[Pensando en el maestro Ulises Valdez Arévalo,
cronista de Terán, municipio de Tuxtla Gutiérrez, y en general en los
tuxtlenses todos, aunque especialmente en aquellos viejos, conocedores, o leídos].
Desde que conocí Tuxtla Gutiérrez en 1972, cuando de La Concordia mamá y papá me recomendaron al seminario católico para estudiar la secundaria, me enamoré del Mactumatzá, el “cerro de las siete estrellas” o, el “cerro desde donde marcharon las culebras”, según se le quiera ver desde el zoque o desde el náhuatl. Desde ese año, varias veces he trepado a la cima de la montaña, sólo o acompañado. A fuerza de caminatas, conozco también los diferentes caminos de la Mesa de Copoya: desde el oriente, el rumbo del Cebollal; la zona de San Joaquín por el rumbo sur-oriente, Cerro Hueco y El Zapotal, en donde ahora se aloja el zoológico de don Miguel Álvarez del Toro; las parcelas ejidales de El Jobo, al centro de esa población, y las tierras de Copoya al occidente, coronadas como a propósito por el Mactumatzá.
Recuerdo muy bien que a finales del noventa y cuatro ―año en que se levantaron los campesinos e indígenas del EZLN―, por octava o décima ocasión subí al Mactumatzá. Cien metros después del monumento a la Santa Cruz, en vez de aquel bello y majestuoso roblar adornado con pashte y otras bromelias, me encontré con la desolación de unas cinco a ocho hectáreas desforestadas por el gobierno. Un piquete de policías panzones y en mangas de camisa, fogaradas y mulas rumiando aquí y allá, y media docena de antenas de radiotransmisión. Los mismos policías me dijeron que tres meses antes habían sido instaladas; que pertenecían a la “red de comunicaciones de la policía estatal”.
Fue en esa ocasión, el quince de noviembre, cuando de regreso, entrevisté al viejecito más jovial y de memoria excepcionalmente fresca del rumbo; a don Isaías Ballinas García, el más antiguo habitante del Mactumatzá, el último poblador del cerro sobre la prolongación del camino al Cocal, rumbo al vértice de la montaña.
Hace varios años entonces, don Isaías me dijo que llevaba setenta y ocho años encima; que ahí mismo había nacido, sobre las faldas del Mactumatzá. Que le encantaría, desde el Libramiento Sur y hasta la punta del cerro, más que plantar casas deformes y calles y postes de luz… sembrar árboles, muchos árboles y palmeras. Me consta que aún vive, y continúa en la misma casa: de adobes desnudos, de tejas mohosas, derruida. Y aunque de él cuidan dos de sus hijas y algunos bisnietos, dos de sus perros aún lo custodian. Esto fue lo que dijo, estas son sus palabras. Sólo corrijo apenas, algunos detalles semánticos; desecho dos o tres referencias repetidas.
[En sus inmediaciones]
| © Vestigios del ayer. Tuxtla Gutiérrez. 1942. |
Este cerro es una gran plancha. Llega hasta del otro lado, por El Cebollal, adelante de Cerro Hueco. Desde aquí, iba uno a Copoya. De ahí bajábamos pa’Cerro Hueco, luego el camino daba vuelta al cerro y pasaba por la finca Santa Rita de los Coutiños. De ahí seguía la propiedad de don Raúl Rincón, luego la propiedad de don Silvano Rincón y todos esos... luego seguían otros ranchos que se llamaban El Carrizal, El Sabinito —que ya estaban arriba del cerro—, después estaba Ramón Escobar quien por ahí tenía su rancho también, rumbo al Jobo. Y ya de ahí todo pertenecía a don Román Castillejos, cuando toavía era por algo, una señora finca: grande. Galana. Y desde allá, como quien se regresa por arriba, todo era planada hasta Copoya.
Con Copoya nosotros colindábamos cuando toavía Copoya era una gran finca de la propiedad de los Palacios. Los copoyeros eran mozos, baldíos de la finca. Ellos no eran dueños de nada. Entonces los Palacios tenían San Pedro; tenían otro rancho que se llamaba San Isidro, desde aquí rumbo a Terán; luego tenían Zoteapa, aquí por el rumbo de San Fernando. Ahora ya es una colonia que le llaman Esquinca.
