Recién hace unos días, en la farmacia veterinaria de la descendiente más afanosa, empoderada y conspicua de don Jaime Coutiño Velasco y doña Hersilia Ruiz Narcía, me encontré nada menos que con una estampa memorial, médica, de mi infancia: la Pomada de la Tía. Ello mientras miraba y remiraba los estantes, para ver qué más hacía falta a Vesta, Bobby y en general al Aguaje. Creo no había vuelto a ver el ungüento jamás, desde mi salida de La Concordia en 1972, a raíz de mi viaje a Tuxtla Gutiérrez, para los estudios de Secundaria.
Que ¿quién es o fue don Jaime? El señorón aquel, frailescano, pionero de las plantaciones algodoneras de Los Cuxtepeques, presidente municipal de La Concordia a principios de los años sesenta, padre de mis más o menos contemporáneos Maluye y Luis Enrique, el mismo Quique Coutiño con quien estudié la Secundaria en el colegio La Salle, y Juan Carlos, su hermano, algo más pequeño. Fue, si no el fundador, el mejor dirigente que haya tenido la Unión Ganadera Regional de Chiapas, a principios de los ochenta, y de la veterinaria que… hoy no recuerdo su nombre, pero bien sé que se ha convertido en una especie de franquicia para todo Chiapas.Mientras que Vesta y Bobby son los rottweilers hembra y macho que siempre hemos tenido en El Aguaje, desde el 2000, cinco años antes de irnos a vivir allá.
| © Pomada de la Tía, a sus 100 años. Dominio público(2016). |
Y bien, junto con las vacunas, pedí la pomada susodicha, la más grande, pues nítidamente la recuerdo así, grandota, aunque el precio me hizo dudar. ¿Ciento cincuenta pesos? ¿A pesar de ser para borregos, caballos y vacas? ―Sí señor ―respondió el veterinario―. Lo que pasa es que es un producto de buena calidad y no falla. No falla nunca. ―No. Si la conozco sobradamente desde pequeño ―dije al dependiente―, sólo que por lo visto, nunca tuve conciencia de su precio.
Y esto va a cuento, amigos, pues de niño, creía que la pomada se llamaba “Pomada de Latía”, pues entre tanto letrerío indescifrable, nunca di con su verdadero nombre y entonces… imaginaba que la palabra “latía” hacía referencia a la lata, es decir, a la “latía”, latita o envase de hojalata en la que la pomada se contenía y se contiene hasta la fecha. Aunque… al tenerla entre mis manos y sentir su aroma fétido, también va a cuento por acordarme de todos los demás ungüentos y mixturas, regularmente dispuestas en cajitas y tubos de metal: Vitacilina, 666, Vaporub, Menthol, Mentholatum, Pomada de la Vaquita, Pomada de la Campana, Bálsamo Blanco, Reomatolum ―la amarilla del viejito provisto de bastón―, el más moderno Iodex, y hasta el famoso Bálsamo del Tigre, de caja chiquitilla, vendida por los bayunqueros chapines.
¿Quién no recuerda incluso, que a falta de estos menjurjes de farmacia, en casa nos “curaban” con cebo de res, petróleo, vaselina y mil hojitas sobre el pecho, la espalda, o junto a las partes mallugadas?
Pero la razón sin duda más importante, de traer a colación la famosa, famosísima Pomada de la Tía, es el hecho de que mis padres, al igual que algunos parientes, usaban el ungüento para curarse casi todo. Con él, a los pequeños nos atendían raspones, heridas, contusiones, inflamaciones, torceduras, moretones y esguinces. Ellos se lo ponían para calmar dolores musculares, cuando se golpeaban, o habían hecho algún esfuerzo extraordinario, aunque… bien recuerdo que lo que más me perturbaba, era que mi madre se lo untaba sobre la panza y el vientre, durante sus embarazos. Y después también, tras sus partos, pues supe de los tres últimos, al ser yo el más grande de sus ocho hijos. E incluso perfecto recuerdo cómo la abuela Mariantonia se aplicaba el linimento sobre muñecas, rodillas y tobillos, para calmar sus dolores reumáticos.
La compré entonces, amigos, la llevé a casa, la estamos usando y, efectivamente, la misma sensación de calor, calma y alivio hemos sentido ante alguna torcedura. Igual que en los años de mi niñez. Y ahora comprendo perfectamente su poder “rubefaciente”, pues, al generar calor sobre el músculo adolorido, relaja su tensión, baja la inflamación y entonces elimina la dolencia… incluso en las articulaciones, como en los casos del reuma. Y, no es que la mixtura fuese prodigiosa o fuera de lo común, sino que ocurría y ocurre con ella algo absolutamente lógico: que al ser formulado para animales, el ungüento alivia pronto a las personas, pues desde su invención fue hecho para masas corpóreas más grandes y robustas que las de los cuerpos humanos.
Ahora entiendo, por la misma razón, cómo “recoge” y tensiona los tejidos, e incluso atenúa las estrías provocadas por el embarazo, en el vientre de las mujeres, y cómo hay gente que incrementa la reducción de sus lonjas, aplicándosela sobre ellas, aunque exclusivamente antes de acometer sus rutinas; antes de su ejercitamiento físico y sudar la gota gorda. Y sé adicionalmente ahora, con la ayuda de los veterinarios, que los mismos efectos producen otros linimentos diseñados para el ganado: Bamitol, Mamithol y Mamisán.
Finalmente, nuestra pomada del recuerdo, sigue siendo la mejor desde hace más de 100 años. La noble aliada de los primeros auxilios en nuestros hogares, de acuerdo con lo que se lee sobre su lata; aunque bien es cierto que no descubre a ciencia cierta, todos sus componentes, pues apenas señala dos: “Allium sativum” y “estracto de Aloe vera”; ajo y sábila nada más, para decirlo en corto, aunque nadie se lo cree.
Reza asimismo sobre la lata, tres asuntos substanciales: 1. Que el ungüento es “desinflamatorio, antiséptico y cicatrizante de uso tópico para bovinos, equinos, caprinos, porcinos, caninos, felinos y aves”. 2. Que “se emplea como auxiliar en inflamaciones causadas por contusiones y en heridas leves, evitando la contaminación bacteriana. Y como promotor de la cicatrización”.
3. Que su forma de uso es la siguiente: “efectuar una adecuada limpieza de la zona afectada y aplicar libremente el producto, dando un ligero masaje, si se considera necesario”. 4. Indica también que debe “cubrirse la zona con un apósito limpio, para evitar pérdida del producto o que éste pueda ser ingerido por el animal” y, finalmente, 5. Que el “producto no [es] tóxico, [y es] elaborado con ingredientes activos de origen natural, [mismos] que no dañan al paciente ni al medio ambiente”.
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