Pensando en Carlitos Selvas y Rodrigo Núñez
Bohemia es el nombre de una región geográfica de la República Checa, bohemio es el nombre de la lengua de esta comarca y bohemios son los naturales de ahí. Sin embargo, en España y Portugal también nombran así a los gitanos, a quienes en Chiapas llamamos con cariño, húngaros. No obstante, de acuerdo con el DRAE, por bohemia ha de entenderse “la vida que se aparta de las normas y convenciones sociales, principalmente la atribuida a los artistas”, aunque el diccionario de María Moliner es más preciso. Indica que debe aplicarse “a las personas, particularmente a los artistas, que viven irregular y desordenadamente, [lo mismo que] a ese género de vida”.
De modo que bohemia viene a ser el mundo real virtual de la gente que sigue ese tipo particular de hábitos. Vida de bohemios que oscila entre creación y deleite, inconciencia y viaje perenne, inteligencia, alcohol y otros vicios menores. Dependencia, fugacidad y escasez de equipaje.
Y claro que también, a esta provincia checa corresponde la fabricación artesanal de una de las cervezas más apreciadas del mundo. Por esta razón, la original Cervecería Cuauhtémoc (mexicana), a principios del siglo pasado crea la marca Bohemia, para una de las mejores cervezas mexicanas, pariente de la tradicional Noche Buena. Pero el asunto central no es éste, sino poner en evidencia el carácter particularmente bohemio de uno de los bares más abigarrados de Tuxtla Gutiérrez, de vida breve, sin embargo, pues desde hace dos años no existe más.
Me refiero al bar El Che Garufas, que en su origen fue nombrado Restaurant Bar El Che Garufas, aunque durante sus últimos años muta hacia el nombre Restaurant don Che Garufas. Probablemente para burlar al fisco y a la maledicencia, o para ahuyentar a acreedores.
Siendo entonces El Che Garufas, un lugar como muy pocos, valdría la pena hurgar sus antecedentes. Descubrirlos quizá en El Ateneíto, por ejemplo, el bar de los artistas e intelectuales chiapenses de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, ubicado en plena Avenida Central entre 3ra y 4ta Oriente. O en el viejo y contemporáneo Bar Las Américas, asentado originalmente detrás de la Catedral, luego junto al Cine Alameda y finalmente en el Barrio Cantarranas. O bien, en el viejo Restaurant Maryen del famosísimo Marro, don Enrique Marroquín, aunque no el de la época de oro, sino el de su senectud, década de los ochenta, ubicado justo detrás del actual palacio del gobierno del Estado.
| Canta y no llores. CDMX.2014. |
Y junto a este sitio ahí ha de seguir ¿cómo no?, La Jaula de los Monos de los años noventa. El aguaje inaugurado por el mismísimo Arcadio Acevedo. Luego traspasada al escritor y amigo Oscar Palacios, si no mal recuerdo, ubicada en el barrio de Las Canoítas. En la esquina de 6ta Sur y 8va Poniente. E incluso el Mesón del Quijote, heredero al menos de la ubicación del Ateneíto, cuya clientela se emparenta con periodistas, bohemios y turistas gabachos, mochileros.
Así que la cantina o bar El Che Garufas, con total independencia de la voluntad y propósitos de su dueño —el buen Ulises Mandujano Nájera, que en paz descanse—, con el tiempo y de poco a poco, fue asumido como propio por escribas y escribidores, poetas, fotógrafos y escritores. También por prosistas, periodistas y reporteros, columnistas, cantores, músicos y artistas plásticos y, creo incluso, practicantes de las artes escénicas.
Bajé de San Cristóbal en 1983, trabajaba en el palacio del gobierno en 1985, y creo haber visitado al Che Garufas un par de veces entre 1986 y 1987, aunque hasta ahí nomás. No expendían las Superior, las XX, las Sol y mucho menos las Bohemias, sino las de la Cervecería Modelo. Pero sí la recuerdo por su proximidad a mi antigua casa. Sobre la 7ma Oriente entre 8va y 9na Sur. La cantina propiamente ocupaba media sala, pasillo de por medio; dos o tres mesas enfrente. Luego seguía el corredor con cuatro o seis tableros, y eso era todo. Mesas de hojalata y peltre de setenta por setenta, con la viñeta de la corona sofisticada al centro, patio pequeño provisto de jardín y algún arbusto. Dos o tres sapos cantores en cerámica verde remataban la decoración.
A raíz del deceso del Che el 15 de octubre de 2011, Pepe López Arévalo (quien también, con toda certeza descansa en paz) escribió algo acerca de sus inicios: Que conoció a Ulises cuando su negocio “estaba montado sobre una combi destartalada”. Que en vez de llantas era sostenida por filas de ladrillos o algo así… aunque tengo mis dudas. Lo cierto es que, de acuerdo con decires transmitidos por el buen Enrique Alfaro, sí existió la famosa combi, aunque sólo era una especie de escaparate estacionado frente a la cantina. Desde ahí vendía tacos por las noches, aunque luego se transformó en la barra de la cantina, al cambiarse de lugar.
Cuenta el propio Quique Alfaro que a su vez le cuenta el mismísimo Che ―a propósito de su primer domicilio―, que “una tarde, un su amigo llevó a una mujer al bar”. Ya entrada la noche, la dama estaba lista y “en su punto”… como para irse al hotel con él. Con pena, el amigo le comentó al Che que se le había acabado la plata; que perdería la oportunidad. El Che en broma le dijo: pues si quieres te presto la combi. Ahí podrías pasar la noche, aunque para su sorpresa, el amigo aceptó. Al día siguiente por la mañana, el camarada se acercó para devolver las llaves. ¿Cómo te fue amigo?, preguntó el Che. De la jodida, hermano, respondió el conocido. Unos pinches chamacos jugaron futbol toda la noche y se la pasaron baloneando la combi. ¡No se podía hacer nada con tanto ruido! ¡Ni siquiera pudimos dormir!
Pero volviendo al lugar, verdad es que en el primer Che, la baratura de las chelas, y la botana incluida en el precio del servicio —tentempiés sencillos pero abundantes. Preparados y servidos por el propio Ulises— avivó el acercamiento de artistas, huizacheros y abogados auténticos, crudos, gente alegre y al tentar (bolos mis compañeros), amigos de los amigos, prosistas y poetas. Además, es de considerar la atracción que ejercía el hecho de que el propio Ulises Mandujano departiera con sus clientes e incluso se confundiera entre ellos. Tanto por el trago bendito como por su afición de cuentero.
En esta primera locación del Che Garufas, miembros diversos de la cofradía, ubican al padrastro de Los Bolonautas, a Arcadio Acevedo, quien seguramente en este lugar define con mayor precisión sus famosos textos ilustrados. Y escribo “padrastro”, pues la inscripción es acuñada por René Delios, en uno de sus cuentos; los difundidos por el suplemento La Ceiba del diario El Observador. Finales de los años ochenta.
Y porque el propio Arcadio ha reconocido el origen de su autoría. Sitúan a Robertoni Gómez escultor, y sus primeras manos, bustos y rostros, y a muchos otros creadores, aunque en general, bohemios, de acuerdo con la definición aludida. Probablemente al final de ese período sin embargo, Ulises cambia de proveedor a sugerencia de sus clientes. Aprende a escuchar las historias de la clientela, sus experiencias, amarguras e insolvencias; las contrariedades del corazón. Y comienza a escribir y a soñar. Se pasa a la Cuauhtémoc-Moctezuma, redefine su perfil bohemio y errabundo, y el Che Garufas se traslada a su sitio definitivo: a la 15ava Calle Oriente 146, entre Avenida Central y 1ra. Norte.
Ahora, en cuanto a los prolegómenos de su instalación en Tuxtla, es creíble la historia según la cual, Ulises y su familia, radican en Agua Dulce, estado de Veracruz, en donde por primera vez monta un pequeño bar al que llama Cero en Ce, es decir, cero en calificación. Muy pronto se traslada a Arriaga en 1984 con todo y chivas. Cuentan que ahí, para atraer a la clientela, “llegó incluso a presentar espectáculos de travestis e imitadores de artistas”. Lo demás, en cuanto al nombre del sitio, ya es conocido, aunque… independientemente de ficciones y medias verdades, la neta es que nada hay de afición gauchesca, periplos por Argentina, o gusto por el mate y el tango. El mismo Che, en una entrevista concedida en 2006 a nuestros alumnos de la pirata Radio Proletaria, confiesa y hace público el origen del nombre del recinto, y es como sigue:
Le íbamos a poner [al lugar] Don Che
nada más. Porque allá en Coatzacoalcos, donde vivíamos, a mi hijo le decían
Chicuco, porque en una película que vieron con los cuates, había un personaje
que le decían Chicuco y [éste] se parecía a mi hijo. Entonces a él le comenzaron
a decir Chico, Che, Cheíto, y a mí [por extensión] me decían don Che. Entonces
al bar nada más le íbamos a poner don Che, pero el lugar que íbamos a rentar…
el lugar donde estuvimos por primera vez, ya se llamaba El Garufa. Entonces llegó el señor que me iba a rentar, y vio que
ya iba yo a borrar el nombre y me detuvo. ¡No’mbre! [me dijo], déjale el
Garufa. Es [una palabra] de buena suerte. Le pregunté qué era eso y me dijo que
era el nombre de una canción. Me la cantó ahí mismo y… entonces ahí le pusimos
los dos [nombres], El Che y Garufas.
