Pensando en Víctor M. Esponda Jimeno.
Así que recuerdo perfectamente El Limoncito de finales de los años setenta, el mismo que después frecuenté desde mediados de los ochenta y algo más, aunque luego de esa etapa no lo he vuelto a visitar jamás, como no ha ocurrido nunca en mi relación con estos sagrados lugares.
Era el año 1990 o 1991. César Antonio mi hijo, tenía cuatro o cinco años, El Limoncito ahora se llamaba formalmente Las Laminitas, y ahí tomábamos en familia nuestras chelas —sangría de Peñafiel para César—, tranquilos y hasta quitados de la pena. Disfrutábamos una “orden de costillas fritas” cuando César, con repugnancia sacó de su boca el trozo que masticaba y exclamó: ¡Mami, esto no sirve! ¡Está descompuesto! Quitamos lo que aún tenía en la boca, apartamos su plato, probamos piezas diferentes y, aunque la mayor parte estaba bien, dimos con un trozo que, efectivamente, tal como había detectado César, estaba rancio, echado a perder.
Llamamos al mesero, le explicamos lo sucedido y pedimos que se llevara todo lo que había sobre la mesa. Que sustituyeran el platillo por otro en buen estado. Fue, vino y volvió.
Mandaron a decir los dueños, que eso era imposible. Que la orden de alimentos estaba “manoseada”; que no nos la podían cambiar. Así que nos enojamos esa tarde, razón por la que decidimos abandonar el lugar. Nos paramos, pasamos a la barra, pagamos exclusivamente las bebidas que se habían consumido y, en voz alta, dije que, aunque este era uno de nuestros lugares preferidos… que, aunque esto no nos había ocurrido antes en ningún lugar, nunca jamás volveríamos a pisar El Limoncito; por mezclar botanas en buen estado con echadas a perder, pero, sobre todo, por no sustituirlas y no reconocer su tontería. Palabra que he honrado hasta la fecha y pienso cumplir hasta el final.
Claro. Esto no quita mis anteriores recuerdos gratos, ni obliga a nadie a despotricar contra nadie, ni a prejuzgar por cosas idas. Así que... volvamos al relato. A finales de los setenta, El Limoncito, hoy Las Laminitas, era un simple bar ordinario e incluso clandestino. Con almendros y un pequeño jardín al frente, puerta falsa y entrada larga y reducida, más parecida a una manga de ganado que entrada al bar. Luego había un descanso, después una puerta reducida, luego a la derecha la cocina y la barra, y a la izquierda una pequeña “área exclusiva”, la de las nenas de minifaldas (aunque a veces señoras), que por una cerveza y un guiño nos acompañaban a la mesa.
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| © Con Itzel Grajales, la famosa Coqui. Dominio público. TGZ, c2018 |
Luego estaba la galera formal de láminas de zinc, que hacía las veces de salón. Frente a él había un patio pequeño, a medias ajardinado, y al centro el limoncito; un árbol pequeño de limón, de donde el sitio toma su primer nombre. Y al frente, junto a la barra, estaba el orinal de batea o media caña, siempre repleto de cáscaras de limón. El salón tenía ocho o diez mesas de cantina (70 por 70, madera de encino), ofrecían las cervezas Sol, XX, Superior y Bohemia —todas de la Cervecería Moctezuma—, y las botanas que recuerdo, se servían con el precio incluido en el de las cervezas: costillita, tostadas turulas, carraca, consomé de mariscos o algo así, trocitos de queso fresco, cacahuates limpios y enchilados, y la infaltable porción de tostadas y tortillas suaves.
Eran ricas las helodias, precisamente por servirlas frías, deliciosos los platillos, buena la música mexicana y el rock de moda, pero sobretodo… La atracción del bar para nosotros —el centro de nuestro desmadre— era Jorge o Coqui, La Coqui o La Coca, el camarero del bar, un tipo homosexual de nuestra edad: 17 o 19 años. Se entusiasmaba con nosotros, le llevábamos la corriente, más de alguno se animaba a cortejarlo, regularmente había una ronda gratuita de su parte, en más de una ocasión desabrochó el pantalón de alguien y hasta… ¡Quién sabe! Nunca se supo entre nosotros, si alguien se habría visto en privado con él.
Lo cierto es que era un tipo elegante, respetuoso, coqueto a más no poder; absolutamente desinhibido. Usaba pantalones blancos, verdes y amarillos, ajustados a las piernas; blusas jarochas, floreadas y atadas a la cintura. Se rizaba el cabello, se depilaba y arreglaba tanto, que entre la clientela provocaba risa. Supongo que el lugar fue rebautizado Las Laminitas (aunque es probable que siempre haya mantenido ambos nombres), debido a las pobrezas del sitio, a las láminas metálicas del techo, algunas nuevas y otras corroídas.
Los bebederos que a finales de los años setenta la circundaban, eran, si no mal recuerdo: El Andariego, El Abajeño, El Tubazo (en su dirección original), la cantina de la Lety y El Chapiro.
En una ocasión al terminar, ahí donde iniciaba el pasillo o túnel de la salida, adelante de nosotros iba un tipo en verdad borracho. Se detuvo al inicio, estiró los brazos y… justo cuando iniciaba el recorrido, alguien de la banda le dio un empellón. Se fue revirando de pared a pared, empujó la puerta y… de bruces cayó sobre la banqueta. Se volteó como pudo y a medias lenguas nos la cantó: ¡Anda jijos de sus chingada madre! ¡Muchachitos vergas! ¡Con Diosito lo van a pagar!
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1 comentario:
Hermosos recuerdos y buena crónica .
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