Pensando en
Walda y Elsamaría.
Hoy por primera vez, defino antes que nada el título de esta crónica y
luego continúo, pues sé lo que debo hacer: relatar las anécdotas pendientes,
relativas a mi particular experiencia como lector; no escritas por falta de
tiempo y espacio, hace meses, cuando escribí el texto titulado “Leer. Nuestro
primer placer”. Esto es entonces, la segunda parte de una recordación florida
pero inconclusa. Mi experiencia casual ligada a los libros. De modo que hoy
debo rememorar… ubicarme en los inicios de la Secundaria, cuando aquello,
siendo un internado ―es decir, a
pesar de ello―, dispone esa institución de un rincón más bien deshabitado y, aunque es
pequeño, hay libros, muchos libros y le llaman
Bi-blio-te-ca
Hay obras reconocibles, libros admirables, tomos gruesos, obscuros; pero
hay también enciclopedias (verdes, rojas, blancas), libros de conocimiento
general, religión, artes e historia. La colección casi completa de los excelsos
monográficos de Time Life y algo
particularmente festivo: la serie completa de los clásicos juveniles de Editorial
Bruguera. Más de alguno ha de recordarlos: baratos según se veía, pero de empastados
finos, letras grandes e ilustraciones memorables.
Cuánta ilusión aprendí durante esos días, meses o quizá años, al pasar por
mis ojos y mis dedos, una a una, las páginas de Emilio
Salgari, Julio
Verne, Alejandro Dumas, Mark Twain y esas
sus inverosímiles y al mismo tiempo evidentes y asombrosas historias. Me viene
a la mente Moby Dick, La isla del tesoro, Viaje a la luna, Ben Hur,
Las mil y una noches,
Sandokán, La vuelta al
mundo en ochenta días y tantas otras.
Y una segunda historia es la de mi primera lectura del ingenioso hidalgo don Quijote; grandioso,
insignificante y muy humano. La novela-ensueño del propio caballero, su
Rocinante, Sancho y su bien amada, aunque fantástica Dulcinea. La híper-fábula
de sus viajes y comilonas, de sus valentías, discursos y fantasmas. Toda aderezada
y algo sintética (según descubrí después), en aquella versión enorme, de tapas
duras, preciosamente ilustrada con los grabados de Gustave Doré. O la historia
de mi primera heredad libresca: probablemente ejemplar de la primera edición de
Los de abajo de Mariano Azuela, toda
raída y con sus pastas rotas.
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| © Librostextos. Cruz
Coutiño, Antonio. TGZ, c2013 |
Recuerdo esto como si fuese ahora: sin ¡Agua va!, un sábado a medio día,
a todos nos llamaron al dormitorio. El capellán, capitán o como se llamara,
había separado los jergones de los camastros y, naturalmente, había descubierto
nuestros tesoros: postales, cartas, fotografías, cigarros, cómics, afiches
pornográficos, naipes, navajas; una licorera de Ron Palmas (vacía), ejemplares
del Libro Vaquero, eso y más.
A todos se nos impuso castigos, a todos se nos
informó que quedaban requisados nuestros “bienes”, pero… fui el único ―eso supongo y lo expreso con orgullo―, a quien muy
pronto llamaron a la Rectoría.
El padre rector blandía mi librito ajado. Se tiró un rollo sobre lo
permisible y lo incorrecto, sobre la madurez y mi adolescencia y, al final, por
increíble que parezca, me felicitó. Me devolvió el texto y hasta me dijo de
corrido todos los títulos del tal Azuela. Te voy a devolver el libro, me dijo,
con una condición: fuera de los libros de la biblioteca, cualquier libro o
revista que desees leer, primero me consultas. Este libro aún no es para tu
edad, Azuela fue un quemasantos, pero está bien. Yo sé que puedes con él y… ¡Adelante!
Pordios que toda mi naturaleza no cabía en mí. Hoy lo recuerdo y siento
nostalgia, pero a consecuencia de ello, muy pronto ―ahora sí, bajo la autorización del rector― leí Los bandidos de Río Frío, un clásico de
la literatura nuestra, aunque… me trae mejores recuerdos una de mis primeras
lecturas “difíciles”. Fue a finales del primer año de Prepa, o a inicios del
segundo. Entre los pensionados en casa de la tía Carlota, yo era el único que poseía
librero: una caja de tomates vuelta hacia la pared, otra encima, de frente,
ocupada por quince o veinte libros, y encima mis cuadernos y apuntes. Eso era
todo.
Ya sabía de García Márquez, y en cuanto pude, compré de segunda mano Cien Años de Soledad. Debo reconocerlo:
había leído tan poco que no podía con semejante reto. No avanzaba. Releía,
regresaba a buscar al sujeto, a alguno de los innumerables Buendía, y al final
terminé a duras penas, aunque no quedé satisfecho. Recuerdo que me
entusiasmaban las conversaciones, los giros del lenguaje. Construí la geografía
de Macondo y sus alrededores, pero… nunca logré comprender genealogías y
generaciones. Hasta que varios años después releí el texto con fruición.
Ya en Sxbal (San Cristóbal de Las Casas, para los desinformados) fue otra cosa. Fui
a dar a una pensión en donde conocían de libros, vivían profesores, un abogado
y… las universidades de cualquier modo, han inducido siempre a la lectura.
Fue durante alguno de los primeros días sin clases. Fui al centro, pasé
a El Recoveco ―una de las librerías en boga―, compré la etnobiografía de Juan
Pérez Jolote, sirvieron la comida en la pensión y desde ahí comencé a leer.
Me fui a la habitación y seguí leyendo, llamaron a la cena y seguí, continué la
lectura toda la noche, me paré a desayunar y, al fin cuando era medio día del
día siguiente, había terminado el libro. No creo que eso haya sido ninguna hazaña,
pero en mis circunstancias, eso fue una verdadera aventura: por primera vez sabía
que era posible leer de corrido un libro, de principio a fin, y ello tan sólo
por el placer de la lectura misma, por el gusto de encontrarle el fin.
Meses después vino el episodio de Franz Kafka. Un despropósito. Compré El Proceso sin saber previamente de la
novela, sino tan sólo que Kafka reinventaba en ella la literatura moderna, y
ahí voy. Comencé a leer y a leer, y nada. Avanzaba lentamente, complicadísima.
Y cuando a las cansadas llegué a la página setenta y tantas, desistí. Aún la
conservo. Eran 254 páginas, letras pequeñas, número 18 de la colección Obras
Maestras del Siglo XX, coedición de Origen y
Seix Barral. Cuando por fin reinicié su lectura
―ahora sí, algo entrenado pues había leído del mismo
autor, Cartas al Padre y Metamorfosis―, ahora veía luz en donde antes sólo observaba oscuridad y sombras, y aun
así, su conclusión implicó un desafío. Comprendí por fin la maraña y el caos de
la ley y la injusticia en que se ve inmerso Josef K, el ejecutivo bancario; la intención
político-anarquista del autor y su orientación filosófico-existencialista.
Finalmente, vale traer a la memoria mi gusto por la biblia. Mi inicial Nuevo
Testamento fue obsequio de fin de año al terminar la Primaria. Adquirí a los
trece años mi primera biblia formal, la clásica versión Nácar
Colunga (papel
cebolla, 1700 páginas e ilustraciones intercaladas), me entretuve por algún
tiempo en la vieja Biblia Guadalupana provista de figuras artísticas, y mi
última adquisición fue la Biblia Latinoamericana Letra Grande ―que así es su nombre―, integrada por 1982 páginas, ilustrada, magnífica, amena, didáctica. La
mejor biblia entre las que conozco.
Pero ¿y en dónde la importancia de esta experiencia? En que por fortuna,
con la ayuda de los textos de Rius ―el
filósofo y caricaturista mexicano Eduardo del Río―, muy pronto descubrí en esta obra egregia: historia, geografía, derecho,
etnografía, mitología, viajes, poesía, crónicas, cartas, antiguas
civilizaciones, poligamia, endogamia, homosexualismo y, durante el tiempo en
que todos creímos en ovnis, llegué a encontrar en la mismísima biblia,
evidencias… así como lo escribo, e-vi-den-cias de la visita de seres y
artilugios extraterrestres, en los tiempos del antiguo testamento.
Y ahora recuerdo la grata experiencia de otro texto que marcó mi gusto
por la lectura y las viñetas e ilustraciones: el Compendio de Historia Sagrada, libro de tapas duras, típico de los colegios
mexicanos de los años sesenta, aunque aquí termino esta evocación, no sin antes
apuntar lo siguiente: que leer acarrea una ventaja adicional a sus practicantes.
Les permite escribir con cierta corrección, pero sobretodo sin faltas de
ortografía. Es más, ellos como en este momento yo o quien escriba, no tenemos
necesidad de memorizar tediosas reglas, preceptos, sintaxis ni gramáticas.
Escribimos sencillamente porque sí, y en cuanto algo escribimos mal, lo advertimos.
Nos sentimos incómodos ante tal textura o disposición. Pronto reescribimos el
vocablo hasta hacerlo coincidir con la forma
que tenemos mil veces vista y leída, grabada en la memoria. Tal como hace el
corrector automático de Word, siempre que no se le haya contaminado.
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