Qué sonidos más exquisitos se conjugan al caer la lluvia sobre El Aguaje. Por Dios, qué hermoso es oír llover debajo de sus techos: concierto de mil sonidos que calibran el oído, ejercicio maratónico de la memoria, armonía gozosa y relajante, llueve y llueve. Con cadencia, con cierto compás, como la celebración de un ritual, como el humo incensario que besa las nubes, como hacer el amor. Con ritmo y cadencia, con pausas y arranques de estridencia. Las estridencias del viento, las de las pequeñas ráfagas de aire y agua sobre los muros, las ventanas; aunque en general llueve como un susurro: alegre, armonioso y casi a plomo. Pringan sus chispas las alas ennoblecidas de las aves que ahora mismo empollan. Sobre los matilisguates, los aguacatillos y nambimbos del Aguaje.
Las gotas de agua caen sobre el techo, resbalan sobre el lomo de las tejas, lamen sus junturas y se embeben. Luego en los canales corren como hilillos, se derraman a chorros y, al caer, suspendidas por el parpadeo, me deleito: veo cortinas translúcidas que envuelven los cinco flancos. Distinguen mis oídos el golpeteo de las chispas de agua sobre el techo, de los chorros que allá abajo restallan o chapalean entre los charcos, las rocas y el césped.
| © Creciendo verde. El Aguaje. 2008. |
Mi piel se humecta con el aire húmedo que viene de los árboles del traspatio, del bosque del Zapotal en donde vive el zoológico, pero también de la montaña toda, de la mesa escarpada que se levanta al costado del Aguaje. Las decenas de pájaros huéspedes también lo agradecen, aunque a su modo. No sé si resuellan, pían o silban, pero es cierto que los escucho alborozados. Tal vez sueñan el bosque lluvioso y el rocío de otros tiempos. Se escuchan aquí y allá sus marcas, sus timbres identitarios, lo mismo que un par de grillos que con voces semejantes conversan —eso creo—, pues uno canta y otro responde. Aquel inventa una variación y éste improvisa un acorde.
Supongo que, por razón de la lluvia, los perros se mantienen en vigilia, en perfecta calma. Sin embargo, apenas durante un lapso de silencio y algo de brisa, la Vesta, nuestra Rottweiller guardiana aúlla. Ha de ser por el silencio, por la oscuridad renegrida, aunque tal vez por algo que no logran captar mis oídos. Lo bueno… o malo —según cada quien vea—, es que le siguen en coro los perros de la ranchería entera, y hasta los chuchos de más allá del vecindario. Vuelve al cabo el silencio, vuelve mi azoro y aguzo la escucha. Es la agitación de la lluvia sobre la montaña. Caen de nuevo, gruesas gotas sobre el jardín.
No. No me lo imagino. Estoy frente al teclado de mi vieja Macintosh, sobre este escritorio enorme, aunque ahora me distraigo. Quién sabe de dónde han salido, pero dos pequeñas mariposas, palomillas, danzan sobre mi cabeza, alrededor de la bombilla. Como si quisieran penetrar su luz, llegar al calor, a la esencia, al origen del destello. Luego, al fin se cansan —pienso—, aunque tal vez sea más factible la hipótesis del fastidio.
Llueve y llueve entonces, y no me canso en decir que no hay otro lugar más entrañable y placentero que éste, el Aguaje del Zapotal, al pie de la mesa de Copoya, para ver la obscuridad, cerrar los ojos, escuchar la lluvia, y luego de eso… beberme este chocolate crema y confortarme en la inspiración de Eric Satie. Vale la pena su After the Rain. Se los garantizo.
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