De estas tierras, en donde estamos parados, primero fue dueño, cuando yo toavía era un chamaco, don Pomposo Paniagua, dueño de lo que ahora es la finca de los hijos del doctor Rafael Pascacio Gamboa; después pasó a manos de don Donaciano Santos, luego él vendió con don Enrique García, y ya este vendió con uno de Guatemala que se llamaba Evaristo López y López. Luego él vendió con don Gustavo Cruz —ambos eran concuños—. Ya después, muy luego lo vendió con don Raúl Gamboa y luego este hombre es el que lo vendió con el doctor Pascacio, [quien compró] en 1948, el quince de diciembre. Cuando sólo faltaban quince días para que terminara el cuarenta y ocho...
La finca desde siempre la han llamado El Cocal, aunque su mero nombre ha sido San José del Cocal. En el rumbo siempre fue la finca más grande. Nosotros colindamos con la finca desde aquí por onde va el camino, hasta la Santa Cruz; ahí nosotros tenemos seis hectáreas de terreno. Aquí, del filo del cerro pa’rriba, hasta allá arriba onde está una cueva de antes, que estaba empedradita y tenía como un portoncito de un metro. Pero las gentes de antes escarbaron ahí y entonces esa cueva lo desparecieron. Sólo quedó ese gran montón de piedras amontonadas ahí, en la rejoya, donde hay varios árboles de roble, bonitos pero retorcidos; tanto es que unos viejitos me platicaron que ahí llegaron unos gringos que querían sacar minas pero no encontraron nada.
[El perol del Diablo]
Ahora, más abajo, por aquí, también hicieron un pozo que ahora es el mentado Perol. Así le pusieron desde antes, la mozada que se encargó de eso en aquel tiempo, cuando la gente no era como estamos ahorita, libres. No. Eran mozos, como esclavos, Y lo más seguro es que a ellos los mandaron a hacer este pozo, pero como no encontraron agua, hasta ahí lo dejaron. Y luego la gente le puso “El Perol”, y todo porque dicen que un pastor de chivos, que hasta la fecha vive, pero ya está viejo y es sordo... este hombre siempre decía que ¡Cómo sonaba como campana, como perol de bronce, allá arriba, adentro del pozo! Pero había otro viejito aquí, y un día que le va diciendo:
—Oí vos compa. Ahora sí. ¡Vamo a velo ese tú mentado Perol! ¡Quienquita! ¡Qué tal que’s cierto!
Y ahí se fueron pa’rriba y nada. No sonaba de al tiro nada el pozo y no hacía ningún ruido. Entonces el chivero, el pastor de borregos, sin darse cuenta el otro, tiró una piedra hacia arriba que cayó adentro con algo de ruido, y pues...
— ¡Ya vio’ste, tío, cómo hace ruido! —le dijo al viejito.
—Hmmm. Como que ya te vi cabrón jijuelachingada...
Y ahí lo agarró a varejonazos, por la tomada de pelo y la andada que le había hecho dar. Y pues… ya ves las lenguas. De todas maneras decían que se escuchaba como un ruido de perol, y que era el perol del diablo, pero no. Era este cabrón chivero el que inventaba esas historias. Y hasta la fecha toavía existe El Perol, sólo que ya está como de unos tres metros, pues ya todo se derrumbó. Yo lo alcancé a ver toavía, cuando todavía estaba por algo, hondo.
[El león y la chivada]
Luego, otra historia de por aquí es de cuando yo era muchachito y pastor de chivos. Como por el año 1928 andaba yo con mis chivos ahí mero onde ya sube uno para subir al cerro, onde comenzaba ese roblar de palones gruesos. Taba yo pastoreando chivos cuando en eso que lo miro salir un animalón así. Fiero. ¡Puta! ¡Hasta parecía El Sombrerón! Pero qué va. Era un león [puma] que esa vez se llevó un mi chivo. Se pescoció a la chivita así, estando toavía chiquita y se la llevó así, del pescuezo. Ni que ver: como si juera un gato frente a un ratón. Y entonces, yo […] tenía un mi chuchito que al ver eso sólo se reculaba pa’trás. Le echaba yo jule y más jule, y onde que quería. Sólo se echaba pa’trás. Entre tanto, la chivada ni sus pelos, corriendo se fueron, juyendo pa’bajo. Nada más vi cómo el animal de un brinco se agarraba a la chivita y despareció.
Y al otro día igual. Pero ahora fui aprevenido: llevé una escopeta. Una que tenía mi papá en ese tiempo, y que me dice:
—Oí vos Chaías —que así me decía mi papá—: mejor no la llevés. Se me hace que no vas a tener el valor pa’seguirlo a ese tamaño animal.
