Pensando en
Griselda y
Lizeth.
Tal como expreso en la súper mini autobiografía del blog cronicasdefrontera y en la del twitter cruzcoutino: “amo a las mujeres hermosas, a las flores, a los colibríes y el mar”. Me gusta escuchar a Pink Floyd y a Eric Satie, todo el rock, todo el blues y algo de jazz. Bebo con delicia un par de brandis o bohemias (siempre que es posible con botanas de cerdo, nucús tostados o caldo de shuti). Disfruto el pozol y el vino tinto (mejor si es Rioja), tanto como los tamales, el chocolate, la natilla y los helados de guanábana. Me relaja salir a caminar con mis perras, etcétera, etcétera.
Pero de algo en absoluto me olvidé al escribir todo aquello: que me encanta el circo, “la maroma y los volantineros” —como decíamos de niños— y en general las funciones de este teatro maravilloso: abierto, informal y primigenio; festival de artistas, acróbatas y encantadores. Y que esto no es de hoy sino desde que me acuerdo. Eso le dije a Míriam la semana pasada, por teléfono, y de inmediato que me asusta y casi grita: Vamos, tío. A mí también me encantan los cirqueros aunque ya tiene más de tres años que no veo a ninguno.
Así que la semana pasada estuvo
el Atayde en Tuxtla, el
circo Atayde, nuestro circo.
Todos esos días inundados de lluvia, ventarrón y lodo, y sin embargo, lleno.
Feo el lugar en donde por necesidad se instalan, cierto, aunque… al no haber un
sitio especial para ellos, gracias debemos dar a los cirqueros y a sus
compañías, pues, a pesar del abandono en que se encuentra esta ciudad del
demonio, de repente nos visitan.© Circo Atayde a plenitud. Tuxtla Gutiérrez (2021).
La función de la tarde y a mitad de semana, comenzaría a las seis, aunque, conociendo a Míriam, le digo que la función inicia a las 5:30. Así que te espero en el circo, le digo, al lado del Home Depot, junto a la taquilla, a las cinco o algo antes si puedes. Perfecto.
Llego a las 4:45 y toda el área de estacionamiento despejada. Apenas dos personas antes de mí compran boletos, pero muy pronto dos sonrientes uniformados como guardias (todos de rojo y amarillo, birretes y galones en oro y azul), se instalan lado a lado junto a la rampa. Espero y espero, comienza la llovizna y me refugio en el coche. Entonces pongo atención a las músicas típicas del circo, y son marchas y contrapuntos, ritmos festivos, luminosos.
Cesa la lluvia al fin y hasta entonces llega Míriam, mi sobrina afortunada. Faltan quince para las seis. Se acerca por entre la gente y las colas, abre sus brazos, distiende sus labios, sonríe, aunque esconde los ojos. Hermoso. Hermoso veo el Atayde como siempre, le digo, aunque hoy le observo algo desmadejado y sucio; algo descuidado pero nuestro como desde siempre, como desde principios de los setenta, cuando entro a él por primera vez en Tuxtla, o como desde hace casi 124 años, cuando se funda en Mazatlán el 26 de agosto de 1888.
Desde siempre entonces me emocionan los circos; desde sus carros, tráileres, jaulas rodantes y viviendas móviles, hasta sus luces exteriores tendidas desde sus mástiles, sus carpas multicolores, sus banderines y pósters, sus anuncios altoparlantes y sus pequeños zoológicos itinerantes.
Y aún hoy me resultan fantásticas sus luces interiores, sus enormes reflectores, sus palcos, lunetas y galerías, su escenario de plata, pero en especial, sus cuerdas (tensas y flojas). Sus trapecios y plataformas elásticas. Me encantan los circos cuando de repente se animan a anunciarse con sus propios medios: cuando desfilan a lo largo de la calle o el boulevard más transitado de nuestras ciudades. Cuando sobre carros alegóricos, bailarinas, payasos y domadores regalan volantes y sonrisas al público. Cuando la gente llena sus ojos de excentricidades: tigres enjaulados, cebras y jirafas, caballos enanos y dromedarios.
Bien recuerdo los tres primeros episodios circenses que en los Cuxtepeques me arrebataron: 1. El acto de los tres perritos terriers, blancos, emperifollados, que bailaban al ritmo de la música como si fuesen personas; maravillosos. 2. El trance del trapecista fallido, quien sin embargo, de cabeza sobre la barra lograba ingerir refrescos embotellados y… 3. Mi primer verdadero agasajo: el acto de magia por el cual, un tipo de turbante, barba blanca y levita, tomaba el serrucho y partía en dos o tres pedazos el ataúd. El mismo en que antes se había encerrado a una mujer rubia y esbelta (según me parecía a los cuatro o cinco años de edad) y... ya no quise ver más.
¡El público incluso gritaba de angustia! Sin embargo, todo volvió al principio en cuanto el mago pasó sobre el cajón un manto rojo. Abrió el féretro y ¡Ni una gota de sangre! Ahí estaba la rubia. Viva y hasta sonriente.
Y el recuerdo de esta última escena, me lleva a una evidencia histórica, culturalmente cercana: la presencia de las artes circenses a lo largo y ancho de Mesoamérica, desde los primigenios olmecas hasta los relativamente contemporáneos mexicas y mayas. Me refiero al pasaje del Popol Vuh en donde los hermanos gemelos huérfanos (Hunahpú e Ixbalanqué) visitan a las deidades del inframundo, van a sus pueblos seguidos por una troupe. Se hacen pasar por simples magos y saltimbanquis. De acuerdo con el texto maya, los gemelos se presentan cual artistas errabundos. Son cantores, músicos, danzantes; magos, imitadores e ilusionistas:
obraban muchos prodigios. Quemaban las casas como si de veras ardieran, y al punto las volvían a su estado anterior. Muchos de los de Xibalbá los contemplaban con admiración. Luego se despedazaban a sí mismos; se mataban el uno al otro; tendíase como muerto el primero a quien habían matado, y al instante lo resucitaba el otro. Los de Xibalbá miraban con asombro todo lo que hacían.
Pero el texto va más allá. Narra con detalle, por ejemplo, uno de sus actos ante los señores del Inframundo: “Hunahpú fue sacrificado por Ixbalanqué: uno por uno, fueron cercenados sus brazos y sus piernas, fue separada su cabeza y llevada a distancia, su corazón arrancado del pecho y arrojado sobre la hierba. Todos los señores de Xibalbá estaban fascinados. Miraban con admiración […]. Alegráronse mucho los jóvenes, y los señores se alegraron también”.
Y así, con el tiempo, supe de las artes circenses occidentales, tan antiguas como la humanidad. Desde China y Mesopotamia, desde África y la India, o desde el imperio persa y los griegos. Circos grandes, pequeños, lujosos, profesionales, maravillosos, o bien: nuestros esenciales y escasos circos de barriadas y pueblos. Supe de bailarines esbeltos y amazonas divinas sobre caballos garbosos, payasos y humoristas, acróbatas y malabaristas, “fieras” y animales raros aunque instruidos todos.
Y he visto a trapecistas, contorsionistas, tragafuegos, tragasables, y desde entonces he admirado a mimos, gladiadores, enanos en su calidad de artistas, equilibristas y zancudos (que así nombran a los gigantones gimnastas-bailarines provistos de zancos), aunque sólo en una ocasión he estado ante un malabarista extremo, de los que llaman antipodistas: un tipo enorme y barbado, quien apoyado en su espalda y sobre una plataforma fuerte, era capaz de rotar y lanzar al cielo, tan sólo con sus extremidades inferiores: sillas, neumáticos y hasta la pesada rueda de una carreta.
Ahora sé que funambulistas son los que caminan sobre cuerdas flojas, con o sin barras de equilibrio, con o sin visibilidad, con o sin redes de protección. Y que varias escenas pueden montarse sobre las cuerdas tensas: monociclos, bicicletas, sillas, patinetas, pirámides humanas y mil cosas. O bien, que el equilibrismo es en sí mismo una de las artes circenses, al igual que la suerte excelsa del escapismo y las habilidades ecuestres. Y la cama y las cuerdas elásticas y los diversos e innumerables juegos malabares. Aunque ahí está la destreza de los lanzadores, quienes con precisión admirable tiran cuchillos, dardos o saetas a la mujer adosada al círculo giratorio, sin provocarle el menor rasguño; o el arte de la doma, cuyos eficaces educadores, son capaces de adiestrar a ratones, aves y gatos, o amaestrar a caballos, felinos, camellos y elefantes.
Creo finalmente, que todas las artes escénicas del circo —provengan de donde vengan o se hayan originado en Asia, Grecia, Anglosajonia o el altiplano precolonial de México (es el caso del antipodismo)—, todas son verdaderas obras del espíritu humano; creatividad e ingenio de los pueblos; verdaderas artes dramáticas para el relax y el entretenimiento. Y cuatro son sus artes estrellas, puntualicemos: 1. El contorsionismo que en ocasiones sobresalta, pues parecen increíbles esas manifestaciones corporales de elasticidad, flexibilidad y fuerza. 2. La magia, el ilusionismo, el truco y la actuación, todo en uno. 3. Las diversas formas de la acrobacia: técnicas que permiten a los cuerpos sostenerse con tan sólo las manos, y 4. Las acrobacias específicas asociadas al trapecio y a las cuerdas, por las cuales los trapecistas literalmente vuelan ante nuestros ojos.
Y ahora tan sólo agrego una sugerencia para esta nuestra tierra mullida y pródiga, aunque bárbaramente desatendida: que hace falta la disposición —no “construcción”, pues la albañilería sería escasa— de un área extensa (cuatro a ocho hectáreas) pavimentada, iluminada, dentro de la ciudad y con al menos dos vías de acceso. Ello para hospedar a los circos itinerantes. Necesitamos de estas superficies no sólo en Tuxtla sino en Tapachula, San Cristóbal, Ocosingo y Comitán, y quién sabe si no en todas las otras cabeceras regionales. Explanadas municipales que mientras se ausentan los maromeros, servirían como tianguis dominicales, mercadillos domingueros, áreas de feria, festividad y exposición.
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