Para los dos Palacios
Hace más de siete años, cuando en diciembre de 1994 subí por primera vez al volcán Tacaná, el recorrido transcurrió por Tuxtla Chico, Cacahoatán, Santo Domingo, Unión Juárez, Talquián y Chiquihuites. Y hoy, cuando nuevamente hemos realizado el viaje, la verdad es que la vida de estos pueblos nos ha parecido increíble. Como si nada hubiera cambiado durante este tiempo, salvo los postes y bardas que ahora estaban inundadas de propaganda política. Notamos la reconstrucción de los puentes de Unión Juárez, y la disminución evidente de los bosques que pueblan el volcán. En algunos casos debido a incendios, y en otros a desmontes de los propios campesinos, necesitados como están de sobrevivir con sus cultivos de siglos.
En esa ocasión hice el viaje en compañía de un lugareño que me habían recomendado e hizo las veces de guía. Por la tarde de un viernes recorrimos el camino de Chiquihuites al “segundo campamento”, el de Papales, y al día siguiente, en una sola jornada agotadora y casi de película, llegamos a la cumbre, en donde, al igual que en los lugares más visibles del camino, encontramos pintas rojas que decían: ¡Viva el EZLN! y ¡Arriba Marcos y compañía! Fotografiamos la hazaña y regresamos a Chiquihuites. La travesía había dado inicio a las seis de la mañana y concluía con la oscuridad del paisaje y la claridad del cielo. Toda nuestra humanidad pedía a gritos el descanso, no llevábamos ya ni gota de agua y sentía los pies inflamados y desechos.
Campamento de Papales
Pero ahora el ascenso era diferente. Pleno y reposado; con risas, recuerdos y buena vibra. Y aunque no tardamos mucho tiempo, observamos con mayor detenimiento el paisaje: cómo se modificaba el clima conforme subíamos, la cautivante vegetación de la montaña y hasta las insignificantes flores y avecillas que de vez en cuando aparecían. Sentimos el transcurrir del tiempo, el canto de las aves y el susurro del viento. El trepidar de los bosques añosos, la humedad de la niebla de un lado a otro y la nubosidad perenne del gigante.
Íbamos en
familia. Me acompañaban Augusto César, Blanqui y Carmencita, razón ésta para
disfrutar a nuestras anchas el camino. El viaje se tardaría cuatro días y, por
fin, luego de mil despedidas marchamos. Eran las siete de la mañana y estábamos
en Tuxtla Chico. Una furgoneta nos llevó por la carretera más importante de la
región cafetalera y a las ocho quince estábamos almorzando en Chiquihuites,
luego de pasar por en medio de una olorosa y extensa huerta de manzanos,
entreverada con azucenas, jazmines y alcatraces. La camioneta que nos llevaba
se había descompuesto antes de llegar al centro del caserío, así que desde ahí
nos despedimos de los amigos y caminamos antes de lo previsto.
| © Belleza natural. Tacaná. 2014. |
—Ni modos, tío Toño. A regresar se ha dicho —dijo en voz alta Carmencita.
Pero no. No desandamos todo el camino. Algo se hizo para aprovechar lo que llevábamos de avance y cuatro horas después, cuando era la una de la tarde, estábamos en lo alto de un espinazo, desde donde se divisaba todo. Teníamos al frente el primer campamento tradicional, el de don Dámaso, pero continuamos, y un rato más tarde hacíamos tratos con una familia de campesinos asentada más arriba. Arreglamos la renta de un refugio fuera de lo común: reducido, muy bajito, piso de tierra y acolchonado con paja; techo de madera y muros de barro. Estábamos en el Campamento de Papales, de acuerdo con el plano de la Agencia, y nos disponíamos a descansar y a darle rienda suelta al apetito.
Don Tomás, el dueño del campamento, nos recibió con una olla de café caliente, frijoles negros caldosos, huevos estrellados, neblina y bruma intermitente, cabras montañesas y gallinas. Nos hizo entrar a su casa ennegrecida por el humo de los años. El techo hacía las veces de cocina, comedor, sala, taller y hasta dormitorio.
Cierto es sin embargo, que nos atendió con tristeza, pues de sus labios supimos que desde hacía un año su compañía e hija única, doña Inés ¾una mujer solterona y jovial de cuarenta años¾ ya no estaba más con él. La Pelona se la había llevado. A esa hora uno de los cobertizos grandes estaba a medias ocupado, aunque al anochecer, las dos estancias estaban repletas con los excursionistas que apenas llegaban; igual que el nuestro y el refugio de enfrente. Incluso un grupo de novatos llegó entrada la tarde, así que instalaron su casa de campaña por entre los matorrales del traspatio.
A quince pesos por persona, dirá usted que es buen negocio el hospedaje a ras del suelo, aunque no lo es tanto si nos detenemos un poco. Sólo durante dos períodos al año, la gente de Chiquihuites, Don Dámaso, Papales y la propia cima del volcán, recibe montañistas, caminantes, gente intrépida o familias alocadas como la nuestra.
La Semana Santa, en el mes de abril, pero sobretodo el “sábado de gloria”, se ha convertido en la fecha tradicional de encuentro para varias sociedades de paseantes y excursionistas de Guatemala, México y Centroamérica. Lo mismo ocurre con los días de Navidad y Año Nuevo, y sus fechas culminantes del veinticuatro y treinta y uno de diciembre. Por lo demás, estas familias que hasta aquí sobreviven, se dedican a cultivar maíz, “camotillos”, como le dicen a las papas, y algunas flores; a la crianza de marranos, gallinas y guajolotes, y a pastorear cabras monteses.
Cuatro pesos es
el precio de un café, veinte pesos el de un desayuno con frijoles, huevos, café
y tortillas; doce pesos vale el refresco embotellado, nueve la mexicana cerveza
Superior, diez la guatemalteca Gallo y, como el agua es escasa y se encuentra
lejos del campamento de Papales, ésta no se consigue ni con dinero. Debe
racionarse la que se lleva, o descender a una fosa intrincada y profunda para
rellenar los botellones y cantimploras.
Pero las fogatas, la comida que preparamos con sus brasas y la convivencia espontánea que tuvimos con los excursionistas desconocidos, fue el espectáculo más fregón y agasajador de toda la tarde y hasta entrada la noche. Aunque la leña seca se consigue en los alrededores, luego de alguna caminata y con el machete en ristre, el viejo don Tomás —el ermitaño de todos los tiempos, el “dueño” de estos lugares y del campamento en que estamos— se aprovisiona con tiempo. Sabe que más de alguno no querrá salir a la montaña para hacerse de broza y ramas, por lo que la vende a razón de tres leños por un peso. Aquellos suplen su flojera y don Tomás se hace de algún dinero.
Bellas y demonios solapados
Al día siguiente, muy de mañana reemprendimos la caminata por el rumbo de La Tranca. Llegamos después de tres horas a la zona del Cementerio de Pinos, alusión a un bosque de árboles secos en donde, en tiempo anterior, alguna plaga arrasó con la vegetación del paraje. De aquí subimos hasta el cráter antiguo, por la escarpada falda del volcán, luego de hora y media de escalamiento, resbalones y quejumbres. Reconocimos por el camino la zona propicia para campamentos provisionales de El Ombligo y Plan de Ardillas, lo mismo que la vereda que en esta zona se encuentra con el nuestro y viene de Guatemala: el camino de Sibinal, un pueblo oculto más abajo, por entre las montañas del otro lado del Tacaná, en el Departamento de San Marcos.
Es verdad y hay que reconocerlo: este último tramo estuvo de pelos y nos hizo sudar en serio. Nos caló hasta las coyunturas y los huesos, aunque al llegar a la hondonada que forma el antiguo cráter —coronado por una especie de muralla natural de rocas antiguas— nos sentimos como en un sueño. Ahí mismo junto al paraíso. Vimos ante nuestros ojos, a unos doscientos metros de altura, erguida y desafiante, nuestra meta: la cúspide de la montaña, las nubes y hasta el cielo.
Dos cosas extraordinarias he de decir, aunque usted no las crea: una, que en la concavidad del cráter nos encontramos con varios puestos de fritangas, refrescos, chucherías y hasta cervezas, regenteados por campesinos “cachucos”, como se le dice por acá a los oriundos de Guatemala, quienes a punta de mecapal o a lomo de mulas, traen hasta este paraje sus mercaderías, vendidas a precios de oro. Y la otra: que para nuestra maravilla y la de todos los montañistas, a esta altura, a los 3,900 metros sobre el nivel del mar, observamos una laguna de aguas turbias, serenas y muy frías, aunque en ella nadie se zambulle. Nadie se atreve a tomar una gota del líquido del estanque, pues la tradición se ha encargado de hacer creer a ambos lados de la frontera, que el depósito es fuente de encantamientos.
Que en las noches de luna llena, pero sobre todo en las temporadas de soledad total, cuando nadie acude al llamado de la montaña, mujeres bellas y demonios solapados, retozan y se regocijan en su lecho. Dicen que a ello se debe que por las mañanas sus aguas amanecen sucias y agitadas. Incluso, más de alguno dice haber visto huellas de pies descalzos de mujer e indicios de cascos de cabros machos.
Descansamos, pues, en el viejo cráter, sobre la primaria y amplia chimenea del volcán. Después continuamos el escalamiento por entre las rocas ígneas, negras y filosas del boquete más reciente: una especie de cono desprovisto de vegetación que concluye en la cima, entre cuyas aberturas, huecos y piedras, brotan pequeñas porciones de vapor con olor a azufre. Emanaciones que recuerdan las jediondeces del infierno, el tufo que identifica al mismísimo demonio, según cuentan quienes lo han visto de cerca y han conversado con él.
Tal vez media hora tardamos en ascender y dominar el tramo, aunque esta fue sin duda la caminata más dichosa y estimulante de todo el viaje. Habíamos dejado recomendadas las mochilas, de modo que partimos sin impedimentas, aunque eso sí: enchamarrados hasta el cuello y puestas las cachuchas o el sombrero. Fuimos provistos de gafas obscuras, largavistas y cámaras para tomar fotos.
Ya en la cúspide del volcán ¡La gloria! ¡La imagen más hermosa jamás vista por nuestros ojos! Por entre la niebla y las nubes que de abajo ascendían hacia nosotros, vimos como fantasmas de pronto aparecidos, una cruz metálica de gran tamaño y otras pequeñas, retorcidas, oxidadas, derruidas por el tiempo. Las mismas que seguramente desde el siglo antepasado otros caminantes, ladinos locales y viajeros extranjeros, clavaron ahí, como prueba explícita de su hazaña; monumento perecedero para quienes año tras año remontan los más de 4,090 metros de altura de nuestro volcán Tacaná.
Desde el profundo azul
Sólo las águilas
y algunos gavilanes han de disfrutar la visión amplia y profunda que obtuvimos
desde esta altura. Razón suficiente para ser éstas las criaturas más dichosas y
felices de la tierra. Las gaviotas no llegan hasta acá, no los buitres ni sus
parientes los zopilotes, así que los animales muertos y otras mortandades se
desperdician ante su ausencia. Tampoco pasan por aquí los aviones que van o
vienen de Centroamérica. Sus rutas comerciales pasan por la Costa y el Valle,
ante el temor de encontrarse con el gigante, escondido entre las nubes que lo
protegen. Las avionetas privadas y las de rutas domésticas, apenas remontan los
tres mil metros de altitud, como la que observamos allá a lo lejos,
insignificancia cuya refracción del sol nos deslumbra al medio día cuando vuela
por la línea de Cacahoatán.
Aparte de que hasta la fecha los eruditos no se ponen de acuerdo respecto de la altura máxima del Tacaná, diversas fuentes mencionan cantidades dispares que van desde los 4,060 a los 4,200 metros sobre el nivel del mar. Lo que sí aceptamos todos es que ésta es la más prominente de las montañas del sur de México, sólo a medias opacada, desde aquí, por el volcán Tajumulco, el coloso de Centroamérica, ubicado en el extremo noreste del Departamento de San Marcos, en Guatemala, cuya altura ha de ser cincuenta o cien metros mayor que la del Tacaná.
De frente hacia el este, esplendoroso y coronado por nubes blancas y oscuras veíamos al Tajumulco, acompañado seguramente por el Santa María. En el rumbo sureste podíamos distinguir las pequeñas imágenes de los pueblos y ciudades de Guatemala, en la frontera con México; hacia el sur, muy próxima se veía Tapachula, la “Perla del Soconusco”, y todas las ciudades y pueblos y carreteras que hacia el noroccidente se extienden por la costa del Pacífico.
Allá, como empequeñecida, se veía la Piedra de Huixtla, y hacia el norte se divisaban las montañas interminables de la Sierra Madre y la brecha que marca la frontera mexicana con Chapinlandia, en donde destaca el Cerro Niquivil por el rumbo de Motozintla. A lo lejos, hacia el rumbo sur, claramente se apreciaba el mar profundamente azul, a ratos confundido con el celeste del cielo, orlado con el blanco de sus olas, arenas y espumas.
Habíamos terminado con satisfacción la subida, habíamos vencido el cansancio de la escarpada, pero ahora se tendría que templar nuestra voluntad para preparar el descenso, en ocasiones mucho más difícil que trepar. Por ello a la una y media bajamos de la cúspide a la zona del tianguis, en donde pusimos en su punto la comida enlatada que cargábamos. Compramos dulces y cervezas, y rentamos un refugio parecido al de Papales aunque más reducido; reconfortante pero más caro. Ahora ya era más intenso el frío; estábamos cuando mucho a diez grados y las corrientes del aire fresco aullaban con toda su fuerza y gran estruendo.
