenes y aprendices, mandiles rojos —aunque nunca por sus cervezas Modelo—, siempre atestada de albañiles, peones y marchantes, como es típico de las zonas comerciales y ésta en particular, asociada al antiguo asilo y luego Mercado de los Ancianos.

En la calle siguiente, pero ahora entre Séptima y Octava Sur se encuentra Las Canoítas, cantina auténtica, aunque su anuncio pretende convencernos de otra cosa. Debajo del nombre, en letras rojas, se lee en tipos más pequeños “Restaurant Bar. Prohibida la entrada a uniformados y vendedores”. Valiosa en verdad por su nombre, pues recuerda a los tuxtlecos el antiguo barrio Las Canoítas que comienza acá, del mismo modo como el nombre de otra, perpetúa la antigua denominación del barrio ubicado detrás del parque Cinco de Mayo. Me refiero al Bar Cantarranas que creo aún existe por ahí, y al nombre que inmortaliza a los anfibios, sapos y ranas del antiguo aguachinadero y humedal, ubicado entre el parque Cinco de Mayo y el antiguo Rastro Municipal.

Pero siguiendo ahora el rumbo del Sur, pasemos revista a los bares que desde Las Canoítas y atravesando la Novena Sur, se encuentran hacia el Libramiento. Tenemos el Bar Diurno Chavo’s Vip, muy nuevo sin duda, aunque de buen ambiente, casi en la esquina de Onceava Sur y Quinta Poniente. Sirven las cervezas de la familia Superior, caguamas de a veintiún varos —lo que ya es ganancia—, dos que tres pomos y licores básicos, pero además su atractivo: ¡Meseras con minifaldas! Chavas que fichean como si esto fuese un cabaret, se prestan a la algazara, regentean las monedas para ponerle música a la rockola y ofrecen bocadillos diversos. Butifarras de buen sabor, por ejemplo y, algo en verdad lapidario se lee en el biombo de su puerta…

“Prohibida la entrada a uniformados, menores de edad, vendedores ambulantes, personas bajo el efecto de alguna droga o enervantes, y personas con arma blanca o de fuego”, pero además, con letras rojas sentencian: “De lo contrario se les consignará a las autoridades”.

Después, por la misma calle, aunque hasta la Quinceava Sur, justo en la esquina, ahí se encuentra un Bar Los Jarrones que ni fu ni fa, seguramente muy nuevo y para acabarla de joder ¡Comprometido con la línea Modelo! Anuncian que hay música en vivo los viernes, prohíben la entrada “bajo el efecto de drogas y enervantes”, e incluso algo que no logro comprender: que no aceptan a las “personas con sus facultades mentales”. Aunque dejan entrar a canguros y a floreros, e incluso afuera, sobre la acera, venden piratería barata, música, pornografía, y hasta un anuncio adicional pregona: “Se solicitan meseras y un vigilante”.

Tres cuadras adelante, casi esquina con la Dieciocho Sur, se ubica El Charco de las Ranas, bueno por sus botanas, sus precios y su servicio, pero sobre todo por ofrecer las chelas de la línea Superior. Aunque al otro lado, sobre la Sexta Poniente, se encuentra un abrevadero mejor: Los Mangos, antiguamente una simple cantina y ahora un restaurant bar adecentado, en donde como siempre… ¡Ricas sus lisas fritas!, patitas envinagradas, cheladas y micheladas. La verdad más restaurant que cantina, aunque todo bien y a buen precio, salvo por esa malvada costumbre de los aguajes tuxtlecos: la de expender una sola línea de cervezas y en ocasiones sólo dos o tres variedades, en detrimento de nuestro paladar y gusto.

Pero vamos cerrando este capítulo con el Restaurant bar Tío Panchito, el último de la Sexta sobre el Libramiento Sur, justo en el número 1981, muy cerca de los dos últimos. Despachan las Cuahutémoc Moctezuma, siempre acompañadas de platillos suculentos, aunque pequeños, pues su fuerte es el consumo adicional: carnes asadas, jugosas y atractivas. Tasajo, filete, ubre, chorizo y tripa. Y tira a risa su publicidad: “No somos los mejores del mundo, pero sí los del rumbo”.

 

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