Hace algún tiempo, conversando con Oscar Palacios, Oscar el escritor, el Premio Chiapas, litigando con él y otras entrañables personas —Florentino Pérez, Toño Durán y los dos Marcoantonios—, apretujados alrededor de una mesa, no de las de setenta por setenta, aunque cercanas a ellas, me comprometí a esto: a escribir lo que dictara esta memoria y lo que fuera encontrando sobre el ambiente, el barullo, los aromas y sabores… Los rostros que se ven o se imaginan en las cantinas santas, los bares, abrevaderos y conexos. Sí. En las cantinas; en donde se cura la cruda, se olvida la soledad, nos inventamos amantes, se alivia el mal de amores y se quebrantan las enfermedades del corazón.
Y es que… apresuramos ese día al buen Oscar, nada menos que a escribir una novela en donde sus picudos personajes fueran ubicados en los más extravagantes bares y pulcatas del sursureste del país. En la antigua Frontera Díaz hoy Suchiate, en donde lo característico son los traileros, los tratantes de jovencitas, las suripantas de minifaldas exiguas, el polvaredal y las cervezas guatemaltecas Gallo. O en Playas de Catazajá, en donde es fácil ya, conseguir las cervezas Montejo y Carta Blanca —ambas de manufactura yucateca—, acompañadas de salpicón de pejelagarto, trocitos agridulces de tortuga, y claro: la infaltable compañía de camareras de minifaldas y delantalcitos blancos.
O…
¿Por qué no situar a los personajes de esta novela, junto a la barra de
| © En plena relajación. Cruz Coutiño, Antonio. 2010. |
En nuestros bares y cantinas entonces, se compendia la vida y explosionan mil catarsis. Se aplican las mejores psicoterapias de amigos, se recrean las costumbres, las tradiciones y eso que en general llamamos “cultura” y ¿Cómo no, si en algunos casos ocupan casas viejas, hermosas, portadoras de tradiciones constructivas, arquitectónicas?, ¿Cómo no, si la variedad de sus aderezos y platillos nos llevan a la perdurabilidad de nuestras costumbres culinarias?, ¿Cómo no, si en ellas se escuchan y cantan las letras de la bohemia, el viejo romancero mexicano, las canciones de Aceves Mejía y las del gran José Alfredo Jiménez?
De modo que en estos nuestros santuarios, se reproduce y oxigena día a día una parte importante de lo que somos, de lo que nos identifica como pueblo, sociedad y nación; nuestra cultura, nuestra identidad sociocultural.
Pues es bien cierto que en las tabernas y cantinas no sólo se recrea el placer de la buena conversación y el uso de nuestra mejor habla corriente. Hacemos negocios, arreglamos entuertos, elaboramos proyectos, concluimos pactos y compromisos. Enhebramos intrigas y componendas, conjuramos y subvertimos el orden, buscamos pleitos y… hasta sorrajamos a los más necios. Mentamos madres, nos la mentamos y luego complacidos, nos damos las paces.
Encontramos a viejos conocidos, restablecemos las amistades perdidas, mandamos a la chingada nuestras rencillas, maquinamos turbias intenciones, aclaramos nuestros “malos entendidos” y componemos el mundo. Maldecimos sin tapujos al gobierno y en especial a los políticos infames. Vemos la vida de color de rosa, conspiramos hasta en contra de nosotros mismos —como dicen que dijo alguna vez el buen Fidel Yamazaki—, y hasta nos abrazamos para decirnos amigos.
¿Qué otras credenciales y atributos podrían ser superados por éstos, para no afirmar que nuestras cantinas son centros psicopedagógicos de primera, e incluso salas de promoción y reinvención de la cultura?
Digo, para no expresar en voz alta que, en algunos casos, podrían superar a las mismísimas municipales Casas de Cultura. Y ya, no decimos más, pues hasta eufórico me estoy sintiendo. Ya habrá tiempo para ir de cantina en cantina; para contagiarles el rico sabor de las patitas envinagradas, las tostaditas turulas, las sudorosas helodias y los desempances de antología. Ir y venir con ustedes por esos aguajes de Dios, en donde abrevan sus ángeles y demonios.
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