Me preguntas, amor, cómo es esta ciudad, su gente, y yo te contesto. Hay termómetros y relojes para saber del tiempo en todas partes. Los conductores respetan el alto y las zonas peatonales, y hasta se paran en las esquinas para dejarte pasar. Hay templos románicos redondos desde el siglo XII y también un puente que recuerda a los romanos imperiales. El río Tormes que atraviesa el puente es el mismo, el del lazarillo de la novela homónima. Y cigüeñas y más cigüeñas blancas con rebordes negros pueblan el cielo de Salamanca, cuyos nidos coronan cruces y campanarios.
Beben vinos y brandis, y ahora vodka, como nosotros cervezas; a los restaurantes llaman cafés, aunque los cafés son verdaderas cantinas. Hay desquiciados y locos como dondequiera y limosneros, payasos y músicos con sus sombreros esperando una moneda. Pero el gentío aguanta hasta que el verde de los peatones se enciende, y hay aquí más extranjeros que gente de su propia casa.
Los chavos y chavas beben en las plazas cervezas
españolas Mahou, holandesas Heineken, inglesas Guinness y se orinan en las
esquinas a plena luz del día cuando están borrachos…, aunque se ven piquetes de
policías en cualquier lugar y a cada rato. Por la mañana “furgonetas” y
camiones repartidores circulan por las calles de piedra o enlosadas, y de noche
solamente vehículos policiales tienen acceso a ellas.© Entre adobes. España. 2008
Comen galletas, farinato y pastas que da gusto; cerdo, grasa, jamones y manteca. Enharinan y rebosan con pan todo lo que se tragan y a todas sus ensaladas ponen aceite, vinagre, pimienta y sal. Dicen “¡Jesús!” cuando estornudan y se les escucha “¡Que le aproveche!” cuando inician la comida. Aquí sí funcionan las patrullas de la policía de barrio y las equipadas con motocicletas, aunque al igual que en México son descorteses. No hay insectos, cucarachas ni hormigas, y los desvelados, en viernes y sábado, cuentan con una ruta de buses desde las once a las cinco de la mañana.
Comen chanfaina y también es de bofes y demás menudencias, pero dicen que no es de res, sino de oveja o cordero. Ni el color, sabor ni olor se parecen a la chanfaina de los Cuxtepeques, y sus tortillas son eso: tortas gruesas y algo extendidas, mitad huevo y mitad patatas —ojo, no papas—, siempre con algún aderezo. Bajan “pa’bajo” y suben “pa’rriba” sin ningún rubor, lo mismo que entran “pa’dentro” y salen “pa’fuera”. A los salmantinos apodan “charros” como sinónimo de campesinos, tanto porque hasta hace poco se dedicaron al campo, como por su atavío típico, lejano ascendiente del sombrero y el traje de los charros mexicanos. Viven juntas las parejas, pero no se casan. Dicen que hay que esperar para conocerse y “coger” (que no agarrar), coger bastante para tomar costumbre.
Tienen sus primeros y únicos hijos después de cumplidos los treinta y cinco, y, cuando los chavales alcanzan los diez, los padres parecen abuelos. No se apenan ni se acongojan si a los veinticinco, treinta o cuarenta aún siguen en casa de sus padres, y los peores salarios de toda España, luego de Andalucía, se pagan en Salamanca, sobre todo tratándose de camareros y dependientes.
Tienen una plaza Mayor cercada absolutamente de edificios. Era una ciudad amurallada, con sus siete puertas, como todas las de la frontera media, allende el siglo décimo y la inicial fundación de España. En la plaza se encuentran todos, ahí concretan sus citas y hacen picnics. No se permiten vendedores ambulantes de hot dogs ni paleteros, y toman el sol recostados sobre el piso. Detestan, dicen, a Francisco Franco, aunque los chavos no lo conocen, pero eso sí, conservan ahí un medallón con su efigie, como si se tratara de algún monarca.
La ciudad es concéntrica y desembocan o parten de la plaza todas sus calles todas. La ciudad es pequeña, extraordinariamente pequeña para la población que alberga, pero esto se debe a que todos buscan el calor de sus calles sinuosas y la complicidad de sus estrechas aceras. Todo mundo tiene de mascota a un perro y me encabrona que los saquen a orinar y a cagar a la calle. Por eso las alamedas y el césped de los parques son estercoleros, salvo la huerta o parque de los Jesuitas, donde las y los rubios extranjeros se tienden al sol, casi desnudos.
