miércoles, 13 de junio de 2018

Cuxtepeques, carretera y corrupción

Pensando en mi madre, doña Fausta.

Recién a propósito de un viaje de ida y vuelta, desde Tuxtla Gutiérrez a La Concordia y luego a Chicomuselo por esta vía, diáfanamente pude descubrir o comprobar, cómo es cierto que la corrupción gubernamental es hoy, una de las lacras más terribles de la Nación, junto con negligencia, impunidad y delincuencia. 
© A falta de camino feo, surrealismo puro. CCJS, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2016).
Comprobar cómo la corrupción se ensaña en el ámbito de la educación, la salud y las infraestructuras. En donde a pesar de disponer de cuantiosos recursos, tenemos alumnos descalzos, escuálidos y sin escuelas dignas de ese nombre. Muchas desprovistas de agua y luz, y ya no se diga fibra, internet o computadoras. En donde a pesar de tantísimo dinero, los quirófanos de las clínicas no funcionan, no hay camas plenas ni suficientes en los hospitales, y menos medicamentos adecuados en calidad y cantidad.

lunes, 4 de junio de 2018

Nuestra chanfaina, del mundo



Por Antonio Cruz Coutiño
[Segunda y última parte]


© A falta de chanfaina, a ver quién adivina. Coita de Ocozocoautla (2011)

Pensando en Micaela y Francisco, mis maestros



Pero no vamos a pelearnos con nadie. De lo que se trata es de ponderar la chanfaina de la que no se ha ocupado nadie. La chanfaina concordeña, la de Los Cuxtepeques; la chanfaina frailescana, tierracalenteña y demás epítetos territoriales que identifican a nuestra tierra. La verdadera chanfaina, dirían algunos; la preparada con vísceras de vaca, desde las primeras reses cachudas despanzurradas para el efecto, durante la época de la Colonia; cuando el ganado puebla a tal grado estas tierras que se vuelve cerrero. Esas mismas reses que de cuando en cuando destazan los vaqueros, con la venia de los caporales, para todos los de la finca o hacienda, incluidos peones y baldíos. 

La carne magra, la de lomos, paletas y agujas, era para asarla en caliente, y la otra, la de menor calidad (faldas, camotes, costillares y entresijos), para tasajearla y tener cecina y carne salada para rato. El hueso con carne, se asaba u horneaba para alargar su conservación; la cabeza entera era horneada bajo tierra, con hojas de maguey, yerbasanta o aguacatillo y, finalmente, las vísceras todas, eran para el caldo de pata con panza y, claro, también para nuestra rica chanfaina, la chanfaina de la tierra caliente. 


Comida grande que, desde esos tiempos y hasta hoy, en la región incluye las menudencias del buey o de la ternera, aunque no se limita al hígado, al corazón y al bofe, sino que contiene el sabor y la textura de las partes diferentes de la panza: la panza propiamente dicha, el cuajo y el librío, pero, además: pedazos de vaso e incluso trocitos de lengua. El chileancho, claro que sí, y tantito perejil, aunque también clavo, pimienta de Castilla, una pizca de canela, jitomate, cebolla, pan blanco, aceite vegetal o manteca de cochi, e incluso algo de colorante natural, por si lo preferimos encendido, efecto para el cual, el achiote se pinta sólo. 


Sirva la chanfaina sobre un plato extendido, preferiblemente blanco con vivos rojos. Ponga al lado izquierdo un platoncillo de buen arroz, coloradito, seco y vaporoso —para que el comensal se sirva a sus anchas—, y junto a él un platillo provisto de chile seco molido con sal. Detrás de la chanfaina ubique las tortillas calientes de maíz amarillo, subidas y hechas a mano. Y finalmente, a la derecha de su agasajado, ponga un buen vaso de agua fresca de limón y chía y el infaltable caballito doble de tequila o mezcal, aunque si usted aún encuentra… mejor será ponerle un buen comiteco. 


Hmmm… hasta aquí me llega el olor del pan francés que fríen en manteca, mientras las menudencias hierven. Y eso que, desde hace más de 40 años, la cocina de mis primeros años, la casa toda y mi pueblo entero, duerme bajo el embalse de La Angostura. Estoy a catorce leguas de Los Cuxtepeques y mi madre ahora mismo no prepara chanfaina sino lengua baldada, memelitas de frijoles, shubil y anís. 

Chanfaina. Una entre decenas de recetas, y una entre miles de palabras que nos hermanan. Que nos diferencian e identifican localmente dentro de la globalidad que padecemos. Que nos recuerdan que, junto a Oaxaca, formamos parte de México. Que al igual que Guatemala somos Centroamérica. Que al parejo con los países andinos formamos Latinoamérica. Y que todos pertenecemos a esa gran amalgama, que, si bien conserva mucho de lo local y primigenio, casos puntuales como la chanfaina, evidencian las costumbres, el sabor y los ingredientes de la antigua España. 

Fuentes consultadas: Estrada Flores, Francisco (2004): Cocina exótica de Chiapas. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 112 pp. Mayorga, Francisco (2000): Recetario popular coleto. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 212 pp. Macías, Elba (comp.) (2000): Agua, barro y fuego. Gastronomía mexicana del sur. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 170 pp. Moliner, María (2007): Diccionario de uso del español. Vol. 1. Madrid: Editorial Gredos. 1694 pp. Nebrija, E. Antonio (1951n): Vocabulario español-latino. Madrid: Real Academia Española (edición facsimilar). 250 pp. [edición original, 1495]. Sánchez de Pineda, Dolores (1988): Comida tradicional de San Cristóbal. Sxbal de Las Casas: edición del autor. 247 pp. Santamaría, Francisco J. (20057): Diccionario de mexicanismos. México: Editorial Porrúa. 1207 pp. [edición original, 1959]. 



Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

lunes, 28 de mayo de 2018

     Nuestra chanfaina, del mundo

                                        

                                                                                                          Por Antonio Cruz Coutiño
Primera de dos partes

© A falta de chanfaina, van estas ricas tortillas-memelas. Belize city, Belize (2010)

                                        Pensando en Micaela y Francisco, mis maestros

Tengo por seguro que el vocablo chanfaina se forma durante el largo proceso de la reconquista ibérica por los reyes católicos, durante los siglos VIII al XV y aún antes. Y que, desde ahí se ha conservado inmutable. Así se muestra en la ortografía del primer vocabulario y gramática de la lengua española, escrito por el latinista Elio Antonio de Nebrija en 1495, profesor de la Universidad de Salamanca.

Chanfaina: palabra cuya etimología omite el propio diccionario de la Real Academia Española, al no haber acuerdo sobre su procedencia, aunque algunos lexicógrafos le atribuyen origen árabe. Ellos pretenden que deriva de shafayna, diminutivo de alshafaa (vísceras), sin convencer a nadie. Santamaría (1959) atribuye a Cuba el origen del platillo, e incluso la mismísima María Moliner (2007) yerra, al suponer su origen en la voz latina symphonia.

Razón por demás —chiapaneco al fin— para considerar correcto, relacionar chanfaina con su segunda partícula formativa (faina), palabra que se escucha, aún hoy, en algunos reservorios lingüísticos rurales de las regiones Frontera, Frailesca y Centro. Probablemente un arcaísmo del vocablo faena, originado en el catalán antiguo; idioma que hoy conserva la voz feina, con casi el mismo significado que en español. Faina o faena: jornada laboral, o cantidad de trabajo que debía concluirse en un día.

Faena al final de la cual, los trabajadores de las dehesas ­—antiguas ganaderías ovinas y bovinas de Salamanca y Extremadura—, guisaban sus alimentos, aunque no los preparaban con los cuartos ni con la mejor carne de los corderos, que iban a dar a la cocina de los amos, sino con las patas, callos y menudencias de los mismos. Es decir, en su calidad de siervos, aderezaban una parte de sus alimentos con las vísceras que dejaban sus patronos.

Pero incluso antes de esto, del guisado asociado a la faina; antes de la formalización de la comida típica ocasional, pues ocasional era que los dueños de los rebaños permitiesen a sus trabajadores, quedarse con las vísceras y apéndices de los animales. Mucho antes de eso, los pastores trashumantes de los antiguos reinos de Castilla y León, conocieron esta forma de preparación rudimentaria de las vísceras de las ovejas. Ellos viajaban desde el norte hacia el sur, hacia Extremadura, y por eso la chanfaina fue adoptada y, naturalmente, adaptada, como uno de los menjurjes predilectos de las provincias de Valladolid, Salamanca y Extremadura, por aquel entonces, regiones especialmente ovinas.

Por estas razones, la chanfaina es considerada una de las viandas características de España, aunque especialmente de las provincias aludidas; al grado que anualmente se celebra una Feria Regional de la Chanfaina en Fuente de Cantos, provincia de Badajoz, región de Extremadura, al tiempo que son plenamente identificables ­­—con “denominación de origen” y todo—, las chanfainas de Extremadura y Salamanca. En la primera los ingredientes actuales son: vísceras de cordero, algo de falda, aceite, cebolla, ajo, laurel, tantito picante, jitomate y vino blanco, mientras que la de Salamanca no lleva carne magra, aunque incluye patitas de cordero, pimiento, comino, arroz, y huevos duros, picados.

He ahí entonces, la chanfaina española, de donde deriva la chiapaneca, traída por los inmigrantes de esas regiones, durante los siglos XVI y XVII. Modificada de acuerdo con la tradición local y las provisiones alimentarias prehispánicas de acá. Como ocurrió en Argentina, Ecuador y Bolivia, en donde hasta la fecha la chanfaina se prepara con vísceras de cordero, y en alguna región del Perú, cuya “chanfainita” incluye menudo de ternera, lo mismo que en Oaxaca, donde se usan las vísceras de res.

¿Y qué decir de la nuestra, la mejor chanfaina del mundo? ¿De la chiapaneca-guatemalteca, que, salvo en San Cristóbal, Teopisca y Comitán —donde la preparan con las piezas menores de borregos y ovejas—, todos los demás chiapanecos la identificamos con las menudencias de las reses?

Me refiero a las regiones Centro y Frailesca. A las pequeñas ciudades de Cintalapa, Jiquipilas, Ocozocoautla, Berriozábal, Tuxtla, Chiapa, Carranza, Suchiapa, Villaflores, Villacorzo, Jaltenango y La Concordia, en donde la chanfaina se asocia a los manteles largos, a la comida grande, a los cuetes y petardos y a la fiesta, pero, sobre todo, este elíxir huele y sabe a la tierra y al cielo. Algo diferente a la de la tierra fría, si bien ésta ha sido la más difundida, pues desde 1986, varios manuales de gastronomía se han ocupado de ella.

La chanfaina alteña es citada por Francisco Flores Estrada en su Cocina exótica de Chiapas (2004), para quien da lo mismo hacerla con vísceras de ovinos que de cerdo, aunque… diría mi abuela Mariantonia: “eso entonces no es chanfaina, hijo, eso es cochito”. Dolores Sánchez de Pineda en su Comida tradicional de San Cristóbal (1988) la circunscribe a las menudencias del borrego, y pone por delante al chileancho y al infaltable perejil.

Francisco Mayorga en su Recetario popular coleto (2000), ratifica con creces el proceso de su elaboración, descrito en el texto anterior. Pero en donde de plano fastidian a la chanfaina, es en el volumen preciosista y caro Agua, barro y fuego. Gastronomía mexicana del sur (2000), en donde Elba Macías ­—quien funge como compiladora— si bien precisa que la buena chanfaina debe contener 50 por ciento de panza, 25 por ciento de hígado y 25 por ciento de “vísceras surtidas”, no aclara si ha de ser de ovinos, bovinos o de cerdo. No incluye entre sus ingredientes el chileancho ni el perejil, y se le olvida señalar la procedencia de la receta.

Pero no vamos a pelearnos con nadie. De lo que se trata es de ponderar la chanfaina de la que no se ha ocupado nadie. La chanfaina concordeña, la de Los Cuxtepeques; la chanfaina frailescana, tierracalenteña y demás epítetos territoriales que identifican a nuestra tierra. La verdadera chanfaina, dirían algunos; la preparada con vísceras de vaca, desde las primeras reses cachudas despanzurradas para el efecto, durante la época de la Colonia; cuando el ganado puebla a tal grado estas tierras que se vuelve cerrero. Esas mismas reses que de cuando en cuando destazan los vaqueros, con la venia de los caporales, para todos los de la finca o hacienda, incluidos peones y baldíos.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

martes, 22 de mayo de 2018


Una marisquería peculiar

13 abril, 2018

© Jaibas azules. Hmmm ¡Qué ricas! Mercado del Norte. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2011)


Qué se me hace que esto ya no será crónica, sino remembranza, o acaso una simple ficha descriptiva, pues desde hace dos años que conocí El Fishgón Seafood Palapa, decidí escribir una crónica sobre mi segunda visita al lugar, misma que nunca hice. Con mi última cita a esta marisquería, sin embargo, ocurrida hace tres o cuatro semanas, ya voy para cuatro o cinco veces que la visito… forma de decir —ni mejor que mandada a hacer— que el lugar, en los últimos años, sí que ha cumplido nuestras expectativas gastronómicas, si nos atenemos a la correlación calidad-precio que podemos pagar en familia, al hilo con la clase media a la que creo pertenecemos.

De entrada, digo que para nada me gusta su nombre.

Mezcla palabras completas y medias palabras anglosajonas y mexicanas, de modo que mejor le hubieran bautizado El Figón, El Fisgón, La Palapa, El Pescado Nalgón, o Los Placeres del Mar, por tan sólo recurrir a las voces que se intuyen en su rótulo. O bien, Marisquería del Pacífico, si nos atenemos al regusto profundo y a la receta de los platillos exquisitos que ahí se sirven; a su presentación, aromas, colores, texturas. Aunque igual, la razón del nombre tal vez se encuentre en el esnobismo malinchista más reciente de la ciudad.

