sábado, 1 de febrero de 2025

PRIMERAS CODICIADAS VACUNAS

…y claro que nos hubiera gustado pergeñar esta crónica, el propio día de los eventos sucedidos, el pasado día martes, pero ello fue imposible. Debido a tantísimo trabajo, a los “changos” que en exceso llevamos siempre a cuestas. Pero… ¿De qué se trata? De nuestra cita con el cómplice destino: con la vacuna para prevenirnos contra el bicho Covid o del Coronavirus; la enfermedad viral, pandémica y letal más reciente; peste apocalíptica o de moda, aunque más bien de temporada.

[Pues hoy, con tantísima gente irracional sobre el planeta, aunque especialmente aglomerada en las macrocéfalas megalópolis del mundo, y tras la gravísima contaminación de tierra, subsuelo, mares, aire y espacio, a cada rato surgen nuevos gérmenes, virus y contagios que envenenan el ambiente y junto con él nosotros, plagados de pestes, enfermedades y pandemias].

De ahí que en cuanto el sábado o el domingo pasado, escuchamos que por fin llegaría la vacuna anti Covid para quienes tienen sesenta años y más, radicados en Tuxtla, anotamos rumbos, direcciones y horarios. Descartamos el lunes, pues informaban que la sesión del día sería de “prueba” y “para ajustar detalles”. Aunque más bien para inauguración o “banderazo de salida”, fotos, cámaras y dientes de mazorca por parte del gobernador indolente.

Anotamos: “Centro de vacunación que nos corresponde: COBACH 145, Col. La Misión, rumbo extremo ESE de TGZ, entrar sobre Libramiento Sur, frente a Dirección General de Seguridad Pública. Nos tocará Pfizer Biontech. Día martes 09/03/2021, desde 08:00 horas. Llevar agua, lonch y sombrilla”. Razón por la que el lunes de noche hicimos preparativos. Tomé el libro con que ahora me entretengo, se imprimieron nuestras respectivas credenciales del INE y CURP, igual que nuestro registro previo, hecho ante el portal de la Secretaría de Salud https://mivacuna.salud.gob.mx/index.php, y hasta dimos a impresión, el mapa google de la ubicación precisa del plantel COBACH, la Prepa referida.

Yo me adelantaría con suéter, agua y un banquito desde las 06:30, mientras Blanqui me alcanzaría a las nueve con nuestro almuerzo. Desperté a las 04:45 y, efectivamente, antes de las seis treinta yo ya estaba en el lugar: sitio en la semioscuridad, gential abundante, y harto carro, como decimos coloquialmente. Un anuncio inmenso rezaba: “Centro de Vacunación COBACH 145” y, desde la puerta, sobre la banqueta extensa había barandales de contención, llenos a esa hora de la mañana.

El inmenso gusano humano ya se retorcía, me fui a su cola, me dieron la lista que alguien había dispuesto por su cuenta, aunque… —Hmmm, pero ni crea que es la primera lista, amigo —me dijo el señor de la barba blanca—, ¡Dicen que esta ya es la séptima! De modo que hay seis adelante.
Plantel 145, COBACH. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2021).  


Anoté el nombre de Blanqui y el mío. Números consecutivos: 151 y 152, mientras dije para mis adentros: ¡Adelante, Joseantonio! ¡Ya la hicimos! Destrabé el banquito y a esperar.

Taxis, coches particulares, motos, minibuses colectivos... todos descargaban gente frente a nosotros. Algunos venían a pie —aunque casi todos jóvenes—, cargados con butacas, sillas o taburetes. Salvo nosotros, pensé, muchos tienen nietos, hijos o ayudantes que les ahorran la cola. Pronto se hizo de mañana, las siete, las ocho, y todo mundo buscaba cualquier resquicio para sentarse. Abrí mi “Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano”, el primero de los ocho volúmenes de Edward Gibbon que ahora mismo leo (1984, Madrid, Turner, 417 páginas, versión facsimilar de 1842), y a leer tranquilo, pues la cola yacía estática.

A la hora acordada se apareció Blanqui y nos encontramos. Destapamos el almuerzo: ricos tamales de flor de cuchunuc llevaba (hechos por sus manos), igual que café y refresco. Convidamos a la pareja de jóvenes camuflados en su uniforme de la Guardia Nacional que teníamos cerca, otros pacientes hacían lo mismo, dos vendedores ofrecían arroz con leche. Fue para Blanqui y yo, el desayuno más rico de los últimos meses. Pero ya comenzaba a notarse, ahora sí, la llegada de los abuelitos… las y los señores de la “tercera edad” como llaman hoy a nuestros sabios viejos.

Comenzó a apretar el sol es cierto, aunque justo ahora la cola avanzaba. Por fortuna, a pesar de la ausencia de árboles, o de la instalación de toldos, el muro junto al que estamos proyecta sombra. Sin embargo, a la vuelta de la manzana el sol cae a plomo sobre la gente. —¡Demonios ingratos!, —escuchamos que a lo lejos gritan—. ¡Autoridades ingratas! ¿Cómo es que no pensaron en el sol? ¡Nos tienen como a animales!

—¡Al palo y sin zacate! —Grita alguien, festivo, y todos corean y le hacen bulla.

La cola camina, no obstante, y ya nos acercamos a la puerta cuando… ¡De pronto se para todo! Una comisión formada por cuatro paramédicas o enfermeras, un par de policías municipales, dos de los llamados Siervos de la Nación —personal de la Secretaría de Bienestar— y los mencionados de la Guardia Nacional, acompañan a quienes a lo largo de la cola parecen más viejos, desamparados, enfermos, o con muletas o en sillas de ruedas. Los hacen pasar directamente, rebasando a todos, aunque en el inter algunos altaneros e incomprensivos forcejean y no se explican lo que sucede.

Yo continúo con mi lectura, Blanqui va hacia adelante y hacia atrás, para tener alguna idea de lo que ocurre a nuestro alrededor. Pero muy pronto me hace plática el señor de junto: un tipo entrado en años, acompañado de su nieto, según me explica. Dice que a él también le encanta la lectura. Que en una ocasión “examinó” de corrido la Biblia entera, y entrecomillo su examen pues esa fue su palabra, y que, en otro tiempo, de vacaciones, se leyó El Quijote, durante una semana.

Avanzamos y avanzamos de poquito a poco. Ya son las once de la mañana. Blanqui calcula que hay al menos dos mil mayores de edad, sin contar a sus acompañantes. Yo escribo a mis corresponsales del tuiter lo siguiente: “4to reporte. Centro de vacunación COBACH 145, fraccionamiento La Misión en TGZ. Estado de situación: Permanecemos a seis metros de la puerta, donde toman los signos vitales, revisan papeles y luego adentro”. Y sí, efectivamente, minutos después nos hacen pasar y somos veinte viejos quienes avanzamos. Nos enfilan debajo de un cobertizo, nos explican el procedimiento de aquí al final, y nos conducen a un salón bien ventilado y limpio.

Gusto o quizás alegría en verdad siento ahora, al ver de frente a mis coetáneos citadinos, con sus mejores prendas y sus ojitos vivaces: señoras, abuelitas, viejos correosos y ancianos. Todos como niños, sentados en los mesabancos ubicados en rueda. Y al centro dos sillas, en donde nos dicen que se acomodarán el “termo de los biológicos”, y la caja de jeringas, alcohol y algodones. Excesivo personal —para mi gusto—, atiende el llenado manual de cartillas de vacunación y comprobantes oficiales. En uno de ellos claramente se lee que la vacuna que han de ponernos es la Pfizer Biontech, invención según sabemos, de las empresas biotecnológicas punteras de Estados Unidos y Alemania.

Hacemos tiempo, conversamos, y todos expresamos ansiedad. Vemos detrás de la ventana que personal uniformado lleva frutas en palanganas. Preguntamos y sí. Nos responden que hay refrigerio para todos. Pasa una comisión y nos obsequia botellas de agua… yo aprovecho para lanzar el siguiente mensaje al tuiter: “5to reporte, 5to. Centro de vacunación COBACH 145, fraccionamiento La Misión en TGZ. Estado de situación: Ya estamos adentro. Somos veinte. Nos toman la presión, nos entregan cartilla y hoja de consentimiento. Llenan también un “comprobante oficial de vacunación”.

Esperamos el turno, pues nos informan que sólo dos equipos van con la inyección de aula en aula. Veo, observo, escucho y reflexiono: ISSSTE e IMSS son las instituciones mexicanas con mayor experiencia en campañas de vacunación, mientras estas jornadas son ahora organizadas por personal de SSA. No son muy buenos —se ve que no tienen idea de tiempos, movimientos, espacios y planificación—, pero a leguas se ve que hacen su mejor esfuerzo. Vuelve el personal y ahora nos instruyen sobre cómo descubrir nuestros brazos. —Deben vacunarlos en el brazo con que hacen menos fuerza y trabajo —nos dicen—, y recuerden que luego de la aplicación, se quedarán quietecitos por treinta minutos, para observarlos y atender cualquier reacción o anomalía.

—Pero no tengan miedo —insisten—. No tengan pena. Nada va a pasar. Solamente esperaremos treinta minutos, y entonces sí, todos de vuelta a su casa. —¡Derechito a nuestra casa, jóvenes! —alguien remata, y todos ríen, sonríen y hasta se carcajean.

Llega al fin nuestra hora, y ahora sí, todos mansitos y a colaborar. Las muchachas lindas, de cofias, vestidos largos, zapatos cómodos y medias blancas, preguntan: ¿Ya están listos, señores, abuelitas? Y al unísono todos contestan: ¡Listos y requetelistos! Y pues entonces ¡Comenzamos!, nos responden. Ellas van a nuestros asientos, jeringuillas a la mano, aunque mientras tanto alguien pregunta: ¿Y será que podremos echar nuestras cervecitas, para celebrar?

¡No, no! ¡Qué bueno que preguntan! —dice alguien del equipo—. Prohibido ingerir bebidas alcohólicas, cuando menos durante una semana. ¡Luego de esta semana, entonces sí a celebrar cuanto quieran! Siempre con su sana distancia, mucho aseo de jabón y manos y… ¡Su mascarilla!

Terminan con nosotros y las enfermeras bonitas se van al aula siguiente. Miembros del equipo, ahora nos entregan los comprobantes de vacunación y nos informan. —Manténganse informadas, abuelitas, señoras y señores —nos dicen—. Manténganse pendientes. Que de aquí a catorce o veinte días, les llamarán por teléfono, o escucharán por la radio… que aquí mismo será su segunda aplicación.

Transcurren los treinta minutos, nos dicen que vayamos saliendo y… ahora sí, ya nos relajamos. Salimos mientras varios grupos entran, cruzamos el patio de la escuela, franqueamos la puerta de la trastienda, la salida, y entonces… ¡Felices! Ya aspiramos orondos. ¡Ya se nos llenan los pulmones del aire del mundo! Satisfechos y aún admirados ante esta operación extraordinaria.



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