Para mis amigos Bety Ramos y Carlos Burguete.
Reza el refrán mil veces acogido: “A cada capilla le llega su fiesta”, o como dicen los chiapacorceños: “A cada San Sebastián le llegan sus parachicos” y… la fiesta por fin ha llegado: el momento de escribir sobre La Oaxaqueña, la cantina más antigua de los coletos sancristobalenses, aunque también de los universitarios fuereños de antes de los noventa del siglo pasado. La misma que conocí a finales de 1978, tras inscribirme a los cursos de la recién fundada Escuela de Ciencias Sociales, detrás de la “centenaria” Facultad de Derecho. Y va entre comillas lo de centenaria, pues sólo de esta forma llaman a esa escuela, los coletos de pura cepa.