Aunque el español medio pretende
negarlo, es evidente que, durante las celebraciones de Semana Santa, así como
conmemoran la pasión y muerte de Jesucristo, recuerdan también a quienes le
martirizaron: a sus captores, verdugos y sicarios, e incluso rememoran los
espeluznantes “actos de fe”, montados por la iglesia durante la vigencia del
Tribunal del Santo Oficio de
Desde ©Antiguo nazareno de las tres potencias. Ciudad de Guatemala (2012).
Parten de su respectivo santuario, caminan por algunas calles de la ciudad, visitan a las iglesias, santos y vírgenes vecinas, y vuelven al punto de partida, no sin antes exhibir —a la usanza medieval— gran cantidad de soldados con lanzas y picas, orquestas filarmónicas y bandas de guerra, personajes vestidos al uso de la guardia civil, “cristos” con cruces livianas cubiertos con túnicas sencillas y, en especial, marabuntas de cofrades, disfrazados con hábitos obscuros, morados, guindas y negros, dependiendo de los colores identitarios de la cofradía.
Todos provistos, eso sí, de cardenales, palmas, fuetes, lámparas, picas o bastones; todos cubiertas sus caras con capuchas y capirotes altos.
Y salen las procesiones de mañana, tarde y noche, e incluso al alba, acompañadas por curas y monjas, señoras de tocados altos y hombres vestidos a la española, pues son los representantes de las cofradías, y en ocasiones hasta algún funcionario público. Y se llaman a sí mismas con nombres de otros tiempos: “ilustres cofradías”, “hermandades del santísimo”, “reales cofradías penitenciales”, “seráficas hermandades”, “cofradías del santo sepulcro”, “ilustres y venerables congregaciones”, “hermandades del silencio”, “venerables hermandades universitarias” y en fin que hasta en algunas, de pronto se escucha el canto aislado y lastimero de las matronas, magnificado por el recogimiento silencioso de los circundantes. Hasta que se reinician los tambores de la romería: pesados y quietos, patibularios.
Siempre a un paso lento, tan lento como los dos pequeños pasos adelante y uno atrás, de los acompasados cargadores de las andas. Pues se menean las plataformas hacia atrás, hacia adelante y a los lados, como si el mar de gente las meciera.
Ahora que, hay de lugares a lugares. En donde el fasto y el jolgorio se confunden con el recogimiento propio de las fechas y el motivo, como en el ejemplo de la región de Andalucía. Donde las esculturas doradas y policromas de la pasión, crucifixión y muerte del Nazareno, son en verdad maravillosas. Y ya no se diga del boato costosísimo con que se organizan y adornan las procesiones. No tienen par los preparativos de las cofradías de Sevilla, Cádiz, Córdova y Granada, aunque hay suficiente razón para ello, pues...
Fue aquí en donde por más tiempo
se quedaron “apóstatas” y anticristianos; musulmanes y judíos, todos en el
montón. El último reducto del islam y las juderías. En donde con mayor fuerza,
Y bien, la cuestión estriba en que
las procesiones de
Sí. Sambenitos y capirotes como durante la inquisición, pues es esto y no otra cosa lo que muestra el sincretismo de estas celebraciones: capotillos o escapularios blancos cruzados de rojo para los condenados a la hoguera o al martirio; para los responsables de la muerte y los padecimientos de Jesús el Cristo.
Y de otra parte, las túnicas negras y los capirotes multicolores de los verdugos. Todo como en las verdaderas historias de Fray Tomás de Torquemada, el dominico de los dos mil quemados, entre moros, apóstatas, herejes, brujos, hechiceras, bígamos, usureros y “solicitantes”, o las siniestras películas del Kukuxklan norteamericano, vestidos todos con levitas y capirotes blancos. Para hacer más roja la sangre encendida de los negros arrastrados a la hoguera o al patíbulo.
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