Pensando en vos, Valente Molina.
[De la minuta del VIII Encuentro Internacional de Cronistas Tonalá 2012]. A continuación, interviene el ponente Ricardo Ramos Cruz con una especie de síntesis historiográfica de las vías e instrumentos de comunicación de la planicie costera del Pacífico, en Chiapas: desde los esteros, bocabarras y canales, pasando por los barcos gringos que en 1885 inician viajes hacia el puerto de San Benito, a través de los cuales se acarrean las maderas finas de la región y se inicia el transporte y la comercialización del caucho local.
Refiere a Villa Comaltitlán, e infiere un “camino real del Soconusco” —a lo largo de la franja costanera—, por el que transitan desde tiempo inmemorial: cacao, vainilla, añil, jícaras y achiote. Y plantea que el ferrocarril y las carreteras modernas, afectaron negativamente las tradiciones del pueblo citado y los de la región.
El siguiente ponente es Antonio Cruz Coutiño, quien presenta el texto “Nuestro Ferrocarril Panamericano”, quien advierte a los presentes acerca de este ensayo sui géneris. Explica que presentará una crónica a tiempo real, acerca del proceso de la construcción y subsecuente tráfico inicial del tren —todo esto a principios del siglo XX—, a lo largo del litoral del Pacífico, desde Arriaga y hasta Ciudad Hidalgo. Con base en lecturas previas, bagaje cultural propio y un recorrido suyo, de hace trece o catorce años. Estación tras estación, viaje que efectúa durante los últimos recorridos del ferrocarril, provisto aún de vagones para el transporte de personas.
Construcción, capataces y enganchados
Recuerdo todo como en un sueño. Algunos dan órdenes, los más pocos; en sus manos llevan planos, escalímetros, compases. Los otros, los nuestros, los enganchados en los Altos y en la Sierra, los zapotecos que acompañan la obra desde Oaxaca, son linieros, albañiles, rieleros, cargadores, almuerceros y peones que a medio día y bajo el sol, continúan en la chamba. Sus mancerinas, mazos, palas, talachos y zapapicos los identifican, lo mismo que su color de tierra, su piel obscura. Son pobres y analfabetas, apenas llegan a calzones y camisas de manta desgastada y cruda.
Aquellos van descalzos, aunque los de más acá llevan huaraches. Todos con sus sombreros de palma, altos, cónicos y de ala ancha.
Los yankis capataces
mientras tanto, se ven ahí, altos, enormes, güeros —flacos y barbados algunos—,
llevan tocadas sus cabezas con sombreros de fieltro, aunque en ocasiones portan sarakof del mismo color caqui de sus
pantalones abombados. Cargan pistolas al cinto, aunque escondidas en las fundas
del mismo tono que sus polainas o botas altas. Fuman puros alquitranados y
pipas de tabaco escarmenado, aunque también cigarrillos de caja, de los que aún
no se fabrican en el país. Deambulan por los diferentes tramos en donde como
hormigas van y vienen los peones y ayudantes.© Polvos de
aquellos lodos. Ferrocarril Panamericano. Tonalá, Chiapas (c1998).
En parejas cargan los durmientes al hombro. Seisenas de hombres robustos, apareados, jalan los pesados lingotes, aunque a veces yuntas de bueyes los sustituyen. Son los rieles que descansarán sobre los maderos calafateados, allá en los terraplenes previstos. Los carros de transporte se mueven sobre el tendido y llevan hasta el frente cientos de traviesas, rieles, cojinetes, clavos sujetadores, herramientas y hasta enseres: sillas y camastros, estructuras y toldos envejecidos por el salitre que viene del mar.
Son los
campamentos que caminan tramo a tramo, así como avanza el tendido de los rieles
del ferrocarril, el Panamericano, que apenas se inicia en Ixtepec, la más
septentrional de las estaciones del Istmo.
Varios
puentes se han construido, aunque más bien instalado, pues hasta acá los
furgones de las compañías norteñas proveen todo. Desde clavos y tornillos,
hasta postes y vigas inmensas, grúas y malacates para su instalación en cada
uno de los ríos portentosos de la Costa y el Soconusco. Son fletados los trenes
en Seattle y Cincinnati, y atraviesan la frontera desde el Este norteamericano
en donde las acereras crecen como la espuma. Abastecen a las compañías que
enrielan el sureste mexicano, Guatemala, El Salvador y toda Centroamérica. Ahí
se anuncia, por ejemplo, sobre los primigenios monstruos de fierro, sobre los
puentes de Pijijiapan y Acapetagua, que pieza a pieza fueron fundidos en la metalúrgica
de Cleveland, en el estado de Ohio.
O como en
el del río Huehuetán, donde aún se lee: “Missouri Valley Bridge and Iron
Company Consulting Engineers. Leavenworth, Kansas, U.S.A. 1906”.
México, Chiapas y Centroamérica
Veo todo
esto como en un sueño, insisto, cuadro a cuadro como si se tratara de una
película. Dudo sin embargo que en esos años alguien haya ordenado o se le haya
ocurrido, filmar estas escenas con las primeras cámaras que Lumiere estrenaba
ante el mundialmente afamado don Porfirio. El viejo Porfirio Díaz quien,
siguiendo el consejo de sus asesores extranjeros, modernizaba al país para
adecuarlo a las necesidades del Norte y del capitalismo en su apogeo.
