lunes, 4 de mayo de 2026

DONDE EL TIEMPO NO VALE NADA

Ese día fue agitado. Salió en dos ocasiones, primero fue al Hospital Ignacio Zaragoza, un lugar perdido en las goteras de la ciudad; después al rumbo de las ferreterías, jarcias y textiles, detrás de Pino Suárez. Se dio prisa, corrió, fue y vino. Su base, como desde hacía tiempo, fue el Hotel La Habana, justo en la calle de Cuba, por el rumbo de Santo Domingo. Se echó un baño, se tiró a la cama por un momento y al fin revisó La Jornada. Ojeó apenas las secciones primeras, leyó dos o tres opiniones sobre el mundo musulmán, el mercado petrolero y el estallido social que vivía Noráfrica y Oriente Medio.

Pausó su marcha por la sección de Cultura y se contuvo en la Cartelera: cine, música, bares, conciertos, ferias… y en teatro, sus ojos se detuvieron. “Trilogía Teatral Mexicana” —leyó— Netzahualcóyotl, Moctezuma y Malinche. Juliana Faesler y Clarissa Malheiros dirigían estos tres espectáculos, uno tras otro. “Entrada libre. Teatro Juan Ruiz de Alarcón. Insurgentes Sur 3000. Ciudad Universitaria”.

Hizo cuentas, pues tendría que atravesar la ciudad hacia el sur. Por el Metro haría tres transbordos y tomar un taxi, vio su cartera y pensó que mejor era hacer un solo viaje desde el hotel, de ida y vuelta. Había dinero suficiente y, descansado, podría llegar a la segunda función, a la de Moctezuma, diecinueve horas, e incluso quedarse a la siguiente: Malinche, veinte treinta. Eran las cinco y media apenas, así que tomó sus avíos: chamarra, periódico, lentes, celular, dinero. Dejó sus llaves en la Administración y tomó el primer taxi que paró frente al Habana.

Torre latinoamericana. CDMX. 2022.

Pronto atravesaron el Eje Central y Paseo de la Reforma, algo lento encontraron el tráfico en el Eje Uno Poniente y por fin llegaron a Insurgentes, aunque todavía por el lado norte. Entraron al torrente de aquella densidad-inmensidad, tráfico ahora sí en verdad lento, pero mientras tanto, plática y buena conversa. El taxista —un tipo sesentón, curtido y correoso—, siendo de provincia según contaba, se había acostumbrado tanto a estos menesteres, que el mundo le parecía insoportable y terriblemente muerto, cuando visitaba su natal Frontera, en el estado de Tabasco.

Aunque los frenazos le llevaban a trancos y por ratos el viento enmarañaba sus cabellos —cien por hora y ventanillas abiertas—, lo normal era más bien el rodar pausado con pequeños acelerones y detenidas. Sirenas, chirriar de llantas, motores ruidosos, pitidos y claxonazos no paraban. El rojo sol, adormecido, apenas aparecía por entre los edificios altos y los ahuehuetes y eucaliptos y casuarinas.

La tarde se hacía cada vez más obscura y lentamente aparecían los neones, las luces discontinuas. Los anuncios luminosos poco a poco se dejaban ver, veían cada vez más encendidos los verdes, amarillos y rojos del semáforo y, sin embargo, ¡Apenas iban en el número 800! Muy pronto se hizo de noche, aunque sólo eran las seis treinta. 

¿Una hora y apenas iban en el 1000 o 1200 de la fachada roja del Banamex de Insurgentes? 

Oiga —le dijo al taxista— ¿Ya vio usted que apenas vamos en el 1200? 

Sí, jefe. Mil doscientos y… cua-ren-ta, pero… ¿Y qué se la va hacer, patrón? Ya ve que no me le despego al compa del taxi de adelante. Es la hora del tráfico, patrón. 

Pues vea cómo le hace. Cambie de carril o rebase. No sé… ¡Para mí que llegaríamos antes de las siete!

La charla agria continuó entre arrancones y detenidas, taxis más intrépidos que el suyo, y baches que dolían hasta el alma. Era evidente que se espesaban las palabras que se tiraban el uno al otro, pero ya el número 1500 se veía ahí, a la derecha, mientras el semáforo los detenía al par de un Burguer King y más allá, a las cansadas, el 1800.

No’mbre la verdad es que, por aquí, es mil veces mejor el Metrobús, patrón, pues los jijos tienen el paso franco. Todo Insurgentes es par’ellos.

Si pues, pero a estas alturas del partido… Apúrele. Tenemos que llegar.

Y así continuaron edificios, hoteles y bancos; edificios, hoteles y franquicias por todo Insurgentes Sur, duro y dale, bramidos y arrancones, chillidos y enfrenadas. Y mientras tanto, el taxímetro rueda y rueda: cincuenta pesos, sesenta, setenta, ochenta, inexorable. Ya era tanta la tensión que acumulaban, que cuando vieron el 2000, creyeron ambos haber llegado, de modo que el taxista dio vuelta a una manzana, a la derecha, para reincorporarse en sentido inverso por la avenida, y dejar a su cliente frente al teatro, aunque…

¡Ya no llegamos chófer! El periódico dice 3000, no 2000. Junto a Ciudad Universitaria.

