Hoy sí, desde las primeras horas del día comienza el Carnaval de Ocozocoautla. Entre la una y las dos de la mañana, de todas las casas de fiesta, los cohuinás y sus covinás se apresuran. Van a “pedir permiso”, primera ceremonia del día ante las puertas de la iglesia o ermita, cuya advocación corresponde al santo patrono del Cohuiná.
Pedirán permiso al patrón cristiano y a las deidades prehispánicas detrás de él, para que el carnaval, las fiestas de la consagración de las semillas y del ciclo agrícola por venir, salgan bien, restauren el equilibrio de la naturaleza y nutra el carácter y el bienestar de las divinidades. Van los principales, en compañía de uno o dos quemacuetes, dos tamboreros y un pitero, algún matraquero, allegados pasados de copas y varios trasnochados.
Los músicos se instalan sobre las
escalinatas del templo, y los quemacuetes al costado, mientras los señores del
Cohuiná se persignan, se arrodillan y rezan frente a las puertas de la iglesia.
Tambores y piteros entonan largas armonías, cadenciosas, repetidas, aunque con variaciones.
A cada diez minutos lanzan cohetes que estallan festivos en la oscuridad del cielo,
mientras de los otros templos vienen los estruendos que nos acompañan.
© Matraqueros, personajes representativos del carnaval. Ocozocoautla, Chiapas (2009). |
El pitero es un señor maduro y el tamborero mayor un señor más grande. Mientras que los tambores tercero y cuarto son percutidos por un hombre joven y su hija adolescente.
Echando cuetes regresamos a la casa de fiesta del David de San Bernabé, en donde el cohuiná y su compañera, van y se postran ante el altar. Luego hacen lo mismo los músicos, quienes se quitan el sombrero. Los mayores rezan en susurro, conversan con el santo, le imploran con las manos juntas, e incluso su rostro se torna compungido. Se paran, y entonces van los agradecimientos del cohuiná a los músicos y a los dos o tres invitados presentes. Son apenas las dos y media de la mañana, pero ya se observan sonrisas y conversaciones.
Les sirven platos con tazas de chocolate, panecillos y trozos de puxinú. Aparece el escanciador, quien de su morral toma aguardiente y vaso, para convidar a los presentes.
Afuera del recinto, sobre el corredor, ya se instalan el escribano y su esposa. Antiguamente llevaban el registro de quienes cooperaban para la fiesta (en dinero o en especie), aunque hoy solamente recaudan en un cofrecito las cooperaciones de los invitados, surten los platos con chocolate y pan, los adornan con ponsoquís, e indican a quién servirle, tras recibir la contribución. Aparte está el tesorero. Él con libreta en mano, registra las aportaciones mayores, administra incluso lo recaudado por los escribanos y dispone al instante, el dinero necesario para las compras de último momento, ordenadas por el mayordomo.
Al igual que en el corredor y la cocina, en el patio ha comenzado la algarabía. Han llegado las correlonas, un grupo de adolescentes, antes vestidas a la usanza tradicional, con blusas blancas festonadas, “de viejita”, y faldas de colores vistosos. Hoy tan sólo van enfundadas en pantalones de mezclilla azul, todas con zapatos suaves, pues habrán de correr e ir y venir hasta antes de la marcha del carnaval. Es morena, mayor y avispada quien las lidera. Su padre, el mayordomo, las conduce a la bodega, en donde a todas se les provee de una playera alusiva al Cohuiná, un mandil, una especie de morral y dentro de él, varias bolsas de talco, harina y confeti.
Estas son las “armas” con que combatirán a quienes se encuentren en las calles, en defensa del David, su danzante pequeño, vestido con camisa y calcetas blancas, chaleco y pantaloncillo rojos, y un sombrero en forma de capirote, de los que llaman cochombí, forrado de flores de papel metálico, papel crepé y espejuelos, coronado con listones de color.
Ahora los cohuinás, acompañados por músicos, quemacuetes y correlonas van camino a la casa del caporal. Van con música, voces, porras y bulla de cuetes. Van por él y por sus aportaciones: maíz, frijol, verduras, jitomates, leña. Les convidan un trago, “aguas de sabor”, y en especial, a las correlonas las surten con munición adicional de talco, harina y confeti. Vuelven a la casa de fiesta y ahora sí, “el jefe”, el Cohuiná Mayor, organiza el cortejo para ir por los padrinos o “presidentes”: adelante las correlonas, a quienes se juntan los primeros chores de la madrugada, detrás el David, quien lleva en las manos una onda y una ballesta, reminiscencias de las antiguas armas de indios y españoles, custodiado por el caporal y su ayudante.
Luego van amigos y acompañantes en general, después los “prestados”: cuatro cargadores fuertes para cada una de las andas o “casitas”, y detrás los músicos, quienes marcan el sonsonete cadencioso y festivo, de acuerdo con el cual, el danzarín David, brinca y baila sin parar, como si fuese una marioneta de cuerda, aunque sin perder el orden aprendido en los ensayos.
El contingente así integrado parte, aunque sin los señores del Cohuiná. Va primero a las casas de los padrinos y madrinas; uno, dos, tres viajes. Luego a la de los invitados principales, quienes seguramente han aportado cantidades importantes para la fiesta. Las correlonas tocan la puerta de los padrinos, ellos salen y el David los invita a su danza. Bailan al ritmo de los músicos, frente a su casa, y al terminar se los llevan, sentados sobre las sillas señoriales, a la casa del cohuiná.
Los acompañantes cargan los enrames o somés donados, y otros bienes que aportan a guisa de cooperación. Cuando el cortejo regresa del primer viaje, ya está la marimba en su punto para saludar a los padrinos. Y adentro, en el patio multifamiliar, son recibidos como verdaderos reyes: mientras los padrinos bajan de las andas, los presentes quitan sus gorras y sombreros, hay ligeras reverencias e incluso genuflexiones. Guindan el somé de las vigas del recinto, los padrinos se postran ante la imagen del santo, luego les invitan chocolate y pan, después pequeños sorbos de aguardiente.
Son las cuatro o cinco de la mañana cuando, al tercer viaje, el contingente se encuentra por primera vez con el séquito del jaguar San Martín. Ello ocurre hacia el sur-oriente de la ciudad, por el rumbo del mercado, en donde —como nos habían contado— en tal momento las correlonas se adelantan, dan voces y gritos, una o dos porras, y se lanzan contra la caravana de enfrente.
Ellos llevan principales o padrinos en
las andas, y aunque se tambalean, responden con viveza y gracia. Ambos bandos
se disparan puños de harina, confeti y talco, mientras los jaguares de San
Martín abren una brecha por en medio del cortejo de San Bernabé. Buscan,
naturalmente, al “davicito”, al personaje central del cohuiná para “comérselo”.
Aunque, al ser protegido por los caporales, se escurre. Mientras tanto los
jaguares se ven acorralados por las correlonas del David. Es tal la cantidad de
talco y harina que cubren sus ojos, que uno de ellos, al no lograr ver, es
apresado. Se rinden. La batalla ha sido ganada por el bando de San Bernabé.
cruzcoutino@gmail.com agradece retroalimentación.
Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario