martes, 4 de agosto de 2026

EL PELUCAS, MI CANTINA

A Romeo Pedrero Yáñez, in memoriam.

 El Pelucas es mi cantina preferida en Tuxtla. La mejor, la de mis recuerdos, pues, si bien conservo en mi lista La Casa de Ladrillos, Las Américas, La Tía Mary y El Compa Meco, siempre la primera es la primera, así se encabronen por estas expresiones, los puristas del lenguaje. Y es que, de esa mi primera época ­­­­—finales de los años setenta­­ del siglo pasado— aún recuerdo las jodas que nos acomodaba don Gustavo Popomeyá García, renegrido el hombre, panza abundante, ojo bizco y frente prolongada. Casi con el fuete en la mano, supervisaba nuestro trabajo. Su herrería estaba junto a la Escuela de Medicina, y mi trabajo era desherrumbrar y cortar fierros, o pintar ventanas y puertas.

A esos años corresponden mi expulsión del Seminario, el descubrimiento de una casa de citas, el bachillerato vespertino, las clases de grecolatinas, trabajar para sostenerme, y las primeras novias, pues en el internado estaban prohibidas. A este tiempo pertenecen las rolas que por extravío nos llegaban de Doors, Clapton, Burdon, Credence, Carlitos Santana y… lo más importante: nuestras primeras caguamas.

El sábado era día de fiesta en la herrería. Rayábamos. Don Gustavo pagaba primero a los maestros, luego a los ayudantes, y por último a nosotros, los aprendices. A mí me tocaba 250 pesos, a veces 300 y hasta en una ocasión 350, cuando de tanto flamazo, toda una noche me la pasé con rodajas de papas sobre los ojos. Era el medio día, todos chavos, presión alta, lana en la bolsa… ¡Vámonos a reventar! Derechito hasta donde ahora sigue. Al Pelucas, que en esos años aún llamábamos La Peluquería. Bajábamos desde el Sur, de la zona de los hospitales, luego seis cuadras a la izquierda por la Novena Sur y de ahí derecho al Norte, a cuadra y media del templo de San Pascualito.

De ese tiempo es El Galerón, detrás del antiguo CECyT del ICACH, nuestra Preparatoria, sobre la colonia Magisterial. También El Cubetazo, frente al campo Revolución, La Pelona y sus perros pulguientos por el rumbo del panteón, y el bar de la Coca o el Coqui, que en esos años bautizamos como El Limoncito, hacia el rumbo Nororiente. Me fui a San Cristóbal, a la Universidad, en donde les perdí la pista, aunque a mi regreso supe que rebautizaron al último. Le pusieron Las Laminitas. Quitaron el limonero del patio, ocultaron el sol, pusieron una barra inútil, y lo techaron todo. Por fortuna tres cosas dejaron: la Coca, nuestra distracción preparatoriana, sus típicos muros ataja-bolos de la entrada y, tan sólo, por algunos años, las secarronas de minifaldas que se sentaban frente a la bulla.

© Bar El Pelucas. Tuxtla Gutiérrez. 2014.

Aunque el peluquero oficiaba en la sala de la casa, sólo atravesábamos la cortina del corredor para ingresar a nuestro aguaje. Ahí estaba la cocina y el cantinero, y luego un techo de cartón con piso de tierra. Esto hacía las veces de salón; todo improvisado con tablas y tablones a cuenta de mesabancos. Había clientes que, para cubrir la formalidad, primero se afeitaban, checaban el material de las revistas calientes: Diversión, Alarma y dos o tres de desnudas; conversaban con don Octavio Sol Bermúdez, el mero mero don Pelucas y ¡Adentro! No había rockola, para no evidenciarse; en el patio lucía también un limonero, apenas llegaba a un orinal (más limpio que los de ahora) y sólo expendían caguamas y chelas.

Iban y venían las caguamas negras, platitos con limón y sal, porciones ínfimas de cacahuate enchilado y, cuando bien nos iba, el mesero nos regalaba trocitos de queso fresco. En la cocina preparaban la riquísima carraca y el caldo de shuti, que ahora, muy ufanos, llaman “consomé de caracol”. Chance y ya incluían el frijol refrito con chiles de Simojovel, queso espolvoreado y tortillas calientes en trozos. Preparaban todo eso, aunque sólo los más rayados ordenaban esas viandas. Como hasta hoy, eran caras y no se incluían en el precio de las cervezas.

Abrevaban ahí, igual que ahora, aboneros, peones y albañiles, aunque su presencia era más evidente; mecánicos y pintores, herreros como nosotros, y ya desde esos días se veía a algunos periodiqueros: tipos que la hacían de “periolistos”, con reporteras a la mano y periódicos bajo el brazo. Se veían médicos, ingenieros e individuos de perfil indescifrable. Hoy esto no ha variado mucho, salvo porque se ven mujeres, parejas, e incluso lesbianas evidentes y gays. Ahora se ven políticos, de los que ejercen como diputados y ediles, empleados del gobierno, y hasta uno que otro funcionario o ejecutivo, acompañados de secretarias y segundos frentes. Cierto es sin embargo, que cada vez se ven menos albañiles.

Al principio, claro, llegábamos por las mechas y la peluqueada; por las desnudas de los posters y las revistas. Pero después ya tuvimos derecho a pasar directamente al salón. Con el tiempo don Octavio obtuvo permiso municipal con licencia sanitaria y todo— para “legalizar” la peluquería con expendio de cervezas y alimentos. Luego desapareció el pabellón y la frontera entre los abstemios y la indecencia. El nombre cambió de Peluquería de don Octavio, a El Pelucas, así nada más y a secas. Después se percató que le traía más cuenta vender sólo caguamas y ampliar el servicio de botanas, y más después decidió deshacerse de los bártulos del oficio, remató el sillón y los espejos, y extendió el área de atención. La cocina y el bar siguieron en su lugar, la sala se convirtió formalmente en la cantina y el interior se volvió zona reservada para los más señores, los clientes asiduos.

La historia más reciente la saben todos. Que ahora tiene un “reservado”, como dicen los meseros, “pa’las parejas o la gente que no quiere dejarse ver”. Que de repente la sinfonola no deja conversar a gusto. Que ahora venden caguamas negras y mecas. Que éstas cuestan veintiséis pesos y las medias diecisiete, salvo mis bohemias de a veinte. Que la lista de botanas ahora incluye trece platillos diferentes, sin mencionar los frijolitos refritos y el totopo. Y que los camarones al mojo de ajo se llevan la tarde. Total que siguen reinando —a pesar de los pesares— el caldo de shuti y la carraca de puerco aderezada… que sólo Dios y el Diablo han de saber cómo prepararlas para saber tan rico.

Hoy, recién acabo de escuchar que don Octavio Sol y su heredero Jaime, piensan rememorar esta historia: la historia de aquella peluquería que de poquito a poco se convirtió en cantina; el imán para los bolos de buen comer. Dicen que conseguirán la más hermosa de las sillas de peluqueros, marca Colombia, cromada y de cojines rojos, provista de cabecera, descansa pies, asentador y todo. Que la pondrán al centro de la sala, y que así materializarán el recuerdo de la clientela. No lo creo en absoluto, pero en algo hay que especular, caramba.

De ahí que diga ¡Salud ahora, amigos! ¡Salud! A las damas y a los compas con quienes ahí he bebido. Al güero y al colocho, nuestros camareros estrellas, y a don Octavio, a Jaime, a las cocineras y demás meseros.

 

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