lunes, 29 de junio de 2026

VOCES VENÉREAS y CHINGADERAS

Hace tiempo, en este mismo espacio, escribí un texto que intitulé De chingar y otras chingaderas. Lo reviso ahora y descubro que en él, además de ensayar el origen y significado del verbo chingar, construyo una relación de 75 palabras y expresiones asociadas. Todas, elementos constitutivos del habla particular de Chiapas. Y hoy toca volver a la cuestión, pues el vocablo chingar se encuentra en el centro de las “malcriadezas”, disonancias, majaderías y malas palabras de todo México y sus alrededores, incluido el estado de California y el sur de Estados Unidos, toda Centroamérica y algo la entrañable Cuba.

Toca también, revisitar al Octavio Paz ensayista, al del Laberinto de la soledad y su texto Los Hijos de la Malinche, donde reflexiona sobre el contenido socio-psicológico más profundo de la palabra; examina algunas de las esencias traumáticas del mexicano, contenidas en ella; su uso recurrente a la hora de formular las expresiones más atrabiliarias de su pensamiento; las esencias obscuras, sucias, clandestinas y recónditas de su significado… en la médula de este oasis, el de las malas palabras, voces disimuladas y expresiones venéreas de Chiapas, México y Centroamérica.

Majaderías y estupideces, “grupo de palabras ―escribe Paz― prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. [Palabras que] confusamente reflejan nuestra intimidad. Las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas”.

Hijos de la chingada ―escribe el polígrafo aludido―, son los gringos y extranjeros en general, “los malos mexicanos, nuestros enemigos, nuestros rivales”. La Chingada es la sufrida madre mexicana; el Gran Chingón quien la hace en los negocios de la política, las finanzas, las mujeres y el crimen; Chingaquedito es el silencioso y disimulado, quien urde patrañas y se jode a todos, y así desfilan en el texto de Paz, el Chingoncito, la expresión “se chingó”, el sustantivo “chingadera”, nuestro “vete a la chingada”, y algunas adicionales, dos o tres, que sirven para ilustrar su argumento:

Los mexicanos somos tan chingones que expresamos en todas las derivaciones del verbo, el trauma de nuestro encuentro inesperado con el mundo, nuestro sometimiento militar y religioso de principios del siglo XVI; nuestra inconformidad perenne ante los invasores de ayer, hoy y de siempre; nuestro estoicismo ante la desgracia y la mala suerte, pero sobre todo, la ira, el enojo y la rencilla que mantenemos contra nosotros mismos, y contra quienes una y otra vez chingan, rechingan hasta lo indecible, y no dejan de chingar.

© ¡Qué chingón!. 2009.

Así que he ahí la más conspicua de nuestras palabras proverbiales. Sumum de nuestras vergüenzas y desvergüenzas. Verbo estridente, palabra grasienta y atormentada. Voz mágica, vocablo vivificante, timbre agresivo. Expresión punzante y afilada, lava incandescente, flujo mordiente y abrasivo. ¡Hijos de sus chingada madre, ajúa! Expresiones chingonas o chingonsísimas que finalmente, el propio diccionario de la Real Academia, ha tenido que introducir, si bien a chingadazos y a pesar de chingaderas.

Incorpora las voces derivadas chinga, chingada, chingadazo, chingadera, chingado, chingaste, chingo, chingón, chingona y chinguero. Y en su última edición, el lexicón de marras otorga a Chingar, verbo motor y creativo por naturaleza, el significado de importunar y molestar, y una sola “acepción malsonante”: chingar, la acción de “practicar el sexo”. Cuando tal definición, particularmente en Chiapas, es absolutamente equivocada, pues… para expresar la idea asociada a copular o cohabitar ―al aire caluroso y húmedo de nuestras leperadas y malas palabras―, tenemos las siguientes expresiones: coger, fornicar, brincar, remojar, culear, trabar, atornillar, echar uno, echar palo, echar garrote, echar güevo, echar talega, echar pata, trabar la verga, y varias más.

De modo que con ella, con nuestra burda y sapiencial chingada… con ella presumimos la acción de quien defrauda a otro: Ya se lo chingaron. Indicamos ignorancia: Sepa la chingada. Amenazamos al prójimo: Te voy a chingar. Presumimos: Aquí yo soy el más chingón. Indicamos distancia cuando decimos que eso queda Hasta la chingada, e incluso en Casa de la chingada. Expresamos desprecio cuando a alguien decimos que Vale una pura chingada, celos, cuando ella pregunta a él ¿Con quién chingados estabas?, inconformidad: ¡Son chingaderas! y ¡Ya ni la chingan! e incluso hay instrucciones tajantes, temerarias, en las expresiones: ¡Vete a la chingada! y en ¡Vas y chingas a tu madre!

Finalmente, amigos todos, hay hostilidad ante el desconocido en la expresión: Y vos ¿Quién chingados sos? Frustración en ¡Ah qué bien chingas, cabrón!, e indicamos fracaso en Esto chingó su madre. Incertidumbre en ¿Y no nos irán a chingar?, certeza en ¡Ya nos chingaron!, advertencia en ¡Ya te llevó la chingada!, o en Sigue y te va a cargar la chingada. Expresamos agilidad con el enunciado Ir en chinga, trabajo y esfuerzo excesivo con Chingas de padre y señor mío, y decimos al abusivo o avorazado ¡Pero qué chingón! Indicamos incompetencia en No sé qué chingados hacer, y enojo en ¡Chinga tu madre!, o en esta de colección: ¡Tú y tus acólitos, vayan y chinguen a su reputa madre!

Lo bueno es que a pesar de todo, mostramos compasión en esta fórmula: ¡Pero qué chinga le arrimaron!, triunfalismo o algo parecido en ¡Ya chingamos!, o en ¡Ya me los chingué!, derrotismo en Ya nos chingaron, o en Ya nos cargó la chingada, y cierto humor en Vámonos a la chingada.

Finalmente, amigos, en ocasiones preguntamos: A ver, ¿quién del grupo es el más chingón? O, para no reconocer que hay alguien “chingón” en el grupo, utilizamos el eufemismo: A ver, aquí ¿quién es el más chinguetas? Para anunciar un chisme decimos: ¿Ya supiste a quién se acaban de chingar?, para expresar admiración: ¡Pero qué chingonería!, incredulidad: ¡Ah chingar! o ¡Ah chingaos! y aburrimiento: ¡Ah, que la chingada!, elocución con la que me despido, no me vayan a recontrarechingar.


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