A nuestros cronistas precursores.
Ahora, durante el mes de febrero, el buen Roberto Ramos Maza, ha dejado sorprendidos a los tuxtlecos interesados, y a algunos intelectuales, hombres y mujeres, al ofrecer un pequeño ciclo de charlas sobre la ciudad. Ellas, ilustradas con diapositivas del Tuxtla que el tiempo, el “desarrollo” y las autoridades se encargan día a día en sepultar. El ITAC, abreviatura que bien a bien no sabemos qué signifique, pero que forma parte del municipio, y la Casa de la Cultura de Tuxtla Luis Alaminos Guerrero, presentaron las tertulias como “Tomemos el café y hablemos de Tuxtla con Roberto Ramos Maza”.
Roberto, para quienes no saben de él o no lo recuerdan, es el tipo flaco, alto, afable y de barba cerrada (aunque hace tiempo no se la deja); tuxtleco a más no poder. Es geógrafo de profesión, promotor cultural y del turismo, curador de museos, profesor universitario y conferencista. Ha sido funcionario cultural y otras yerbas, es autor de varios textos sobre geografía humana y patrimonio cultural de Chiapas, e incluso de varias lecturas para viajeros. Es, seguro, autor de un libro sobre el vecino Tabasco y, sobre todo, amigo encomiable.
La primera charla de la serie versó sobre los hitos de la historia de Tuxtla Gutiérrez, la segunda sobre el patrimonio perdido de la ciudad, la tercera sobre su patrimonio cultural contemporáneo, y la última intituló “El sendero de la memoria”. Para esta, la de hoy, pone el conferencista sobre-aviso a los presentes. Regresa a la primera conversación sobre la refundación de la Tochtlán San Marcos, la sucesiva formación de su plaza y templo principal, y su traza urbana original dividida en cuatro barrios. Cito: Santo Domingo en el Noroccidente, línea de La Chacona y San Fernando; San Jacinto en el rumbo Nororiental, dirección del Cañón del Sumidero y Chiapa de Corzo; San Andrés en el cuadrante Suroriental, camino al Zapotal y Cerro Hueco; y el barrio de San Miguel, rumbo Suroccidental, orientado hacia la atalaya del Mactumatzá.
© Escultura de varios rostros. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2015). |
Sendero de la memoria
Explica Roberto, que saldremos de la casa Alaminos, esquina de Primera Poniente y Segunda Norte. Nos ubicaremos al frente del templo de Santo Domingo, regresaremos por la misma calle, caminaremos hasta la esquina de Tercera Norte y continuaremos por ahí hasta el Mercado de las Flores. Doblaremos por la Segunda Oriente hasta la Avenida Central, detrás de los palacios del gobierno, quebraremos ahí y avanzaremos a la Tercera Oriente, sitio del Hotel Brindis. Continuaremos hacia la esquina de Segunda Sur, donde doblaremos a la derecha, hacia la Segunda Oriente.
De ahí torceremos hacia el Norte, hasta el estanco de la Lotería Nacional, Primera Sur. Después rodearemos desde atrás, la catedral de San Marcos, y continuaremos por la misma avenida, luego del atrio. Seguiremos por ahí, hasta la esquina de Segunda Poniente, avanzaremos por ella hacia el Norte, cruzaremos nuevamente la Avenida Central y nos detendremos frente al segundo antiguo Palacio Municipal. Después avanzaremos a la esquina de Primera Norte, seguiremos una cuadra hacia el Oriente, y a la izquierda voltearemos hacia la plazuela de Santo Domingo. Cierre del recorrido.
Son las siete de la noche en punto. Un par de advertencias lanza nuestro súper guía, pues el centro histórico de la ciudad hoy es un vasto basurero obscuro, intríngulis vial, tierra de nadie y parapetos policiales. Ciudad sucia, descuidada y en escombros como nunca. ¡Tengan cuidado con los autos y motos!... Comenzamos.
Barrio Santo Domingo
Vamos a la iglesia de Santo Domingo, posamos frente a su portada, y es ahí que la redescubrimos: edificación ecléctica y de rasgos populares, construida a inicios de la Colonia, probablemente la más antigua de la ciudad. Volteamos hacia la plazuela de junto, tan sólo para ratificar lo de siempre: opacidad, suciedad, comercio ambulante y una tortería que, iniciada con una sombrilla en los años ochenta del siglo pasado, hoy invade su espacio con una caseta de concreto. A ciencia y paciencia del Ayuntamiento. Ahora vamos a la esquina de Segunda Poniente y Tercera Norte y… ¡Gran sorpresa! Tres de sus esquinas aún conservan las casas antiguas, de buen gusto, características de la vieja ciudad.
Se ven descuidadas y derruidas, aunque… ¡Nada que no pueda arreglar una pequeña intervención profesional!, según exclama Roberto. Ojalá inversionistas modernos las compraran, para, conservando su estilo, transformarlas en verdaderos aparadores arquitectónicos.
Continuamos por la Tercera Norte y, justo a unos pasos, dos o tres casas medianas, provistas aún de sus portones originales, nos aguardan. Hay en ellas, puertas y ventanas hermosas, techos de teja, protecciones primorosas en hierro forjado, e incluso algún detalle inusual: una de ellas, a la mano izquierda, mediana y antigua, fuerte, aunque descuidada, luce aún sus números cinco y 125 primigenios, aunque de épocas diferentes. Es una lástima que la casona de la acera izquierda, entre Segunda Poniente y Calle Central, recién la hayan demolido, según descubrimos ahora. Por fortuna alguien recuerda su fachada. El de la voz informa: “lucía de izquierda a derecha un portón señorial, una puerta de cuatro hojas y dos ventanas; todo en carpintería de la mejor calidad, y ya no se digan, sus dignas protecciones de fierro, a medias de herrería artesanal y fierro fundido”.
Mercado de las flores
Cruzamos la Calle Central, vamos hacia la Primera Oriente y sobre la acera derecha vemos una casa de factura reciente, iluminada. ¡Justo lo que quería mostrarles! Dice Roberto. Miren esto. ¡Sí es posible! A pesar de ser una casa nueva y moderna, su arquitectura armoniza con el centro de la ciudad; entra en composición con la arquitectura del paisaje. Pero avanzamos un tanto y entonces… ahora sí, ¡Vemos el tercer horror! Tercero pues el primero es la franquicia rojiamarilla del antiguo Cine Alameda y el segundo el de la Primera Oriente. Nos referimos a la tienda Súper Extra de la esquina frente al mercado. Razón por la que alguien atrás comenta: ¡Vaya! ¡Gracias a Dios que el Mercado 20 de Noviembre, sigue igual y en su lugar!
Comento que es probable en tiempos antiguos, el cuarto de manzana que ocupa el Mercado de Las Flores, haya sido un gran patio sombreado por una ceiba o por un chicozapote inmenso; una especie de parador para la carga y descarga de las carretas y acémilas, y la pensión y hospedaje de los comerciantes, pero Roberto dice que no. ¡Que no ha visto ese dato en ninguna parte!
Frente al mercado, sin embargo, sobre la Segunda Oriente, una esquina humilde, verdiblanca, y dos negocios, equilibran el paisaje visual. Son fachadas recién restituidas, sobrias y pintadas de un sólo color, que destacan por sus toldos sencillos y uniformes, coloreados con pinturas contrastantes. Llegamos al punto de los tres o cuatro hoteles, a la contraesquina del Centro Social Francisco I. Madero —a punto de devolvérsele su antigua personalidad y resplandor— y entonces nuestro guía de lujo se nos planta enfrente.
Barrio San Jacinto
Roberto explica cómo durante los siglos XVI al XVIII, exactamente ahí estuvo la plazuela del barrio San Jacinto. Informa que, al lado izquierdo, en donde se extiende el patio trasero del Palacio Federal, estuvo el antiguo templo, lentamente restituido a principios del siglo XX, ubicado en donde todos lo conocemos… “Aquí mismo, en línea recta, aunque a cuatro cuadras; en la esquina de Segunda Oriente y Quinta Norte”. Que antes del Centro Social, a finales del XIX se establece aquí, el Teatro Emilio Rabasa, en donde debutan artistas nacionales. Se escenifican zarzuelas, operetas y obras de teatro, y se exhiben las primeras películas del cine mudo. Pero esto es un simple recorrido: no hay tiempo para más, recuerda el maestro, y continuamos.
Formamos valla frente a la fachada de La Casona, la antigua casa del doctor Rafael Grajales Ramos, hoy y desde hace nueve años Museo del Café, toda hermosa por dentro y por fuera, digna ejemplar de la antigua y provinciana arquitectura de la tierra, misma que según aquí se informa, es donada en 1934 por el médico prestigiado, con el fin de que se convirtiese en museo. Aunque en verdad por largo tiempo, durante 50 o 60 años, da albergue a la Liga de Comunidades Agrarias de la CNC. Pero siguen, desafortunadamente, dos franquicias multicolores, de las que afean el entorno visual, ahora detrás del Palacio del Gobierno del Estado. Una de ellas, justo en donde estuvo el famosísimo Restaurant Maryen del gran Marro, don Enrique Marroquín, aunque, de acuerdo con el itinerario, hemos de continuar hacia la izquierda, sobre la Avenida Central.
Antiguo arroyo céntrico
Nos detenemos pues, a media cuadra, entre segunda y Tercera Oriente, acera derecha, propiedad del gobierno estatal, igualmente casona dignamente restituida, aunque hoy desafortunadamente abandonada, debido a su resquebrajamiento. Aunque igual suerte toca a la banqueta e incluso a la calle. Roberto explica algo que a la mayoría sorprende: ¿Ven la fractura de la casa y de la calle? Pues lo que pasa es que aquí, debajo, corría y chance aún corre parte del arroyo que venía del rumbo sur occidente. Y sí, así debe ser, pues el arroyo pasaba debajo del Hotel Brindis y las oficinas de la Comisión Federal (CFE), al lado de la Notaría 38 de don Ariosto Oliva Ruiz, y por algún encajonado del plantel de la Universidad Salazar, hasta desembocar al lecho del Sabinal, meandro de la Cuarta Norte esquina con Quinta Oriente.
La casona fue originalmente asiento de la primera Escuela Normal del Estado. Luego por mucho tiempo estuvo ahí, la oficina central de la estatal Recaudación de Hacienda y, durante los últimos años, fungió como guardería y jardín de niños. Alguien recuerda el Local de Curiosidades del profesor y anticuario pionero, don Noé Palacios Domínguez, antihéroe y personaje típico de la ciudad y… ante la evocación llega a mi recuerdo el año setenta, cuando con apenas diez años conozco Tuxtla Gutiérrez por primera vez, de la mano de mi padre, hospedados en el Hotel Brindis.
Arena Coliseo y Botica de los Pobres
Torcemos y avanzamos sobre la Tercera Oriente. Descubro al compa Mario Alberto Sánchez, frente a su compañía Diagraf, abocada a impresos y publicidad, y ya le sugiero que algo cuente sobre el anfiteatro antiguo que aquí existió, ante los oídos expectantes de la romería. No lo piensa dos veces, levanta el pecho, engruesa la voz, y ¡Gracias compadre! Hay razón, dice. Aquí estuvo la Arena Coliseo, donde se efectuaban peleas de box y de lucha libre. Aquí enfrentó a varios gallos, el mismísimo Romeo El Lacandón Anaya y… hasta la fecha ahí atrás, arriba, están los antiguos baños de gayola.
