Nunca había estado en martes en el bar Las Américas, sino hasta ayer. Fui con Blanqui, para desenredar dos o tres entuertos, pues dicen que, con cervezas, el tracto digestivo se lubrica y los tragos más amargos se endulzan. ¡Oh cantinas de nuestra recordación florida! Templos de la conversación, delectación y buen talante. Estuvimos ahí, aunque para ser entre semana, el negocio marchaba mejor que bien: seis mesas surtidas. En una de ellas platicaban nuestros amigos Rafa Arellanes y el viejo Neín Farrera. Dos camareros iban de un lado a otro, mientras el dueño del lugar, el arquitecto don José Luis Moya López, como siempre el mejor anfitrión, atendiendo a la clientela.
Tenía pendiente ponderar este bar, uno de los más viejos de Tuxtla, junto con La Casa de Ladrillo y La Pelona, quiero decir: el bar de doña Pelona… y bueno, ahora por fin lo hacemos, aprovechando el pretexto de nuestra visita.
Y, a la gran retahíla de nuevos tuxtlecos les decimos que Las Américas está, desde 1979, en el barrio Cantarranas, dos o tres cuadras atrás del parque Cinco de Mayo, justo en la esquina de Segunda Avenida Norte y Catorceava Oriente, al tiempo que, a los tuxtlecos viejos les recuerdo: el distintivo de la cantina se encuentra en su ascendencia española. Desde su fundación en 1953, siempre ha servido las mismas, ricas, deliciosas botanas. Y desde el principio tuvo barra y contra-barra, como hasta ahora, por si algún cliente se anima a despachárselas frente al retablo de espejos, vinos, rones, brandis, vodkas, ginebras, whiskies, tequilas y demás elixires.
Cuentan que Las Américas honró el nombre desde su inauguración, pues su primer día de servicio fue el doce de octubre de hace sesenta y tantos años, el día de “La Raza” o de “Las Américas”, como decíamos antes. Antes de que en Chiapas los campesinos alteños destruyeran la efigie del supuesto fundador de San Cristóbal, Diego de Mazariegos, justo un doce de octubre.
La
cantina entonces, fue establecida detrás del templo de San Marcos, sobre el
antiguo Callejón del Sacrificio (del “sacrificio” o asesinato, efectivamente, del
prócer liberal Joaquín Miguel Gutiérrez), muy cerca de la biblioteca del Ateneo
de Ciencias y Artes de Chiapas y La Orquídea, un viejo almacén de textiles, zapatos,
sombreros y petacas. Dicen que el espacio apenas si alcanzaba para la barra y seis
mesas, por lo que un año después —en función al incremento de la clientela—, se
cambia a la casa de al lado, en donde permanece varios años, con alrededor de catorce
mesas, hasta que, en 1960 se traslada a la Primera Avenida Norte, junto al Cine
Alameda, aunque luego se va al edificio del Barrio Cantarranas, en donde
permanece hasta la fecha.© Un momento relax. Tuxtla Gutiérrez. 2018.
Otra cuestión de interés es que su fundador, don Antonio Moya Gabarrón, padre del arquitecto Moya y sus hermanos, español de la generación de los transterrados de 1940 —admitidos al país por el gobierno del general Lázaro Cárdenas— se establece inicialmente en San Cristóbal. Ahí se dedica a la panadería de bolillos, teleras y pan de caja, aunque tiempo después emigra a Tuxtla. Este hombre es oriundo de Murcia, hacia el rumbo sureste de Madrid, y aunque se desempeña como militar de carrera, durante la guerra civil española es deportado a Francia, dentro del Grupo de los Trescientos. Los mismos que no fueron aceptados por Estados Unidos ni República Dominicana. Los mismos que se establecieron en Veracruz, Tabasco, Oaxaca y Chiapas.
Pero el quid está en las chelas, los tragos y las botanas características del bar Las Américas. Definición inicial para la que obtuvo el apoyo de su amigo Anselmo Calderón. En donde desde su fundación, según cuentan los más viejos, conseguías y aún siempre consigues un buen vino. El pomo que prefieras —así sea whisky, mezcal o tequila—, e incluso cualquier cerveza, pues no se atienen a un sólo proveedor. Venden nuestra Bohemia —¡Cosa importante, caballeros!— aunque también las de la línea Modelo y las rubias yucatecas Carta Blanca y Montejo.
Es exquisita la atención de los meseros. La música grabada permite conversar. Los viernes y sábados se alegran los oídos con algo de marimba, guitarra u órgano (sin llegar a estridencias), y los excusados, aunque no muy limpios, son algo más higiénicos que los de nuestras otras querencias. Me encanta la idea que mantiene el bar, desde que lo conocí: el tablero de anuncios de la entrada. Ahí te enteras de que Fulano vende o compra, que éste necesita algo, o aquel desea deshacerse de esto, aquello o de alguien, y que, quienquiera puede poner su anuncio. Yo desde cuando estoy que voy a poner la solicitud de mi Vesta: “Busco novio. Me urge un rottweiller macho, sano, enérgico y de buena cepa, provisto de CPR. Informes en Tuxtla Gutiérrez al 961 639 29 32”.
Y en cuanto a sus platillos ¡Ni hablar! Ahí sí que nuestros respetos. Delicias y abundancia. La ensalada de jitomates es mi predilecta. Incluye camaroncitos secos, cebolla, chile verde, aceite de oliva y trozos de jitomate desollado. Las papas con mayonesa, igual. Llevan un toque de mostaza, cebolla y chile, y el consomé de camarón seco es exquisito. En algo se parece al de La Oaxaqueña en San Coleto. Claro que lo rico, para los no vegetarianos, está en el cerdo... en la carne de cochi, aderezada con aceite quemado; en la pancita de puerco en escabeche (vinagre, especias y algo de oliva), en el hígado del mismo animal, y en el chicharrón de cáscara.
Ayer precisamente, pregunté si aún servían paella para de una vez comer. El camarero, aunque se destanteó, pronto fue a la barra, a la consulta de rigor. Ya de vuelta, el propio don Joseluis solícito nos dijo: “Hombre, ¡Claro! Sólo avísenme con anticipación. De un día pa’otro, aquí les preparamos de seis a cuarenta porciones. Paella clásica española… o si no, les preparamos igual, filete a la mexicana, pero con algo de español”.
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