Dicen que en toda España es igual, pero no tanto como en Salamanca; que el mercado de bienes raíces es abrumador y que todo el mundo quiere un departamento, “un piso”, aunque la mayoría sea para rentarlos. E igual sucede con las fianzas y con las agencias de viajes: mucha gente vende seguros y a cuál más quiere vacaciones. El ciudadano común no conoce el proceso que llevó a España a su Segunda República, al intríngulis de la Guerra Civil y mucho menos a la represión ejercida por el gobierno fascista del general Franco.
Los contenidos de estas tres asignaturas no figuran en los textos obligatorios de la Primaria, Secundaria y Bachillerato, y hay algo que no entiendo: sus cuatro o cinco niveles de gobierno. Tienen monarca hereditario y presidente de gobierno, Consejo de Ministros y Consejo de Estado, parlamento de diputados y también de senadores. Y esto es solamente el gobierno central. Aparte están las comunidades autónomas, las provincias, municipalidades y pedanías.
La ciudad crece verticalmente y muy poco a sus lados. Y antes tuvieron judería, barrio de putas y de artesanos, como hoy florecen las misceláneas de chinos y los mercadillos trashumantes de gitanos y negros que también llaman “rastros”. No tienen moteles, y por casas de citas y “puticlubs” tienen a los burdeles y desplumaderos del centro. No sé, hasta el momento, adónde llevan las mujeres a sus amantes, y al hecho de fornicar llaman “follar” o “echarse un polvo”. A la cosita de las damas le dicen “coño” y a la del hombre le llaman “polla”.
Me acabo de enterar que recién, a las salidas más importantes de la ciudad, se instalan con formalidad prostíbulos y cabarets, y bien he visto que en las calles y alamedas las parejas se cachondean sabroso: se tocan y trastocan hasta ponerse ¡Firmes! De paseo por los super- mercados y en los buses se toman de las nalgas con gran naturalidad y hasta con cariño, y en las bancas públicas ellas se sientan sobre los muslos de sus hombres, de frente o de espaldas, por atrás o por delante, como si se tratara de otra cosa.
Tienden su ropa a la vera de las calzadas desde sus ventanas, como si se tratara de guirnaldas y pasacalles, sacuden el polvo de sus alfombras desde los ventanales de sus apartamentos, y hay entre cincuenta “céntimos” y un euro de diferencia en el precio, por servirte las “raciones” no en la barra, sino en tu mesa. Hay semáforos de transeúntes que debes activar para parar el tráfico, ahí en donde escasea el paso de personas. Y aquí, como en todas las ciudades y pueblos de España, conservan como reliquia sus picotas: esas columnas de piedra en donde hace tiempo exhibían las cabezas de los ajusticiados, o exponían a los reos a la vergüenza pública.
No van por ellas ni van por pan, sino “a por ellas” y “a por pan” y llaman “carpinterías metálicas” a los negocios que en México tenemos por talleres de herreros y balconerías.
Son marroquíes u otros inmigrantes musulmanes quienes extienden la mano para la limosna, mientras sostienen alguna información impresa. Deambulan los vendedores de lotería con sus pechos cubiertos de billetes, y los inválidos, perdón, los minusválidos y gente con “capacidades diferentes”, todos usan sillas o carriolas automáticas y van a la escuela o tienen empleos.
Es evidente la derecha, aunque también las extremas; dos, tres y hasta cuatro españas. Los carteles religiosos compiten con los culturales; hay fascistas y hasta coloquialmente les llaman “fachos”. Aquí el pago de los servicios se domicilia, es decir, se carga a una cuenta bancaria, y hasta parece que todos tienen una tarjeta de ahorros con Caja Duero o Caja Rural: las mutualidades que se visten de filantropía, financian conciertos, obras pías y exposiciones, y hasta subsidian a su “santa madre”, la Iglesia de toda su vida.
Graban, como en cualquier parte del mundo, los muros de la ciudad con corazones sangrantes, cruzados, y hasta leo ahora muy claro: “Nadia linda. I love you”. Entre esas inscripciones se ven las de los etarras, skinheads y grafiteros, y aquellas que rezan “Sudakas No”, “Negros, vuelvan a la Selva” y “¡Fuera Moros!”.
La gente va a los templos, tanto como a las cantinas que aquí llaman cafés, garitos, bares, restaurantes y pubs. Van asiduamente, por ratitos y hasta tres veces al día; otros van antes del trabajo, al mediodía, al término de la jornada, o después de echarse la mona. Toman vino, licores y cañas, que no son más que pequeños vasos de cerveza que a veces mezclan con limonada o gaseosa. Comen “tapas”, que también llaman “pinchos”, parecidas a nuestras ricas botanas, y hay en la Salamanca antigua, tantos bares y cafés cantantes y discotecas que difícil- mente voy a conocerlas todas mientras dure mi estancia. Y claro que hay prostíbulos, cabarets y salones rojos: escucho que son extravagantes y caros, pues la mercancía viene de lejos: de Asia, el Caribe, Rumania y Rusia.
Viven, desgraciados o felices (yo no sé), en multifamiliares y edificios altos. De la única puerta de estos inmuebles entran y salen todos como van y vienen las arrieras del inframundo, y existen, ojo, no estacionamientos, sino parkings subterráneos de barrio en barrio, especialmente debajo de las plazas. Le dicen “pisos” a los departamentos y son pequeños, de techos bajos y paredes de tablaroca; nunca con muros formales ni de ladrillos compactos. Y como se bañan cada tres o cuatro días, cuando en el bus extienden sus alas, apestan como zorrillos. Su comida más fuerte no es el almuerzo, sino la cena, e incluye siempre sopa, ensalada o caldo. Desayunan a las ocho, almuerzan a las once, comen a las dos, meriendan a las cinco y cenan a las nueve. Asean sus viviendas una vez por semana, y a veces hasta los quince días, y no he visto nunca oferta de casas, plantadas sobre la tierra, sino solamente sobre edificios.
Nadie compra un coche usado, pues eso es de mal augurio, pero se embarcan en financiamientos de hasta diez años.
Los curas de alzacuellos y hábitos obscuros se pasean orondos por las calles y he visto más monjas aquí que en ninguna parte, incluso enterradas en el cementerio. Todas con velo y sayas hasta el huesito, algunas preciosas —dignas de mejor nombradía—, o revestidas con “chaquetas” o “cazadoras” Hilfiger y “zapatillas” Nike, que es como llaman a los tenis. Unos y otras perciben salarios, se integran a las nóminas y reportan impuestos al fisco, mientras las diócesis arriesgan en la bolsa el dinero de las limosnas y el que pagan sus feligreses.
Curas bonachones y monjitas angelicales (aunque seguramente también perversas) pueblan su imaginario festivo, y a sus costillas se ríen, igual que en la calle, en la televisión y la radio. Sus mejores chistes tienen que ver con ellos y su televisión es mala o mediocre, igual que la mexicana, aunque con una ventaja: compactan toda su publicidad cada veinte minutos del programa que transcurre.
Así nieve, haga frío o corra el viento helado, las piernas de las más hembras encandilan. Llevan minifaldas exiguas y exquisitas, aunque los muslos se les pongan rojos. Y fuman y fuman como si de pronto les fueran a negar la libertad de hacerlo. Fuman los hombres, pero no tanto como las mujeres, y no tienen respeto por quienes no fuman: apenas hay leyes en este país que lo prohíban y entonces humean como chacuacos… Yo creía que solamente en Cuba.
Fuman y requetefuman en bibliotecas y consultorios, en los bancos y oficinas públicas, y creo que hasta en los templos. Sus calles lucen a las siete “de la tarde” repletas, en especial las principales, y salen “de tapas” cuando deciden no comer o cenar en casa. Si se emborrachan hoy y hasta el día siguiente, dicen que van “de marcha” y su vida nocturna no inicia con la noche, sino a las doce. Las plazas les sirven, tanto de día como de noche, para armar “botellones” y ponerse hasta atrás con sus bebedizos “calimochos”: mezclas de ron, vino y refrescos de cola.
“¡Me cago en la leche!”, “¡me cago en diez!” y “¡me cago en la puta!” dicen cuando se enojan, y aquí no mientan madres como los mexicanos. Dicen los más formales, que son recatados, aunque por cualquier cosa mandan a todos a “¡la puta de oros!” y a “tomar por culo”. “Tener cojones” es tener huevos, tenerlos bien puestos o lo que es igual: tener valor, aunque a cada rato “se acojonan”, que es tanto como que tienen miedo.