Más allá, Roberto recuerda la Botica de los Pobres, precisamente en la esquina de Tercera Oriente y Primera Sur, mientras alguien entre los peregrinos acompaña la narración. Por ello nos enteramos del nombre de su dueño y el año de fundación: Eleazín Ballinas León, 1908, aunque en 1930 se traslada a la Avenida Central esquina con Segunda Oriente. Avanzamos hacia la Segunda Sur, aunque a media cuadra, acera derecha, nuestro súper guía se detiene frente a una de las casas antiguas, más hermosas de la ciudad: fachada provista de ventana con protección metálica esbelta, puerta principal en buen estado, portón algo desmerecido por intervenciones insulsas, zoclo y adornos intermedios, columnas empotradas, arcos y remate bien conservado.
Casa del gran Laco Zepeda
¡He aquí la casa de Eraclio Zepeda Ramos!, festeja en voz alta Roberto, sobrino del escritor. Donde nace y vive su infancia y adolescencia, muy cerca de sus textos primigenios, los de la secundaria del ICACH. ¡Cuánto bien haríamos a la ciudad!, estalla alguien, si alguna vez, antes de ser destruida, fuese adquirida por el Ayuntamiento, y luego convertida en su casa museo. Pero ya otra voz le acompaña: ¡Igual como hace tiempo hicieron en Comitán, con la casa de don Belisario Domínguez!
Llegamos a la esquina en donde alguien recuerda —planta alta, lado izquierdo— el Bar El Rodadero de los años ochenta. Avanzamos hacia el Poniente, descubrimos un antiguo portón original, aunque cubierto de telarañas, protecciones, cadenas y candados enmohecidos. Todos recordamos aquí, en el patio contiguo hoy estacionamiento, la ubicación de la antigua logia masónica de don Joaquín Miguel Gutiérrez; con su puerta señorial al centro y sobre el quicio, los emblemas de la masonería occidental: compás metálico, escuadra y ojo iridiscente, y alrededor de ellos las letras A.L.G.D.G.A.D.U., impronunciables, aunque dignas de la mejor rememoración: “A la gloria del gran arquitecto del universo”.
Barrio de San Andrés
Pero ya estamos en la esquina de Segunda Sur y Segunda Oriente, en donde a contraesquina luce aún un caserón terracota y rosa bien conservado: adobe grueso, respetables molduras, y sobre ellas el techo de tejas; marcos y dinteles de puertas y ventanas bien dibujados, ¡Casi un cuarto de manzana! Aunque varios vamos emocionados, pues… por primera vez sabremos algo sobre el barrio de San Andrés. El mismo cuya ermita —pues nunca llegó a consolidarse como verdadero templo— se encontraba, en palabras del buen Roberto, justo en el predio anterior al estacionamiento anexo al siempre defenestrado Edificio Dorado, hacia donde se extendía la plazuela del barrio, aunque no nos queda clara esta ubicación.
Se supone que el arroyo referido arriba, atravesaba la Primera Sur, entre La Ceiba de los años ochenta, librería, galería y café fundado por Dorian y Florentino, amigos entrañables, y la oficina de ventas y pagos de la Lotería Nacional. Pasaba debajo del adefesio mencionado, embargado primero a don Carlos Trejo Zambrano, su constructor. Luego adquirido por el gobierno del Estado a sabiendas de sus riesgos estructurales y de cimentación, fallas precisamente relacionadas con el lecho del arroyo. Cruzaba diagonalmente la manzana, pasaba por debajo del Hotel Olimpo, el Mercado Nuevo, los Almacenes Granda y el Hotel del Pasaje; partía en dos la Primera Poniente entre Quinta y Sexta Sur, bajaba su corrental al lado del viejo Asilo de Ancianos y desde ahí tiraba su ruta hacia el alto Mactumatzá, por en medio del barrio de Las Canoítas.
Pero la cuestión es simple: ni la ermita ni el atrio de San Andrés, tercer sitio del cuadrángulo del centro, lograron afianzarse nunca, debido seguramente a su inapropiada ubicación… hasta que, de acuerdo con la voz del guía y la de otros enterados, los allegados a la ermita dan por iniciar la construcción de su relevo en el cerrito de San Roque, antiguo hito geográfico ceremonial de los zoques originarios de la ciudad.