El lugar está junto y a la izquierda del “0 por 0”, como alguien dijo, dicen los yucatecos, la franquicia rojiamarilla ubicada al interior de la colonia Moctezuma (Boulevard Comitán 1521). Y para llegar, en atención a quienes quieran conocerlo, explico que nosotros sólo hemos practicado esta ruta: transitar por el Libramiento Sur, llegar al crucero de la Onceava Poniente (calle principal de Las Terrazas) y tomar la 13ava. Poniente, calle del ISSSTE. Atravesar la 9na. Sur, continuar hasta la Primera, desviarnos a la izquierda, dar vuelta a la manzana del Bancomer y esperar el semáforo. Cruzar la Avenida Central, entrar a la colonia Moctezuma, ver ahí, a la derecha, los negocios del antiguo Hotel Bonampak (Balam, La Chilanguita y La Mocte), bajar la velocidad, cruzar la Circunvalación Tapachula, continuar una cuadra, descubrir justo en la esquina el terror de las tienditas ya referida y… al lado y a la izquierda ya tienes El Fishgón.

Ahora, ¿qué más digo, si no lo más importante? Que en general, los sabores de la marisquería, desde la perspectiva de nuestros sentidos, son excelentes. Derecha la flecha. Que está súper-bien ubicada. Que casi se encuentra al aire libre, pues le llegan los aires del Noroccidente, razón de su relativa baratura, pues los clientes no pagamos costos por energía y clima… Que sus dueños, a quienes no conozco, saben de ubicación, oportunidades y negocios. Que no tiene estacionamiento propio, aunque en la zona siempre hay espacio. Que sus camareros, mujeres y varones, son tipos serviciales y atentos. Y que hay juegos y distracciones para entretener a los enanos. Aunque… lo más importante es su bien surtida contrabarra. Tienen una de las mejores cocktelerías del rumbo y, sobre todo, las cervezas de mi predilección, las de la Cervecería Cuahutémoc-Moctezuma, e incluso tres o cuatro importadas.

Y ya ni se diga de sus delicias mareñas, marítimas y costaneras, pues es mejor que las de todas las marisquerías que hasta hoy he conocido, con excepción de las inmejorables boquitas de Campeche, el puerto de Veracruz, el Pacífico sinaloense y muy en especial el restaurant Floridita, el que se encuentra en el corazón de La Habana, en la esquina de Obispo y Bélgica.

Me encantan los camarones Rockefeller, el pulpo entero y a las brasas, y el pulpo encebollado. Pordios que tres delicias de poca madre. Por suavecitos, bien aderezados y aromáticos, y en el caso del segundo, hasta algo crujientes; buenos los tres platillos para la vista, por la calidad de su materia prima: tamaño, frescura y buena planta. Aunque también son ricos sus filetes de cazón, liza y robalo, y ahora que me acuerdo: la “cazuela de mariscos” que así le llaman ¡Para chuparse los dedos! Y la ensalada de pulpa de camarón, también servida en los aguacates rellenos… fresquecitos, aderezados con vinagre, aceite de oliva y alguna salsa de esas modernas, con tamarindo, cacahuate, ajonjolí y otras yerbas.

Igual, recién con el compa Arcadio, sólo fuimos por un par de cervezas y sus respectivas botanas, antes de la comida. Creí que el servicio decrecería, pero para nada: al tiempo que la camarera morena, cabellos ensortijados y delantal negro, lleva las cervezas, nos sirve el consomecito de camarón seco que recuerda la tradición del bar La Oaxaqueña de San Cristóbal, tostadas en triángulos, y las típicas galletitas saladas…

—Todo por cortesía de la casa. —Nos dice jovial la camarera.

Abrimos el más que interesante menú: siete tablas además de las tres adicionales, de bebidas. Arcadio se queda con los ojos cuadrados. En “entradas” hay las secciones “para picar”, ceviches, cocteles, aguachiles, “calditos”, tacos, ensaladas y antojitos. Luego aparecen las “especialidades de la casa” y los camarones y el pulpo con dos subdivisiones: “al gusto” y “especiales”, además de dos pequeños segmentos: tostadas diversas y menú infantil.

—¡Guau! —Exclama el buen Arcadio—. Pues como sólo es tentempié, y las cervezas tan sólo van para hacer hambre, yo me rempujo un cebichito.

Interviene la linda morena del delantal y los ojos igualmente negros…

—Aunquee… servidos en dos porciones, podría traerles, si es que sólo es botana, un buen “ceviche mediterráneo”. Son camarones de la mejor calidad —agrega—, arreglados con su ensalada.

Nos vemos a los ojos, Arcadio manotea la mesa y yo doy por buena la sugerencia. ¡Perfecto! ¡Mediterráneos y en dos porciones! Finalmente, el lugar, aunque no se acerca a ninguna galería de arte, tampoco es una bodega y menos un antro feo. La línea que orienta su decoración es la playa, el mar y las labores marineras, incluyendo aquí y allá referentes asociados a la pesca y a los navíos. Recuerdo alguna boya de las de antes, de cristal amarillento, atrapada entre lazos gruesos entretejidos, o un viejo trasmallo. Creo haber visto los restos de un antiguo timón, pero… ya vamos cerrando el relato con un par de sugerencias. Urge imprimir de nuevo las listas del menú, hoy casi desbaratadas. Cambiar con cada cerveza el tarro helado en que la sirven y, sobre todo, poner atención a sus excusados, parte nodal de la higiene y el negocio de la buena convivencia. Salud amigos. Salud por El Fishgón.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

lunes, 14 de mayo de 2018



Por el centro histórico de Tuxtla

A nuestros cronistas precursores
Cuarta y última parte


© ¡Bello nuestro antiguo Palacio Municipal! Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2017)

Hace recordar también a la romería, que ahí, a la media cuadra, frente a la antigua iglesia, estuvo precisamente la tienda de los libaneses Sabines, la de don Julio y su familia, llamada Almacén El Modelo, proveedor de textiles, vestuario y bonetería; casa y establecimiento comercial heredado al político y al poeta, a los hermanos Juan y Jaime Sabines.

Yo en lo personal, recuerdo sobre esta calle un par de inmuebles arquitectónicamente bien logrados. Ambos, asientos de negocios formales: la esquina suroccidental de la Segunda Sur, sede de la Ferretería Castillejos del ingeniero Víctor Manuel Díaz, y la esquina nororiental de la siguiente, Tercera Avenida Sur, casa de la Ferretería El Candado, de los sucesores de don Juan Kramer. Varias voces, sin embargo, nos hacen recordar el banco que estuvo contra-esquina del punto en que nos encontramos: la sucursal del Banamex que a principios de los ochenta, en noche de jueves, es asaltada como nunca en Tuxtla, previa voladura subterránea de su caja fuerte. Ello a través del túnel construido desde algún cobertizo vecino, según cuentan; patio de aquella dama enamorada y entrada en años.

