Pensando en el DER, sus maestros y alumnos.
Por fin hemos conocido La Valdiviana, presumida desde hace tres o cuatro años por mis compadres Mario Arturo, Lupita De León, Pedro Ramírez y Lulú Ballinas; sugerida en tanto que sitio adecuado para el relax, el descanso y la evocación. Recomendada por ellos debido a su parentesco político, cercano a la administración de este pequeño centro vacacional. De modo que decidimos al fin, y ahora en plena Semana Santa nos vamos hacia ella, hacia el rumbo de la antigua hacienda, Blanqui y yo, César Antonio y su novia, Pedro y Lulú, nuestras ahijadas Valeria y Belem, y el buen Mario Robles y su pequeña familia; todos amigos entrañables.
Estuvimos entonces, tres días con sus noches. Noches de estrellas, silbar del viento y aullidos lejanos. Mañanas frescas y días despejados. Atardeceres con ocasos crepusculares de… debo decirlo, pues me quema la lengua: ¡Atardeceres de poca madre!
Aunque también mañanas y tardes de lectura, leyendas e historias; hamacas, césped y colchones alcahuetes; naipes, vino, cervezas y brandy; sueño, descanso, comida regional y piscina; caballos, caminatas y sesiones fotográficas, pero sobretodo, 1. Harta convivencia de pequeños y adultos, muchachitos y viejos y, 2. Sabroso palique con los descendientes de los antiguos baldíos de la finca, con las nietas y nietos de doña Rosy Montesinos (o Coutiño, según nos confían), viuda de don Carlos Esponda Espinosa, matrona por excelencia de La Valdiviana, e incluso con ella misma, con sus cuatro o cinco hijos, con sus nueras, criadas y empleados diversos.
Días y noches suficientes para corroborar las varias historias que habíamos leído, o nos habían contado, como a todos los oriundos de las proximidades de la región. LA-VAL-DI-VIA-NA. Topónimo que no sólo evoca al viejo español don Bartolomé de Valdivia, fundador de la hacienda —quien, para preservar su apellido, nombra de tal modo a estas tierras—, sino también al emporio agroganadero colonial de indios primero y negros esclavos después; a las actuales rancherías, pueblos y ejidos vecinos, y a todo el rumbo territorial en su conjunto: el extremo sur suroccidental del municipio de Cintalapa.
Del mismo modo como conocemos en el centro de Chiapas, el valle de los Corzos, el valle de Cintalapa, la región de la Frailesca, el valle del Grijalva o el valle de Los Cuxtepeques.
De acuerdo con las pesquisas del cronista Gustavo
Montiel (“El negro Marimbo”. Costa Amic, 1984) y del historiador y buen amigo
Sergio Gutiérrez Cruz (“Casa, crisol y altar. De la hidalguía vasco-navarra a
la hacienda chiapaneca”. UNICACH, 2010), los restos de la antiquísima y
enorme hacienda colonial, hoy finca San Antonio la Valdiviana, continúa en la
propiedad de los sucesores Olaecheas y Espondas de
los tiempos idos; heredad de los más viejos, y quizá primeros Olaecheas,
Sebastián y Francisco, quienes adquieren la hacienda a su antiguo propietario,
“a principios de la década de 1730”. Aunque a finales del siglo XVIII, previas
truculencias familiares y hereditarias, el latifundio se encuentra “en poder de
la familia Esponda y Olaechea”, de la cual proviene un
hombre destacado para la historia de Chiapas: don Sebastián de Esponda y
Olaechea, quien, en su calidad de diputado de las Chiapas, asiste a las Cortes
de Cádiz o asamblea española constituyente, entre 1810 y 1814.Bella tierra. La Valdiviana. 2013.
No obstante, el primero de los Espondas absolutamente reconocido como predecesor de esta familia cintalapaneca, es don Martín de Esponda y Balboa, otro personaje importante sin asomo de duda, pues interviene durante los sucesos que desembocan en la incorporación de Chiapas a México en 1821. Nace probablemente en 1783, y fallece y es sepultado en 1853 en la propia hacienda, tal como se lee en una de las varias lápidas sepulcrales de la familia, empotradas en los muros de la antigua ermita de La Valdiviana: “Yace aquí don Martín Esponda. Fallecido el cinco de noviembre de 1853. Requiescat in pace. Sus hijos”.
Hay otra historia, sin embargo, la que campea a través de la palabra y la tradición oral, con datos tomados probablemente de aquí y de allá: que la vida de La Valdiviana inicia en 1590, siendo su propietario algún “capitán Marín”. Que después pasa a manos de un tal “señor Coutiño”. Que el latifundio crece desmesuradamente durante la propiedad de un “señor Valdivieso, quien la adquiere en 1670”. Que, a principios del siglo XVIII, ya es “propiedad de un cura apellidado Olaechea y Michelena, quien la hereda a una hermana suya de nombre María”. Que esta mujer se casa con el primer Esponda de la familia (“un cobrador de tributos de los indios”), probablemente asociado al Chiapas colonial. Y que los descendientes de éstos, son todos los Espondas emparentados con La Valdiviana, “aunque muy luego perdieron el apellido bueno, el Olaechea”.
Otra historia, adicional, es la que se asocia a la pintura al oleo de finales del siglo XVIII, que hasta hoy permanece en la sala principal de la casa grande, cuadro en el que —según la propia matriarca doña Rosa María Coutiño (o Montesinos, según nos vuelven a confiar)— aparecen fray Esteban de Olaechea y su hermano Basilio, “originales, aunque más bien segundos propietarios de la hacienda”, en donde efectivamente, sobre la hoja de papel sostenida por el cura retratado, se lee: “De la mano y pluma de Esteban de Olaechea y Michelena”.
La Valdiviana actual entonces, es sucesora de la antiquísima hacienda de indios, de ganadería mayor y extensiva, adicionada con maíz proveniente de las milpas tradicionales, a la usanza de los pueblos mesoamericanos. Es cesionaria de la posterior hacienda de negros, capataces, ganado, maíz, añil y crianza de caballos. Es heredera de la ulterior hacienda porfiriana, cultivadora de añil y henequén, provista de baldíos, peones acasillados y tienda de raya; equipada con operarios para el beneficio del henequén y su procesamiento primario en la moderna desfibradora de La Valdiviana, durante el período de 1870 a 1914. Es beneficiaria de la antigua hacienda de quince a 25 mil hectáreas, cuyos linderos —de acuerdo con la vox populi; historias de la tradición oral— estaban fijados por las montañas que a lo lejos circundan la casa grande.
Aquella inmensa finca, es la misma que hoy tan sólo señorea cien o doscientas hectáreas. La Valdiviana actual, la que se encuentra en las inmediaciones de la ciudad de Cintalapa; hacia el rumbo occidental, situada a veinticuatro km de ella, y a media legua del llamado Kilómetro Cero: bifurcación de las carreteras que conducen a la Costa de Chiapas, a Oaxaca y a Tuxtla Gutiérrez.
Es la misma, antañona hacienda colonial, que poco a poco y andando el tiempo, fue despojándose, por gusto o por necesidad, de cientos y miles de hectáreas. Seccionándose de modo tal que ahora, sus antiguos parajes, reparos y sesteaderos, son identificados como propiedades y fincas agropecuarias boyantes. Entre ellas: San Francisco, San Bartolomé, Monserrate, El Laurel, El Zapote, Santa Lucía, Santa Catarina, Macuilapa, El Maniadero, El Recuerdo, Los Olaecheas, El Cafetal, Cualagua (vocablo de ascendencia africana), La Razón y Las Cruces.
¿Y por qué no decir que todos los ejidos o colonias agrícolas contemporáneas, deben a La Valdiviana sus miles de hectáreas, su herencia patrimonial? Pues ahí se encuentran orondas, como todos saben, varias rancherías ejidales de la revolución agraria: Pomposo Castellanos, Mérida, López Mateos, Nueva Independencia, Chiapas Nuevo, Villa Morelos, Rosendo Salazar y otras.
Y sí. Aún hay vestigios de todo aquello: rastros, cimentaciones, ruinas, antiguos objetos, construcciones restablecidas, caminos viejos, memoria oral mil veces repetida, aunque en especial… quedan los hitos geográficos del territorio que para nada engañan: las estribaciones de la Sierra Madre hacia el sur, las montañas del rumbo de los Chimalapas hacia el poniente, el cerro Gracias a Dios y demás prominencias anteriores por el lado oriental, y el “río de la Valdiviana” que corre de oriente a poniente: el riachuelo que refresca el ambiente y provee a la finca desde tiempo inmemorial, “desde cuando en tiempos antiguos, dicen que era un río grande; cuando todo estaba lleno de montañas”, de acuerdo con la voz de los antiguos peones.
Quedan y aún se observan residuos de arquitectura colonial en la planta original de la casa grande, emplazada hacia el oriente, provista de corredores amplios (interior y externo): muros de adobe ancho, columnas de variada arquitectura, arcos, maderamen, techumbre y teja. Pero lo que hoy da el toque de identidad al casco de la finca, es el edificio porfiriano de corte neoclásico, que cierra hacia el poniente todo el conjunto, construido en 1902, según rezan las letras de su frontispicio.
Se observa una amplia y robusta nave industrial, provista de tres accesos, cuatro grandes ventanales y un sótano interno que seguramente albergaba el artilugio que proveía fuerza y movimiento a la desfibradora de henequén. Afuera y junto a la nave, se encuentra el área en donde se habría alojado la caldera y el “horno” propiamente dichos y, finalmente, dos esbeltas chimeneas industriales distinguen el paisaje, altas y sin parangón en Chiapas.
Todo ello coronado por una fachada interior neoclásica, aderezada con tres arcos de medio punto, semiderruida, aunque hermosa; pordios que de antología.
El otro elemento arquitectónico nodal de La Valdiviana, sin embargo, es su distribución espacial; la distribución segmentada que la antigua hacienda normaliza seguramente a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Planta general clásica u ordinaria de las haciendas porfirianas e incluso de tiempos anteriores:
1. Casa grande rectangular, casi cerrada, orientada de oeste a este. 2. Carretera que conduce a las tierras interiores de la hacienda, hoy conocida como El Callejón. 3. Casa formal anexa, alineada a la izquierda de la anterior, igualmente de origen colonial, probablemente casa de los dueños o administradores. 4. Patio anterior enorme, rectangular, aunque alargado sobre el eje norte-sur, delimitado por dos ceibas seniles y un par de tamarindos viejos. 5. Ermita de origen colonial al centro del patio, y frente a ella una pequeña cruz atrial, ambas irreconocibles tras adversas intervenciones. 6. Conjunto de casas pequeñas de los mozos, que completaban el rectángulo del patio central (hoy sólo se observan algunas hacia el poniente-sur, otras detrás de la ermita y tan sólo ruinas de las viviendas marginales hacia el lado austral), y finalmente, 6. El camino real que por fuerza siempre ha venido desde el oriente, desde Cintalapa.
Quedan ahora, para el solaz de la familia, para los amigos de La Valdiviana, y para los paseantes y excursionistas especiales —quienes buscan algo más que vacaciones y distracción—, las mil y una historias, leyendas y sucedidos de la antigua hacienda. Sus paisajes resecos o rozagantes, que dependen del temporal o de las escasas lluvias. La vegetación robusta que serpentea junto y a la par que el río.
También ¿cómo no?, los recuerdos, añoranzas, objetos e instrumentos antiguos, las pinturas, planos e imágenes que aún se observan en el patio interior, en la sala principal, en las habitaciones de quienes permanentemente moran ahí; en la capilla local y en los alrededores, e igual en las narraciones que pueden hilvanarse con los datos precedentes, como las historias contadas por los chavales habitantes de la casa grande, los nietos de la matrona doña Rosa María.
Y es que, a la segunda noche, después de la cena a la que todos acudimos, Blanqui llama al corredor de las poltronas y hamacas, a las niñas y muchachos de la finca. Muy pronto —viejos y muchachitas, ahijadas y padrinos, sobrinos e hijos—, entre todos emprendemos el juego del cartero o de la silla vacía, en donde, mientras todos en ronda permanecen sentados en sillas, un primer jugador de pié, dice a los convocados: “presten atención. Aquellos a quienes mencione, inmediatamente dejan su silla y corren a buscar otra. ¿De acuerdo? ¿Me entendieron? A la una, a las dos y a las… ¡tres! Yo soy el cartero y traigo correspondencia para todos los que hayan nacido en… ¡Chiapas!”. Eufóricos se ponen de pie los aludidos. Corren a atrapar un asiento de los ahora brevemente abandonados. El “cartero” hace lo mismo y, quien se queda parado y sin silla es declarado perdedor.
Ahora el desafortunado conduce el juego, y va otra vez. “Yo soy el cartero y traigo cartas para todos… ¡Los que traen anillos y pulseras!”, y así nos divertimos con esto una y otra vez, hasta que todos, agitados, tomamos un descanso.
Quince minutos apenas han pasado, cuando alguien grita: ¡Hey, amigos! ¡Contemos cuentos de espanto! ¡Vengan para acá!... Aunque ahora, sólo los más pequeños acuden, en especial las y los niños que viven en La Valdiviana, los emparentados entre ellos, y “su servidor”, o “quien esto escribe”, como se indicaba en otros tiempos. Y esta resulta la parte más bella, valiosa y entretenida de la velada, pues… aunque surgen diversas variedades sucintas de las leyendas típicas de la región (La Cocha Enfrenada, El Cadejo, El Duende, El Sombrerón, La Tisigua y La Llorona), los niños de la finca balbucean historias relacionadas con ésta, la casa grande, y con La Valdiviana en general.