—¡Ah!... —le contesté—. Cómo no. Lo voy a seguir.
Y entonces agarré el camino éste, por onde está El Perol, sólo que por ahí había mucho monte y pues, ahí iba yo gateando y gateando por abajo del monte, en ese camino antiguo que le da la vuelta al cerro y sale hasta por Copoya… pero entonces ya llevé un perro más grande. Como ese tunco, el bermejo. Lo agarré y me fui. Yo estaba parado junto a un palo de mango, cuando de repente pega un grito ese animal, como bufando, regañando pué. Jíjuela... corro pué… Y como yo era un chamaco toavía… que me trepo juyendo como lagartija al palo. Y que luego lo voy mirando desde ahí a mi chucho. ¡Que ya se iba llorando el perro miedoso y haragán! Asustado iba el pobre pa’bajo. Antes ya lo había yo escuchado que gritó. Seguro que onde lo quiso pescar el animal, gritó, y ya no se dio valor. Por más que le echaba yo jule.
Ya
luego me tuve que bajar también. Y ahí me fui detrás del chucho, con el gran
recelo que me entró pué... Hasta a pensar me puse: “capaz que me come este
maldito animal”, pensé. Y así, ya salí hasta el llano onde estaban ramoniando
los chivos, quitados de la pena, y entonces me los llevé. Agarré el rumbo del
corral de Copoya y por allá los fui a pastorear. Ya cuando regresé por la
tarde, le dije a mi papá que sí, que lo había yo encontrado el animal, pero que
le tuve miedo, le dije. Porque regañó muy fuerte y porque lo hizo gritar al
perro y porque quedó bufando allá.
—¡Ah!... —me dijo mi papá— ya lo ves. Con más razón. Ya no vayes por ahí, m’ijo. Llevalos mejor por este rumbo.
Y entonces ya los pastoriaba yo a mis chivos más abajo, aunque desde ahí, ya nunca dejé la costumbre de la escopeta, que aunque estaba yo pequeñón, bien que la sabía yo manejar. Y sí, antes hubo mucho chivo. Fue buen negocio tener chivada. Ahora ya no. Ya no hay ni uno. Ni pa’remedio. Se acabaron desde que mi papá se murió. Los vendió un mi hermano que yo tenía. A dos pesos dio los chivos grandes, a cincuenta centavos los chivitos bonitos. Y así fue como se acabó la chivada.
[Flora del Mactumatzá]
Entonces, regresando a la plática, aquí tenemos la finca San José del Cocal y después, de ese lado, [hacia el oriente], hasta allá por onde están aquellos carros viejos, todo eso se llamaba San Juan Buenavista que fue de mi abuelo que se llamaba Vicente Ballinas. Ya después mi papá le compró ese terreno a su hermana, porque ella le tocó [en] herencia, porque él tenía el terreno que estaba del otro lado. Entonces ya cuando nos fuimos criando, a nosotros nos decía que nos iba a dar un pedazo y ya con el tiempo fue que nos dio esta parte. Ya lo demás después lo fuimos comprando, y compramos Mactumatzá también, que en ese tiempo todo lo compramos... costó, creo, unos doscientos cincuenta pesos, cuando en ese tiempo, eso era un montón de dinero… ¡Por algo que valía la paga! Y hasta la fecha todos estos terrenos que dan la vuelta aquí, [al sur-poniente], se llaman Mactumatzá, pues precisamente por este rumbo es que digo que tenemos seis hectáreas. Reza la escritura: “Innominado Mactumatzá”.
Ahora, los nombres de los palos que se ven en este rumbo son: mulato, jobo, san felipe, cafecito cimarrón, caulote —que también le llaman tapaculo—, roble —ahí está la roblada de allá arriba—, cerezo —aquel palo que se parece al Amate…—, el mosmot —que por otro lado le dicen lantá—, rompezapato, palo de higo, ese otro árbol que se llama zorro, el guaje, el quebracho, el coyol de toro… y más aquí abajo hay nanche —del que le gusta al venado—. Hay también cedro, chiquitos pero hay uno que otro, que ya ultimadamente están naciendo pues nunca hubo antes, hasta que el doctor Pascacio mandó a sembrar por acá unos árboles y como esos riegan la semilla pues… ahora ya ahí vienen por su cuenta.
