Apenas regreso de Los Cuxtepeques, tras una especie de blitzkrieg. Atravieso el valle del río Grande, me acerco al lago de la Angostura, y en cuanto llego a nuestra “capital del mundo, sucursal del cielo”, apenas si digo buenas tardes a quienes encuentro en casa de mi madre. Visito al Señor de las Misericordias, por un encargo de la tía Milita Coutiño Espinosa, y por la tarde, casi de noche, ya converso a medias con el maestro Saraín Sánchez Gutiérrez, el agricultor, intérprete y compositor más acreditado del rumbo, hoy sin embargo, privado de sus tímpanos. Todos esperamos sólo sea temporal.
Más tarde he asistido con la familia, a los rezos, cánticos, tamales diversos, panes y atoles, que se disponen como último adiós a doña Pradelina Cruz Cristiani, panadera y comidera representativa de la gastronomía cuxtepequense.
Doña Prade fue pieza clave entre la extensa progenie inaugurada por doña María Antonia Cristiani Coutiño y don Ernesto Cruz Solórzano, mis abuelos paternos, activos mapaches durante la rebelión de los finqueros. El “festejo” forma parte de la tradición del Remate de Novena, aunque, ya vuelvo a mi antiguo hogar, casa de mis padres, pasada la media noche.
Despierto y hoy mismo por la mañana, voy a un mandado a los Niños. “Los Niños” sí, como coloquialmente designamos a la localidad Niños Héroes. De regreso he resuelto un pendiente viejo: tomar desde el altozano del Nororiente, fotografías panorámicas del pueblo. Me desvío hacia allá aunque... me encuentro con la piel y los huesos roídos, probablemente de una vaca enferma, y con el espantapájaros de una milpa, que me asustan por su perfil de coyote y ropas destrozadas.
Bajo al pueblo y me es imposible entrevistar al profesor Enrique Aguilar Ruiz, pues, desafortunadamente, forma parte del coto o ejército gubernamental de la tercera edad, hoy movilizado. Por fortuna, las coincidencias me permiten conversar y luego entrevistar formalmente al odontólogo emérito de la región, al primo Jesús Caballero Coutiño.
Me he dado tiempo para revisar la mejor tesis de licenciatura que se ha escrito sobre La Concordia: “De salineros a pescadores. Impacto de La Angostura”, del historiador Samuel López Fuentes, mientras que… larga, larga ha sido la comida en casa de doña Fausta, mi madre; con mis hermanas Alma Safira, Irma y Rolando, y el aderezo añadido de la tía Lupita, viuda de don Ramiro Ocampo, quien ya para terminar reaviva la conversa.
Son ya las 04:30. Se me hace tarde y corro al pequeño elefante blanco que llaman “Casa de la Cultura”, en donde a pesar del vacío, el calor inclemente y la suciedad de sus muros, están a punto de comenzar la presentación de un libro, la primera novela del buen Romeo Ruiz Espinosa, viejo profesor —compañero de mi padre durante sus años de trabajo rudo—, recientemente dedicado a la poética, a la remembranza y ahora a la novela. Bonito evento, por los concordeños que venimos de afuera, por la familia Ruiz Espinosa muy gallarda y orgullosa, y por los invitados de la ACECH, asociación de las y los cronistas de Chiapas, aunque… deslucido por los apagones, el clima artificial averiado y la ausencia notoria de pueblo.
En representación del Cabildo llega de última hora alguien a quien presentan como “regidora de la Comisión de Cultura”. Hace mutis aunque le sugieren tome la palabra. Cuando han terminado las presentaciones y análisis formales de la obra, alguien del público pide el micrófono para afirmar que habla en representación del Ayuntamiento, y que recién ha sido designado “cronista oficial de la ciudad”. Al terminar saludo a quien me dicen es el “director” del local en donde estamos: cuarto sucio y vacío, salvo por un escritorio y tres sillas arruinadas, él y cinco jóvenes desgarbados; todos absolutamente ausentes de Don Toño Inclán, la obra inaugural del incansable maestro Ruiz Espinosa.
Vuelvo de noche a Tuxtla, tras besar las mejillas y la frente de mi madre. En la acera extiende por última vez sus manos. Me despide. Claro veo por el retrovisor, cómo con su palma izquierda traza una cruz para bendecir el cielo. Atravieso el Zapotal, la vieja Santa Teresa, y digo adiós al mítico Raspado, el cerro protector de La Concordia actual. Ya la obscuridad y la carretera me incorporan a su ritmo, y ya me despido de ustedes amigos, con las dos trazas de leyendas, revisadas durante estos días… por Saraín, el amigo de la guitarra, las hermanas Fausta y Lupita, e incluso por nosotros, los de la siguiente generación, sobre el milagroso cristo crucificado, Señor de las Misericordias.
Cuentan los más viejos, que, durante la guerra de los mapaches finqueros, contra los carrancistas del gobierno, a la entrada del pueblo, por el camino que venía de Chicomuselo y las haciendas del oriente y el norte, una avanzada de militares montados, se encontró a un arriero, con su patacho de mulas, todas cargadas con sal colorada, frijol y cal.
—Hmmm… Con que’sto llevas pa’Comitán, —inquirió el jefe de la tropa—. Todo pa’sus padres, los mapaches ¿no?
—No, señor. Ni lo mande Dios, —respondió el arriero—. No sé de ellos ni los conozco.
—¿Cómo chingaos que no? A las claras se ve que son abastos pa’la mapachada.
—No, señor, por diosito. Se lo juro por mi madre. Soy un simple comerciante… —Así dicen que respondió el concordeño.
Luego se supo que, aunque fleteador de mercancías, era, efectivamente, un mapache manso, pues llevaba y traía el correo de los alzados… pero ya estaban los carranclanes, colgando una riata sobre la rama gruesa de un fresno joven, para ahorcarlo. En eso estaban cuando sonaron al unísono, las tres campanas que en ese tiempo tenía la iglesia del Señor de las Misericordias. Se distrajo la atención de los carracas, y en tropel se fueron tendidos hacia el pueblo.
—Han de ser esos jijos de la chingada, que llaman a estos cushtes de mierda. —Tronó el jefe de la partida, y ahí dejaron al comerciante, temblando de miedo, atado de manos, con la soga al cuello.
Cuentan que en ese momento, cuando repicaron las campanas, dos señoras devotas, se acercaron al templo para saber qué pasaba y… ¿cuál no sería su sorpresa? Que de lejos vieron cómo alguien vestido de azul-celeste —el color del mashtate del cristo Señor— bajaba del campanario. Se acercaron las beatas y abrieron las puertas entrecerradas de la iglesia.
En ese tiempo, el santo Cristo, por precaución no estaba en su camarín, pues la gente pensaba esconderlo fuera, por aquello de los incendios, la guerra y la maldición de los carranzas. El crucifijo estaba parado, recostado sobre el muro izquierdo del templo. Entraron las señoras, se acercaron a la imagen y… perfecto vieron cómo sudaba todo el cuerpo crucificado. El rostro y el pecho sudoroso lo delataban.
¡Era el Señor de las Misericordias quien había salvado la vida del comerciante!
Durante los días anteriores —gracias a Dios, según la gente—, no habían estado los mapaches en el pueblo. El propio Señor de las Misericordias, con sus escasas ropas, había subido a las carreras al campanario, y tañido las campanas. Tan sólo para entretener a los carrancistas y salvar el pellejo del comerciante, correo de los mapaches.
Historia o leyenda segunda: esto dicen que ocurrió mucho después. Algunos afirman y otros lo desmienten. Que fue más o menos en 1935 —apogeo de los anticlericales “desfanatizadores”, también llamados “quemasantos” revolucionarios—, tiempos del gobernador Tomás Garrido Canabal en Tabasco, y Victórico R. Grajales en Chiapas. En el pueblo se había organizado un grupo nutrido de descreídos anti-religiosos, entre ellos los empleados del gobierno y algunos entusiastas librepensadores, bien intencionados. Todos liderados —dicen, cuentan los deslenguados— por el nunca bien ponderado don Juan Alegría Gutiérrez e incluso don Teódulo Guzmán Hernández.
Un día de esos, los creyentes supieron de buena fuente, que los quema-santos se disponían finalmente a profanar el templo del Señor de las Misericordias. Quitarían al cristo crucificado de su capilla, lo arrastrarían por las calles y le prenderían fuego. Eso harían en la plaza central, junto con las demás efigies e iconos de la iglesia. Se contra-organizaron los católicos fervorosos y decidieron adelantarse. Desgajaron de su sitio al santo Cristo, transitaron en silencio por una calle de la orilla, y se lo llevaron para esconderlo tras alguna tapia o sótano desconocido.
Relatan entonces, que, a pesar de su recorrido extraviado, se toparon en una esquina con los quema-santos, orondos y despreocupados. Los más fuertes cargaban al cristo crucificado, horizontalmente, a la altura de las rodillas. Ellos iban al centro del conglomerado, mientras todos caminaban erguidos, aunque callados. Pasaron frente a los anti-clericales, saludaron de manera amable, continuaron su camino y, contra todo buen pronóstico, nadie los siguió. Absolutamente nadie.
El Señor de las Misericordias ya no estaba en el templo sino bajo el resguardo de alguna familia. El Señor de las Misericordias había obrado otro milagro: se había hecho invisible ante los ojos de los quema-santos, aunque había pasado oculto entre la gente, frente a sus propias narices.
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