A mi madre doña Fausta Coutiño Coutiño.
Hace treinta años efectivamente, retumbó la tierra, se abrió de cuajo el volcán Chichonal. Blanqui y yo éramos novios, apenas unos chavales. Estudiábamos en la Facultad de Ciencias Sociales de San Cristóbal y entre ambos, recién éramos dueños de un Caribe anaranjado. Por la noche del día anterior —muy poca gente apenas si se enteraba— había estallado majestuoso, aunque mortal, el volcán del nor-noroeste de Chiapas, la montaña sagrada de los zoques de Chapultenango y Francisco León. Eran, según cuentan las crónicas, las 23:15 horas, la media noche del domingo 28 de marzo de 1982.