Recuerdo las carretas jaladas por bueyes, y las mulas, caballos y burros en que la gente se trasladaba desde muy temprano.
O tal vez no por nada de ello, sino porque en ese tiempo supe que las fotografías del altar de la casa, eran del funeral del abuelo Manuel Coutiño, a quien por enorme llamaban “toncolón”; el mismo que derramó sangre por las orejas al morir, y se le amorataron los labios y las uñas de pies y manos, igual que a los envenenados. O porque en esos años mataron al Chato Hernández, hermano de Romeo y la “comadre Roselia”. Me refiero al primer amigo mayor que tuve, cuando vivimos en la casa del tío Jordán, rumbo a la bajada de las lajerías; aquel que me lanzaba con todo y miedos hasta las vigas de su casa.
Recuerdo muy bien cuando ya de noche lo llevaron ensangrentado y muerto, y más tarde el ruido de serruchos, garlopas y martillazos. En la carpintería de junto fabricaban el ataúd de Alberto Hernández, alias El Chato.
Por esa época enterramos a una hermana recién nacida, y lo mismo: aún guardo en la memoria la carreta en que me llevaron y trajeron; las flores y tierra que echamos los muchachitos, sobre el féretro rosa. Los preciosos plisados de doña Cristina Alegría, quien, con telas blancas, grises y negras, decoraba las cajas mortuorias, hechas por don Alfonso, nuestro mejor carpintero.
Desde Comitán y hasta París
Y ha de ser por todo eso —creo yo—, que tanto me gustan hasta hoy los funerales y cementerios. En especial aquellos cuyas tumbas parecen juguetes o muestrarios de arquitectura… Por eso me gusta el camposanto de Comitán, el de San Cristóbal y los viejos de Tonalá y Ocosingo; las losas de los finqueros de Tapachula y Cacahoatán, e incluso los panteones pequeños de Montecristo, Siltepec y Chacaljocom. Recién pasé por el de Pinola y el de Mapastepec, y ahora que me acuerdo: son preciosos los de San Fernando y La Trinitaria. Varias veces recorrí el de Tuxtla, pues fui su vecino durante un buen tiempo, y hasta me detuve varias veces ahí, por alguna cita, o para leer entre sus tumbas.
Creo que de ahí me nace visitarlos siempre, de poquito a poco. Por ello conozco algunos de Los Altos: los de Huixtán, Larráinzar y Pantelhó, otros en Guatemala y algunos en la ciudad de México: el del Tepeyac, el de Dolores, el de la Merced y el de San Fernando; eternos y ejemplares todos, e incluso los de Xalapa y Veracruz. Recuerdo el cementerio de La Almudena en Madrid, el llamado “cementerio cristiano” de Salamanca, el municipal de Badalona en Cataluña, y la formidable necrópolis constituida por el Cementerio Colón en La Habana. El que llaman cementerio inglés, muy cerca del centro de Milán, en Italia, y el de Monmartre, barrio vecino del Moulin Rouge, el cabaret más prestigiado de París.
Pero dentro de los cementerios, las tumbas; de ellas sus lápidas, y de éstas sus epitafios: las inscripciones que acompañan a los muertos, desde los egipcios, pasando por Grecia y el Imperio Romano. Esos trozos de inteligencia, son en verdad lo que me gusta... pero sobre todo las sentencias dulces que de cuando en cuando coronan el dintel de la entrada principal de los panteones:
“Descubre mortal tu frente inclina, que el orgullo mundanal aquí termina”, reza, por ejemplo, el de Cacahoatán, en las inmediaciones del volcán Tacaná. O el de San Fernando, antigua Hacienda Las Ánimas que, menos formal, insiste en la idea, y en su inscripción central sentencia: “Aquí se acabó el orgullo”. Las malas lenguas atribuyen al de Zapaluta —la actual Trinitaria—, el marbete siguiente: “Aquí descansan los muertos que viven en Zapaluta”. O mejor aún, la expresión popular que, a modo de epitafio, dicen que alguna vez decoró alguna cripta improbable: “Aquí yaces y haces bien. Aquí descansas y yo también”.
