Recuerdo el collar de perlas de mi madre y de él su reloj suizo y su esclava de plata con incrustaciones de oro. El muro principal de la casa que habitamos por primera vez, estaba todo pintado con dibujos alegóricos: un leopardo yacía sobre el piso, ensangrentado, mientras un guerrero negro, sudoroso y casi desnudo se disponía a descargar su lanza contra el león que se abalanzaba desde el peñasco de enfrente.
Muy pronto tuve andadera con doble línea de cascabeles y esferas multicolores, y algo después un cochecito de hojalata, verde, rojo y amarillo; con pedales y volante como los de a deveras. Mi nana alguna vez dijo que nací con mechoncitos de pelo aquí y allá, porque en el avión que me trajeron, venía confundido con los polluelos de una caja. Que una gallina, dándome picotazos en la cabeza, quería deshacerse de mí por mirarme extraño.
La abuela Mariantonia, doña María Antonia Cristiani Coutiño, me confió también, que un día estuve a punto de envenenarme: que en el más absoluto sigilo entré a la recámara ―tan sólo dibujada por un biombo de popelina estampada―, me acerqué como pude a la mesita de noche, tomé el frasquito de las “píldoras de vida” de un tal Dr. Rosemblauth, abrí la tapa quién sabe cómo, y me eché todas las pastillas a la boca. Todavía me acuerdo de lo dulces que eran, chiquitinas y rosadas.
Pero la siguiente casa que recuerdo era algo más grande. Estaba en la esquina de la última calle de la pequeña ciudad, viendo hacia las barrancas, el lajerío y los higos y amates que bordeaban el camino, rumbo al río.
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© Chinita linda. Ciudad de Guangdong,
China. 2013. |
Desde las banquetas altas que la rodeaban, perfectamente veía el paisaje cercano: la casa del Chato, Romeo y Roselia, la panadera de las semitas más deliciosas; las pilas gigantescas de cantos rodados que servirían para empedrar la calle, y el traspatio sombrío de don Ciro Arrazola, siempre flanqueado por dos inmensos guanacastes, a veces lleno de ganado. Veía también, la avenida enfangada y pedregosa que venía del poniente, la casa de adobes desnudos, recién construida por aquel señor de apellido gracioso: ma-rro-quín, como entre “marro” y “botiquín” pensaba, o barbiquín. El fierro que usaba en su carpintería el tío Armando, con el que producía para nosotros, virutas enrolladas y caracolillos.
Y después, en lo alto de esa especie de anfiteatro, divisaba al fondo las casitas pequeñas de bajaré, de doña Luz y doña Chonita, a quienes mi madre encomendaba lavar o planchar la ropa.
Pero lo más hermoso estaba junto al tendedero, por el lado de la calle y hacia el oriente. En la casa de plataforma alta, la única con peldaños exteriores que recuerdo, toda embaldosada con ladrillos rojos. De tras de ella había un frondoso naranjillo ―de los que en Tuxtla Gutiérrez nombran “nambimbos”― y al frente un patio: una pequeña explanada de tierra firme, limpia y amarilla, con una troje o cobertizo, un limonero cuyas ramas daban al suelo, y luego la carita de nuestros vecinos. La pecosa Regina, el Toño semidesnudo y Maruja, la más pequeña. Ella habitaba ahí, en esa casa de encanto y era un hada. Una princesa. Sus damas de honor se llamaban Raquel y Gladys, y los reyes, sus padres, don Raúl García y doña Mercedes López.
En una ocasión, ambos sobre la acera encumbrada, ella con sus tobilleras y zapatos rosas, y yo con mis botas nuevas y negras ―perfecto las recuerdo, elaboradas por las manos del zapatero don Lindoro Vleschoweer― disfrutamos el paso de los militares garbosos, con sus galones y charreteras, cornos y tambores, fusiles con bayonetas.
Tocaban algún redoble y serpenteaban como el camino. Tal vez era algún desfile militar o salían de campaña tras los delincuentes que merodeaban allende el río, rumbo a las milpas y montañas del Chachalaquero. Yo jugaba con sus manos… con el encaje y los listones de su vestido.
Sonreíamos de cara al viento… cuando ella acercó sus labios y me regaló aquel beso. Fresquecito y diáfano mi primer beso.
Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx
Permitimos divulgación, siempre que se mencione la fuente.
Y después, en lo alto de esa especie de anfiteatro, divisaba al fondo las casitas pequeñas de bajaré, de doña Luz y doña Chonita, a quienes mi madre encomendaba lavar o planchar la ropa.
Pero lo más hermoso estaba junto al tendedero, por el lado de la calle y hacia el oriente. En la casa de plataforma alta, la única con peldaños exteriores que recuerdo, toda embaldosada con ladrillos rojos. De tras de ella había un frondoso naranjillo ―de los que en Tuxtla Gutiérrez nombran “nambimbos”― y al frente un patio: una pequeña explanada de tierra firme, limpia y amarilla, con una troje o cobertizo, un limonero cuyas ramas daban al suelo, y luego la carita de nuestros vecinos. La pecosa Regina, el Toño semidesnudo y Maruja, la más pequeña. Ella habitaba ahí, en esa casa de encanto y era un hada. Una princesa. Sus damas de honor se llamaban Raquel y Gladys, y los reyes, sus padres, don Raúl García y doña Mercedes López.
En una ocasión, ambos sobre la acera encumbrada, ella con sus tobilleras y zapatos rosas, y yo con mis botas nuevas y negras ―perfecto las recuerdo, elaboradas por las manos del zapatero don Lindoro Vleschoweer― disfrutamos el paso de los militares garbosos, con sus galones y charreteras, cornos y tambores, fusiles con bayonetas.
Tocaban algún redoble y serpenteaban como el camino. Tal vez era algún desfile militar o salían de campaña tras los delincuentes que merodeaban allende el río, rumbo a las milpas y montañas del Chachalaquero. Yo jugaba con sus manos… con el encaje y los listones de su vestido.
Sonreíamos de cara al viento… cuando ella acercó sus labios y me regaló aquel beso. Fresquecito y diáfano mi primer beso.
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