Conseguimos leña para la fogata y algunas astillas de ocote, pues se hacía difícil encenderla. Y ahora sí, convivimos intensamente y a nuestras anchas con los montañistas que celebraban alguna confraternidad. Ellos pernoctarían al igual que nosotros sobre el volcán. Mientras tanto, y casi como en las artes de magia, apareció una guitarra entre las manos de un montañista. Era un joven que dijo venía desde San Salvador. La guitarra atrajo a todos y se hizo grande la ronda. Ahí conversamos, cantamos, asamos malvaviscos, atizamos el fuego y hasta nos convidaron un sorbo del tequila Cuervo que alguien, según se dijo, había llevado a cuestas desde Guadalajara.
Estábamos tan cansados los de la expedición familiar, incluyendo a Blanqui —abatidos y dignos de una foto—, que nos caíamos del sueño. Por ello a las siete de la noche cerramos la cueva artificial lo más herméticamente como pudimos y, aunque contamos chistes y algo conversamos, hasta las buenas noches se nos olvidó. Caímos privados como piedras, y dormimos a pierna suelta. Tarde despertamos al día siguiente y preparamos el viaje de regreso. Lo bueno es que ahora, ya sin la menor preocupación por los tiempos, marchamos desde el antiguo cráter hasta Papales, el campamento de don Tomás, tardándonos cuatro horas en el descenso, acompañados ahora por una banda de siete jóvenes, muchachas y adolescentes, quienes al llegar al campamento continuaron su camino. Tenían la intención de llegar casi de noche hasta Chiquihuites.
Con el corazón como un arete
Ya en el campo de don Tomás, hubo necesidad de compartir una de las casitas con dos grupos diferentes de alpinistas; unos venían de Retalhuleu —una ciudad en la frontera de Guatemala— y otros de Tapachula y Ciudad Hidalgo. Efectuamos las labores de rutina y al día siguiente, ahora sí, muy de mañana, emprendimos la segunda parte de la marcha, hasta Chiquihuites, donde los amigos de Tuxtla Chico irían por nosotros, no sin antes haber experimentado uno de los mayores sustos de nuestra vida.
Tan rápido avanzaron Carmencita y Augusto César, que al llegar a la bifurcación conocida como El Cruce, Blanqui y yo, no supimos la vía que habían tomado para descender al arroyo de Las Hortensias. Los perdimos y ni un alma encontramos por el camino para preguntarle.
No obstante que durante los días anteriores fue permanente el encuentro de quienes iban en sentido contrario, ahora nadie aparecía por la vereda para pedirle información. Gritamos y gritamos para que se detuvieran, y como por el rumbo del camino del Paso del Gato creímos haber escuchado alguna contestación, emprendimos por ahí la bajada, que además de empinada y difícil, tenía tramos de veras infranqueables. Con el corazón como un arete —nerviosos y agitados—, terminamos la travesía del Paso, aunque nunca alcanzamos a los cabrones sobresalidos. Esperamos en un encuentro de caminos alguna noticia sobre ellos, sin ningún resultado.
Gritamos como condenados hasta quedar afónicos y, finalmente, al azar, como rogando a Dios encontrarlos, decidimos continuar hacia Las Hortensias y Chiquihuites, pensando en que de plano se habían adelantado.
Apresuré el paso, mientras Blanqui resolvió esperar un poco —tanto por su pena como por el cansancio—, alcancé por fin a algunos caminantes que descendían, quienes sin embargo nada pudieron contestar a mis preguntas. Al poco tiempo llegué al punto de partida, sin encontrarme con los muchachos. Los montañistas que descansaban en la plaza, o para mejor decir, en la cancha de básquet y voleibol de la comunidad, habían bajado desde hacía una hora. Nadie había visto a nuestros hijos y mientras tanto, ahora sí me invadía la aflicción. Y es que no era para menos ¿Y si algo les hubiese ocurrido?
Sin embargo, cuando inicié de nuevo el ascenso, como habíamos acordado previamente mi mujer y yo, en compañía de un montañista joven y al parecer experimentado —él se había ofrecido a desandar el camino conmigo, para ir en busca de los perdidos— ¡Oh fortuna! Blanqui y los demonios desaparecidos se mostraron en la cima del primer farallón, gritando como desesperados: “papaaa, papiii. ¡Aquí estamooos! ¡Ya llegamooos!”. Desde hacía rato habían dado alcance a doña Blanqui, se habían mutuamente tranquilizado y hasta unos ramos de preciosas hortensias atornasoladas traían entre las manos. Cuatro horas aproximadamente habíamos consumido en el descenso desde Papales, la mayor parte de ellas con el alma en un hilo.
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