Con el pozo artesiano que antiguamente existía al centro del patio interior, con “el salón” como llaman a la antigua nave industrial, con el “horno viejo de la panadería”, con el patio exterior y con la ermita, con las casas de los peones, y hasta con alguna de las “pochotonas de afuera”.
Una en particular llama nuestra atención: la leyenda que relaciona al vejo Guayo, a don Eduardo Esponda Tort (1919-2011), hacedor del último jalón productivo de San Antonio la Valdiviana, provisto de la tenacidad y el vigor de antes; influyente en el ámbito económico y político regional. Es el personaje de los pantalones con tirantes, quien anfitrión y henchido, observa a su invitado estrella, al presidente mexicano Manuel Ávila Camacho. Esto de acuerdo con la fotografía de 1945, misma que evidencia su visita a La Valdiviana, durante la última de sus giras agrarias por el interior del país.
Nos referimos a la historia que cuenta la niña de mayor verbo y autoridad. Nívea, casi rubia, mejillas coloradas y ojos saltones. Ella cuenta, y estas son sus palabras:
Una ocasión, por la media noche, cuando los perros ladran y ladran, era tanto el latir de los animales que el abuelo Guayo se levantó con su pistola. Tan sólo para saber quién era. Abrió de poquito a poco la puerta de la entrada principal, y vio que de la ermita salían… aunque la puerta de la ermita estaba cerrada… vio que de la ermita salían unas almas, unos espíritus. Dicen que el abuelo Guayo logró distinguir al último de la fila, porque llevaba un foco o una vela. Y que esa persona o ese espíritu, era uno de los que aparecen en la pintura. En el cuadro que se encuentra en la sala de la entrada. Uno de los dos amarrados de la cabeza. Pero que no… Dicen que contaba el abuelo Guayo, que no eran espíritus malos, sino que [eran buenos, de la familia y que], sólo… sólo por puro gusto, y porque en el… en el cielo se fastidian, [es que] de repente salen a visitar las tierras, el río, la casa grande.
Y ahora sólo me resta expresar una bendición, un augurio bueno, una recomendación o como se llame; una cosa tan grande, grande, como la difusión que estas letras permitan. Decir que, sin la historia, sin la aportación social, cultural y económica de La Valdiviana, sería incomprensible la historia de Chiapas. Que es valiosa la contribución de La Valdiviana en la parcial afroidentidad del valle de Cintalapa, y en su magna identidad sociocultural. Y que hoy, sus habitantes, tierras y vetustas instalaciones, constituyen un pequeño retablo museográfico de Chiapas.
Debemos visitar la actual finca San Antonio la Valdiviana. Hoy cuando es heredad de los hijos, nueras y nietos del difunto don Carlos Esponda y de doña Rosa María. Hoy, cuando se ha convertido en un pequeño centro vacacional, provisto de habitaciones, piscina, césped, agua tibia, cocina familiar, platillos regionales, caballos, butacas, poltronas y hamacas (pongo aquí los teléfonos para su reservación: 961 112 02 66 y 968 103 30 96). Aunque, claro, grande es el reto por venir para la familia. Pues el potencial turístico y económico de la nueva Valdiviana, apenas recién ha sido descubierta.
Ojalá con el tiempo y un ganchito, la antigua hacienda conduzca y formalice su vocación turística alternativa: atípica, ecológica, rural, ambiental y “energética”. Ojalá muy pronto integre una especie de museo de sitio, para comprender didácticamente su historia. Ojalá alguno de los programas de posgrado y centros de investigación regional, efectué cualquier estudio para ponderar la importancia económica, social, cultural e histórica del sitio. Ojalá el Ayuntamiento de los cintalapanecos come-lima-tiernas, haga pronto lo pertinente para obtener del gobierno mexicano su declaratoria de Patrimonio Cultural de México…
Ojalá antes de que se desplomen las dos chimeneas arquitectónicamente únicas, la familia Esponda Montesinos encuentre mecenas que financien la consolidación y restitución cabal, no sólo de ellas, sino de toda la nave industrial y sus anexos.
Y ojalá, finalmente, la familia no sucumba ante la necesidad o la estulticia, ante las grandes inversiones, negocios y ventajas del corto plazo; marcas, franquicias y grandes intereses. Queremos todos, una nueva finca La Valdiviana, recuperada, próspera y saludable. Al menos por quinientos años más, aunque ello sólo es un mal decir. Debemos los chiapanecos, preservar para siempre nuestra identidad y nuestra historia.
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