lunes, 18 de mayo de 2026

LA CONCORDIA Y SU PATRIMONIO INTELECTUAL

Al maestro amigo Alfredo Palacios.

La  Concordia es una pequeña ciudad de origen liberal, cabecera del municipio homónimo. Desde su fundación en 1849, se encuentra en el centro de la subregión Cuxtepeques. Ello a pesar de la desaparición de su asentamiento original y la de varias localidades y rancherías, como parte de la inundación de sus mejores tierras agrícolas y demás recursos naturales. Forma parte de la región Frailesca, ubicada hacia el centro-sureste de Chiapas y, hasta hace relativamente poco tiempo, se integraban a esta circunscripción los municipios de Jaltenango y Montecristo de Guerrero.

Estas simples coordenadas llaman la atención, y mucho más en tratándose del patrimonio intelectual de la zona, su patrimonio intangible: fracción densa de la identidad sociocultural de cualquier territorio, trátese de la comarca más ínfima, alguna región pobre u opulenta, o la nación más poderosa. Tanto desde la perspectiva de la pequeña ciudad o del municipio espacialmente demarcado, como de la cuenca o valle del río Cuxtepeques y aledaños, o la subregión referida.

Es oportuno entonces, el estudio y la ponderación del patrimonio intelectual del municipio cuxtepequense, pues, tras la inundación y reposición de su ciudad y varios asentamientos, desaparecieron una buena cantidad de referentes físicos, ambientales, territoriales, geográficos. No así la creatividad, los conocimientos y saberes, sustancia del patrimonio intangible.

Particularidad patrimonial que, sin embargo, podría iniciar el proceso de su dilución o modificación drástica, ante la ausencia de los hitos o lugares asociados a La Concordia antigua y a las otras localidades viejas. Lugares que evocan la memoria individual y colectiva, de acuerdo con las reflexiones del filósofo lingüista Paul Ricoeur (2004: 518-530).

© Vestigios religiosos. La Concordia.2025.

Podrían, es cierto, diluirse o desaparecer los elementos del patrimonio inmaterial, asociados a las referencias perdidas; sitios arquitectónicos, calles y caminos, hitos geográficos y lugares de memoria, de no registrarse cuidadosamente; de no ser estudiados, divulgados y promovidos por los ciudadanos, las organizaciones sociales y las instituciones del gobierno. 

Partamos pues, desde la base. Que identificar los recursos de esta parte del patrimonio cultural implica varias tareas: 1. Definir su caracterización conceptual, 2. Precisar su localización, su ubicación geográfica, imaginaria o intelectual, 3. Definir su naturaleza, propiedades, características, 4. Descubrir y desentrañar su significado sociocultural y, sobretodo, 5. Valorar su importancia, utilidad y conveniencia, para, con base en tales conocimientos, proceder desde las instituciones locales y regionales, a su reconocimiento, comprensión, estudio, divulgación, promoción y fortalecimiento.

Todo ello es pertinente, no sólo por la inundación artificial, hidroeléctrica, y las pérdidas colaterales de 1973, a las que se suman la desaparición de las fincas agroganaderas, el ganado cerrero y errabundo, o las plantaciones de arroz y algodón, sino, centralmente, debido a la historia particular del municipio y de la subregión[1]. Esas raíces y esencias que se hunden en el tiempo, en la Mesoamérica ancestral, en la formación del valle de los Cuxtepeques. Tiempo de las minas salineras prehispánicas, y de las fabulosas montañas de oro que dieron significado al topónimo Cushtépetl, contenido en el vocablo Cuxtepeques.

Tiempo colonial de las haciendas agroganaderas gobernadas desde el convento dominico de Comitán, razones sociopolíticas liberales en la fundación de La Concordia en 1849, y su participación durante las guerras de escisión entre alteños y tuxtlecos. Formación de fincas y campamentos disidentes, autogobernados y autárquicos: origen y fermento de la contrarrevolución; principio incluso de los cacicazgos rurales de ruices y orantes.

E igual, debe incluirse el liderazgo de los Cuxtepeques ante el alzamiento de los finqueros locales, y en consecuencia, el destierro de su gente por parte del Ejército Constitucionalista, durante la “concentración” forzada de 1918 a 1921.

A este conjunto de valores socioculturales intangibles corresponde también, la red de relaciones establecidas desde La Concordia, a lo largo de su historia, con los municipios que se formaron a partir de su territorio: Jaltenango y Montecristo; con los vecinos gigantes de la región: Villacorzo y Villaflores; con sus antiguos colindantes del otro lado del río Grijalva: San Bartolomé, Pinola y Socoltenango; y con el vecindario nororiental, formado por Tzimol, Comitán, Chicomuselo y Comalapa.  

García Canclini, Alicia Martín y otros[2], han ensayado desde hace tiempo, razones y argumentos para ponderar el patrimonio cultural y sus dos porciones disímbolas: el patrimonio físico, construido, arquitectónico o tangible, y el patrimonio intangible, inmaterial, vivo o simbólico. Aunque más propiamente: patrimonio intelectual como hemos definido en otras partes[3]. Sus aportaciones han sido a tal grado valiosas y sugerentes, que hoy forman parte de la convención relativa de la UNESCO, institución supranacional que define como recursos del patrimonio intangible o intelectual: 

 

los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades,

los grupos y […] los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural […]. Patrimonio que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia […], infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad, contribuyendo así, a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana (UNESCO: 2010).

 

De modo que, los elementos del patrimonio intelectual, los saberes, conocimientos, creatividad estética y artística, creencias, símbolos e imaginarios que concretamos a través de la acción y la palabra, no sólo se ciñen a la vida cotidiana, al lenguaje, al mito, al ritual y en general a la tradición oral. Incluyen además, toda la información contenida en la memoria individual y colectiva. Por ejemplo, las verbalizaciones resultantes del recuerdo y la rememoración.

En nuestro caso, los conocimientos, experiencias, noticias, sucesos, historias y leyendas asociadas a la pequeña ciudad engullida por la presa hidroeléctrica La Angostura y los varios centros de población desaparecidos: pueblos ejidales, rancherías, fincas, ranchos y congregaciones. Al igual que los vinculados a hitos orográficos desaparecidos: paisajes, campos y relieves; montañas, cerros, mesetas y lomeríos; valles, encañadas, quebradas y planicies; llanuras y oquedades. Incluso los que derivan de los sitios hidrográficos extinguidos: ríos, arroyos, cascadas, lagunas, pozas, pozos, manantiales y jagüeyes. Todos, antiguos aunque en algunos casos contemporáneos, “lugares de memoria”. 

En otras palabras: los saberes largamente bruñidos por el paso del tiempo, acumulados en la memoria individual y colectiva de nuestra comunidad; vinculados a los hitos de nuestro contexto histórico, geográfico y cultural[4]. Entre   ellos: el cerro del Raspado y el Zapotal, La Meseta, La Palma, la loma y cueva del Chachalaquero; el Ojo de Agua y su planada, el Higoamate y la Ceiba; Tierra Blanca, El Shuti y el cerrito de la Crucita, Iglesi’e Piedra, Bol’e Piedra, Piedra Colorada y Piedra Parada; la Peña del Chalo, la Montaña, el Bosque y el cerrito de la Santa Cruz; El Arenal, El Terronal y los caminos reales a Socoltenango y a Chicomuselo; la Peña del Fraile, el camino del Panteón, la Cima, el Camino Blanco, el camino del arroyo San Juan, El Zanjón y… los cerros-montañas El Baúl, El Tunco, La Bola y de la Señorita; los cerros de La Picota y La Picotilla, del Gallo y del Burro; el cerro de la Vaca, El Salitral, Llano Grande y la Llanería Pañoe’mano.

O bien, las narrativas, reminiscencias e historias, relacionadas con las antiquísimas haciendas agroganaderas y sus antiguos cascos; en especial la hacienda San Pedro las Salinas o San Pedro Cuxtepeques y su asiento enorme, su templo formal y su fiesta recurrente; y las otras provistas del topónimo Cuxtepeques: San Felipe, San Antonio, San Francisco, San Juan y San Miguel; las del apelativo Jaltenango: Santa Rosa, Dolores, San Matías y San Nicolás, y en general todas las de origen colonial, entre ellas: Santa María y San José Chapatengo, El Chejel, Los Horcones, El Guanacaste, La Guinea, San Felipe el Alto, Santa Lucía, San Antonio Nancinapa, Santa Teresa, San Francisco, Nuestra Señora, Las Luces, Santa Emilia, Las Mercedes y Natividad.

También las de fincas y parajes relativamente nuevos, la mayoría desaparecidos, aunque algunos a salvo, entre ellos: Mexiquito, El Cuajilote, Laguna Francesa y Poblazón; El Cuadro, El Laurel, Morelia y Querétaro; Catarina, Cantarranas y Covadonga; El Coyolar, El Coyolito, La Mesilla, El Limoncito y Pocogüinic; Monte Redondo, La Viña y Sonora; Veracruz, la antigua ranchería El Nanchal, El Pensil y otros.

