Pensando en mi venadito César.
Hace días, eran las 9:30 o 9:40 cuando se
dirigía a la Facultad de Humanidades para dar clase a sus muchachos de
Licenciatura en Comunicación. Iba como siempre: enfundado en su Pontiac rojo a
80 o 90 kilómetros por hora sobre el Libramiento Sur. Sin embargo, frente al
Motel Conquistador, de pronto el tráfico se hizo lento, casi se detuvo. Continuó
despacio, lentamente, y muy pronto se encontró con la razón: una zapatilla en
rosa mexicano retorcida y llena de polvo a la mitad del carril izquierdo, y luego,
a diez metros de distancia, el cuerpo desencajado e inerte de una mujer,
volteado hacia abajo, aunque con el cuello torcido a la derecha.
Vio su pantalón
de mezclilla índigo ceñido con un cinturón dorado, la cintura elástica de su ropa
íntima en negro y su camisa de mangas largas ampulosas, a tono con el rosa de
sus zapatos dispersos. Aunque su perfil veía hacía el poniente, nada distinguió
pues sus cabellos ensortijados, ahora polvosos y alborotados, le cubría el
rostro, e incluso parte de la espalada y hombros.
Una mancha de sangre, desde su cabellera ya se
extendía junto al cuerpo, hacia los pies, hacia la pendiente de la calle, y
mientras tanto, a ambos lados del camellón central, los coches casi paraban
frente al espectáculo. Una mujer y un niño horrorizados, contemplaban el bulto a
cierta distancia. Adelante del cuerpo visiblemente molido, el boulevard lucía despejado:
no había escándalo de patrullas, policías o ambulancias, aunque… a lo lejos le
pareció escuchar algo como la sirena típica de los servicios de emergencia. Setenta
metros antes del accidente —siempre ahí, todos los días, de ida y vuelta— hay
un soberbio aunque ocioso puente peatonal. Hacia el sur se extiende el taller
mecánico de la Ford y el Fraccionamiento Zoque y, setenta u ochenta metros después,
se encuentra la flamante delegación de la PGR.
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| © Próxima como tus manos. Ocuilapa (2010). |
Continuó rumbo a la Universidad, y en un momento se le agolparon mil visiones, algunas recientes y otras no tanto: niños y niñas acompañadas por sus padres camino a la escuela sobre esta misma franja central, por las mañanas; madres a tirones con sus niños del preescolar mientras cruzan a las carreras el denso río vehicular de las 8:30; jovencitas y muchachos de secundaria absolutamente desprevenidos sobre la acera de tierra o sobre la banqueta del boulevard; muchachas y transeúntes diversos, toreando a los autos mientras intentan atravesar la doble avenida a las dos de la tarde, pero sobre todo esta imagen: el puente peatonal gris, siempre desierto, salvo por el par de señores de siempre: canosos, provistos de bastones aunque impecablemente vestidos con pants y camisas deportivas, y la pareja de caminantes —seguramente esposos—, siempre por las mañanas camino hacia el norte y por las tardes de vuelta al sur.
Varios accidentes viejos pasaron por su
memoria, aunque se detuvo en el más antiguo, el del año 80 u 81, tiempo de la
Universidad y sus consignas, el de los pasajeros que sobre un camión pequeño,
un Ford o un Chevrolet de tres toneladas, viajaban sobre el tramo que va de
Soyatitán al Ingenio Pujiltic, por el rumbo de Carranza y Villa Las Rosas. