sábado, 18 de abril de 2026

NUESTRO FERROCARRIL PANAMERICANO

[De la minuta del VIII Encuentro Internacional de Cronistas Tonalá 2012]. A continuación, interviene el ponente Ricardo Ramos Cruz con una especie de síntesis historiográfica de las vías e instrumentos de comunicación de la Planicie Costera del Pacífico, en Chiapas: desde los esteros, bocabarras y canales, pasando por los barcos gringos que en 1885 inician viajes hacia el puerto de San Benito, a través de los cuales se extraen las maderas finas de la región y se inicia el transporte y la comercialización del caucho local.

 

Refiere a Villa Comaltitlán, infiere un “camino real del Soconusco” —a lo largo de la franja costera—, por el que transitan desde tiempo inmemorial: cacao, vainilla, añil y achiote, y plantea que el ferrocarril y las carreteras modernas, afectaron negativamente las tradiciones del pueblo citado y los de la región.

El siguiente ponente es Antonio Cruz Coutiño, quien presenta el texto “Nuestro Ferrocarril Panamericano”, quien advierte a los presentes acerca de este ensayo sui géneris. Explica que presentará una crónica a tiempo real, acerca del proceso de construcción y subsecuente tráfico normal del tren —todo esto a principios del siglo XX—, a lo largo del Pacífico, desde Arriaga y hasta Ciudad Hidalgo. Con base en lecturas previas, bagaje cultural propio y un recorrido suyo, de hace trece o catorce años. Estación tras estación, viaje que efectúa durante los últimos recorridos del ferrocarril, provisto aún de vagones para el transporte de personas.

 

Construcción, capataces y enganchados

Recuerdo todo como en un sueño. Algunos dan órdenes, los más pocos; en sus manos llevan planos, escalímetros, compases. Los otros, los nuestros, los enganchados en Los Altos y en La Sierra, los zapotecos que acompañan la obra desde Oaxaca, son linieros, albañiles, rieleros, cargadores, almuerceros y peones que a medio día y bajo el sol, continúan en la chamba. Sus mancerinas, mazos, palas, talachos y zapapicos los identifica, lo mismo que su color de tierra, su piel obscura. Son pobres y analfabetas, apenas llegan a calzones y camisas de manta desgastada y cruda.

Aquellos van descalzos, aunque los de más acá llevan huaraches. Todos con sus sombreros de palma, altos, cónicos y de ala ancha.

Los gringos capataces mientras tanto, se ven ahí, altos, enormes, güeros —flacos y barbados algunos—, llevan tocadas sus cabezas con sombreros de fieltro, aunque en ocasiones portan sarakof del mismo color caqui de sus pantalones abombados. Cargan pistolas al cinto, aunque escondidas en las fundas del mismo tono que sus polainas o botas altas. Fuman puros alquitranados y pipas de tabaco escarmenado, aunque también cigarrillos de caja, de los que aún no se fabrican en el país. Deambulan por los diferentes tramos en donde como hormigas van y vienen los peones y ayudantes.

© Disfrutando del díaFerrocarril Panamericano. Tonalá, Chiapas. 2004. 

En parejas cargan los durmientes al hombro. Seisenas de hombres robustos, apareados, jalan los pesados lingotes, aunque a veces yuntas de bueyes los sustituyen. Son los rieles que descansarán sobre los maderos calafateados, allá en los terraplenes previstos. Los carros de transporte se mueven sobre el tendido y llevan hasta el frente cientos de traviesas, rieles, cojinetes, clavos sujetadores, herramientas y hasta enseres: sillas y camastros, estructuras y toldos envejecidos por el salitre que viene del mar.

 

Son los campamentos que caminan tramo a tramo, así como avanza el tendido de los rieles del ferrocarril, el Panamericano, que apenas se inicia en Ixtepec, la más septentrional de las estaciones del Istmo.      

 

Varios puentes se han construido, aunque más bien instalado, pues hasta acá los furgones de las compañías norteñas proveen todo. Desde clavos y tornillos, hasta postes y vigas inmensas, grúas y malacates para su instalación en cada uno de los ríos portentosos de la Costa y el Soconusco. Son fletados los trenes en Seattle y Cincinnati, y atraviesan la frontera desde el Este norteamericano en donde las acereras crecen como la espuma. Abastecen a las compañías que enrielan el sureste mexicano, Guatemala, El Salvador y toda Centroamérica. Ahí se anuncia, por ejemplo, sobre los primigenios monstruos de fierro, sobre los puentes de Pijijiapan y Acapetagua, que pieza a pieza fueron fundidos en la metalúrgica de Cleveland, en el estado de Ohio. O como en el del río Huehuetán, donde aún se lee: “Missouri Valley Bridge and Iron Company Consulting Engineers. Leavenworth, Kansas, U.S.A. 1906”.

 

 

México, Chiapas y Centroamérica

 

Veo todo esto como en un sueño insisto, cuadro a cuadro como si se tratara de una película. Dudo sin embargo que en esos años alguien haya ordenado o se le haya ocurrido, filmar estas escenas con las primeras cámaras que Lumiere estrenaba ante el mundialmente afamado don Porfirio. El viejo Porfirio Díaz quien, siguiendo el consejo de sus asesores extranjeros, modernizaba al país para adecuarlo a las necesidades del Norte y del Capitalismo en su apogeo.

 

Es verdad entonces que ahí comenzó el ferrocarril que uniría al Istmo de Tehuantepec con Centroamérica. En Ixtepec es cierto, aunque para Chiapas todo inicia en las areneras de Arriaga, entonces paraje sin nombre, pero donde ya merodean los primeros vaqueros precursores, al cobijo del río Lagartero y las dunas que se pierden hacia el Pacífico: arenas salitrosas abundantes, por las que más tarde, los tonaltecos mienta-madres, de cuando en cuando se acuerdan de los arriaguenses con aquel “ajajay comearenas jijos de sus chingada madre”.

 

Apenas domeñaban la tierra los tonaltecos, cuando se aparecía el ferrocarril del Pacífico. A la futura ciudad de los vientos, que luego llamaron Estación Jalisco, al gusto de los empresarios del Ferrocarril Panamericano. Obvio: ellos oteaban su conexión con Tuxtla a través del camino de carretas de La Sepultura, el mismo que conectaba las fincas ganaderas de Cintalapa y Villaflores, ampliando el área de influencia del caballo gigantesco que se erguía como baluarte de la modernidad. Por ello fraccionaban los arenales, trazaban calles anchas para los futuros automotores —como las de sus modernas ciudades—, introducían el agua y el drenaje, promocionaban la venta de pequeños paraísos y ofrecían lotes pagaderos a 20 años. Lejos estábamos del monstruo de la era global en que se convirtió. Bestia, panacea y sepulcro de los transmigrantes.

 


Ferrocarril mexicano, cordón umbilical

 

Muy pronto la estación Jalisco se transforma, y ahora ya es el punto de embarque y desembarque de toda la región central: las mercaderías fluyen de ida y vuelta, las remesas dirigidas a Tuxtla y San Cristóbal desde la capital, Veracruz, Monterrey y Estados Unidos son desembarcadas en Arriaga, lo mismo que desde aquí, toda la producción industrial de aquellas regiones comienza a fluir hacia el valle Central y Los Altos. Van y vienen del centro del país y de la otra frontera: agentes comerciales, espías e inversionistas, algún turista despistado, funcionarios del gobierno, curas y militares, productos del campo, artículos artesanales y manufacturados.

 

Mil abarrotes y mercancías diversas y coloridas: desde pacas de pescado seco, huevas de lisa y de parlama;  garrobos e iguanas vivas, cemento, herramientas y fierro; azúcar, sal y ultramarinos, y hasta embarques de 200 reses, fardos de algodón y pieles por millares, autos, camiones y tractores primerizos, trapiches, turbinas y algunas plantas de energía y fuerza. 

 

Todo de a poquito a poco hasta que la revuelta de los finqueros hace el resto, pues, entre 1916 y 1920, el Ferrocarril Panamericano se congestiona. Desde la estación Jalisco y todas las paradas incipientes, incluyendo Tonalá, Huixtla y Tapachula, hasta Frontera Díaz la terminal del fin del mundo, todos los trenes son asaltados por forajidos. Son las bandas roba-ganados, los Mapaches camuflados, ora de guerrilleros, ora de soldados de Francisco Villa, que desde Los Cuxtepeques y la Frailesca asolan cuarteles, pueblos, ciudades, y muy en especial, al Ferrocarril del Pacífico: cordón umbilical por donde se nutre y respira una buena parte del estado; por donde controla y ejerce su dominio el quebrantado gobierno de la federación.

 

 

Tapachula, Frontera Díaz y Guatemala

 

Desde hace poco los convoyes se han hecho extensos, interminables, aunque más espaciados. Ya no pasan de tarde y mucho menos por las noches, como éste, provisto de tres máquinas. Todas resoplando al compás de sus anticuadas calderas y chimeneas, todas provistas de furgones cargados de carbón. El convoy lleva pasajeros, bultos y otros fletes, e intercalados se ven vagones repletos de carrancistas y caballos, y hasta un cabús provisto de torretas, cañoneras y ametralladoras. Maniobras complicadas realiza el tren en Tapachula. Va y viene entre las vías del patio de maniobras inmenso y los almacenes, mientras el comandante de la plaza ha decidido:

 

—¡Los vagones pertrechados se quedan aquí para el resguardo militar de la ciudad más grande del estado y de la frontera!

 

Son desacoplados entonces los furgones de carga, donde van las provisiones del Soconusco y sus fincas de cacao, café, ganado y caucho. Las plantaciones de algodón aún son incipientes, pero van que vuelan.

 

Y ahora sí. El ferrocarril aligerado de carga, continúa hacia Frontera Díaz, hoy Frontera Hidalgo, faltaba más. Vemos cómo atraviesa el río Suchiate, montado al puente de madera aún provisional, y por fin descansa en los recién estrenados andenes de la estación de Ayutla, la primera terminal del Ferrocarril Centroamericano, el primer paraje importante de Guatemala, hoy reconocible, sin embargo, por su nombre nuevo Tecún Umán, y el tráfico ilegal de personas y mercancías. Los últimos embarques son depositados aquí y, aunque algunos aquí se quedan, la mayoría lleva por destinatarios a empresas de la capital chapina, Coatepeque, Retalhuleu, Mazatenango y Escuintla.

 

Desde estas terminales de frontera entonces, aquí donde termina la patria y comienza la América Central, todo es bullicio a pesar de las revueltas intestinas; en veces de revolucionarios y gobiernistas, otras de facinerosos y militares engreídos, en ocasiones de peones socialistas y cazadores de recompensas —especie de anarquistas y guerrilleros—, mexicanos unos y guatemaltecos otros. Esto en épocas de revolución y paz. Tiempos de ayer y siempre.

 

Muchas gracias.


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