Después, ya en su residencia definitiva, igual. Creo fui un par de veces nomás, pues sus platillos nunca me convencieron. Sin embargo, en ambas ocasiones tuve oportunidad de reconocer a Ulises. Siempre afable y conversador, fornido, estatura media, tez clara y copete al frente. Nariz colorada, grande y aguileña y, en fin, el Che Garufas de 45, 55 y 65 años que ustedes, amigos de la bohemia, conocieron mejor que yo; al derecho y al revés. En una de esas visitas, tras conversar con él y escuchar la lectura emocionada de sus textos, me sentí de tal modo alagado y satisfecho, que le compré el libro de su autoría Don Cenizo y… doce más. Una buena colección de remembranzas y cuentos, hasta hoy guardada como reliquia en la biblioteca del Aguaje.
Lástima que no se haya conservado el lugar, el sitio de las fantasías literarias y bohemias. Lástima que toda esa experiencia, red de relaciones, prácticas recurrentes, libros, músicas, lecturas, amistades, recuerdos, ritualidades y cientos de celebraciones— esencias vitales de la identidad de los pueblos—, no haya sido aquilatada; transmitida como empresa formal a alguien de la familia… o de la banda.
Aunque El Che Garufas se reinaugura y reinventa en la 15ava Calle Oriente Norte, con pisos de arena y ladrillos húmedos, siempre vamos a recordar sus muros pintados con la franja inferior amarilla, rematada en rojo, identidad de la Cervecería Cuauhtémoc-Moctezuma. Y sobre ella, como en las típicas galerías de arte: afiches, pinturas y objetos de culto. Caricaturas de Enrique Alfaro, alguna fotografía de María Auxilio, recortes de periódicos enmarcados; logotipos diversos, un reloj de pulsera —gigante y junto a la caja— y algo muy en especial: el póster que se convirtió en emblema del Che Garufas: copia simple del grabado de un tanguero bailador, y bajo sus pies esta inscripción: “Sos un caso perdido”, fragmento del tango argentino homónimo.
Se veían aquí y allá, perfecto recuerdo, textos de Quincho Vázquez, Paco Gurguha, Alejandro Molinari, el Flaco Guerra, Alejandra Maya, Arcadio Acevedo… Algún cuadro del viejo amigo Wlbester Alemán, dos o tres pequeñas obras del pintor y escultor Enrique Díaz, y un afiche icónico, el de Marilyn Monroe, largo y vertical como sus piernas divinas, antiguo obsequio de Sergio Emilio Espinosa. Aunque en esto hay, ahora me entero, una versión diferente: que fue Enrique Alfaro el donador, adquirida en la tienda de posters y cromos del Pasaje de la Catedral, sobre la Calle de Donceles, ciudad de México. Cierro los ojos y creo ver una copia del cartel publicitario de la película mexicana La Mujer del Puerto; fotografías del Che Guevara y del Subcomanche Marcos. Chance y hasta algo del maestro José Saramago…
Y termino esta remembranza, evocación de la cantina de los pobres e iluminados. La de los bohemios conejos. La contemporánea o más reciente. Para afirmar nuestra memoria y la del inefable Ulises Mandujano, uno de los personajes típicos populares de Tuxtla. El cantinero autodidacta que se volvió escriturador y poeta. El cantinero amante de bolos, escritores, librepensadores y artistas. El mismo que alguna vez expresó… con dos o tres abluciones entre pecho y espalda: “los clientes que más me gustan, son los bolos críticos, analíticos, reflexivos, propositivos… que su característica principal es beber la botella, y no dejar que el frasco nos beba. Un auténtico bolonauta nunca debe caer, ni hacer desfiguros. Debe conservar la vertical... la mente despejada para mantener la plática”.
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