Ahora, más allá arriba hay aceituna —ese palo bonito que en la cáscara tiene manchas medias raras—, tepeguaje, amolillo —un palo bueno pa’madera, bueno para horcón—, taray —que no hay cosa mejor para curar el riñón—, cascarillo… y un montón más de esa clase de árboles del monte... Hay también copalchí, un otatal… y ora que me acuerdo, ya tiene tiempo que no le damos su mochiada al otatal. El otate sirve pa’l bajaré y p’al techo de las casas. Y entre las plantitas más pequeñas hay varias… como el nanchibejuco, la hoja de brujas y un montón de otras que sirven pa’remedios como el coralillo, el tepatillo, la yerba de zorro que es tan buena pa’l catarro, pa’la pasmazón.
[Copoya y las Copoyitas]
Lo de la subida del tres de mayo no es tradición. No. Yo te lo digo. Eso tiene de ahora poco, pocos años. Fue toavía en 1956 que pusieron primero una cruz de madera, la puso la gente de Copoya, la copoyerada. Luego, después pusieron hace como unos siete años esa cruz de cemento, —pues la de antes era de ocote y se pudrió—. Yo no creo que la copoyerada [tuviera por costumbre], desde antes, llegar hasta ahí. Siempre ha sido propiedad. Ahora, del otro lado del corral sí ya es de ellos, desde que es ejido y desde antes, cuando todo era terrenos nacionales.
Desde el año 1929 es que los copoyeros ya se volvieron dueños de las tierras porque el patrón, el dueño de la finca se los vendió. Aunque ahí chingó don Pedro Escobar porque siendo él el encargado de la finca, y onde resulta que el patrón, el dueño, decide venderle todos los terrenos a los mozos que estaban ahí, en la finca. ¡Y que les va diciendo que se suscriban! Que les quedará a ellos… Entonces lo empezaron a juntar su dinero. Que unos daban de a cinco pesos, de a dos pesos, como tuvieran. Y ya reunieron tres mil pesos de aquel tiempo. Así que por tres mil pesos lo compraron todo ese terrenal y entonces les dieron una escritura entre todos.
Pero va saliendo que era una escritura falsa, que no era una escritura pública sino una escritura de esas que [las] llaman privadas. Entonces fue que ya algunos agarraron una caballería, compraban a doscientos pesos la caballería, pero ya en terrenos que no eran de la finca, sino nacionales que este Pedro Escobar vendía como si fueran suyos. Como en el caso de unas dos caballerías que estaban del otro lado del cerro, por acá [rumbo al sur-poniente], que eran de un Trinidad Cundapí que se las compró a doña Serafina Palacios, y otro montón de copoyeros que compraron sin saber que los papeles que les daban no eran de verdad, y por eso luego tuvieron problemas. Se los chingaron porque esta gente era muy tapada. Era gente sin razón y sin estudio.
Entonces todos estos son descendientes de aquellos mozos copoyeros que en aquel tiempo no eran tantos. Por esos años eran pocos, todos mozos de la finca Copoya. [Pero] de eso que decís no. Las virgencitas de Copoya no son de ahí. Bueno, no siempre han vivido ahí, eso es mentira. Las trajieron de un lugar que se llama Huegzá, un lugar allá por Cabeza de Toro, por La Ovejería, por el rumbo del Arenal pa’arriba [sitio entre Berriozábal y Ocozocoautla], onde hay una planada y unos arbolones, unos higos onde sestiaba la gente. Ahí estaba su iglesia. Así me dijo mi tío cuando veníamos de su rancho La Chibola, onde llegaba yo a moler caña y llevaba yo mis fierros, mi perol, mi trapiche y todo, en una carreta. En dos carretas entraba todo...
Entonces fue en esa ocasión que mi tío me dijo: “Mirá. Aquí es onde estaba la ermita de la virgen de Candelaria, una de las tres Copoyas...”. Saber si El Arenal era alguna finca, aunque tal vez sí. En ese tiempo todo estaba adentro de las fincas. Porque, denantes, las fincas tenían sus terrenos como de aquí pa’Chiapa y a veces toavía más grandes. Pero no es que toda esa tierra juera de ellos sino que agarraban parejo, puro terreno nacional. Total que entre los mismos finqueros se cuidaban, se respetaban. Ellos eran como la autoridad. Y el gobierno también era de ellos o de todos modos trabajaban de acuerdo. Por eso el gobierno no decía nada... Pero ya cuando llegó Carranza y le dio libertad a toda la mozada, entonces las cosas cambiaron un poco, ya vino Tío Bucho [Tiburcio Fernández Ruiz], ese otro ladrón...