Segundo antiguo Ayuntamiento

Luego avanzamos por entre la obscuridad del pleno centro, ¡Hágame Usted el favor!, sin destacar nada encomiable. Volteamos a la derecha sobre la Segunda Poniente, y ya estamos al fin, frente a la fachada emblemática del segundo antiguo Ayuntamiento, hoy asiento del Museo de la Ciudad (que los tuxtlecos aún consideran en ciernes). Edificio neocolonial de dos plantas, como sabemos todos, construido entre 1941 y 1942 sobre el predio donado por un personaje, don Noé Vázquez Rincón. Diseño y realización de los arquitectos Francisco D’amico y Andrés Luna. Ajaracas de ascendencia mudéjar en sus muros exteriores, frontispicio ecléctico, espigado, aunque armónico; crestería ornamental de primera, etcétera, aunque…

Ahora, tras el terremoto del siete de septiembre del año pasado, ¡Está a punto de caerse! Como bien informa un joven de la procesión, quien dice colabora con el museo. Aunque bien a bien no refiere todo el edificio, sino la parte alta del muro occidental; pared de la segunda planta efectivamente desplomada. Continuamos, pero alguien repara en la preciosa reja ornamental que da acceso al patio del museo, pues dicen que se trata de uno de los portones de la antigua Escuela Industrial Militar, la que estuvo ubicada en el sitio del actual Centro Cultural Jaime Sabines. E igual, el propio Roberto identifica otra protección metálica, proveniente de la mansión de don Pedro del Cueto, hoy sobrepuesta y útil al anexo del antiguo Ayuntamiento.

La Providencia, el Rex y el Alameda

Llegamos a la esquina de Segunda Poniente y Primera Norte, viramos hacia la derecha, rumbo al Oriente, y a media cuadra, sobre la mano izquierda… ¡Oh delicia! Continúa ahí, en el lugar de siempre, La Providencia. La taquería de Tuxtla por antonomasia. Nuestra taquería de junto al antiguo Cine Rex; la misma que cuando a los de mi generación toca la oportunidad de cenar en ella, a la salida del cine, tanto del Rex como del Cine Alameda, todos dicen que es la más vieja y prestigiada, junto con los tacos árabes El Califa de junto al Edificio Maciel. Probablemente las dos taquerías de puerco más antiguas de la ciudad, aunque hoy recién nos enteramos: es fundada en 1952, es considerada “pionera de los deliciosos tacos y carnitas al estilo de Michoacán”, y tendría que entrevistarse a los herederos para estar bien ciertos.

Pero ya, paramos ahora sí, en la esquina del Cine Rex, tan sólo para reposar y tomar juelgo. También para evocar algún momento a mitad de los setentas: mientras aquí se exhiben dos películas mexicanas y el bullicio y el tráfago es enteramente normal, entre el Cine Alameda, la Biblioteca Pública del Estado y el Parque Central, el tráfico de autos está detenido y es imposible dar un paso. Del cine sale gente como si fuesen hormigas de un agujero enorme. Hay colas sobre las banquetas, la de la Calle Central y ésta, de la Primera Norte. Exhiben… ¿Quién lo dudaría? ¡El Exorcista de Linda Blair! Mi primera película formal de terror, dirigida por William Friedkin, protagonizada adicionalmente por Ellen Burstyn, Jason Miller y Max von Sydow.

Y de aquí, ahora sí, ya volvemos al Centro Cultural, que lo encontramos fresco e iluminado; tomamos nuestros asientos, son las ocho treinta de la noche, aspiramos a nuestras anchas… Pues sucede que ahora somos menos: varios, en diferentes puntos, se fueron rezagando en el camino ante el cansancio y lo inusual. Pero a pesar de las deserciones, amigos, dice resonante Roberto Ramos, ¡Vamos a concluir!

Cuatro propuestas y dos objetivos

Concluir en lo que, durante las jornadas anteriores, a diferentes niveles, ya habíamos arribado; desprender y generar a partir de estas charlas y de la experiencia del recorrido, tres o cuatro propuestas:
La necesidad de una norma municipal que imprima orden al establecimiento de franquicias comerciales en el centro histórico; ello para alterar lo menos posible su entramado urbano.
Diseñar y poner placas alusivas, donde corresponda, no exclusivamente en el centro histórico, sino en toda la ciudad, sobre acontecimientos, hitos, edificios y personas, de acuerdo con el contenido de estas charlas.
Fundar un vasto acervo fotográfico virtual, sobre la ciudad, del que podamos apropiarnos todos, y..
… ¡A ver quién le pone el cascabel al gato! Formular un buen proyecto de intervención arquitectónica para esta parte céntrica de la ciudad. Un programa de embellecimiento y mejora substancial de la imagen del centro histórico.

Lo demás, todo sería añadidura, pues esto implicaría calles y plazas libres de “ambulantes”, espacios para la convivencia familiar y el esparcimiento público, iluminación de primera, y calles peatonales, más y mejor turismo; citadinos más informados y mejores ciudadanos, pero, sobre todo, dos objetivos centrales: 1. Sentirnos dueños del centro, de nuestro Centro Histórico y 2. Reforzar con esta iniciativa y con otras de su estilo, nuestra identidad local.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

martes, 8 de mayo de 2018


Por el centro histórico de Tuxtla


A nuestros cronistas precursores.
Tercera de cuatro partes


© El antiguo Banco de Chiapas. Tuxtla Gutiérrez. Derechos reservados MF, 1946.


Se supone que el arroyo referido arriba, atravesaba la Primera Sur, entre La Ceiba de los años 80, librería, galería y café fundado por Dorian y Florentino, amigos entrañables, y la oficina de ventas y pagos de la Lotería Nacional. Pasaba debajo del adefesio mencionado, embargado primero a don Carlos Trejo Zambrano, su constructor. Luego adquirido por el gobierno del Estado a sabiendas de sus riesgos estructurales y de cimentación, fallas precisamente relacionadas con el lecho del arroyo. Cruzaba diagonalmente la manzana, pasaba por debajo del Hotel Olimpo,el Mercado Nuevo, los Almacenes Granda y el Hotel del Pasaje; partía en dos la Primera Poniente entre Quinta y Sexta Sur, bajaba su corrental al lado del viejo Asilo de Ancianos y desde ahí tiraba su ruta hacia el alto Mactumatzá, por en medio del barrio de Las Canoítas.

Pero la cuestión es simple: ni la ermita ni el atrio de San Andrés, el tercero del cuadrángulo del centro, lograron afianzarse nunca, debido seguramente a su inapropiada ubicación… hasta que, de acuerdo con la voz del guía y la de otros enterados, los allegados a la ermita, dan por iniciar la construcción de su relevo en el cerrito de San Roque, antiguo hito geográfico-ceremonial de los zoques originarios de la ciudad.

Plazuela del Callejón del Sacrificio

Bordeamos entonces este edificio, paramos justo en la desaparecida esquina de Primera Sur y Callejón del Sacrificio, y recordamos aquí el pequeño palacete, casa grande del doctor Muñoa, aunque más bien de la familia Muñoa Coutiño, obra neocolonial, provista de jardín, fuente y rejas exteriores de hierro forjado, enmarcadas por arcos invertidos. Hoy, abandonada, sucia y sombría luce esta plaza, cuando apenas hace veinte años, durante las dos décadas finales del siglo pasado, fue la delicia de los tuxtlecos, por los Cinemas Gemelos y la Trattoria San Marcos;por las bisuterías, antros y neverías que aquí se establecieron.

Pasamos revisión a la placa conmemorativa y al recuerdo, ambos asociados al deceso del gran Joaquín Miguel Gutiérrez, justo detrás del ábside de la catedral de San Marcos. En donde se lee, al pie de un monte y una cruz: “A la memoria del ilustre patriota y liberal General Joaquín Miguel Gutiérrez. 1838-1931. H. Ayuntamiento”, aunque ¡Oh sorpresa! Descubrimos una placa adicional, más grande y lujosa que la original, firmada por el gobernador más corrupto de la historia de Chiapas, el tipo a quien apodaron Sabissnes, el mismo a quien su tío, el laureado Jaime Sabines, seguramente hubiese excluido de la familia…

Pero ya alguien narra la anécdota del sacrificio del liberal republicano regional, anécdota que apunta: no son plomos los que ciegan su vida, sino el miedo. Corre despavorido por la bóveda de la catedral, al intentar escapar de sus perseguidores; decide saltar el callejón angosto desde la cúpula extrema, toma impulso, emprende el vuelo y al no alcanzar el techo de las casas traseras, cae desmadejado y muerto. Dicen que ello ocurre al medio día del ocho de junio de 1838.

Aunque igual, recordamos las diversas locaciones de la desaparecida esquina del Callejón del Sacrificio y Avenida Central: asiento del Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas, de la original y afamada cantina Las Américas, fundada en 1953 por el español Luis Moya Gabarrón, y del Hotel Guizmar, acrónimo de Guizar y Marín, apellidos de los hoteleros Pedro Perico Marín y Estrella Guizar, quienes rentaban el edificio a don Carlos T. Culebro, tío de Estrella. También recordamos en especial, dos empresas entrañables: la casa de las tortas y embutidos La Forteza, y El Correíto de junto, estanquillo y expendio de periódicos y revistas de don Arturo Ramos Cáceres, padre de Roberto el buen amigo. Aunque para nuestra desgracia confirmamos una majadería adicional: que muy pronto instalarán un nuevo Oxxo en la planta baja del Edificio Corzo, en la esquina céntrica de Avenida y Calle Central, ojo de tochtli el conejo; ombligo de la siempre bien ponderada Tochtlán.

Casa del Cueto y Banco Chiapas

¡Uf! Libramos finalmente el atrio de la catedral, pero ya nuestro encaminador de almas explica que aquí, todo el frente de la manzana, entre Avenida Central y Primera Sur, estuvo ocupada a finales del siglo XIX, por las empresas de la familia Del Cueto Calymayor, entre ellas las sobresalientes Casa del Cueto y Tabacalera Cueto y Compañía. Que abriéramos los ojos, pues a la vuelta, encontraríamos el Restaurant La Casona, en donde podríamos observar ejemplos de las antiguas rejas metálicas que protegían todas las puertas y ventanas de la inmensa casa de don Pedro del Cueto.

Paramos en la esquina de Primera Sur y Calle Central, vemos el muladar en que se ha convertido la plazuela que tenemos en frente, y varios evocan un recuerdo peculiar: la ubicación ahí mismo, del frente ochavado de una antigua casa solemne, la del Banco de Chiapas; única institución propia, fiduciaria y emisora de la historia de Chiapas. Neocolonial, ventanas prominentes, alto frontispicio coronado por el escudo nacional y un asta-bandera, aunque ya vamos al refectorio referido y…

¡Cierto!, exclaman algunos. ¡Aquí están las protecciones! Dos semicirculares bajas, típicas de balcones, en buen estado, forjadas en fierro de fragua y yunque. Y dos grandes, espectaculares, al interior del salón más amplio, sobrepuestas al muro, tan sólo como ornamentos. Avanzamos 50 metros y ya estamos en la Primera Poniente… antigua Calle del Comercio, por mucho tiempo la más importante de la ciudad, al igual que la Avenida Central. Nos imponemos de esta otra plazuela abatida por el ambulantaje y la indolencia, y en ella todos recordamos a la antigua Beli, la Escuela Primaria Belisario Domínguez del gobierno del Estado.

Barrio de San Miguel

Roberto explica que justo al terminar la plazuela, ahí iniciaba el edificio del templo de San Miguel, construido sobre el espacio que por largos años ocupó la Mueblería Valanci y Compañía, de don Samuel Valanci Hasson, o bien sobre el lote adjunto. Que esta plazuela de algún modo repone la antigua, del siglo XVI al XVIII, aunque lo más seguro es que sus promotores nunca hayan sabido de la existencia de aquella. Que aún a principios del siglo XX, continuaba en pie el cajón deteriorado del templo, sustituido definitivamente ante la expansión del barrio, y la construcción, más adelante, de la bella iglesia del Calvario de tintes góticos, hoy única reliquia arquitectónica de la antigua Calle del Comercio.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

lunes, 30 de abril de 2018



Por el centro histórico de Tuxtla


A nuestros cronistas precursores

[Segunda de cuatro partes]



© Monumental casona del Museo del Café. Casa del doctor Rafael Grajales Ramos. Tuxtla Gutiérrez (2018)

Frente al mercado, sin embargo, sobre la Segunda Oriente, una esquina humilde, verdi-blanca, y dos negocios, equilibran el paisaje visual. Son fachadas recién restituidas, sobrias y pintadas de un sólo color, que destacan por sus toldos sencillos y uniformes, coloreados con pinturas contrastantes. Llegamos al punto de los tres o cuatro hoteles, a la contra-esquina del Centro Social Francisco I. Madero —a punto de devolvérsele su antigua personalidad y resplandor— y entonces nuestro guía de lujo se nos planta enfrente.

Barrio de San Jacinto.

Roberto explica cómo durante los siglos XVI al XVIII, justo ahí estuvo la plazuela del barrio San Jacinto. Informa que, al lado izquierdo, en donde se extiende el patio trasero del Palacio Federal, estuvo el antiguo templo, lentamente restituido a principios del siglo XX, ubicado en donde todos lo conocemos… “Aquí mismo, en línea recta, aunque a cuatro cuadras; en la esquina de Segunda Oriente y Quinta Norte”. Que antes del Centro Social, a finales del XIX se establece aquí, el Teatro Emilio Rabasa, en donde debutan artistas nacionales. Se escenifican zarzuelas, operetas y obras de teatro, y se exhiben las primeras películas del cine mudo. Pero esto es un simple recorrido, recuerda el maestro y continuamos.

