A Roberto Ramos y Quique Machorro, ciudadanos
ejemplares.
Cierto. Al terminar nuestros estudios de universidad en Sxbal, y luego de casarnos, Blanqui y yo nos establecimos en Tuxtla Gutiérrez. No por gusto sino por necesidad, pues aquí encontramos varias propuestas de empleo adecuadas, mientras Sancris casi no ofrecía nada. Pero, además, la ciudad nos “ofendía”, por fea y desgarbada, aunque aclaro: no exclusivamente ella, sino todas las ciudades pobres y subdesarrolladas de México y el orbe… debido a la ineptitud e ignorancia de quienes típicamente las gobiernan, y a la ausencia de planificación urbana.
Y debo decir, para mejor comprensión, que antes yo ya había vivido en Tuxtla, durante la Secundaria y la Prepa. Seis años que pasaron pronto, y que, además, si ahora decidíamos establecernos en la ciudad era porque pensábamos que en cinco o diez años volveríamos a la alteña y colonial San Cristóbal, aunque ello con el tiempo fue imposible.
Nos quedamos entonces en Tuxtla, y nos encariñamos de ella como pocos, motivo por el que ahora incluso, siempre que podemos, contribuimos a su comprensión, embellecimiento y mejora. Somos de ella (de la ciudad), y a ella pertenecemos, igual como la consideramos nuestra. Razones por las que ponderamos sus parques y jardines, por ejemplo.
El Tochtlán en el occidente, el Joyo Mayu y el Caña Hueca en torno al río Sabinal, el parque Morelos y la Lomita en el centro sur, el de la Marimba en el centro, y el conjunto del Museo Botánico, la calzada de los Personajes Ilustres, el antiguo parque Madero y el de Convivencia Infantil. También la plaza del Cinco de Mayo, los jardines y senderos del Parque del Oriente (entre el Seguro Social y la Procuraduría), el monte y andadores detrás de la colonia El Retiro y muy en particular… el bosque del Zapotal.
| © Desde lo alto. Tuxtla Gutiérrez.2023. |
Y particularizamos El Zapotal, pues es el de más larga historia. Siempre comunicado por el camino real que le atravesaba de poniente a oriente, desde que a finales del siglo XVIII se establece el casco de la finca homónima, junto a la boca de Cerro Hueco. Sitio en donde con el tiempo funciona primero un cuartel militar, luego la inicial escuela e internado de profesores, después el Penal de Cerro Hueco, o Penitenciaría del Estado, y hoy el Museo de Ciencias.
¡El Zapotal grandioso! Varias veces exclamamos. Al pie de la Mesa de Copoya, extensa área boscosa que originalmente conozco en 1972 o 1973, caminando desde El Retiro hacia el sur, por entre casas, patios y huertas diseminadas, hasta llegar primero a los chicozapotes, chincuyas, zapotes negros, mangos, papáusas y anonas. Luego a la alberca construida en 1937 o 1942, según se lee aún en su marbete de inauguración. Para concluir al fin, en la gruta de Cerro Hueco: cueva, socavón y manantial de la montaña. Sitio de historias, leyendas y aparecidos.
De modo que toda el área de Cerro Hueco y El Zapotal se iniciaba en el oriente, en lo que ahora son los hoteles Mónaco. Incluía las riberas del llamado arroyo Grande y del más pequeño, el arroyito del Zapotal. El ZOOMAT, o zoológico de don Miguel Álvarez del Toro, el Parque Patricia, y el área de las ceibas. Hasta concluir en la vieja carretera, extensión de la Calzada Caminera. Área boscosa, húmeda, fresca y mejor conservada de la ciudad; extensión de entre trescientas y cuatrocientas hectáreas, en donde se incluye actualmente el ANP o área natural protegida del Zapotal, misma que termina en la parte alta de la Mesa de Copoya, rumbo suroriental, por el lado de San Joaquín, La Roblada y El Jobo.
Pero el caso es que… ―fórmula que recuerda nuestras antiguas narrativas―, que entre los años 1973 y 1974 el gobierno federal construye el Libramiento Sur, justo en los bordes del bosque, junto al ejido Madero. La especulación y la mancha urbana se expande hacia esta nueva vialidad, aunque… por fortuna, muy pronto el gobierno del Estado conviene con los ejidatarios la expropiación de al menos una parte del bosque. Negocian la indemnización correspondiente y muy pronto se traslada a ella, el zoológico que funcionaba junto al Parque Madero.
Y esta corta historia, ahora nos sirve, o ha de servir a avecindados y originarios tuxtlenses, para reforzar la idea que Blanqui y yo desde hace tiempo acariciamos: convertir el entorno del antiguo bosque del Zapotal y Cerro Hueco, sus carreteras, caminos y calles, en senderos para dar pequeños paseos, trotar, correr, e incluso hacer ciclismo de montaña. Para observar y sentir el susurro del bosque, enternecernos con los guaqueques, ardillas y mariposas que merodean el área, asustarnos con el aullido de los monos saraguatos del zoológico, o aspirar el fresco de la montaña.