Y por la Revolución fue que luego las copoyitas las llevaron pa’Copoya.
En ese tiempo se fueron y ya no regresaron a Huegzá. Fue entonces cuando Palacios, el dueño del Arenal, se huyó, se vino pa’Tuxtla y se trajo a sus hijas... luego fue la virgen. Como había un padre que se llamaba el padre Joaquín Palacios que era dueño del Carmelo, una finca por el rumbo de Chicoasén, el mismo que era el mero bueno de la iglesia de San Marcos. Ordenó que lo trajieran las virgencitas. Les dieron lugar en una ermita que tenían en Copoya, porque los copoyeros ni a santo llegaban. De ahí es que ahora sí, cada año salen a echar su paseada.
Entonces, por eso digo que las virgencitas no son de ahí. Claro, ahora sí ya son de Copoya, porque tienen bastante tiempo de vivir ahí. Creo que las trajieron desde antes de la Revolución. Creo que el Padre Joaquín las mandó a traer de allá. Y las mandó para aquí, pues de seguro ya estaban muy descuidadas.
[A la caza del venado]
Aquí por el rumbo de Copoya, pero por aquí, bordeando el cerro —como quien dice: de la calle central de Tuxtla hasta arriba— hay una media cueva también. Hay hasta unas piedras, como que hacían lumbre antes por ahí... Una vez ahí, por merito que me tumba un venado. [Y es que] yo iba p’arriba esa mañana. Llevaba yo mi escopeta, una de chimenea, y mi perrito. Y entonces yo iba p’al cerro, pa’Copoya y ya para llegar arriba… ¡Que mi chucho se adelanta! Y onde que el venado estaba echado allá y que lo espanta... Y que agarra el venado pa’bajo, exacto donde iba yo. El camino era angosto, ansina, chiquitío. Y ahí viene el venado pué… Y que le apunto. Y ¡Pummm! Y nada. ¡Lo vieras visto! Pasó encima de mis huesos el maldito animal.
Y por ahí se fue corriendo el animal, subiendo, tirando y empujando terroncitos y piedras que rodaban desde arriba. Luego, más adelante, me encontré con Federico Hernández, un muchacho que yo conocía, pero no, no había pasado el venado por onde el venía. Y el perro ladre y ladre, correteándolo hasta que se cansó. Y hasta la fecha ahí está la cueva, pegado a la peña, onde sestiaban los venados.
Aparte, por ahí maté otro venado. El último fue uno que maté por el año cincuenta y cinco o cincuenta y seis. Un veinte de octubre, onde me voy olvidar. Estaba corriendo un vientecito. Tenía yo unos mis perros, [el uno] que se llamaba Valiente y la otra que se llamaba Chacha. Chacha, una perrita que era muy viva. Se iban y ya se entraban así pa’rriba y yo los esperaba aquí, pegado a la peña sobre el caminito, ahí onde está el barranco, junto a unos palos de mujú. En eso estaba yo parado mirando, cuando oigo que ladra el perro, y miro que por allá viene un venadón, brinca y brinca... por Dios que lo agarré como de aquí anta’l palo’e mango y que le doy pué… ¡Pummm! ¡Riata carajo!... Sólo vi que hasta allá dio el colazo.
Ya después llegaron los perros asesando, muriendo ahí venían, persiguiendo la presa. ¡Y vieras visto su alegría! Lo olieron, lo mordieron, lo zangarriaron y le lambieron la sangre hasta que pasó su gusto. Yo como si nada, pero el problema vino después. ¿Y ora cómo lo llevo? Caso lo aguantaba yo pué el animal. Grande el animal era. Ya hasta quería yo gritar, pedir auxilio. Pero como no había nadie, ni un alma ¿qué más?... Como pude lo jalé y lo jalé hasta subirlo a una peñita. Lo amarré, le eché mecapal y vieras... Quemaba como braza el pellejo del animal. Tenía sus cachos, era caprio y hasta mocho tenía una puntita del cacho. Por el codillo tenía una cornada que ya le estaba sanando. Se ve que era bravo el cabrón. Como ya había pasado la brama, seguramente otro venado le había dado el puntazo.
Y ahí como pude lo bajé y lo traje, [trastabillando]. Ya regresé tarde. Como a destas horas. Pero no creás que sólo venado había en el cerro. Así como había venado, había también bastante conejo, gato de monte, mapachi y… Ahí está mi escopeta toavía como testigo. Esa que no deja mentir. Ahí está la escopeta hasta la fecha, como si nada.
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