Formamos valla frente a la fachada de La Casona, la antigua casa del doctor Rafael Grajales Ramos, hoy y desde hace nueve años Museo del Café, toda hermosa por dentro y por fuera, digno ejemplar de la antigua y provinciana arquitectura de la tierra, misma que según aquí se informa, fue donada en 1934 por el médico prestigiado, con el fin de que se convirtiese en museo. Aunque en verdad por largo tiempo, durante 50 o 60 años, dio albergue a la Liga de Comunidades Agrarias de la CNC. Pero siguen, desafortunadamente, dos franquicias multicolores, de las que afean el entorno visual, ahora detrás del Palacio del Gobierno del Estado, una de ellas, justo en donde estuvo el famosísimo Restaurant Maryen del gran Marro, don Enrique Marroquín, aunque, de acuerdo con el itinerario, hemos de continuar hacia la izquierda, sobre la Avenida Central.

Antiguo arroyo céntrico

Nos detenemos pues, a media cuadra, entre segunda y Tercera Oriente, acera derecha, propiedad del gobierno estatal, igualmente casona dignamente restituida, aunque hoy desafortunadamente abandonada, debido a su resquebrajamiento. Aunque igual suerte toca a la banqueta e incluso a la calle. Roberto explica algo que a la mayoría sorprende: ¿Ven la fractura de la casa y de la calle? Pues lo que pasa es que aquí, debajo, corría y chance aún corre parte del arroyo que venía del rumbo Sur-occidente. Y sí, así debe ser, pues el arroyo pasaba debajo del Hotel Brindis y las oficinas de la Comisión Federal (CFE), al lado de la Notaría 38 de don Ariosto Oliva Ruiz, y por algún encajonado del plantel de la Universidad Salazar, hasta desembocar al lecho del Sabinal, meandro de la Cuarta Norte esquina con Quinta Oriente.

La casona fue originalmente asiento de la primera Escuela Normal del Estado. Luego por mucho tiempo estuvo ahí, la oficina central de la estatal Recaudación de Hacienda y, durante los últimos años, fungió como guardería y jardín de niños. Alguien recuerda el Local de Curiosidades del profesor y anticuario pionero don Noé Palacios Domínguez, antihéroe y personaje típico de la ciudad y… ante la evocación llega a mi recuerdo el año 70, cuando con apenas diez años conozco Tuxtla por primera vez, de la mano de mi padre, hospedados en el Hotel Brindis.

Arena Coliseo y Botica de los pobres

Torcemos y avanzamos sobre la Tercera Oriente, descubro al compa Mario Alberto Sánchez, frente a su empresa Diagraf, abocada a impresos y publicidad, y ya le sugiero que algo cuente sobre el anfiteatro antiguo que aquí existió, ante los oídos expectantes de la romería. No lo piensa dos veces, levanta el pecho, engruesa la voz, y ¡Gracias compadre! Hay razón, dice. Aquí estuvo la Arena Coliseo, donde se efectuaban peleas de box y de lucha libre. Aquí enfrentó a varios gallos, el mismísimo Romeo El Lacandón Anaya y… hasta la fecha ahí atrás, arriba, están los antiguos baños de gayola.

Más allá, Roberto recuerda la Botica de los Pobres, justo en la esquina de Tercera Oriente y Primera Sur, mientras alguien entre los peregrinos acompaña la narración. Por ello nos enteramos del nombre de su dueño y año de fundación: Eleazín Ballinas León, 1908, aunque en 1930 se traslada a la Avenida Central esquina con Segunda Oriente. Avanzamos hacia la Segunda Sur, aunque a media cuadra, acera derecha, nuestro súper-guía se detiene frente a una de las casas antiguas, más hermosas de la ciudad: fachada provista de ventana con protección metálica esbelta, puerta principal en buen estado, portón algo desmerecido por intervenciones insulsas, zoclo y adornos intermedios, columnas empotradas, arcos y remate bien conservado.


Casa del gran Laco Zepeda

¡He aquí la casa de Eraclio Zepeda Ramos!, festeja en voz alta Roberto. Donde nace y vive su infancia y adolescencia, muy cerca de sus textos primigenios, los de la secundaria del ICACH. ¡Cuánto bien haríamos a la ciudad!, estalla alguien, si alguna vez, antes de ser destruida, fuese adquirida por el Ayuntamiento, y luego convertida en su casa-museo. Pero ya otra voz le acompaña: ¡Igual como hace tiempo hicieron en Comitán, con la casa de don Belisario Domínguez!

Llegamos a la esquina en donde alguien recuerda —planta alta, lado izquierdo— el Bar El Rodadero de los años ochenta. Avanzamos hacia el Poniente, descubrimos un antiguo portón original, aunque cubierto de telarañas, protecciones, cadenas y candados enmohecidos. Todos recordamos aquí, en el patio contiguo hoy estacionamiento, la ubicación de la antigua Logia Masónica de don Joaquín Miguel Gutiérrez; con su puerta señorial al centro y sobre el quicio, los emblemas de la masonería occidental: compás metálico, escuadra y ojo iridiscente, y alrededor de ellos las letras A.L.G.D.G.A.D.U., impronunciables, aunque dignas de la mejor rememoración: “A la gloria del gran arquitecto del universo”.

Barrio de San Andrés

Pero ya estamos en la esquina de Segunda Sur y Segunda Oriente, en donde a contra-esquina luce aún un caserón terracota y rosa bien conservado: adobe grueso, respetables molduras, y sobre ellas el techo de tejas; marcos y dinteles de puertas y ventanas bien dibujados ¡Casi un cuarto de manzana! Aunque varios vamos emocionados, pues… por primera vez sabremos algo sobre el barrio de San Andrés. El mismo cuya ermita —pues nunca llegó a consolidarse como verdadero templo— se encontraba, en palabras del buen Roberto, justo en el predio anterior al estacionamiento anexo al siempre defenestrado Edificio Dorado, hacia donde se extendía la plazuela del barrio, aunque no nos queda clara esta ubicación.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

martes, 24 de abril de 2018


Por el centro histórico de Tuxtla



Primera de cuatro partes
© Detalle imperturbable. Templo de Santo Domingo. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2000).

Ahora, durante el mes de febrero, el buen Roberto Ramos Maza, ha dejado sorprendidos a los tuxtlecos interesados, y a algunos intelectuales, hombres y mujeres, al ofrecer un pequeño ciclo de charlas sobre la ciudad. Ellas ilustradas con diapositivas del Tuxtla que el tiempo, el “desarrollo” y las autoridades se encargan día a día en sepultar. El ITAC, abreviatura que bien a bien no sabemos qué signifique, pero que forma parte del Municipio, y la Casa de la Cultura de Tuxtla Luis Alaminos Guerrero, presentaron las tertulias como “Tomemos el café y hablemos de Tuxtla con Roberto Ramos Maza”.

