lunes, 26 de junio de 2017

Don Armando de Tuxtla Chico



© Armando Parra joven. Discurso y copas.Tuxtla Chico, Chiaopas (c1958)
“Tuxtla Chico, tierra de Dios. En donde se acuesta uno y amanece’n dos”. Sí. Es decir: amanece en dos. Así reza la sentencia que inmortaliza a Tuxtla Chico, en Centroamérica, Chiapas, y el resto del país. Expresión que en verdad la identificó durante mucho tiempo y hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado. 

Los peones de las fincas, los campesinos de las rancherías y luego los ejidatarios de los nuevos centros de población, siempre fueron los actores de una leyenda negra: siempre los analfabetas pendencieros de borracheras, disputas, reyertas y venganzas. 

Por ello hasta los años 70 en la cabecera municipal se escenificaron eventos innombrables, diversos, inusitados. Y ya no se diga en las noches de los caminos desiertos, o de las fiestas de rancherías y cantones, en donde los machetes y puñales eran portados al cinto, relucían siempre y provocaban mutilaciones y decapitados. Algunos hasta “buena fama” alcanzaron, ante su destreza con ellos, como hasta la fecha se dice de los antiguos vecinos de la ranchería Medio Monte.


Tuxtla Chico y los tuxtlachiquenses, recios de carácter y aguerridos como los que más en la región del Soconusco. Y no de hoy, sino desde la implantación del régimen colonial; desde las sucesivas acciones de rapiña y despojo de sus tierras fértiles, cacaoteras, por parte del gobierno y de empresarios sin entrañas. Carácter que aún hoy se observa en la defensa a ultranza de su patrimonio agrario, en la alta productividad de las parcelas familiares, en su activa participación política, pero sobre todo, en el resguardo, el fortalecimiento e incluso multiplicación de su heredad cultural. 


Me refiero a la forma como los tuxtlachiqueños conservan sus antiguas tradiciones vinculadas a los montes, al agua y a la agricultura. Al cariño y a la inversión de tiempo y otros recursos que canalizan a la celebración de sus fiestas tradicionales, religiosas. Al desenfado con que públicamente profesan su fe en las antiguas alternativas de sanación de las enfermedades de los huesos y de la carne, y de las penas, sufrimientos del alma y del corazón: la chamanería, el animismo y la curación mediante los dones naturales de hierbas, plantas y minerales.

He escuchado que en las tierras fértiles de Tuxtla Chico “prospera absolutamente todo lo que siembres: maíz, frijol, chile, calabaza, chipilín, cacao, café, pataste, vainilla, plátano, yuca. Todo. Hasta las mentadas de madre, m’ijo… si son bien dichas”. Y sí. Yo digo que es cierto, pues el grosor del suelo —humus rico, abundante en arcilla y algo de arena— es inmenso. 


Tan hondo que en ocasiones no se le encuentra fin. Por ello cuentan que la profundidad de los cimientos del templo de Nuestra Señora de la Candelaria es del tamaño de sus propios muros. Porque nunca los alarifes y talacheros tuxtlachiquenses encontraron roca estable ni suelo firme, en sus excavaciones, sino tan sólo tepalcates viejos, prehispánicos, y materia prima para el cultivo.

Y su ubicación, ya ni se diga: justo sobre la inmemorial Izapa, ciudad capital antigua de los centroamericanos, ombligo del mundo, en donde da inicio el proceso de diferenciación cultural que con el tiempo, configura a la civilización maya. En el viejo corazón del Xoconoshco, cuando Tuxtla Chico es la gran Tuchtlán, tierra de los mayas-mames, sojuzgados por los mexicas del Altiplano, y después, Santa María Tochtla, cuando aún Tapachula no figura en los mapas de los viajeros de la Colonia. 


Tuxtla Chico, cesionario de las tierras y aguas con que se forman Metapa, Frontera Hidalgo y Suchiate. Tuxtla Chico, manzana de las discordias fronterizas entre Guatemala y México —junto con la antigua Ayutla, hoy Tecún Umán—, durante el régimen del viejo don Porfirio.

Hoy sin embargo, aunque igual que siempre, se encuentra al cobijo del Tacaná, junto al río Suchiate. Por sus tierras pasan dos de los antiguos caminos que van a Guatemala, por el que aún transitan los peregrinos chiapanecos del Cristo Negro, Señor de Esquipulas. Aquí se encuentra el segundo puente de la frontera, junto a Talismán, en donde comienza hacia el norte y el poniente, la nación mexicana: una parte de su vasta Frontera Sur, centro del corredor fronterizo soconusquense. 


Eje central de la movilidad reciente de transportes, bienes agrícolas e industriales, capitales y personas, aunque desafortunadamente también, médula del trasiego de todo lo ilegal imaginable: drogas, enervantes, armas, pólvora, pornografía, menores de edad, “blancas”, maras, transmigrantes, etcétera.

Sólo que… aunque importante es Tuxtla Chico, más significativas son sus mujeres y hombres, entre quienes figura el mismo don Armando Parra, el sabio y prudente escribidor de las escasas historias publicadas que se encuentran sobre esta tierra. Don Armando, el hijo de Panchita Parra Robles y del comerciante chino Enrique Lau de Cantón. 


El niño vendedor de viandas, el pequeño sacristán y mecanógrafo, el maestro de las escuelas revolucionarias de las fincas cafetaleras, el preceptor de tantísimas generaciones, el joven periodista temerario, el fundador de escuelas y de pequeñas pero señeras instituciones y el hombre trabajador, instruido y memorable de su comunidad. Buen padre y mejor abuelo, e incansable promotor de la cultura, activista social, líder magisterial y militante político, aunque para desventura de sus coterráneos, nunca haya ejercido de alcalde, de presidente municipal.

Pero lo queremos, y eso es lo que en verdad vale. Los tuxtlachiqueños nativos lo estiman, al igual que los tuxtlachiquenses adoptivos, los de corazón. Porque este hombre se constituyó desde hace tiempo —él, su biblioteca y sus papeles— en la referencia obligada para conocer y comprender los intersticios geográficos e históricos de la antigua Santa María Tuxtla Chico. 


Porque desde ese momento se convirtió en parte del alma y del pensamiento de su pueblo; parte importante de la memoria colectiva. Porque la indagación y la divulgación de lo local, e incluso la solidaridad que se expresa a quienes de generación en generación, preservan el modo de ser, las costumbres y tradiciones de los pueblos, crea conciencia, pertenencia y patria. O matria, como debía ser; la generosa madre tierra de los que ahí nacen y la engrandecen.

Identidad cultural, a final de cuentas, que se forja entre todos, desde las rancherías, barrios, pueblos y ciudades —desde abajo—, aunque siempre con la mediación de los más viejos e instruidos: nuestros maestros, los relatores y cronistas del tiempo, los estudiosos de las tradiciones y del patrimonio intelectual de los pueblos. 


A quienes se debe, y por cuyos mecanismos se garantiza, la identificación de los elementos sustanciales de nuestra identidad. ¡Oh identidad en riesgo! Identidad cultural local, municipal, regional, chiapaneca: asignatura pendiente desde la sociedad y el Estado, desde hace tiempo, pero hoy, más que nunca, ante las adversidades de la mundialización de las comunicaciones, las finanzas y el comercio. O la globalización del mercado laboral, las migraciones, las necesidades y los vicios, que hacen estragos hoy, en Tuxtla Chico, en Tapachula y en toda la Frontera Sur.


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