Cuando tuvo menos años y aún no crecía tanto, siempre fue la más chiquitina de su grupo, algo melindrosa y se quedaba en tobilleras. Por eso en alguna ocasión le escondieron los zapatos. Se quitaba las sandalias y trepaba a los árboles del patio: a los mangos, zapotes, naranjos, caimitos, matasanos, y cuando con su abuela visitaba el río, jugaba con las pompas de jabón que se escurrían de las manos de las lavanderas.
Asechaba a los cangrejos, y formaba a la orilla del río un estanque, para los pececitos que atrapaba.
Ayudaba a su abuela Pancha, a doña Francisca Parra Robles, a retorcer sus cigarros de hoja, a tostar y a moler cacao, y a fabricar rodajas de chocolate. Recortaba con sus manos pequeñitas, los retazos de tela que obtenían en las sastrerías, o les regalaban las costureras; todos pedazos pequeños e informes, de diferentes colores, texturas diversas. Con ellos, su abuela hacía colchas y fundas de almohadas. Algunas tardes, por cualquier pretexto caminaban la ribera; las orillas del río, los caminos y huertas, los acahuales y predios baldíos.
Ella iba de compañía y ambas marchaban por lo que Madre Natura les proveyera: queshcamotes que son tubérculos cercanos a la yuca y a la jícama, frutos frescos de pacaya y macús (los jilotes tiernos de esas palmeras), pan de palo o castañas de la tierra (las nueces del árbol de pan) y algo de leña.
Pero las cosas se ponían mejor cuando soplaba el viento y caían aquellos aguaceros torrenciales de media tarde. Al amainar la lluvia, la abuela con su canasta y la nieta con su cestita, ambas se encaminaban al río. Con la mayor naturalidad del mundo, hurtaban los cangrejos y camarones de la riada; los que la creciente había arrastrado hacia los tapescos y trampas de los campesinos, quienes para su provisión, los instalaban durante el tiempo de aguas.
Sin embargo… luego llegó el tiempo de la escuela y sus estudios, y entonces esporádicamente mantuvo la compañía de su abuela; sobre todo cuando a doña Pancha le daba por salir a visitar la parentela. Se enrumbaban hacia los cañaverales, milpas y cacahuatales de la ranchería, e igual que cuando pequeña, invariablemente regresaban al pueblo con pequeñas cargas. Traían elotes, cañas, limas, zapotes, mandarinas.
Se fue a la ciudad cercana, luego a la antigua capital de los Altos, luego a otra ciudad y a otra, hasta que un día desde muy lejos supo que su abuelita Pancha había muerto; con sus lentes gruesos, con la piel ajada y en los los huesos, vestida de holanes y flores, cabellos blancos y… ella sabía. Sabía perfectamente que se moriría como al fin lo hizo. Por fumar cigarros de hoja desde el amanecer. Por beber chocolate a mañana, tarde y medio día.
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© ¡Feliz
como una lombriz! Cerrito de San Cristóbal. Sxbal de Las Casas (c1980). |
Ella, la mujer pequeñita, morena y adorable, creció y se hizo grande. Fue la mejor de su grupo, impasiblemente la mejor de los grupos que integraba, así fuesen en su mayoría de varones. Sus manos, sus pies, su rostro, siguieron siempre delicados y tersos; su mirada y sonrisa afables, sus gestos siempre estimulantes y comprensivos. Economista ella y maestra quién sabe de cuántas cosas, andando el tiempo se volvió experta en cuestiones de planificación, educación superior y procesos electorales. Hoy es madre, hija y esposa, nuera, funcionaria y consejera de mil materias; cómplice, amiga, comadre y hermana, dueña de su vida y de su casa. Fervorosa amante de sus hijos y de sus nietos.
Regaña, sonríe y apapacha. Sueña frecuentemente el papel de hada madrina. Mienta madres de repente, cuando se enoja; llora a solas, sugiere y da consejos cuando la escuchan (o cuando siente ganas), y no cabe en su cabeza —ahora de cabellos entrecanos—, toda la ignominia y la estupidez de los mandamases que gobiernan. Juega aún a que es niña y se quita los zapatos para mojar sus pies en piscinas, estanques y arroyos. Juega a los palillos chinos, a la lotería y a las serpientes y escaleras; le gustan las cartas españolas y el pókar. Heredó uno de los tantos vicios de su abuela Pancha y le ocurre una cosa por demás inaudita: ama a las plantas y a las flores —en especial las de su jardín, cultivadas por sus manos—, a los pollos y guajolotes del traspatio, la fluidez de los torrentes, el murmullo del agua.
Pero por sobre todas las cosas, aún extraña su tierra: la tierra de sus padres, la tierra de los amigos de su infancia.
Y va el último párrafo, el mejor, pues, por insólito que parezca ¡Le gusta el gusto y el buen cocinar! Cocina y lo hace de maravillas. Nunca, en ninguno de los restaurantes de México he disfrutado tan ricas, las costillas de puerco asadas, los trozos jugosos de carne de res, o las albóndigas con hierbabuena y poros. Nunca disfruto tanto como los platillos de sus manos. Sus ensaladas son de antología y sus consomés indianos, prehispánicos, pordios que compiten con los mejores del Azul y Oro, el de ciudad universitaria.
Ayer precisamente me deslumbró. Era una sopa rica, riquísima, amarillenta aunque con vetas verdes y rojas. Me acerqué a la olla y me serví algo más. Es una receta que aún pruebo, nos dijo. Lleva yogurt simple, flores de calabaza, pimientos rojos...
Ella, chiquitilla pero gran mujer, es Blanqui. Mi mujer, mi compañera, mi amante; la madre de nuestros hijos y nietos, la mujer a quien quiero, mi medida. Y escribo esto hoy, a sus cincuenta y tantos, o quizá más.
Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx
Permitimos divulgación, siempre que se mencione la fuente.
Regaña, sonríe y apapacha. Sueña frecuentemente el papel de hada madrina. Mienta madres de repente, cuando se enoja; llora a solas, sugiere y da consejos cuando la escuchan (o cuando siente ganas), y no cabe en su cabeza —ahora de cabellos entrecanos—, toda la ignominia y la estupidez de los mandamases que gobiernan. Juega aún a que es niña y se quita los zapatos para mojar sus pies en piscinas, estanques y arroyos. Juega a los palillos chinos, a la lotería y a las serpientes y escaleras; le gustan las cartas españolas y el pókar. Heredó uno de los tantos vicios de su abuela Pancha y le ocurre una cosa por demás inaudita: ama a las plantas y a las flores —en especial las de su jardín, cultivadas por sus manos—, a los pollos y guajolotes del traspatio, la fluidez de los torrentes, el murmullo del agua.
Pero por sobre todas las cosas, aún extraña su tierra: la tierra de sus padres, la tierra de los amigos de su infancia.
Y va el último párrafo, el mejor, pues, por insólito que parezca ¡Le gusta el gusto y el buen cocinar! Cocina y lo hace de maravillas. Nunca, en ninguno de los restaurantes de México he disfrutado tan ricas, las costillas de puerco asadas, los trozos jugosos de carne de res, o las albóndigas con hierbabuena y poros. Nunca disfruto tanto como los platillos de sus manos. Sus ensaladas son de antología y sus consomés indianos, prehispánicos, pordios que compiten con los mejores del Azul y Oro, el de ciudad universitaria.
Ayer precisamente me deslumbró. Era una sopa rica, riquísima, amarillenta aunque con vetas verdes y rojas. Me acerqué a la olla y me serví algo más. Es una receta que aún pruebo, nos dijo. Lleva yogurt simple, flores de calabaza, pimientos rojos...
Ella, chiquitilla pero gran mujer, es Blanqui. Mi mujer, mi compañera, mi amante; la madre de nuestros hijos y nietos, la mujer a quien quiero, mi medida. Y escribo esto hoy, a sus cincuenta y tantos, o quizá más.
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2 comentarios:
Lindísima crónica. Gracias por compartirnos su felicidad
Extraordinaria historia de vida
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