Roberto, para quienes no saben de él o no lo recuerdan, es el tipo flaco, alto, afable y de barba cerrada (aunque hace tiempo no se la deja); tuxtleco a más no poder. Es geógrafo de profesión, promotor cultural y del turismo, curador de museos, profesor universitario y conferencista. Ha sido funcionario cultural y otras yerbas, es autor de varios textos sobre geografía humana y patrimonio cultural de Chiapas, e incluso de varias lecturas para viajeros. Es, seguro, autor de un libro sobre el vecino Tabasco y, sobre todo, amigo encomiable.

La primera charla de la serie versó sobre los hitos de la historia de Tuxtla Gutiérrez, la segunda sobre el patrimonio perdido de la ciudad, la tercera sobre su patrimonio cultural contemporáneo, y la última intituló “El sendero de la memoria”. Para esta, la de hoy, pone el conferencista sobre-aviso a los presentes. Regresa a la primera conversación sobre la refundación de la Tochtlán San Marcos, la sucesiva formación de su plaza y templo principal, y su traza urbana original dividida en cuatro barrios. Cito: Santo Domingo en el Noroccidente, línea de La Chacona y San Fernando; San Jacinto en el rumbo Nororiental, dirección del Cañón del Sumidero y Chiapa de Corzo; San Andrés en el cuadrante Suroriental, camino al Zapotal y Cerro Hueco; y el barrio de San Miguel rumbo Suroccidental, orientado hacia la atalaya del Mactumatzá.

Sendero de la memoria.

Explica Roberto, que saldremos de la casa Alaminos, esquina de Primera Poniente y Segunda Norte. Nos ubicaremos al frente del templo de Santo Domingo, regresaremos por la misma calle, caminaremos hasta la esquina de Tercera Norte y continuaremos por ahí hasta el Mercado de las Flores. Doblaremos por la Segunda Oriente hasta la Avenida Central, detrás de los palacios del gobierno, quebraremos ahí y avanzaremos a la Tercera Oriente, sitio del Hotel Brindis. Continuaremos hacia la esquina de Segunda Sur, donde doblaremos a la derecha, hacia la Segunda Oriente.

De ahí torceremos hacia el Norte, hasta el estanco de la Lotería Nacional, Primera Sur. Después rodearemos desde atrás, la catedral de San Marcos, y continuaremos por la misma avenida, luego del atrio. Seguiremos por ahí, hasta la esquina de Segunda Poniente, avanzaremos por ella hacia el Norte, cruzaremos nuevamente la Avenida Central y nos detendremos frente al segundo antiguo Palacio Municipal. Después avanzaremos a la esquina de Primera Norte, seguiremos una cuadra hacia el Oriente, y a la izquierda voltearemos hacia la plazuela de Santo Domingo. Cierre del recorrido.

Son las siete de la noche en punto. Un par de advertencias lanza nuestro súper-guía, pues el centro histórico de la ciudad hoy es un vasto basurero obscuro, intríngulis vial, tierra de nadie, y parapetos policiales. Ciudad sucia, descuidada y en escombros como nunca. ¡Tengan cuidado con el tráfico!… Comenzamos.

Barrio de Santo Domingo.

Vamos a la iglesia de Santo Domingo, posamos frente a su portada, y es ahí que la redescubrimos: edificación ecléctica y de rasgos populares, construida a inicios de la Colonia, probablemente la más antigua de la ciudad. Volteamos hacia la plazuela de junto, tan sólo para ratificar lo de siempre: penumbra, suciedad, comercio ambulante y una tortería que, iniciada con una sombrilla en los años ochenta del siglo pasado, hoy invade su espacio con una caseta de concreto. A ciencia y paciencia del Ayuntamiento. Ahora vamos a la esquina de Segunda Poniente y Tercera Norte y… ¡Gran sorpresa! Tres de sus esquinas aún conservan las casas antiguas, de buen gusto, características de la vieja ciudad. Se ven descuidadas y derruidas, aunque… ¡Nada que no pueda arreglar una pequeña intervención profesional!, según exclama Roberto. Ojalá inversionistas modernos las compraran, para, conservando su estilo, transformarlas en verdaderos aparadores arquitectónicos.

Continuamos por la Tercera Norte y, justo a unos pasos, dos o tres casas medianas, provistas aún de sus portones originales, nos aguardan. Hay en ellas, puertas y ventanas hermosas, techos de teja, protecciones primorosas en hierro forjado, e incluso algún detalle inusual: una de ellas, a la mano izquierda, mediana y antigua, fuerte, aunque descuidada, luce aún sus números cinco y 125, primigenios, aunque de épocas diferentes. Es una lástima que la casona de la acera izquierda, entre Segunda Poniente y Calle Central, recién la hayan demolido, según descubrimos ahora. Por fortuna alguien recuerda su fachada. El de la voz informa: “lucía de izquierda a derecha un portón señorial, una puerta de cuatro hojas y dos ventanas; todo en carpintería de la mejor calidad, y ya no se digan, sus dignas protecciones de fierro, a medias de herrería artesanal y fierro fundido”.

Mercado de las flores.

Cruzamos la Calle Central, vamos hacia la Primera Oriente y sobre la acera derecha vemos una casa de factura reciente, iluminada. ¡Justo lo que quería mostrarles! Dice Roberto. Miren esto. ¡Sí es posible! A pesar de ser una casa nueva y moderna, su arquitectura armoniza con el centro de la ciudad; entra en composición con la arquitectura del paisaje. Pero avanzamos un tanto y entonces… ahora sí ¡Vemos el tercer horror! Tercero pues el primero es la franquicia rojiamarilla del antiguo Cine Alameda y el segundo el de la Primera Oriente. Nos referimos a la tienda Súper Extra de la esquina frente al mercado. Razón por la que alguien atrás comenta: ¡Vaya! ¡Gracias a Dios que el Mercado 20 de Noviembre, sigue igual y en su lugar!

Comento que es probable en tiempos antiguos, el cuarto de manzana que ocupa el Mercado de Las Flores, haya sido un gran patio sombreado por una ceiba o por un chicozapote inmenso; una especie de parador para la carga y descarga de las carretas y acémilas, y la pensión y hospedaje de los comerciantes, pero Roberto dice que no. ¡Que no ha visto ese dato en ninguna parte!

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

martes, 17 de abril de 2018

Desde la tierra caliente a Los Altos

Parte décima tercera


                   © ¡Pero qué irresponsabilidad! Camino a San Bartolomé Rayón, Chiapas (2017).




Incluso un tiradero formal, pestilente, se observa a la izquierda, “armonizado” sin embargo, dirían los eruditos, con la basura expresada por los anuncios publicitarios ofensivos varias veces aludidos: la propaganda de los bandidos de la política local. Las del Jaguar Negro, Fundación la Luz de los Pobres, “Eduardo Ramírez casa de enlace legislativo”, Fundación Guirao y etcéteras.


Pueblo Nuevo Solistahuacán.

