jueves, 2 de abril de 2026

HISTORIAS DE CERRO HUECO

Sí. Cerro Hueco es la más conocida y famosa gruta, sobre la parte media de la Mesa de Copoya, hacia el oriente, justo en donde la montaña se desvía hacia el noreste. Claro, si nos ubicamos en el centro de la ciudad, al centro de Tuxtla Gutiérrez. Algo más abajo estuvo el penal homónimo de triste memoria, espacio que hoy ocupa el Museo de Ciencias, y junto a él, hacia la derecha, el ZOOMAT, Museo de don Miguel Álvarez del Toro, el más auténtico de los zoológicos del mundo. El autor del retrato es Reynaldo González Gómez, originario de la ribera del mismo nombre, la ribera de Cerro Hueco, quien ahí radica hasta hoy, viejo, achacoso y abandonado a su suerte.

Vive junto a Ia Casa de Madera, un sitio a medias restaurant y a medias cantina, junto al que desde siempre han llamado los lugareños Arroyo Grande. Tío Rey, como le conocemos, siempre fue un hombre de armas tomar, verdulero, cazador, linternero, pero, sobre todo, bolo. Traguero y desalmado como hasta hoy, cuando tiene por mejor regalo cualquier botella de aguardiente. Dice que le sobreviven sus hijos, que la Casa de Madera y otras tierras, más abajo, son de su propiedad, y que tiene entre 76 y 77 años. Afirma que quiso conocer al mismísimo demonio, que fue basquetbolista de los mejores, que conoció como “la palma de su mano” toda la Mesa de Copoya, los llanos del Jobo y hasta el Mactumatzá, y que, del otro lado, hacia el nororiente, caminó todas las veredas de la Loma Larga, hasta los bordes del río Sabinal, donde desemboca al Grijalva.

 

Tío Rey González Gómez

A leguas se ve que en otros tiempos fue un narrador, un cuentero excepcional, como descubrí hace años, cuando nos pasamos a vivir por el rumbo. Un tipo fuera de lo común. Tanto por lo que cuentan de él, como por lo que dicen que hasta antes contaba. Antes; cuando bebía sólo durante los fines de semana y vivía con sus hijos y nueras. Por esta razón y las anteriores, es que por fin me he dado tiempo para conversar con él, aunque... en algo me falló el tiro: por más que lo emplacé a un día sobrio, esa tarde también había “recibido visita”... Estoy alegre amigo, estoy de fiesta me dijo, pues me vino a visitar un mi compadre. Un mi compadre que pa’mí que ya era difunto desde hace tiempo.

Transcribo entonces, las palabras de Tío Rey, no sin antes depurarlas, pues la verdad es que sus decires de haber quedado como inicialmente se plasmaron no entenderíamos nada, o tal vez muy poco. Quito lo que es totalmente incomprensible, y pongo entre corchetes palabras adicionales, a fin de otorgar cierta armonía a la conversación. Espero que el texto sirva de algo: testimonio de tiempos idos, expresión de oralidad, antigua forma y entonación del habla de los tuxtlecos, y referencia a mitos y conducta compasiva. Algo de verdad y algo de mentira.

Van pues, ahora sí, las voces de don Reynaldo González Gómez, cerrohuecano de corazón.

…ahí nos trincábamos a echar historias, en el campo internado [que antes hubo donde el antiguo Penal], después de que terminábamos de entrenar basquetbol. [Fue] entonces [que] queríamo descubrir qué cosa tenía la cueva por aquí: esta, que se llama Cerro Hueco, porque tiene hueco el cerro... tiene mucha agua todo esto. Y… [en ese tiempo] andaba yo sobre la edad de catorce o quince años. Tenía yo una mi lámpara de gasolina de quinientas bujía. ¡Cómo lo presumía yo!  Pero no, no teníamos nada, nada. No llevábamos curarina, no llevamo nada, pero eso sí… resolvimo entrá… Hicimos un juramento en la iglesia… allá en San Juan Sabinito, creo.

Queríamos descubrir dónde salía la cueva. Dónde iba a parar. Porque está bien amplia… ¡Jooo! Más amplia que [esta] casa. Tiene mucha amplitud la cueva. Hay millones de murciélagos.