Se incluirían, asimismo, los conocimientos memorables, asociados a las localidades desaparecidas: Agua Prieta, Maravillas, El Retiro, El Laberinto, Niños Héroes y Nuevo Guerrero. Los ríos inundados: nuestro San Pedro Cuxtepeques y demás cercanos (Paso Padres, Portatenco y Aguacate, Guayabillal, Morelia y San Antonio); los arroyos próximos (El Limonar, Arroyo Grande, San Juan, del Chilar, Guapinolar, Macoíte, Piquinté, del Zanjón y el de La Pocita); nuestros balnearios del tiempo de secas (Cas’e Tigre, El Chorro, Ranchomono y El Zapotillo; Poza de la Sirena, Poza del Hombre y Poza del Peñascal) y… los famosos vados o “pasos” sobre ríos y arroyos: Paso Chamarro, Paso Charraya, Paso Chigüilón, Paso de Canoa, Paso del Arroyo Grande, Paso del Chalchí, Vega del Paso, Paso del Casuliche, Paso del Limonar, Paso del Naranjo, Paso de San Rafael, Paso del Chalán, Paso Real, Paso Rejego y Paso Sidra.

Y ya no se diga, la gran cantidad de sucedidos, historias y narraciones relacionadas con nuestras salinas o minas salineras, unas 40 aproximadamente, incluyendo: vertederos, “madres”, zonas de estanques, eras, transporte mediante acémilas y almacenamiento. Los “reparos de ganado”, típicos de las extensas haciendas; las pozas, manantiales y ojos de agua, entre ellos: el Jagüey, Poza de Palomaría, las Pocitas, Poza de la Cruz y poza de la Piedra Colorada, o los antiguos caminos de herradura a los pueblos mencionados y sus respectivos sesteaderos.

A esto habría que agregar, las creencias e imaginarios asociados a la enorme producción agroganadera anterior a la fundación de La Concordia, y la irrupción de la reforma agraria institucional; los conocimientos y prácticas artesanales relacionadas con la antigua producción salinera, las experiencias e historias vinculadas a la arriería, los patachos de mulas y el trasiego de mercaderías; las aún recientes anécdotas, historias y relatos afines a las carretas de bueyes y el acarreo de productos agrícolas. Lo mismo que la inmensa tradición oral ligada al trabajo, los trabajadores, la administración y la riqueza de los llamados “grandes emporios cafetaleros” de la subregión, y las vinculadas al boom agrícola del arroz y el algodón de los años sesenta y principios de los setenta. 

Pasemos ahora a los recursos o elementos del patrimonio intelectual, derivados, aunque más bien “conectados” memorialmente a los referentes urbanos, urbanísticos y arquitectónicos de nuestra pequeña ciudad extinguida; hacia el interior de ella. Esos elementos simbólicos e intangibles del patrimonio, expresados en la leyenda y el mito, en la anécdota y el suceso, pero también en el recuerdo y la rememoración. Todos elementos de la narrativa general. Expresiones íntimamente ligadas a estos lugares de memoria: áreas, sitios, relieves, calles, caminos, plazas, infraestructuras, objetos y hasta un árbol añoso o una simple roca.

Recordemos por ejemplo, sus barrios: el de Cuilco y el Centro, el del Rastro, el de San Juan o de los Caleros, el de la Bodega o del Campo de Aviación; las Pocitas, Pénjamo, Parralito, San Pedro viejo y Rioenmedio; los barrios de la Barrancona, de la Bajada de Paso Sidra, San Pedrito, las Piedrecitas, de la Hamaca y de las Casitas; y ahí están precisamente, los puentes colgantes o “hamacas”, los bañaderos y “bajaderos” al río, y en sus márgenes, las vegas o “bajiales” y sobre ellos los mangales y huertas. Veamos también algunos lugares interiores: la Barrancona, el arroyito de la Jabonería, la Tejería, la Laguna del Sapo, el Barranco de Galasión y el Arroyo Caca; las calles empedradas y en proceso, las banquetas y los postes para sujetar cabalgaduras.

Identifiquemos sus edificios y sitios comunes: el Ayuntamiento y la cárcel, el rastro, el parque o plaza pública, ella provista de una ceiba al centro y naranjillos alrededor, aunque tiempo después fueron sustituidos por una rotonda y árboles exóticos; los templos del Señor de las Misericordias y de San Pedrito, y las escuelas Miguel Hidalgo, Emiliano Zapata y Colegio Fray Bartolomé; la Casa de los Salineros, la Casa del Pueblo y la de la Asociación Ganadera. Sus explanadas o canchas, campo de fútbol, campo de aviación y las bodegas de Conasupo y Proquivemex.

Y… ¿Cómo no recordar sus tlapalerías La Estrella, La Azteca, La Mercantil, El Faro y La Colmena? ¿O las misceláneas de tío Héctor Coutiño, don Ciro Arrazola, don José Estrada, don Arsenio Albores y don Manuel Robelo? ¿O las tiendonas del Poblano Galo Ramos, don Macario Espinosa, El Chicloso Fausto y doña María Cameras?

Ahí están, en nuestra memoria, sus farmacias: La Palma de tío Raúl Coutiño y la del Sagrado Corazón del doctor Zenteno; sus dos o tres molinos de nixtamal, provistos de motores enormes, ruidosos; la tortillería de los pioneros Esther y Aureliano y, el primer cinematógrafo, el de don Goyo García el viejo; luego los cines formales Isabel y Lux, la paletería El Popo y la refresquería del morisco y… el hotel de doña María Samayoa, situado contraesquina de la casa de la bisabuela Rosario Coutiño Acenso.

Aunque… debe expresarse: una parte substancial del patrimonio intelectual, se reproduce y permanece, nada menos que en las… cantinas. De ahí la importancia de registrar la narrativa persistente y asociada a ellas: a La Media Luna, a la del abuelo Manuel Coutiño Toncolón, a El Perico, a las Abuelitas, a la del Chibudo Salomón Coutiño, la de doña Carmen Espinosa, las vecinas famosas, El Atorón y El Resbalón del Sapo y… aquí se incluyen los bares provistos de billares: el de tío Héctor Coutiño De la Rosa, el de Goyito García, el de Santiago Ruiz, el de doña Cristina Alegría, e incluso los prostíbulos mejor conocidos como “bules” y “casas de las niñas”: la regenteada por don Ángel Espinosa, la de Angelito El Nena, la de tío Agenor Cruz Cristiani, la de La Julietona y, la de Neto El Pierdegente.

Aparte estarían las historias concernientes a las sastrerías, carpinterías y herrerías; la de don José Jiménez El Viento y la de Rubén Rincón. Las experiencias y conocimientos de caleros, salineros, zapateros, talabarteros, alfareros, jarcieros y demás artesanos de la vida cotidiana, y todos los saberes asociados a nuestra medicina tradicional; la de chamanes, curanderos, hierberos, parteras, hueseros y sobanderos. Los relacionados con nuestra gastronomía: platillos formales, tamales y atoles, repostería, dulcería y panadería. Los vinculados a las antiguas carnicerías de res, cerdo y venado, al igual que los conocimientos afines a la elaboración de cecina, carne salada, hueso asado, carne adobada y embutidos. E incluso los asociados a la producción rudimentaria de mantequilla, crema y queso, al igual que la sal y el salitre, y sus figuras artesanales derivadas: “rubricas”, estrellas, casitas y aviones.

Y he dejado al final, a propósito, los recursos del patrimonio intangible o simbólico; aquellos más evidentemente conversacionales, llamados apropiadamente intelectuales. Pues ellos son identificables exclusivamente en la palabra y su transmisión; en la rememoración, en la conversación, en la oralidad tradicional y en lo que comúnmente llamamos “historia oral”; contenidos en nuestras experiencias lúdicas, por ejemplo. En los juguetes y juegos de temporada, adquiridos y autoconstruidos; en los juegos, rondas y cantos infantiles, en las adivinanzas, cuentos y sucedidos, y en las historias, mitos y leyendas.

Aunque también son identificables estos elementos, en nuestras creencias y en las llamadas “supersticiones”, costumbres y tradiciones, como la de ir a la montaña, en marzo, por las flores de pescadito del Señor de Las Misericordias. En nuestras fiestas, festividades, celebraciones y conmemoraciones, como la del catorce de febrero, fecha de la fundación de la pequeña ciudad. Pero también en la diversidad de significados de nuestros refranes, paremias y frases fijas del habla coloquial; en las bombas, vivas y porras; en los cantos, cánticos y canciones populares; en las oraciones y conjuros relacionados con religión, chamanismo y ritual; en los vocablos típicos, giros del habla regional; en los alias y sobrenombres distintivos, y en la magia polifónica de la toponimia local.

Finalmente, cabe recordar que el propósito de esta rememoración, cuyo eje central son las experiencias, conocimientos, creencias y recuerdos, asociados a las antiguas (algunas extinguidas) referencias geofísicas y urbanas de la ciudad y el municipio de La Concordia, no es otro que ponderar su importancia en tanto que recursos del patrimonio cultural intangible o intelectual. Esto, desde el ámbito municipal subregional; desde la perspectiva de la memoria, la rememoración, la tradición oral y la oralidad testimonial.

