A José Luis Castro, cronista de Tuxtla.
Ayer domingo, tras varios meses de no bajar al Centro, nos animamos a visitarlo. Creíamos que con tanta alharaca gubernamental, cuando menos el primer cuadro de la ciudad estaría, si no impecable, digno de verse. Que podríamos estacionarnos. Que nos darían ganas de estar. Que podríamos caminar en paz y que, chance hasta un helado de zarzamora se derretiría con nosotros. Pero ¡Oh equivocación! ¡Infantil ingenuidad! Traspusimos el Libramiento Sur y tan sólo observamos, como nunca, una ciudad sucia y descuidada.
En el total abandono, a pesar de pagar para ella, nuestros impuestos puntuales. Por esta razón decidí escribir. Describir y relatar esta visita.
Para dejar constancia de estos tiempos —principios de la segunda década del siglo XXI—, época en que la infraestructura de la ciudad, como si fuese un traje, le ha quedado muy pequeña a la Tochtlán de los 750 u 800 mil habitantes. De cuando el tamaño de la nueva ciudad no se corresponde con el talante esmirriado de su Ayuntamiento.
Atravesamos pues, el centro de la ciudad de Sur a
Norte y era de tarde. Toda la calle central deslucía con sus hoyancos y
adoquines disparejos. Llegamos al renovado Mercado Nuevo, ahora con sus aceras
invadidas por los propios comerciantes, y algo más allá, en la esquina de 1ra.
Sur y 2da. Oriente, encontramos el antiguo Edificio de Oro del gobierno del
Estado, antes en obras, hoy absolutamente abandonado. Después
vimos, detrás del palacio del gobierno del Estado, rejas desencajadas,
herrumbrosas, y luego el antiguo Centro Social Francisco I. Madero, ahora sí,
mojoso y desvencijado; puertas y cristales rotos.Nuestra ciudad del ayer. Tuxtla Gutiérrez.
Avanzamos hacia el nor-oriente, y justo en la Avenida 3ra. Norte, junto al río Sabinal, toda cerrada en absoluto, sin observar por ello, detrás de las cercas provisionales, movimiento alguno de maquinaria u obras.
Continuamos hacia el entorno del Sabinal y todo devastado: desde la 5ta. Norte hacia la 3ra, las pequeñas zonas que alguna vez fueron ajardinadas, ahora las vimos convertidas en auténticos muladares; tiradero de borrachos, escombro y perros muertos. Regresamos hacia el sur, llegamos a la Plazuela de Santo Domingo y ahí, arriba, primero vimos una construcción formal, ilícita —expendio de tortas y fritangas—, y luego, toda la franja detrás del muro de la sentencia juarista (“Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”), hoy convertida en cochera de los curas del templo.
Quisimos atravesar la Avenida Central pero fue imposible. Las calles Primera y Segunda Poniente, al igual que la Segunda Avenida Sur están destruidas e intransitables. Sobre un anuncio se leía que ahora mismo se modernizan estas vialidades, mientras el policía de a pie nos indica que están cerradas y “no hay pa’cuando”.
Bien, entonces regresamos a la Plaza Central o Plaza Cívica, solo para constatar lo de antes o lo de siempre: que los pequeños jardines de las plazas, los de junto a la Catedral y los que rodean a los edificios estatal, federal y municipal, todos se han convertido en basureros y montarrales. La explanada frente al palacio del Gobierno se encuentra sin baldosas desde hace tiempo. Un toldo plástico de tercera cubre el balcón de este edificio y… aunque usted no lo crea: las cuatro antiguas preciosas fuentes, las que enmarcaban este rellano, hoy son pozas infestadas de zancudos, rodeadas de maleza y basura.