 

 

Excursión al corazón de Cerro Hueco

Entonces hicimos [el] juramento unos cuarenta cabrones. Íbamos a entrar a las doce de la noche. Eso lo platicamos allá en el [internado]. Puro cabrón. Éramos muchachitos peeero de grandes güevos… se alumbraba uno con hule [natural], porque la batería se baja. Está encantada la cueva esa, encantada y… ni a chingada entra luz. No entra luz ni a chingaaada. Entonces estee… por decir así ¿no? Yo fui encabezando. Fue por 1950, hace sesenta y un años. Hay mucha pigüita, camaroncito… eeeh. Entramos un nueve de abril, [después de] Semana Santa. Llegamo a la iglesia a persignarnos y el que viviera, pues que viviera; y el que muriera que se muriera. Era un pendejismo, porque no…

Era un pendejismo lo que hicimos nosotros. Allá lo va usté a ver con la luz y las estrellas, pues no se ve ni la mano. Pero allá es una inmensidá de oscuridá que de verdad… estuvo duro. Entonces aquí nos presentamos… allá éramos como cuarenta que hicimos [el] juramento… [ya] nos rameó el cura y todo, pero ya aquí sólo fuimos como veintiocho.

Tengo hasta la fecha el reloj [que usé], [un] reloj ferrocarrilero: relojes finos que, con el agua y la lluvia no… no les pasaba nada. La cosa es que… quedamos que a las doce de la noche íbamos a entrar pa’bajo. Llevaba yo dos lámparas de gasolina. Cuando se acabara la gasolina ahí ya no íbamos poder salir. Es que… tiene varias salidas arriba, pero nosotros nos fuimos por pura agua, por lo bajo. Allá nos presentamo nomás catorce. Le sacaron los demás. Llevamos un plomo con un esteeee… [ y lo] tirábamos cada cincuenta centímetros. Íbamos midiendo el agua, la profundidad que llevaba el agua.

Entonces… eeeh ahí hay señales y todo… Posiblemente [por ahí] estaban las víboras enroscadas. Hay muchas campanas… Pero lo mirara usted ¡Cómo hay campanas! Hay millones de murciélagos, millones… pasaba el murcielagaje. Frío, frío, adentro.

Entonces… entramos a las doce de la noche. Poco a poco, poco a poco, ahí íbamos, ahí íbamos. Con media luz de lámpara… A las cinco de la mañana entramos a las doce, a las cinco de la mañana encontramos la leyenda… onde decía ―[escribieron] los que más habían entrado allá, decía: Doscientos coyoles. Eso fue a las cinco de la mañana. Como quien dice, las doce, la una, las dos, las tres, las cuatro, las cinco de la mañana… a cinco o seis horas de que habíamos entrado.

Nosotros seguimo, seguimos y... como a las dos de la mañana, se quedó el primero. Ya no camino yo, dijo ese compa y ahí se quedó, ahí se quedó. [Así que] cuando encontramos esos coyoles, ya íbamos ya nomás como diez. De ahí seguimos... total que llegamos [hasta] la una y media del día, [y] ya no encontramos en dónde pasar, ya no. No llevábamos bastimentos, no llevábamos nada... ¡Pendejos! Ya nomás íbamos dos y ahí quedamos, [hasta ahí llegamos]. Ya no pudimos pasar ya. Y así... bajamos, luchamos y pasamos bajo el agua y todo. Que queríamos pasar a ver y llegamos por las hondinas.

  

Paraíso del inframundo

Hay gente que vive allá adentro. Gritan los gallos, las gallinas, como cuando van a poner... y los gallos cantan, cantan los gallos: kékere keee, kékere keee. Hay mucha fruta... guineo. Nosotros comimos mucha fruta, pero no trajimos nada. Solo los dos nomás. Yo y mi hermano, un güero. Ya todos fallecieron; uno se llamaba José Ángel Sánchez, también de aquí [de la ribera de Cerro Hueco]. Es una cueva gigante, cuevona, y no hay na’a de luz y pues... hay fruta: guineo, guanaba, de todo hay allá. Pero es una inmensidad.

¿Y reconocieron a alguien allá adentro? Pues... no. No vimos a nadie. No nos habló nadie. Nomás oímos el canto de’se gallo, pero no vimos el gallo, no vimos nada. Lo que vimos fue la fruta. Guineo, zapote comimos. Pero de ahí, lo que hicimos fue regresarnos, regresarnos. Y conforme veníamos caminando, como de aquí pa’llá, ahí estaba todo eso. Pero lo peor era esa pinche oscuridad que no podía uno... pero ni mirarnos la cara. Salimos a las tres de la tarde del día siguiente. Y salimos todos, ya nos dimos el abrazo allá afuera. ¿Quihubo cabrones?, ¿Qué viste?, ¿Qué vieron? Nada, nada. ¿No viste nada?...