Reflexión que pretende fundamentar la necesidad del estudio de estos elementos o recursos; orientar las futuras investigaciones sobre el patrimonio intelectual, cultural en general y otros temas colaterales, para, con base en ellas, promover el fortalecimiento de los saberes y experiencias, constitutivas de la identidad cultural de quienes nos asumimos concordeños, concordenses, cuxtepecanos o cuxtepequenses.

 

Materiales consultados

Arizpe, Lourdes (2006). “Los debates internacionales en torno del patrimonio cultural inmaterial” en Revista Cuicuilco (Vol. 13, Núm. 38): pp. 13-27.

Benedetti, Cecilia (2004). “Antropología social y patrimonio. Perspectivas teóricas contemporáneas” en Mónica Rotman (ed.): Antropología de la cultura y el patrimonio. Córdoba: Ediciones Ferreyra. pp. 15-26.

Coutiño Coutiño, Fausta (2016). Entrevista Testimonial. El Aguaje, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (diciembre 19 de 2016). Oriunda y vecina de La Concordia, Chiapas. Ama de casa, comidera y dulcera reconocida, a sus 76 años de edad.

Cruz Coutiño, Antonio (2001). La Concordia en Los Cuxtepeques. Historia de mi pueblo. Tuxtla Gutiérrez: DEMOS y Comité de Rescate Histórico de La Concordia. 258 pp.

——— (2010). “Patrimonio ideológico e identidad cultural. Ideas para abordar estos conceptos…” en Isabelle S. Pincemin y otros (eds.), Estudios regionales en el siglo XXI. Tuxtla Gutiérrez: CAEME y CAEDH. pp. 39-48.

——— (2011). Mitología maya contemporánea. Tuxtla Gutiérrez: UNACH, Caeme, El Aguaje y DEMOS. pp. 18-27.

Flores De la Torre, Antonio (1997). Entrevista testimonial. La Concordia, Chiapas (julio 11 de 1997). Originario de San Bartolomé de Los Llanos, vecino de La Concordia. Salinero y agricultor, nacido en 1915, a sus 87 años de edad.

García Canclini, Néstor (1994). “¿Quiénes usan el patrimonio? Políticas culturales y participación social” en Memorias del Simposio Patrimonio y Política Cultural para el siglo XXI. México: INAH: pp. 51-68.

Gómez Narváez, Rafael (2007). Entrevista testimonial. La Concordia, Chiapas (septiembre 04 de 2007). Agricultor, agrarista y antigua autoridad ejidal. Nacido en La Concordia, en 1929. Excelente informante, a sus 78 años de edad.

Guzmán Hernández, José (1991). Entrevista testimonial. La Concordia, Chiapas (febrero 09 de 1991). Oriundo y vecino del lugar, inteligente y destacado. Agricultor, salinero, agrarista y huesero, a sus 81 años de edad.

Martín, Alicia (2006). “Política cultural y patrimonio inmaterial en el carnaval de Buenos Aires” en ILHA Revista de Antropología (Vol. 8, Núm.1 y 2). pp. 297-313.

Ribeiro Durhan, Eunice (1998). “Cultura, patrimonio y preservación” en Revista Alteridades (Año 8, Núm, 16). pp. 131-136.

Ricoeur, Paul (2004). La memoria, la historia, el olvido (Agustín Neira, trad.). México: Fondo de Cultura Económica. 673 pp.

Unesco (2010). Convención para la salvaguarda del patrimonio cultural inmaterial. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.




[1] La mayor parte de las referencias y “datos duros” del presente ensayo, provienen de la monografía que sobre el municipio de La Concordia tiene publicada el autor, Cruz Coutiño (2001).

[2] Nos referimos a los estudiosos de la cultura y el patrimonio, García Canclini (1994) y Martín (2006), lo mismo que a Arizpe (2006), Ribeiro Durhan (1998) y Benedetti (2004).

[3] Se trata de los textos “Patrimonio ideológico e identidad cultural. Ideas para abordar estos conceptos…” incluido en Cruz Coutiño (2010), y Patrimonio intelectual e identidad cultural” contenido en Cruz Coutiño (2011).

[4] De aquí en adelante, los topónimos o nombres de lugar, de dentro de la ciudad y sus alrededores, provienen de las siguientes entrevistas testimoniales: Guzmán Hernández (1991), Flores De la Torre (1997), Gómez Narváez (2007) y Coutiño Coutiño (2016).

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