Llaman “bragas” a las muy femeninas pantaletas y a los calzoncillos les dicen “cayumbos”. Entre las gitanas y otras mujeres se escucha que les “suda el coño”, les “suda el culo” y hasta las tetas. Y aquí también hay competencias entre adolescentes: los varones compiten por quién la tiene más grande y quién llega más lejos, y las chicas se miden por quién tiene más pelos o lo tiene abultado. Sus almohadas no son rectangulares, sino angostas y largas como chorizos, y así como hiela de diciembre a marzo, en junio y julio quema como en los hornos y tejerías.
Es común verlos borrachos, alegres, contentos; con gritos y cantos destemplados, mayormente los jueves, viernes y sábados, a las seis o siete de la mañana del día siguiente. No tienen una, sino dos catedrales (se ha de repartir el obispo en dos pedazos, perdón, aquí los obispos son “señores”, “dones”, “ilustrísimos”, “reverendísimos” y toda esa parafernalia). Las campanas de ellas suenan a cada rato y, como es típico de las iglesias antiguas —construidas precisamente por masones—, muestran al ojo observador mil exquisiteces: ángeles caídos, gárgolas demoníacas, fierecillas y querubines de genitales extraordinarios. Se empecinan absurdamente los turistas buscando en la fachada de la universidad una ranita sobre la calavera de la columna derecha, segundo cuerpo, y en la última restauración, los canteros añadieron un astronauta inverosímil a la fachada lateral de un templo.
Aquí y en otras ciudades, los viejos juegan a la “petanca” con unas como canicas de acero, pero del tamaño de las toronjas, y hay albergues de ancianos y ludotecas para ellos como los locales de videojuegos de México. En los bares la gente juega al bingo y apuesta dinero en las “tragaperras”: las maquinitas tragamonedas y, aunque les timan, dicen que a veces ganan.
Casi no se ven niños en las escuelas primarias —claro, niñas tampoco—, y en aquellas como en el kínder, sus abuelos van y vuelven por ellos, nunca sus padres. Estas alamedas y aquella plaza, los bulevares, calles y carreteras se ven limpias, señalizadas y provistas de equipamientos; los autobuses son de primera, climatizados, con música suave, aunque a veces fallan; su ingenio hidráulico los baja y ladea hacia las aceras de las paradas, pasan cada quince o veinte minutos, con puntualidad chingona, y hay tickets para diez viajes, abonos mensuales y semestrales, y hasta dicen que pronto aceptarán plásticos inteligentes.
Limpian y lavan sus calles con aspiradoras y barredoras automáticas. A los estacionamientos particulares llaman “garajes”, y me gusta el uniforme y la gallardía de los barrenderos públicos. Suben y bajan muebles de los apartamentos con grúas y escaleras mecánicas desde las calles. Son sofisticados para el cuidado de sus jardines y hasta utilizan para ello tractores, motosierras, desbrozadoras y molinos de martillo para triturar las ramas. Hay mercados ocasionales que llaman “mercadillos” y “rastros”, pero las fruterías, verdulerías y “estancos de alimentación” prosperan.
La gente separa la basura en cristal, metales, cartón y orgánica, y todos los días a la misma hora el mismo camión pasa, uno para cada cosa. La gente prefiere cerveza a granel y no en “botellines”. A veces siento el olor de tabacos exquisitos por la calle (naturalmente, cubanos) y los volteos o trocas son desconocidos. Ningún autobús se estaciona en la calle y la mayor parte de los talleres mecánicos se encuentra en los “polígonos industriales”. Usan artesas inmensas para tirar en ellas el escombro, y luego las suben a plataformas con dispositivos hidráulicos. En todos los trabajos de albañilería se utilizan grúas y andamios y escaleras sofisticadas y casi no trabajan los alarifes, sino sus máquinas.
La gente es seca y desacomedida, no saluda ni dice adiós, sino “ajtalogo”, y si dices gracias no te contestan. No agradecen a quien les sirve, son presuntuosos e imprudentes y a todos pretenden tratar como hijos: “Sí, mi niño”, “esto le caerá bien, mi niña”, en especial si son viejos, dependientes y farmaceutas. Y si se trata del cambio, te tiran las monedas frente a los ojos. No hay boleros, no hay vende chicles ni canguritos, no hay en los cruceros limpia cristales ni traga fuegos. Caminan que da gusto los salmantinos, aunque especialmente en el centro, sobre sus calles embaldosadas y algunas de piedras redondas o cantos rodados como las empedradas calles de la antigua Frailesca.
Tienen piscinas climatizadas, municipales, cuyos servicios son caros. Sus excusados son limpios, aunque pequeños, y la perilla de los retretes no se empuja, sino se jala. Todo mundo busca una credencial o diploma, más que estudiar de veras, y entonces ofrecen cursos, masters y “expertizaciones” al por mayor. Leen bastante, ni duda cabe, por lo que se ve en las librerías y estanquillos, y es una ciudad en donde por cada cinco fulanos tres son estudiantes de fuera, turistas y extranjeros.
Aquí no tienen computadoras, sino “ordenadores”, “móviles” en vez de celulares y en las universidades todo está conectado a la red; si llevas portátil, la conectas en cualquier parte, pero no hay servicio de impresión para nadie, salvo en los cibercafés “a veinte céntimos el folio”. Las bibliotecas prestan libros hasta por un mes y su “carnet”, que no credencial, como decimos en México, igual les sirve para checar calificaciones y sacar fotocopias, que para pagar servicios y retirar dinero. Todos los universitarios españoles tienen garantizada una beca, siempre que los ingresos de su familia no lleguen al tope, aunque no la reciben de poquito a poco, sino al año y en una sola entrega. No hay mucha oferta ni diversidad entre las escuelas públicas de Primaria, Secundaria y Bachillerato, pero abundan las privadas, solamente católicas. Y hasta los agnósticos inscriben a sus hijos ahí, para no exponerlos al “salvajismo” de los inmigrantes sudamericanos, antillanos, marroquíes y rumanos.
Cuentan que, hasta el siglo XVII, durante la Cuaresma expulsaban a las putas de la ciudad. Las echaban a los arrabales del otro lado del Tormes, aunque el “lunes de aguas”, luego de la Semana Santa, eran bienvenidas y agasajadas con música, comida y vino por los urgidos estudiantes salmantinos, quienes por meses, e incluso años, no regresaban a su patria. Y a propósito, el Tormes, al igual que nuestros ríos, está absolutamente corrompido, aunque, menos mal, aún no apesta. Tiene la ciudad museos al por mayor, de relojerías, antigüedades y autos fantásticos, pero dos son únicos: uno exclusivo para las artes decorativas y el art nouveau, y otro para la guerra civil española y la persecución de republicanos, masones y “rojos”.
Ya dije que comen harinas y grasa como cerdos, pero no me extraña. Igual somos nosotros, que tragamos chiles y picantes como perturbados. Aquí la educación básica es gratuita, pero les meten “historia sagrada” y religión a fuerzas; no es laica, como en México, y da risa ver al Estado subsidiando a las escuelas de la Iglesia. Dicen que hay becas para casi todos, pero el seguro social como lo conocemos en México no existe. Tienen su universidad, la de Salamanca, y otra, la Pontificia Universidad del mismo nombre, ambas con capillas y “clerecías” dentro. Juntas las dos, pero en especial la primera, forman parte del gobierno municipal o influyen poderosamente en él. La figura del rector es, obviamente, más importante que el Ayuntamiento y la Diputación Provincial. Desde que se funda la universidad en el siglo XII, el casco histórico de la ciudad es de ella, la universidad es la ciudad y a la inversa también funciona. No hay destino dentro de la ciudad en donde la universidad no se encuentre.
La ciudad se debe a ella, a sus estudiantes y maestros, a sus facultades, bibliotecas, laboratorios…, pero, ojo, también a sus visitantes e industriales, criadores de ganado, agricultores y alguna estrella.
Y se me olvidaban sus camposantos. Hay uno que a la entrada dice “cementerio católico”, por lo que imagino, ha de haber otros más pequeños para masones, protestantes, ateos y gente de izquierdas. Es inmenso como no me imaginaba, y en él muchos muertos no se entierran, sino que se “emparedan”. Es decir, montones de restos se conservan en gavetas, como en las antiguas iglesias nuestras, dentro de pabellones inmensos.
Aquí la gente no celebra con sus muertos, no les cantan ni les llevan tamales (pues no los conocen) y se ve que los abandonan bastante. Dicen, incluso, que una mujer despechada le puso por epitafio a su marido muerto lo siguiente: “¡Ala! Tú duermes en el suelo, mientras yo en la cama. Que te den por culo y hasta mañana”.
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