Tranquilo, patrón, ya llegamos. Aquí ya está a dos pasos Copilco y luego Universidad. Yo por eso le dije que atrás podía tomar el Metrobús y luego parar un taxi para dejarlo en frente…

Vio por enésima vez su reloj, apretujó el diario nuevamente al igual que sus labios resecos, tragó aire y saliva tanto como pudo, e intentó pensar serenamente. Cuando ya eran las seis cincuenta, maldijo para sus adentros, bufó y aspiro fuerte.

No, no, amigo. Hasta aquí no’más. Ya mejor busca Copilco y me dejas frente a la estación.

Y sí, efectivamente. Si insistía en llegar a la función del teatro, a esa velocidad llegaría después de las siete treinta, y si intentaba regresar en taxi ello sería doble locura, además de duplicar la paga del servicio. Fue entonces que el taxista se metió por calles intrincadas, por en medio de autobuses y camiones, buscando atajos según le decía, hasta que por fin llegaron a la estación del Metro. Siete con quince minutos. Ciento veinticinco pesos.

No distinguía los accesos ante tanto ambulante, fritangas, toldos y limosneros. Entró a la estación y va de retro, aunque… de entrada encontró cerradas las primeras taquillas y de nuevo otra vez el viacrucis: el vagón al que se había subido, repleto, aunque eso sí, con vendedores y altavoces de sobornal. Dos tramos habían recorrido, cuando en la estación Coyoacán, el tren se detuvo, abrió sus puertas, subió más gente… diez minutos de larga espera, o quizás más; lo bueno es que continuaron.

Pasaron la estación Zapata y ahora sí, a sufrir: a medio camino iban cuando otra vez, parados. Callaron los vendedores de discos, vídeos y jabones maravillosos de a tres por diez. Nadie dijo nada, ninguna razón por las bocinas, ni por las pizarras inexistentes. Tiempo después las luces menguaron, los obreros y estudiantes de regreso a sus casas dormitaban; todo era silencio, ni siquiera murmullos.

Ante tanto tiempo de pie y casi sin aire, era natural que el cansancio y el fastidio le hicieran estragos, mientras el periódico y la chamarra que llevaba en las manos le estorbaban. Bramaba por dentro cuando por fin, a trancos, el tren reinició su camino, aunque… apenas la cuerda le alcanzó para llegar a Etiopía, la estación en donde ahora se estancaba, aunque por más tiempo. Quince o veinte minutos. Dos o tres chavos y una pareja abandonaron el carro en cuanto se reabrieron las puertas, aunque la mayoría ni pío. Por increíble que parezca, silencioso y estoico se mantuvo el gentío, como si para esta gente el tiempo, nuestro Sagrado Tiempo —decía para sus adentros—, no tuviera calidad ninguna, absolutamente ningún valor.

Continuaron pues, aunque ahora a jalones y estirones, avanzando tantito y parando después, pero la ocasión sirvió: se animó a conversar con el tipo de junto, un joven de aretes y rasurado a ras.

Oye amigo… —le dijo— ¿Así que todo esto les parece normal?, ¿la gente ni siquiera hace por salir o pedir auxilio o… alguna explicación?

Lo miró serio, mal encarado a medias, pero al fin respondió.

No es normal, don, pero sí, esto te pasa cuando menos una vez a la semana.

¿Pero, qué será?, ¿la gente no se interesa por saber qué pasa?

Lo que pasa es que siempre chafea el bus. A veces alguien cae, alguien empuja a otro, alguien se quiere matar. Pero ahora sí… anda chafeando. No ha de ser accidente sino algo con la corriente, con la luz.

Siguió la conversa y clarito vio los grafitis y anuncios de Balderas, aunque cuando volvió en sí, ya el tren estaba dejando la estación Hidalgo —el sitio donde transbordaría la línea azul para apearse en Allende—. Así que otra vez los humores se le fueron a la cabeza. Bajó en Guerrero con la intención de volver atrás, recomponer el camino, pero ya estaba fuera de sí: neuras, sudoroso y hasta con dificultad para respirar. Veinte veintiocho marcaba el reloj del Metro, y lo que le rodeaba era una marabunta en medio de pasillos y escaleras. La gente subía y bajaba de prisa, pues Guerrero era la estación donde cruzaba la línea gris, la de Garibaldi.

Llegó arriba, siguió un pasillo que le pareció interminable, aspiraba cada vez más fuerte y… cuando el propio torrente humano le llevaba de nuevo hacia abajo, en un destello de cordura y lucidez, pensó que menos aire fresco encontraría al bajar y que, como en dos ocasiones anteriores, podría perder el conocimiento, trastabillar ahí mismo y… dio marcha atrás.

De nuevo hacia arriba, aunque ahora sí, rastreando anuncios con avidez, letreros que dijeran SALIDA; para escapar a un espacio abierto, o ya de perdidas encontrar la bocanada de aire fresco que buscaba con ansiedad.

Atravesó un molinete final, de los que suprimen en absoluto el acceso y… de pronto se encontró sobre una calle semiobscura, vacía y sucia, un basurero. Caminó a la siguiente, paró un taxi y dijo al chófer que al Hotel Habana. Cuando estuvo frente a los cristales y el logograma de la doble H, eran las nueve de la noche en punto. Habían transcurrido tres largas horas más treinta minutos. Definitivamente, pensó, en esta pinche ciudad de mierda, como en la canción… el tiempo no vale nada.


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