¿Y cómo cuántos kilómetros caminaron? Aah... caminamo bastante. Un buen tanto. Caminamos bien unos diez kilómetros, más de dos leguas. ¿Te imaginas? Desde las doce de la noche, la una, las dos, las tres, las cuatro, las cinco. Las seis, las siete, las ocho, las nueve, las diez, las once, las doce, la una. Caminamos unas dos leguas, como unos ocho kilómetros. No mucho porque es difícil. Dificilísimo diría yo. Pero ya ocho kilómetros es un chingo, aunque... tal vez unos siete. Desde aquí, a Tuxtla tiene cinco kilómetros pué. Siií. Caminamos algo.

¿Cómo es que rezaba la pared? Ahí decía, cuando lo encontramo, a las cinco de la mañana: Doscientos coyoles. Pero solamente así decía y así decía porque... Hasta la fecha [así] está grabado. Aquí estuvieron los fulanos de tal y... al par, nosotros ahí pusimos: Dos mil coyoles. Llevábamos navaja, [así que] ahí quedó grabado: Dos mil coyoles. Reynaldo González Gómez y Gonzalo González Gómez. Este también nativo, originario de la ribera de Cerro Hueco, mi hermano. Y ahí está, ahí quedó grabado nuestro nombre.

¿Y de dónde lo de “doscientos coyoles”? Hmmm... Porqueee, porque tal vez eran dos los que llegaron hasta ahí. No sabemos cuántos iban, ni quiénes fueron... primero que nosotros, y al saber desde cuándo. Seguro fueron los que hasta ahí llegaron pueee. Porque... ya ves pué que nosotros íbamos catorce, pero ya nomás llegamo dos hasta el fin y por eso le pusimos: Dos mil.

 

En busca del Sombrerón

Cuentan o... contaban antes, que [allá arriba] estaba La Mala Mujer... Todo así pa’arriba... desde El Estiladero [embudo anterior a la boca de Cerro Hueco]. Allá hay planadas, está Guadalupe, El Roblar, está un lugar que le dicen El Sombrerito... hay harto nanchal y... Lo quise encontrar El Sombrerón pero no... no... nunca lo logré. Yo solito me iba yo. Compré mi rifle y todo. Me hice ratero de una vez. Me hice ladrón. Entonces me iba yo... como a esta hora venía mi mujer, de Tuxtla. Entonces quería yo ver... por aquí subía yo. Por donde es la Patria Nueva [ahora] le decíamos nosotros la Loma Larga. [Ahí] había mucho venado, mucho venado y... todo aquí había mucho venado también. Había conejada, matábamos mucho conejo. Por eso aquí, a los de Tuxtla les dicen los conejo. Porque había mucha conejada... ¡Pero de verdad!

Yo me iba yo solito con mi rifle, a ver qué encontraba yo. Soliiito Dios y yo. Entraba yo allá por los aguaje, a esperar a los animalitos para matar. Pasaba yo en las milpa y ¡Así los elotones! El chipilín así mire’sté. Cortaba yo mi chipilín pa’mi morral, cortaba yo mis elote, los mejores elotes... de milpas ajenas, viera’sté. Era yo malo. Así me vi como unos ocho o diez años, y por eso yo no tenía nada. Allá vivía yo [cerca del lugar en donde se hace la entrevista], pero era casa de mi mamá. Entonces ya tenía yo mi mujer, tenía yo mis hijos, pero no tenía yo nada. Presta y presta paga. Solo prestando paga andaba yo; en la calle. Porque andaba yo matando puros animalitos. Pura maldá. [Y es que] el arma se hizo solo para matar nomás. Porque el arma no es buena, no sirve par’otra cosa, solo para matar.

Me iba yo entonces... quería yo hablar con El Sombrerón. Quería yo que me diera paga pué. Pero nada. Nunca lo encontré.

Hasta los tlacuachis los mataba yo. Los pelaba y los mandaba yo con mi mujer, bien asados, que los vendiera, pa’que me comprara batería o carburo. Y que me trajera mi trago pueee, pa’que echara yo mi trago. Me iba yo, y ahí venía yo con cuatro o cinco conejos. Casi como tres veces maté venado, pues casi no maté venado yo. Aquí [arriba] había mucho. Seguido mataban venado. Yo casi no. Entonces... esteee... pues no, nunca lo encontré al mentado Sombrerón. Pero una vez agarré... tenía yo como cinco o seis conejos, velo. “Aquí traje tomate, cebolla...”, decía mi mujer. Me dormía yo tooodo el día. De noche me iba yo otra vez. Ya le digo, como unos diez o doce año anduve así. Toda esta serranía le he dado la vuelta todo.


Las armerías de Tuxtla

En ese tiempo no estaba prohibida el arma, no estaba. Había armería Ochoa, había esteee... El capitán Gamboa tenía una armería él. Y ahí estaban los rifle como... Haga usted de cuenta los aparadores de zapatos. Descogía'ste la pistola que le gustara, el rifle que más le gustara, tooodo. No estaba prohibido. Había lámpara de cacería, capas, botas, había de tooodo.

Entonces esteee pues... no había dificultad de que me encontrarán por ahí, en terrenos ajenos. Nadie se preocupaba de uno a las doce, una, dos de la mañana. Nadie. No estaba yo robando becerro. No estaba yo haciendo otra cosa más. Chipilín tenía yo bastante en mi milpa yo también... pero pasaba yo en las milpas ajenas y… me comían las manos. El pobre dueño, seguro lo estaba estimando, pero pasaba yo y cortaba yo mi manojo de chipilín. Los elotes, los mejores elotes los cortaba yo. Pero… ¿Qué pasaba cuando pasaba yo en mi milpa? Los mejores elotes se los habían llevado también.

 

Jamás nunca vi nada yo

La cosa es que ya le digo... yo nunca vi nada. Decían que El Sombrerón, que La Mala Mujer, que La Tishanila, qué no sé qué, que no sé cuánto. Jamás nunca vi nada yo. Jamás. Me iba yo a Tuxtla... hasta dos o tres viajes hacíamos con mango, chicozapote, papaúsa y todo. Ya como de’stas horas o más tarde, ya llegaba yo de otro viaje, pero ya bien bolo... Ya bien borracho. Ahí en ese tiempo el panteón [de Tuxtla] no tenía barda; puro alambre, puros nangañales y todo. Ya bien dormido, como a las ocho, nueve de la noche, ahí venía yo con mi litro de trago. Ya no podía yo caminar y... me metía yo ahí. Ahí dormía yo, en el panteón. Ahí amanecía yo en el panteón y... nunca me pasó nada. Decían [y aún dicen] que los muertos espantan, pero es mentira. No espantan. ¡Que van [a] espantar!... Al que hay que tenerle miedo es al vivo, al vivo. Ese sí es criminal. El muerto no. Ya se fue pué, ya se estiró.

Así que no. Tal vez haya malos espíritus que andan ambulantes. Esos son los que no los recibe Dios. Pero yo nunca vi nada. Dormí como unas cuarenta veces en el panteón y nunca me pasó nada. Nunca vi nada yo, naaada. Ninguna visión. Era un lugar seguro. Ahorita ya no. ¿Qué le puedo decir yo? Ya le digo, desconozco eso del Sombrerón. Lo busqué, pero nunca me dio cara.

Un mi padrino que era linternero también... él le tiró al demonio. Le tiró al Sombrerón. Dice que apestaba a azufre, pero ahí está que quedó enfermo… Ya no volvió a la cacería. Yo agarré un día, estaba yo en un aguaje, esperando que bajaran los pobres animalitos. Llegan a tomar su agüita... Ahí baja uno... ¡Cuando lo miro uno!... ¡Bom bom! Hasta tres, cuatro animalitos caen, porque bajan a beber su agüita. Así que ahí venía yo con mis conejos...

¡Qué corazón! Estaba duro eso, pero eso hacía yo y... yo contento pueee. Ya traigo carne, traigo comida para mis hijitos, pa’mi trago... Me daba pa’comer y pa’todo.


La coneja y sus conejitos

Bueno, entonces... una tarde que le tiro a una coneja. Pero no llevó bien y ahí estaba como criatura: ¡Aaay! ¡Aaay! Gritaba la coneja. Lo fui a ver ―no me lo va’ste a creer―. Me trinqué a llorar junto con la coneja [pues] así, cerquita, ahí estaban los más conejitos; otros tres conejitos. Agarré y los traje. Los puse donde no lo miraran mis hijos. Les compré su mamila y lo curé la coneja y... sanó la coneja, gracias a Dios. Yo lo curé la coneja y le compré su mamila. Entonces le daba yo su lechita, leche de chiva [que en ese tiempo] aquí había mucho.

Iba yo a comprar la leche, pa’darle de mamar a los animalitos. Ya después, ya que sanó un poco la coneja, porque... la coneja estaba tirada. Estaba tirada, grave pues. En ese inter no le daba de comer a los conejitos, pero después... Después ya le hice su jaula y todo, y juré jamás y nunca volver a salir de cacería. Ya que los crié los conejos, los llevé a largar hasta allá. Hasta’llá por los aguajes onde los encontré. Allá que los bendijera Dios. Así que de ahí ya jamás volví a tirar un pobre animalito. Ni a andar, ni tirador, ni nada. Y fue de ahí [que] comencé a progresar yo ya. Y deje de buscar El Sombrerón.

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