Tras breve recorrido entonces, preferimos desandar nuestros pasos. Subimos de vuelta al coche y, de nuevo a la Avenida Central, sólo que ahora de Oriente a Poniente, en donde encontramos, una vez más, el edificio que de tantos años en construcción se ha vuelto viejo. Me refiero al de la esquina de Avenida Central y Segunda Poniente, y más allá, trepados sobre varios edificios: espectaculares escarapelados o tan sólo esqueletos suyos, girones de lonas apishcaguadas.
Bordeamos al fin el Parque Jardín de la Marimba, éste sí, hermoso por los varios y diversos vestidos, blusas y faldas de las mujeres indias, pero… otra vez la maldición: gente incluso haciendo cola —niños, señoras, ancianos—, nada menos que para subirse a dos chatarras desvencijadas y peligrosas, verdaderos desechos: los flamantes autobuses turísticos de la ciudad.
Paramos tantito detrás de ellos y observamos —“pa’cabar de joder!”—, varias jardineras de la plaza, al nivel del piso: todas convertidas en charcas, criaderos de mosquitos. Blanqui de plano bufa y yo ya no insisto más. Ella misma dice que no. Que ¿qué hacemos aquí? Que vámonos mejor pa’rriba. A la Plaza del Sol o a la del Boulevard. Vamos callados todos pero mientras tanto alguien expresa lo que yo también mascullo: ¡Pobre Tuxtla! Te tienen como nunca. Ni una sola calle completa, ni una sola en buen estado. Y aquí terminaría la crónica, de no ser por “un casual”, como dicen los chiapacorceños, pues ocurre que al día siguiente, fui de nuevo al centro de la ciudad. Ahora por un trámite ante Hacienda y otro a la Universidad.
Desde el poniente y por la Primera Sur, voy derecho al estacionamiento subterráneo y no hay sorpresa ninguna; todo igual que siempre: sucio, polvoso y obscuro; como para escenas de espanto. Pero al salir, el atrio de la Presidencia Municipal, pordios que ahora lo encuentro peor que antes: atestado de retretes móviles, pipas y camiones repartidores de todo, y hasta coches estacionados debajo de las ceibas del parque. “Es que la viejitada está recibiendo su Amanecer” es la respuesta del policía de bigotes. Y sí, efectivamente, tras esto, junto al palacio del gobierno del Estado, dentro de un corral atoldado, provisto de sillas y templete —desde donde les echan rollos— las señoras y señores de “sesenta y más”, hacen cola para recibir del buen gobierno, sus $550 pesotes.
Más allá, debajo de los laureles de la explanada y sobre la Plaza de San Marcos, todo se veía lleno de vendedores ambulantes: boleros, periodiqueros, artesanías, bocadillos, fritangas diversas, y hasta un tipo que con la biblia en su mano grita: “¡Arrepiéntanse pecadores! Jehová-Dios toavía tiene un lugar para toos…”. Regresé, y ahora lo vi todo entero: acababan de desplegar sobre el edificio de la antigua Gran Vía, una lona gigantesca; frente a la fachada del propio palacio del gobierno. Leí sus letras negras y rojas:
En Chiapas los cristianos
propiciamos el cambio…
¡Con el poder del evangelio!
¡Gloria a Dios! Di no a la idolatría.
www.jesucristoesperanzasegura.org.mx
Y así, ya de regreso descubro dos perlas adicionales:
varios autos sobre la 1ra. Norte, junto al derruido Centro Social, se
estacionaban sin exhibir los tickets
del parquímetro y… los policías azules que sobre una pickup tomaban sus alimentos, arrojaban, de lo más orondos, toda su
basura a la calle. Luego cambié de lugar, pues como antes he anotado, debía
presentarme a una oficina del edificio Maciel. Llegué al estacionamiento del
antiguo Casino Municipal y, lo que por último vi y cuento, ya desde ahora me
hace reír, del mismo modo como hice frente a los uniformados: dos personas se
turnaban para entregarnos a los conductores, las papeletas, aquellas que de
todos modos dispensaba automáticamente la pluma electrónica de la entrada.
Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx
Permitimos divulgación, siempre que se mencione la fuente.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario