De ahí la importancia de señalar estos lugares impertérritos e incluso sagrados, asociados a cualquier territorio, aunque en este caso a la pequeña ciudad de La Concordia en particular. La Concordia, cabecera municipal, ombligo de la subregión de los Cuxtepeques, área nodal de la región de la Frailesca, espacio importante en la historia de Chiapas. Hitos o testigos portadores de recuerdos, experiencias y por tanto de Historia (así, con mayúscula), pues allí ocurrieron sucesos, encuentros e incluso desgracias, cuyos actores y/o sus descendientes recuerdan ante el simple hecho de pararse frente a estos sitios, “lugares de memoria”, de acuerdo con las sugerencias de los historiadores contemporáneos.
Pero… no haremos mención a todas estas referencias ―a las montañas, por ejemplo, que desde la ciudad se observan hacia el Sur, de Este a Oeste, del otro lado del lago artificial, del embalse de la Presa Hidroeléctrica La Angostura―, sino exclusivamente a los más cercanos y visibles. Esos lugares que se observan a simple vista, o a los que se puede llegar con muy poco esfuerzo. Hitos o marcas geográficas, históricas y sagradas, que desde tiempo inmemorial han estado ahí. Marcas que desde la época de la Colonia facilitaron la identidad geográfica del Valle de Los Cuxtepeques, y después, tras la fundación del pueblo de La Concordia en 1849, inauguran la identidad sociocultural de la ciudad y su comarca.
Nos referimos al espacio agrario de la antigua hacienda San Pedro Cuxtepeques, o San Pedro las Salinas, sitios ubicados tras el paso del tiempo, dentro de las fronteras de la finca agropecuaria La Unión, y luego, entre las tierras del “primer ejido del pueblo”. Sitios que hoy son referencias y especie de detonantes para la memoria individual y colectiva, y se ubican alrededor de la ciudad, en el sentido en que giran las manecillas del reloj, formando un círculo irregular y abierto.
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© Antigua alcaldía. La Concordia, Chiapas. |
En primer lugar, El Salitral, área extensa y estéril entre San Pedro y la vieja finca Santa Teresa; en segundo, El Zapotal, el bosque de zapotes diversos cuyos restos se encuentran al pie del cerro el Raspado; en tercero, el propio Cerro del Raspado, incluyendo su antiquísima galería, lugar sagrado y de antiguos rituales; cuatro, las Grutas del Chachalaquero, refugio permanente de la guerrilla mapache durante la contrarrevolución; cinco, la montaña Iglesiepiedra, hito rocoso intrincado e intransitable, igualmente respetado por propios y extraños; seis, el Cerrito de la Santa Cruz, referencia bien conocida, dada su ubicación junto al desaparecido río San Pedro; y siete, el antiguo manantial del Ojo de Agua, centro de la densa y húmeda montaña que se cruzaba para llegar a la antigua San Bartolomé de los Llanos.
Siete lugares, finalmente, que deben respetarse, ser conocidos, reconocidos y venerados por todos. Sitios cuyos espacios, acrecentados en tamaño y espacio, deberían reforestarse hasta convertirlos en verdaderos bosques y áreas de recreo. Todo ello con el dineral público que roba y dilapida el Ayuntamiento. Y remarcamos estos nuestros peculiares “lugares de memoria”: Uno, el Salitral; dos, el Zapotal; tres, el Raspado; cuatro, las Grutas del Chachalaquero; cinco, Iglesiepiedra; seis, el Cerrito de la Santa Cruz; y siete, el Ojo de Agua.
Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx
Permitimos divulgación, siempre que se mencione la fuente.
Siete lugares, finalmente, que deben respetarse, ser conocidos, reconocidos y venerados por todos. Sitios cuyos espacios, acrecentados en tamaño y espacio, deberían reforestarse hasta convertirlos en verdaderos bosques y áreas de recreo. Todo ello con el dineral público que roba y dilapida el Ayuntamiento. Y remarcamos estos nuestros peculiares “lugares de memoria”: Uno, el Salitral; dos, el Zapotal; tres, el Raspado; cuatro, las Grutas del Chachalaquero; cinco, Iglesiepiedra; seis, el Cerrito de la Santa Cruz; y siete, el Ojo de Agua.
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