Plazuela del Callejón del Sacrificio
Bordeamos entonces este edificio, paramos exactamente en la desaparecida esquina de Primera Sur y Callejón del Sacrificio, y recordamos aquí el pequeño palacete, casa grande de la familia Muñoa, o del doctor José Antonio Muñoa Coutiño, obra neocolonial, provista de jardín, fuente y rejas exteriores de hierro forjado, enmarcadas por arcos invertidos. Hoy, abandonada, sucia y sombría luce esta plaza, cuando apenas hace veinte años, durante las dos décadas finales del siglo pasado, fue la delicia de los tuxtlecos, por los Cinemas Gemelos y la Trattoria San Marcos; por las bisuterías, antros y neverías que aquí se establecieron.
Pasamos revisión a la placa conmemorativa y al recuerdo, ambos asociados al deceso del gran Joaquín Miguel Gutiérrez, exacto detrás del ábside de la catedral de San Marcos. En donde se lee, al pie de un monte y una cruz: “A la memoria del ilustre patriota y liberal General Joaquín Miguel Gutiérrez. 1838-1931. H. Ayuntamiento”, aunque, ¡Oh sorpresa! Descubrimos una placa adicional, más grande y lujosa que la original, firmada por el gobernador más corrupto de la historia de Chiapas, el tipo a quien apodaron Sabissnes, el mismo a quien su tío, el laureado Jaime Sabines, seguramente hubiese excluido de la familia…
Pero ya alguien narra la anécdota del sacrificio del liberal republicano regional, anécdota que apunta: no son plomos los que ciegan su vida, sino el miedo. Corre despavorido por la bóveda de la catedral, al intentar escapar de sus persecutores; decide saltar el callejón angosto desde la cúpula extrema, se encarrera, emprende el vuelo y al no alcanzar el techo de las casas traseras, cae desmadejado y muerto. Dicen que ello ocurre al medio día del ocho de junio de 1838.
Aunque igual, recordamos las diversas locaciones de la desaparecida esquina del Callejón del Sacrificio y Avenida Central: asiento del Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas, de la original y afamada cantina Las Américas, fundada en 1953 por el español Luis Moya Gabarrón, y del Hotel Guizmar, acrónimo de Guizar y Marín, apellidos de los hoteleros Pedro Perico Marín y Estrella Guizar, quienes rentaban el edificio a don Carlos T. Culebro, tío de Estrella. También recordamos en especial, dos empresas entrañables: la casa de las tortas y embutidos La Forteza, y El Correíto de junto, estanquillo y expendio de periódicos y revistas de don Arturo Ramos Cáceres, padre de Roberto el buen amigo. Aunque para nuestra desgracia confirmamos una majadería adicional: que muy pronto instalarán un nuevo Oxxo en la planta baja del Edificio Corzo, en la esquina céntrica de Avenida y Calle Central, ombligo u ojo de tochtli el conejo, el de la siempre bien ponderada Tochtlán.
Casa del Cueto y Banco Chiapas
¡Ufff! Libramos finalmente el atrio de la catedral, pero ya nuestro encaminador de almas explica que aquí, todo el frente de la manzana, entre Avenida Central y Primera Sur, estuvo ocupada a finales del siglo XIX, por las empresas de la familia Del Cueto Calymayor, entre ellas las sobresalientes Casa del Cueto y Tabacalera Cueto y Compañía. Que abriéramos los ojos, pues a la vuelta, encontraríamos el Restaurant La Casona, en donde podríamos observar ejemplos de las antiguas rejas metálicas que protegían todas las puertas y ventanas de la inmensa casa de don Pedro del Cueto.
Paramos en la esquina de Primera Sur y Calle Central, vemos el muladar en que se ha convertido la plazuela que tenemos en frente, y varios evocan un recuerdo peculiar: la ubicación ahí mismo, del frente ochavado de una antigua casa solemne, la del Banco de Chiapas; única institución propia, fiduciaria y emisora de billetes de la historia de Chiapas. Neocolonial, ventanas prominentes, alto frontispicio coronado por el escudo nacional y un astabandera, aunque ya vamos al refectorio referido y…
¡Cierto!, exclaman algunos. ¡Aquí están las protecciones! Dos semicirculares bajas, típicas de balcones, en buen estado, forjadas en fierro de fragua y yunque. Y dos grandes, espectaculares, al interior del salón más amplio, sobrepuestas al muro, tan sólo como ornamentos. Avanzamos cincuenta metros y ya estamos en la Primera Poniente… antigua Calle del Comercio, por mucho tiempo la más importante de la ciudad, al igual que la Avenida Central. Nos imponemos de esta otra plazuela abatida por el ambulantaje y la indolencia, y en ella todos recordamos a la antigua Beli, la Escuela Primaria Belisario Domínguez del gobierno del Estado.
Barrio de San Miguel
Roberto explica que justo al terminar la plazuela, ahí iniciaba el edificio del templo de San Miguel, construido sobre el espacio que por largos años ocupa la Mueblería Valanci y Compañía, de don Samuel Valanci Hasson, o bien sobre el lote adjunto. Que esta plazuela de algún modo replica la antigua, del siglo XVI al XVIII, aunque lo más seguro es que sus promotores nunca hayan sabido de la existencia de aquella. Que aún a principios del siglo XX, continuaba en pie el cajón deteriorado del templo, sustituido definitivamente ante la expansión del barrio, y la construcción, más adelante, de la bella iglesia del Calvario de tintes góticos, hoy única reliquia arquitectónica de la antigua Calle del Comercio.
Hace recordar también a la romería, a los peregrinos, que ahí, a la media cuadra, frente a la antigua iglesia, estuvo precisamente la tienda de los libaneses Sabines, la de don Julio y su familia, llamada Almacén El Modelo, proveedor de textiles, vestuario y bonetería; casa y establecimiento comercial heredado al político y al poeta, a los hermanos Juan y Jaime Sabines.
Yo en lo personal, recuerdo sobre esta calle un par de inmuebles arquitectónicamente bien logrados. Ambos, asientos de negocios formales: la esquina suroccidental de la Segunda Sur, sede de la Ferretería Castillejos del ingeniero Víctor Manuel Díaz, y la esquina nororiental de la siguiente, Tercera Avenida Sur, casa de la Ferretería El Candado, de los sucesores de don Juan Kramer. Varias voces, sin embargo, nos hacen recordar el banco que estuvo contraesquina del punto en que nos encontramos: la sucursal de Banamex que es asaltada como nunca en Tuxtla, a principios de los años ochenta del siglo pasado en noche de jueves. Previa voladura subterránea de su caja fuerte. Ello a través del túnel construido desde algún cobertizo vecino, según cuentan; patio de cierta dama enamorada y entrada en años.
Segundo antiguo Ayuntamiento
Luego avanzamos por entre la obscuridad del pleno centro, ¡Hágame Usted el favor!, sin destacar nada encomiable. Volteamos a la derecha sobre la Segunda Poniente, y ya estamos al fin, frente a la fachada emblemática del segundo antiguo Ayuntamiento, hoy asiento del Museo de la Ciudad (que los tuxtlecos aún consideran en ciernes). Edificio neocolonial de dos plantas, como sabemos todos, construido entre 1941 y 1942 sobre el predio donado por un hombre altruista, don Noé Vázquez Rincón. Diseño y realización de los arquitectos Francisco D’amico y Andrés Luna. Ajaracas de ascendencia mudéjar en sus muros exteriores, frontispicio ecléctico, espigado, aunque armónico; crestería ornamental de primera, etcétera, aunque…
Ahora, tras el terremoto del siete de septiembre del año pasado, ¡Está a punto de caerse! Como bien informa un joven de la procesión, quien dice colabora con el museo. Aunque bien a bien no refiere todo el edificio, sino la parte alta del muro occidental; pared de la segunda planta efectivamente desplomada. Continuamos, pero alguien repara en la preciosa reja ornamental que da acceso al patio del museo, pues dicen que se trata de uno de los portones de la antigua Escuela Industrial Militar, la que estuvo ubicada en el sitio del actual Centro Cultural Jaime Sabines. E igual, el propio Roberto identifica otra protección metálica, proveniente de la mansión de don Pedro del Cueto, hoy sobrepuesta y útil, al anexo del antiguo Ayuntamiento.
La Providencia, el Rex y el Alameda
Llegamos a la esquina de Segunda Poniente y Primera Norte, viramos hacia la derecha, rumbo al Oriente, y a media cuadra, sobre la mano izquierda… ¡Oh delicia! Continúa ahí, en el lugar de siempre, La Providencia. La taquería de Tuxtla por antonomasia. Nuestra taquería de junto al antiguo Cine Rex; la misma que cuando a los de mi generación toca la oportunidad de cenar en ella, a la salida del cine, tanto del Rex como del Cine Alameda. Todos dicen que es la más vieja y prestigiada, junto con los tacos árabes de El Califa de junto al Edificio Maciel. Probablemente las dos taquerías de puerco más antiguas de la ciudad, aunque hoy recién nos enteramos: es fundada en 1952, es considerada “pionera de los deliciosos tacos y carnitas al estilo de Michoacán”, y tendría que entrevistarse a los herederos para estar bien ciertos.
Pero ya, paramos ahora sí, en la esquina del Cine Rex, tan sólo para reposar y tomar juelgo. También para evocar algún momento a mitad de los setentas: mientras aquí se exhiben dos películas mexicanas y el bullicio y el tráfago es enteramente normal, entre el Cine Alameda, la Biblioteca Pública del Estado y el Parque Central, el tráfico de autos está detenido y es imposible dar un paso. Del cine sale gente como si fuesen hormigas de un agujero enorme. Hay colas sobre las banquetas, la de la Calle Central y ésta, de la Primera Norte. Exhiben… ¿Quién lo dudaría? ¡El Exorcista de Linda Blair! Mi primera película formal de terror, dirigida por William Friedkin, protagonizada adicionalmente por Ellen Burstyn, Jason Miller y Max von Sydow.
Y de aquí, ahora sí, ya volvemos al Centro Cultural, que lo encontramos fresco e iluminado; tomamos nuestros asientos, son las ocho treinta de la noche, aspiramos a nuestras anchas… Pues sucede que ahora somos menos: varios, en diferentes puntos, se fueron rezagando en el camino, ante el cansancio y lo inusual. Pero a pesar de las deserciones, amigos, dice resonante Roberto Ramos, ¡Vamos a concluir!
Cuatro propuestas y dos objetivos
Concluir en lo que, durante las jornadas anteriores, a diferentes niveles, ya habíamos arribado; desprender y generar a partir de estas charlas y de la experiencia del recorrido, tres o cuatro propuestas:
1. La necesidad de una norma municipal que imprima orden al establecimiento de franquicias comerciales en el centro histórico; ello para alterar lo menos posible su entramado urbano.
2. Diseñar y poner placas alusivas, donde corresponda, no exclusivamente en el centro histórico, sino en toda la ciudad, sobre acontecimientos, hitos, edificios y personas, de acuerdo con el contenido de estas charlas.
3. Fundar un vasto acervo fotográfico virtual, sobre la ciudad, del que podamos apropiarnos todos, para aportar materiales y acceder libremente a ellos, y
4… ¡A ver quién le pone el cascabel al gato! Formular un buen proyecto de intervención arquitectónica para esta parte céntrica de la ciudad. Un programa de embellecimiento y mejora substancial de la imagen del centro histórico.
Lo demás, todo sería añadidura, pues esto implicaría calles y plazas libres de “ambulantes”, espacios para la convivencia familiar y el esparcimiento público, iluminación de primera y calles peatonales, y más y mejor turismo. También, citadinos más informados y mejores ciudadanos, pero sobre todo, dos objetivos centrales: 1. Sentirnos dueños del centro, de nuestro Centro Histórico y 2. Reforzar con esta iniciativa y con otras de su estilo, nuestra identidad local.
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