viernes, 27 de febrero de 2026

DE CANTINAS Y CULTURA

Hace algún tiempo, conversando con Oscar Palacios, Oscar el escritor, el Premio Chiapas, litigando con él y otras entrañables personas Florentino Pérez, Toño Durán y los dos Marcoantonios, apretujados alrededor de una mesa, no de las de setenta por setenta, aunque cercanas a ellas, me comprometí a esto: a escribir lo que dictara esta memoria y lo que fuera encontrando sobre el ambiente, el barullo, los aromas y sabores… Los rostros que se ven o se imaginan en las cantinas santas, los bares, abrevaderos y conexos. Sí. En las cantinas; en donde se cura la cruda, se olvida la soledad, nos inventamos amantes, se alivia el mal de amores y se quebrantan las enfermedades del corazón.

Y es que… apresuramos ese día al buen Oscar, nada menos que a escribir una novela en donde sus picudos personajes fueran ubicados en los más extravagantes bares y pulcatas del sursureste del país. En la antigua Frontera Díaz hoy Suchiate, en donde lo característico son los traileros, los tratantes de jovencitas, las suripantas de minifaldas exiguas, el polvaredal y las cervezas guatemaltecas Gallo. O en Playas de Catazajá, en donde es fácil ya, conseguir las cervezas Montejo y Carta Blanca —ambas de manufactura yucateca—, acompañadas de salpicón de pejelagarto, trocitos agridulces de tortuga, y claro: la infaltable compañía de camareras de minifaldas y delantalcitos blancos.

O… ¿Por qué no situar a los personajes de esta novela, junto a la barra de La Oaxaqueña, el abrevadero de los viejos sancristobalenses? Para recordar con ellos los curaditos de durazno, de membrillo y ciruelas, los trocitos de chicharrón y los casquitos rebosantes del consomé de camarón seco; esas miniaturas clásicas de la botana de los coletos.

© En plena relajación. Cruz Coutiño, Antonio. 2010.
En fin, lo cierto es que como ahí decíamos, Chiapas —como todos los pueblos de México, Centroamérica y el resto del mundo— tiene sus cantinas, aunque también sus desplumaderos, resguardados de la maledicencia pública. Los tiene como lugares poco menos que sagrados, como fueron en su momento los baños públicos romanos y como son ahora esos centros de agasajo a los que están acostumbrados los japoneses ricos, con geishas, saunas y sensualidad a mares; o el caso de China y el mundo asiático, plagado de tugurios clandestinos con camas duras en donde se solazan los fumadores de opio.

En nuestros bares y cantinas entonces, se compendia la vida y explosionan mil catarsis. Se aplican las mejores psicoterapias de amigos, se recrean las costumbres, las tradiciones y eso que en general llamamos “cultura” y ¿Cómo no, si en algunos casos ocupan casas viejas, hermosas, portadoras de tradiciones constructivas, arquitectónicas?, ¿Cómo no, si la variedad de sus aderezos y platillos nos llevan a la perdurabilidad de nuestras costumbres culinarias?, ¿Cómo no, si en ellas se escuchan y cantan las letras de la bohemia, el viejo romancero mexicano, las canciones de Aceves Mejía y las del gran José Alfredo Jiménez?

De modo que en estos nuestros santuarios, se reproduce y oxigena día a día una parte importante de lo que somos, de lo que nos identifica como pueblo, sociedad y nación; nuestra cultura, nuestra identidad sociocultural.

Pues es bien cierto que en las tabernas y cantinas no sólo se recrea el placer de la buena conversación y el uso de nuestra mejor habla corriente. Hacemos negocios, arreglamos entuertos, elaboramos proyectos, concluimos pactos y compromisos. Enhebramos intrigas y componendas, conjuramos y subvertimos el orden, buscamos pleitos y… hasta sorrajamos a los más necios. Mentamos madres, nos la mentamos y luego complacidos, nos damos las paces.

Encontramos a viejos conocidos, restablecemos las amistades perdidas, mandamos a la chingada nuestras rencillas, maquinamos turbias intenciones, aclaramos nuestros “malos entendidos” y componemos el mundo. Maldecimos sin tapujos al gobierno y en especial a los políticos infames. Vemos la vida de color de rosa, conspiramos hasta en contra de nosotros mismos como dicen que dijo alguna vez el buen Fidel Yamazaki—, y hasta nos abrazamos para decirnos amigos.

¿Qué otras credenciales y atributos podrían ser superados por éstos, para no afirmar que nuestras cantinas son centros psicopedagógicos de primera, e incluso salas de promoción y reinvención de la cultura?

Digo, para no expresar en voz alta que, en algunos casos, podrían superar a las mismísimas municipales Casas de Cultura. Y ya, no decimos más, pues hasta eufórico me estoy sintiendo. Ya habrá tiempo para ir de cantina en cantina; para contagiarles el rico sabor de las patitas envinagradas, las tostaditas turulas, las sudorosas helodias y los desempances de antología. Ir y venir con ustedes por esos aguajes de Dios, en donde abrevan sus ángeles y demonios.

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