Es verdad
entonces que ahí comienza el ferrocarril que uniría al istmo de Tehuantepec con
Centroamérica. En Ixtepec es cierto, aunque para Chiapas todo inicia en las
areneras de Arriaga, entonces paraje sin nombre, pero donde ya merodean los
primeros vaqueros precursores, al cobijo del río Lagartero y las dunas que se pierden
hacia el Pacífico: arenas salitrosas abundantes, por las que más tarde, los
tonaltecos mienta-madres, de cuando en cuando se acuerdan de los arriaguenses
con aquel “ajajay comearenas jijos de sus chingada madre”.
Apenas domesticaban
la tierra los tonaltecos, cuando ya se aparecía el ferrocarril del Pacífico por
la futura ciudad de los vientos. A la que luego llamaron Estación Jalisco, al
gusto de los empresarios del Ferrocarril Panamericano. Obvio: ellos oteaban su
conexión con Tuxtla a través del camino de carretas de la Sepultura, el mismo
que conectaba las fincas ganaderas de Cintalapa y Villaflores, ampliando el
área de influencia del caballo gigantesco que se erguía como baluarte de la
modernidad. Por ello fraccionaban los arenales, trazaban calles anchas para los
futuros automotores —como las de sus modernas ciudades—, introducían el agua y
el drenaje, promocionaban la venta de pequeños paraísos, y ofrecían lotes
pagaderos a veinte años. Lejos estábamos del monstruo de la era global en que
se convirtió. Bestia, panacea y sepulcro de transmigrantes.
Ferrocarril mexicano, cordón umbilical
Muy pronto
la estación Jalisco se transforma, y ahora ya es el punto de embarque y desembarque
de toda la región central: las mercaderías fluyen de ida y vuelta, las remesas
dirigidas a Tuxtla y San Cristóbal desde la capital, Veracruz, Monterrey y
Estados Unidos son desembarcadas en Arriaga. Lo mismo que desde aquí, toda la
producción industrial de aquellas regiones comienza a fluir hacia el valle central
y los Altos. Van y vienen del centro del país y de la otra frontera: agentes
comerciales, espías e inversionistas, algún turista despistado, funcionarios
del gobierno, curas y militares, productos del campo, artículos artesanales y
manufacturados.
Mil abarrotes
y mercancías diversas y coloridas: desde pacas de pescado seco, huevas de lisa
y de parlama; garrobos e iguanas vivas, cemento, herramientas y fierro; azúcar,
sal y ultramarinos; y hasta embarques de 200 reses, fardos de algodón y pieles
por millares, autos, camiones y tractores primerizos; trapiches, turbinas y
algunas plantas de energía y fuerza.
Todo de a
poquito a poco hasta que la revuelta de los finqueros hace el resto, pues,
entre 1916 y 1920, el Ferrocarril Panamericano se congestiona. Desde la estación
Jalisco y todas las paradas incipientes, incluyendo Tonalá, Huixtla y
Tapachula, hasta Frontera Díaz —la
terminal del fin del mundo—,
todos los trenes son asaltados por forajidos. Son las bandas roba-ganados, los mapaches camuflados, ora de guerrilleros, ora
de soldados de Francisco Villa, quienes desde los Cuxtepeques y la Frailesca
asolan cuarteles, pueblos, ciudades, y muy en especial, al Ferrocarril del Pacífico:
cordón umbilical por donde se nutre y respira una buena parte del estado; por donde
el quebrantado gobierno de la federación controla el territorio y ejerce su
dominio.
Tapachula, Frontera Díaz y Guatemala
Desde hace
poco los convoyes se han hecho extensos, interminables, aunque más espaciados.
Ya no pasan de tarde y mucho menos por las noches, como éste, provisto de tres
máquinas. Todas resoplando al compás de sus anticuadas calderas y chimeneas,
todas provistas de furgones cargados de carbón. El convoy lleva pasajeros,
bultos y otros fletes, e intercalados se ven vagones repletos de carrancistas y
caballos, y hasta un cabús provisto de torretas, cañoneras y ametralladoras. Maniobras
complicadas realiza el tren en Tapachula. Va y viene entre las vías del patio
de maniobras inmenso y los almacenes, mientras el comandante de la plaza ha
decidido:
—¡Los
vagones pertrechados se quedan aquí para el resguardo militar de la ciudad más
grande del estado y de la frontera!
Son
desacoplados entonces los furgones de carga, donde van las provisiones del
Soconusco y sus fincas de cacao, café, ganado y caucho. Las plantaciones de
algodón aún son incipientes, pero van que vuelan.
Y ahora sí.
El ferrocarril aligerado de carga, continúa hacia Frontera Díaz, hoy Frontera
Hidalgo, faltaba más. Vemos cómo atraviesa el río Suchiate, montado al puente de
madera aún provisional, y por fin descansa en los recién estrenados andenes de
la estación de Ayutla, la primera terminal del Ferrocarril Centroamericano, el
primer paraje importante de Guatemala. Hoy reconocible, sin embargo, por Tecún
Umán su nuevo nombre, y el tráfico ilegal de personas y mercancías. Algunos
embarques son depositados aquí, aunque la mayoría continúan; llevan por
destinatarios a empresas de la capital chapina, Coatepeque, Retalhuleu,
Mazatenango y Escuintla.
Desde estas
terminales de frontera entonces, aquí donde termina la patria y comienza la
América Central, todo es bullicio a pesar de las revueltas intestinas. Escaramuzas
en veces de revolucionarios y gobiernistas, otras de facinerosos y militares
engreídos, en ocasiones de peones socialistas y cazadores de recompensas
—especie de anarquistas y guerrilleros—, mexicanos unos, guatemaltecos otros. Esto
en épocas de revolución y paz. Tiempos de ayer y siempre.
Muchas
gracias.
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