lunes, 9 de julio de 2018

Chores y Comparsas del Carnaval

En mi anterior colaboración, amigos, hice referencia a las horas mágicas, a las primeras horas del primer día del carnaval coiteco. Y fue tal la emoción que sentí, mientras escribía la crónica, que quise expresar esto y no pude:

¡Verdad de Dios que una maravilla he visto!
© Carnavaleros alegres. Ocozocoautla, Chiapas (2011).
Una de las mil maravillas que seguramente practicaron las civilizaciones mesoamericanas de este rumbo, antes, mucho antes de los españoles. Así que ahora prosigo con la descripción de lo que ocurre en el Cohuiná de San Bernabé, en donde el contingente del David por fin llega a la casa de las madrinas, ahora un par de señoras hermanas, grandes, ladinas.Repiten la ceremonia y la danza.
Las compañías cargan el somé de rigor, los “prestados” trasladan en andas a las madrinas, las “correlonas” llevan en sus brazos las flores y verduras aportadas y, como ahora cuatro chores se han incorporado al contingente, ellos al entrar a las carpas del Cohuiná, radiantes y ruidosos danzan en semicírculos, atrás y adelante, al compás de la marimba y de esos viejos sones que han de venir de antaño.



Pero continúa la fiesta. La “acarreadera” de principales, la atención a los invitados y vecinos, las visitas al altar y al santo, las batallas callejeras entre séquitos de cohuinás diferentes, la quema de gruesas de cuetes que estallan en el cielo y la misma mecánica: quienes cooperan son agasajados con chocolate, panecillos, puxinús y ponsoquís, aunque ahora hay gente que va al recinto y luego busca un asiento bajo las carpas de la calle. Ha de ser porque está más alegre allá, en donde los expendios de caguamas ya tienen clientes y las ventas de chucherías se multiplican.


A los cargadores se les nota el cansancio, sudan y acezan. Las correlonas, sin embargo, andan tan enfiestadas que ya apresuran al Mayordomo para recibir el nuevo pedido de visita y traslado. Los escanciadores, aquí y allá, reparten licores y curaditos, pero sobre todo a los Chores, esa especie de comparsas, hombres revestidos de mujer, que con dificultad descubren sus bocas para ingerir un poco de aguardiente. Otro niño vestido y entrenado para fungir como David, reemplaza ahora al más pequeño, pues este se ha cansado, mientras le cede sus remedos de ballesta y onda.



Cada vez son más los chores enormes y también pequeños y, aunque se observan varios leales a la tradición —se nota en la autenticidad de sus máscaras, en sus vestidos y accesorios artesanales— son más los que, aunque portan antifaces de “la costumbre”, sus vestidos modernos y sofisticados los delatan. Son más quienes se observan plásticos. Los que seguramente extraviaron sus caretas antiguas y llevan ahora máscaras de pugilistas, políticos, actores, superhéroes del cine gringo y hasta parecen divas.


Va y viene la caravana de acarreadores, aunque mientras tanto, desde las ocho de la mañana sirven el almuerzo a invitados, jefes y cooperantes. A los que avivan el fuego y lavan trastes, a las correlonas, músicos y marimberos. A los invitados, allegados y vecinos. A los padrinos y principales. A los chores y modernas comparsas. A los mirones, turistas y fotógrafos. A todos. Algunos reciben chanfaina, sopa de arroz y agua de Jamaica. Otros, carne de res en bistec, frijoles secos y agua de tamarindo. Todos comen de pie, aunque sobre las mesas extendidas no hacen falta tortillas, sal, salsas y chiles encurtidos.

Mientras tanto el griterío y la algazara, la música de la marimba, los timbales de la tradición y el carrizo de los piteros, se confunde con la alegría de todos en la calle, de bajo de los toldos del Cohuiná. Los niños y niñas se divierten tirándose talco y harina, usan sprays para embadurnarse de nieve seca. Los chores y demás comparsas se apropian del área que hay entre los espectadores que los rodean y el tablado de los músicos. Dicen que requieren aire y espacios para sus giros y gracejadas, como las de estos chores tremendos, tradicionales, de los que llaman “autóctonos”. Ellos como ningunos, danzan y danzan cual desquiciados; brincan y bufan y dan alaridos.


Llevan en sus manos paliacates atados, fuetes, “cuartas” y frascos de talco, e incluso en un caso una matraca y en otro una cesta de carricillo. Descubren a ratos sus bocas para echarse el sorbo de aguardiente que el escanciador les facilita, y van vestidos como verdaderos monstruos, mitad hombres, mitad mujeres, algo divinos pero también demonios; con accesorios indios aunque también ladinos. Llevan botines, polainas cubiertas con docenas de campanas diminutas, pantalones negros, camisas de un solo color o a rayas, listones anchos cruzados al pecho, como cananas, y una falda-cinturón del cual penden listones multicolores.

Van enmascarados con antifaces tradicionales de madera en blanco y rosa, representaciones de adultos, uno barbado y otro de bigotes rubios. Llevan la cabeza y el resto de sus caras cubiertas con paliacates y una pañoleta o mantilla que cubre sus cabellos y espalda, y sobre la cabeza un formidable cochombí: dos variedades de capirotes o sombreros puntiagudos, forrados con flores de papel crepé y espejuelos. Y para rematar, llevan encima —colgados o cocidos a su indumentaria— mil objetos extravagantes: cucharones y ollas, pieles secas recogidas y animales disecados. Canastos y cofrecitos, huacales y toles, mazorcas y tecomates, e incluso collares… de olotes y corcholatas, cacahuates, cacaos y otras semillas.


Y en fin que como he dicho, la fiesta continúa, cuando son más o menos las diez, hora en que por fin los servidores y cocineras terminan con el almuerzo. El ambiente se calienta. Ya hay gente “contenta”, con caguamas en la mano y rostros encendidos. Aumenta la cuetazón e incluso un par de petardos ha retumbado bonito. Dicen que ya no tardan los mandamases —el Mayordomo y los Jefes del Cohuiná— en anunciar al auditorio la disposición del contingente. Escucho que se acomodarán en la calle, que reunirán a la mayor cantidad de chores y comparsas, que bajarán hacia el Centro y que ahí esperarán su turno: el punto en que se incorporan a la marcha inaugural, al desfile del carnaval, a la procesión festiva de los ocho cohuinás de Ocozocoautla.

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