Que en paz descanse
Todas son hermosas. Incluso las más serias y acartonadas, las originales y bien cristianas. Requiescat in pace rezan aún algunas en latín, e incluso se las ve con tan sólo las iniciales R. I. P., la más empleada en el ámbito funerario, lo mismo que su traducción “Descanse en paz”, o la abreviación D. E. P. y la versión “En paz descanse”. En el mismo tenor se encuentran: “Que en paz descanse”, “Q. E. P. D”, “Que descanse en paz” y “Q. D. E. P.”.
Y en fin, lo cierto es que los epitafios actuales recogen una tradición antigua, la del final del responso que la iglesia católica reza por los difuntos, hasta la fecha: “Dale señor el descanso eterno. Y brille para él la luz eterna. Descanse en paz. Amén”. O en su versión latina: Requiem aeternam dona ei domine. Et lux perpetua luceat ei. Requiescat in pace. Amen.
Asi que tan sólo por el placer del recuerdo, recordemos. Aunque también para el ejercicio de la memoria, el retozo de las neuronas y para distraernos un poco entre sorbo y sorbo de lo que a bien disponga; bocanadas de humo del mejor Delicados, o trozos de una buena calabaza en conserva.
Decía entonces que, sobre la entrada principal de algunos camposantos, de repente uno encuentra perlas formidables. “Detente caminante que estás entrando a la eternidad” reza, para no ir más lejos, la expresión titular del cementerio de Chiapa. O “La vida es una ilusión. La muerte es la realidad. Aquí comienza el reino de la verdad” como se lee a la entrada del de Sancristóbal, aunque también en otros, modificando la palabra “verdad” por “eternidad”. “Detente viajero. Ayer en el mundo como tú, viví, mañana en la tumba como yo estarás” reza una expresión titular recogida por el Museo de las Momias de Guanajuato y “Tarde o temprano aquí descansarán tus restos” recita una expresión recogida por Armando Jiménez, el compilador del folclor humorístico nacional.
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Seguramente aquí hay. Tuxtla Gutiérrez (c1990). |
Epitafios socorridos
Pero fuera de ello, creo que la dedicatoria mortual más socorrida, luego de las mencionadas, es ésta: “Se nos fue. Descanse en paz”, mientras que hermosa, por escueta, es la que alguna vez leí sobre una tumba del cementerio principal de Monterrey: “El final está escrito”. “Nada trajimos, nada nos llevamos, nada perdemos”, apunté en algún lugar que no recuerdo, y en el panteón de la ciudad de Oaxaca sigue indemne desde 1958 el siguiente: “Aquí yace Jorge Pérez Guerrero. Quiso mucho a la vida, nunca tuvo miedo a la muerte, pero murió contra su voluntad”.
Y tres epitafios graves registré en el de Salamanca (España): “Callad. Que no se despierten” reza uno. “Porque era agradable a Dios su alma, por eso se apresuró a sacarla de en medio de las maldades” se lee en otro y “Con dolor te tuve, con dolor te perdí” reza uno más, probablemente escrito por una madre a su hijo. Y al tono de estos, están los bíblicos, los entresacados de la propia Biblia.
Estos me confiaron en la marmolería cercana a un osario de Madrid, por habituales: 1. Beati mortui qui in domino morintur, así, en latín, aunque también en Castilla: “Bienaventurados los muertos que mueren en el señor”, procedente de Apocalipsis 14 (13), 2. “Si con él morimos, viviremos con él”, proveniente de Primera de Pablo a los Romanos 6 (8) y 3. “Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera vivirá”, plasmado en algún lugar del Nuevo Testamento.
Cerca de estos, por fuerza, están las sentencias fúnebres mal escritas. Las que se prestan a la chanza y a la confusión; e incluso las jocosas en sí mismas, las que sólo circulan como parte del folclor. “A mi marido. Su esposa con profundo agradecimiento” se lee sobre una tumba del cementerio de Guadalajara (México). “Necesité toda una vida para llegar hasta aquí”, dicen por ahí que exclama otra. “Pronto estaré contigo” un hombre escribió sobre el sepulcro de su esposa, al decir de los decires.
“Aquí ya no toses, Manolo” se lee en el grafito encimado de una tumba del cementerio de La Almudena en Madrid. “Aquí te espero” dicen que mandó escribir un hombre, sobre su tumba, antes de morir, seguramente dirigiéndose a su mujer. “Señor, recíbela con la misma alegría con la que te la enviamos” dicen que se lee en algún cementerio de la ciudad de México.
En España supe de un grafito que, sobre la puerta del cementerio de Badalona, en Cataluña, desafiaba a los propios muertos. Rezaba: “Levantaos, vagos, la tierra es para quien la trabaja”, y claro, al día siguiente fue borrado por el Ayuntamiento. “Descansa en paz hasta que volvamos a encontrarnos” dicen que se lee aún, sobre alguna losa, y alguien por ahí me confió que un grafitero escribió sobre el epitafio original de un médico: “Aquí yace uno por quien yacen muchos en este lugar”. Pero este sí me consta: se trata de una tumba doble en el cementerio de Montmartre ya referido. Ahí se lee: “Luisa Cornouville (1835-1867). Ven pronto a mi lado”, mientras que debajo de ella otra placa replica: “Vengo, vengo enseguida. Pedro de Saintclaire (1831-1906)”. Verídico. Por ésta. O las que siguen, de Salamanca, donde el propio sepulturero-jefe me dijo que hacía tiempo una mujer había ordenado labrar sobre el altar de su esposo: “Manuel: tu duermes en el suelo y yo en la cama. Que te den por culo y hasta mañana” y el otro, que, a su decir, aún se conserva, aunque mutilado: “Con el amor de tus hijos, menos Ricardo, quien no dio nada”.
Marbetes pícaros
¿Y qué no decir de los anuncios comerciales emparentados, atribuidos a algunas empresas funerarias?... “No corra. Lo esperamos” era la muletilla de la Funeraria La Equitativa de Medellín en Colombia, hasta hace poco. “Si su suegra es una joya, Funeraria Fernández tiene su estuche” fue un anuncio de fachada, muy conocido en La Habana, a finales de los años 30. “El cadáver es suyo. El entierro es nuestro. Garantizamos comodidad al difunto” es la traducción del anuncio de una funeraria en algún periódico de Lisboa y, “Funerales González... Aquí no nos pasamos de vivos con los muertos” fue una expresión registrada en la ciudad de México, durante los años cincuenta.
Cercanos a estos son tres letreros que Armando Jiménez registra en su Picardía Mexicana. “Maneje con cuidado porque el siguiente viaje puede ser para usted”, dice habérselo encontrado sobre la furgoneta de una florería; “Haste.un.lado.que.ai.va.tu.ddt”, se leía sobre la defensa de un balastrero, según su decir, y “Descúbrete al paso de tus hermanos muertos” afirma haber leído sobre el transporte de un rastro municipal. En otras palabras, anuncios tan dignos de encomio como los que en Chiapas se han visto detrás de ciertos camiones: “Todos al morir se estiran”. Chingón. O este otro: “¿Qué me velás si nostoi muerto?”.
Y ya encarrerado el ratón… pongo aquí los nombres conspicuos con que en Chiapas, pero también en otras partes del país, bautizan a los bares y cantinas próximas a los cementerios: “El último adiós”, “El último suspiro”, “El último estirón” y otros, lo que es verdad. Pues, sólo como un ejemplo, desde hace poco, frente a la entrada principal del cementerio de Tuxtla, sobre la fachada del restaurant Los Mariscos se lee: “Aquí se está mejor que en frente”, aunque a decir verdad, esta frase es del dominio público pues desde hace tiempo se conoce.
Refranes y adivinanzas
En cuanto a refranes también nos llevamos las palmas. Digo… refranes cuya intención es citar, advertir, e incluso burlarnos de la muerte; como hacen los del Museo de las Momias de Guanajuato, al colocar éste junto a alguna de sus calaveras: “Como te ves me vi, como me ves te verás”, o el vastamente conocido: “Boda (o velo) y mortaja, del cielo bajan”, y los demás, entrañablemente nuestros.
1. “De golosos y gorrones están llenos los panteones”, 2. “El muerto a la sepultura y el vivo a la travesura”, 3. “El muerto al foso y la viva al gozo”, 4. “El muerto al pozo y la vieja al gozo”, 5. “El muerto y el arrimado a los tres días apestan”, 6. “Era más grande el cajón que el muerto”, 7. “Era más chico el cajón que el difunto” y 8. “Para morirse, nacer y cagar, no se puede uno esperar”.
Y recuerdo un par de adivinanzas que de niños incorporamos a nuestros juegos: “Los que están adentro no pueden salir y los que están afuera no quieren entrar”, y respondía a las cansadas quien sabía: ¡El panteón! y… “El que lo hace lo hace para vender, el que lo compra no lo usa y el que lo usa no lo ve” y nuevamente venía la respuesta: ¡El cajonote del muerto! Y junto a estas también se encuentran expresiones que de vez en cuando se escuchan, algunas populares, otras no tanto, y las más de uso corriente.
Todas correctas, ejemplares del habla cotidiana, manifestaciones de nuestro ser e identidad sociocultural. ¿Quién no ha escuchado, por ejemplo: “¡Ay don Justino! Pobre... ya devolvió el equipo”?, o esta que recién escuché por ahí: “¿Quién?… ¿don Erasmo?… uuh ya tiene que colgó los tenis”. “Pobre hombre… ya estiró la pata” es una frase coloquial, lo mismo que la clásica reprimenda de las madres a sus hijos: “¡Seguí hablando, vas a ver! Ahí te va llevar la pelona (o la flaca)” y finalmente, otra que recuerdo, relacionada con el tipo envalentonado en la cantina, requerido por la autoridad, y sobre quien la gente decía: “A ese solo lo van a sacar con los pies por delante”.
Frases fijas y afamadas
Otras expresiones usuales que refieren difuntos, son las siguientes: “Le dieron chicharrón”, “Le dieron matarili y “Le dieron a beber agua”, eufemismos que encubren las palabras “homicidio” y “asesinato”. Lo mismo que “Primero muerto que cadáver”, “Cargar alguien con el muerto”, “Cayendo el muerto, soltando el llanto”, “Colgar alguien los tenis”, “Colgarle a alguien el muerto”, “Buscaba su suerte y encontró la muerte”, “Cayéndose cadáver” y muchas más.
Tantas y tan diversas expresiones, que se encuentran regularmente en las canciones mexicanas y de cualquier parte del mundo. Y ya no se diga en los textos de todos los ensayistas, poetas y escritores. “Cuando tengas ganas de morirte no alborotes tanto: muérete y ya”, escribió Jaime Sabines, al límite de la euforia.
Pero bueno, aunque “El hombre siempre muere antes de haber nacido por completo”, de acuerdo con Erich Fromm, cierto es que “Uno no se muere cuando debe, sino cuando puede” a decir de Gabriel García Márquez, pero sobre todo que… “Cuando se muere alguien que nos sueña, se muere una parte de nosotros”, tal como sentenciaba don Miguel de Unamuno. Queda asimismo ratificada mi coincidencia con lo que alguna vez escribió Octavio Paz, respecto de la singularísima opinión que en general nos merecen los muertos:
“La indiferencia del mexicano ante la muerte, se nutre de su indiferencia ante la vida” y… por si las moscas se pasean antes de tiempo, concluyo este ejercicio con las palabras de Woody Allen: “No es que tenga miedo de morirme. Es tan solo que no quiero estar allí cuando suceda”.
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