Continúan ahora camino hacia arriba, para vencer el desnivel profundo del encajonado y el valle anterior; todo por llegar a lo alto de las montañas de Jitotol y Pueblo Nuevo. Arriban a Puerto Caté, puerto de altura efectivamente, punto en el que se separan los caminos: el que traen desde la montaña, rumbo Nororiental; el que va hacia San Andrés Larráinzar, San Juan Chamula y San Cristóbal, rumbo Suroriental; el que va a Bochil y a Tuxtla Gutiérrez, rumbo WSW, y el que ahora toman, a la derecha, rumbo Noroccidental.


Entran al municipio de Jitotol, asiento de la precortesiana Xitoltepeque, “la de la lengua hermosa”, por cuya ciudad cabecera transitan. Adelante pasan a la gasolinería, pues les informan que Solistahuacán carece de una estación de servicio. Se surten de combustible y agua, checan niveles y… avanzan por en medio del jardín, bosque y retiro en que se ha convertido el tramo Jitotol-Pueblo Nuevo. Embellecido con pinabetales entremezclados de liquidámbares, suelos cubiertos de césped, ranchos acondicionados como centros de recreo y camping, todos provistos de cabañas, restaurantes y distracciones, venta de fresas y zarzamoras frescas. Encurtidos y mermeladas.


No está por demás recordar, tal como lo hace Augusto, que Pueblo Nuevo es asiento desde los años sesenta, y quién sabe si no desde antes, del antiguo colegio, hoy centro de rehabilitación física La Yerbabuena; del viejo Colegio Linda Vista de los adventistas del séptimo día, hoy provisto de todos los niveles educativos, universidad incluida, y del Convento de Santa Clara, hermandad religiosa de las clarisas pobres: par institucional de los frailes de San Francisco. No olvidar tampoco, que estos se establecen, a lo largo y ancho de la provincia zoque, recién a mediados del siglo pasado; región del Mezcalapa y todo el estado de Chiapas, de donde se retiran los dominicos fundadores, desde finales del siglo XIX, a raíz de las reformas juaristas.


Llegan finalmente al Real Ramírez, hotel de la entrada de la ciudad junto a la carretera, “reservado previamente por aquello de no te entumas”, como expresa don Augusto. Descansan tantito, se dan una ducha y… ¡A abrir los sentidos para ubicar la cena!, luego a tumbarse a la cama ante el televisor. Cuestión que les resulta como a pedir de boca, pues muy pronto, desde la calle y a lo lejos, escuchan que alguien anuncia algo.


Abren la ventana, paran la oreja, va acercándose el altavoz y algo dice de “lotes servidos” aunque de pronto escuchan clarito: ¡Tamalitos-de’lote-y-elotes’ervidooos! ¡Elotes’ervidos-y-tamalitos-de’loteee! Bajan corriendo hasta la calle, llaman al carrito, y helos ahí, diez minutos después: cenando precisamente elotes hervidos y tamalitos tiernos, en honor a la verdad ¡riquísimos!, tal como dice Clarangélica, aunque deberían llamarlos pictes, piytes, pachitos, patzitos o patzes, para honrar las palabras y la memoria de sus viejos.


Frailes franciscanos en Pantepec. 

Inician jornada nueva, día tercero, 07:30 de la mañana. A la salida del pueblo un Twenty Seven que no Seven Eleven (¡Rarísimo!, por demás extraordinario, señala Augusto), se encarga de rellenar su termo de café por tan sólo 30 pesos. Van camino a Rayón, en donde deben encontrar la carretera que conduce a Pantepec. Van hacia allá, hacia la antigua San Bartolomé Solistahuacán, aunque primero se encuentran con Rincón Chamula, desde hace algunos días nuevo municipio libre, de acuerdo con las reformas introducidas a la Ley Capital. “Pueblo alrevesado y anarquista, igual que sus predecesores tzotziles de San Juan Chamula, de donde emigran”, lee Clarita precisamente, de una columna periodística del diario Cuarto Poder. “Pueblo y autoridades metidas en negocios ilícitos”, escuchan en algún noticiario.


Rijosos o amables… ¡Vaya usted a saber! dice don Augus. Pero la cuestión es que pasan por aquí, área extendida, desde Pueblo Nuevo a Rincón Chamula, en donde a todo el mundo le ha dado por construir cabañas de concreto y madera. Casas “de estilo californiano” afirman sus albañiles, aunque son en general remedos de las que se ven en el medio rural, en el Sur y Oeste norteamericano; todos adefesios extravagantes, contrahechos. Nada que ver con la arquitectura tradicional de la región, formada por corredores, maceteras y pretiles, techos de teja de barro y calles empedradas, áreas de jardín, patio y traspatio. O bien, el uso de materiales propios: roca tajada, piedra de río, adobe y ladrillo; barro y paja; horcones, vigas y tablas, aunque sobre todo tejamanil: las laminillas de pino u ocote, heredad española de la época colonial.


No hay en esta carretera central la señalización adecuada. Hace falta desde hace rato mantenimiento a este tramo precisamente, y para amolar: no se nota la presencia de ninguna policía estatal o federal. Adelante observan cómo una camioneta se bambolea a lo largo del camino por sobrepeso, atestada de personas con mochilas. Lleva incluso, parados sobre la tapa externa, seis adultos y un niño, que a ratos parece que se desgajan y caen hacia el pavimento.


Llegan a Rayón, pueblo de ascendencia zoque, alejada sin embargo de su lengua y quién sabe si no hasta de sus tradiciones. 


jueves, 24 de agosto de 2017

Cartas de nuestra Rosario.


Rosario Castellanos
En su XL aniversario luctuoso. In Memoriam.

Aunque ya es un libro conocido, apenas hace unos días terminé de revisarlo. Una maravilla editorial: el compendio de las cartas escritas por Rosario, Chayito, Chayota, nuestra Rosario Castellanos. Escritas a su amado y renuente Ricardo Guerra, en el lapso que va de julio de 1950 a diciembre de 1967; aunque a decir verdad, el texto sólo contiene una selección de ellas. Omite su correspondencia de 1958 a 1966. Cartas a Ricardo se intitula el volumen. Fue editado por Conaculta en su colección Memorias Mexicanas (México, 1996) y Elena Poniatowska se encarga del prólogo: introducción o pequeño ensayo donde procura facilitarnos la comprensión de la historia personal de Rosario, los ires y venires de su formación humanística y literaria, pero sobre todo, su fe a veces quebrantada por la perenne insensibilidad del hombre a quien ama siempre, hasta la ignominia.

Mil lecturas diferentes son posibles. Su historia, su vida, la evolución de su lenguaje; sus miedos, traumas y placeres. La raíz más antigua de algunos de sus personajes, el suplicio con que particularmente asume el amor. Sin embargo, me llama la atención cualquier cosa, la más nimia e intrascendente: su paso por la Tuxtla Gutiérrez de los conejos y su viaje de aquí hacia Chapatengo, un segmento pequeño de Los Cuxtepeques. La finca ganadera heredada de sus padres, a orillas del río Grijalva, tan sólo un nombre en la geografía de Chiapas, un lugar al que, a principios de los años cincuenta del siglo pasado, sólo era posible llegar con caballos, bestias y carretas jaladas por bueyes.