No como precariamente hacen ahora los deportistas que se animan a efectuar caminatas (por entre basura, heces de perros, autos abandonados, maleza, árboles caídos, tránsito vehicular y mil obstáculos y riesgos), sino con todas las ventajas que la planificación, la arquitectura, la estética y nuestros impuestos bien aplicados, podrían producir… de encontrarnos con autoridades inteligentes, sensibles y proactivas.
En primer lugar: el Parque Patricia debería expandirse hasta el Libramiento y abarcar el predio de por medio en litigio, suponemos. Encerrarlo todo con un muro de mampostería en la base y sobre ella instalar verdaderas rejas metálicas bonitas. Rejas que luego podrían servir de escaparate para exhibiciones o muestras fotográficas. Nunca publicitarias ni de propaganda. Encerrada y transparente el área, podría albergar entonces, alrededor, el primer circuito de caminata y ciclismo. Mismo que podría de inmediato conectarse con el par vial del interior del ZOOMAT, formando ahí el segundo trayecto.
El tercer circuito de relax, observación, ejercitación física y ciclismo, podría enlazar lo precedente con la entrada del Museo de Ciencias, la antigua alberca pública, la propia boca de Cerro Hueco y el bosquecillo del extremo oriental. Podría luego continuar adelante, hacia abajo, rumbo norte, junto a los cedros, por la carretera que atraviesa el arroyo Grande, y luego a la casa infantil Odres Nuevos, hasta conectar con la carretera que viene de la escuela primaria Fray Víctor y va hacia las riberas del Cebollal y Tziqueté.
La cuarta parte de este recorrido podría continuar junto a la antigua carretera que desde los hoteles Mónaco sube hacia el Museo de Ciencias. Atravesaría igualmente el arroyo Grande, bordearía la escuela primaria Lázaro Cárdenas, para después, dos cuadras adelante, torcer a la derecha y bordear por fuera el zoológico; pasar junto al antiguo albergue de las Salesianas (hoy convertido en una estancia u hospedería diocesana), hasta encontrar la entrada anterior del ZOOMAT y cerrar esta última parte en el Parque Patricia.
Y pordios que el espacio, a pesar de su poblamiento, da para más… ¡Para mucho más! Debido a que los vecinos y antiguos habitantes han dejado huertas y patios extensos, cubiertos de chicozapotes, cedros, caobillas, guayas, cándox, tamarindos y los otros frutales mencionados.
Podría, por ejemplo, ahora mismo, o con el tiempo, extenderse estas áreas deportivas, de relax y apreciación de la naturaleza… a) Hacia la calzada Santa Cruz, hoy empedrada, y su extensión por la calle Trabajadores hasta el Libramiento, b) Sobre el callejón de terracería, ubicado entre el antiguo vivero municipal y un pequeño bosque de reserva local, c) Siguiendo la calle Rebombeo hacia el norte, hasta entroncar con el Libramiento, y d) Incorporar la propia carretera que viene de los hoteles Mónaco, hasta conectar con el circuito cuarto, en la Primaria Fray Víctor Ma. Flores.
Y nos entusiasma esta posibilidad, porque de tal modo se embellecería esta parte de la ciudad vieja e interior, hoy abandonada. Observaríamos en ella su aseo y saneamiento ambiental. Se incorporarían estas dos áreas urbano-rurales emblemáticas, al relax y al esparcimiento de los citadinos, a la conservación y reforestación activa, y al auténtico turismo social, ecológico y biocultural. Porque se potenciarían: el ANP del Zapotal, el Museo de Ciencias, las instituciones religiosas y educativas ubicadas en el área, el Parque Patricia y el propio ZOOMAT (de donde, a propósito, sugerimos eliminar cuanto antes, las oficinas de la SEMAHN que indebidamente invaden su patrimonio).
¡Ya nos imaginamos el cambio que todo esto produciría!
Guarniciones homogéneas, andadores viales de grava roja y hierba, ciclovías pavimentadas con asfalto, nuevas banquetas y pequeños puentes, semáforos manuales, señalización vial y educativa, anuncios didácticos y ambientalistas, y hasta cierta injerencia seductora y proactiva… volcada hacia los condueños y restantes ejidatarios de la Madero y El Jobo. A modo de conseguir la reforestación de sus respectivas partes de la Mesa de Copoya, montaña antigua que convirtieron en calveros, pedregales y parcelas improductivas… para más adelante crear ahí igualmente: senderos de caminata y ciclismo, ventanas de avistamiento, observatorios de aves, sitios de campamento y áreas de turismo y recreo en general.
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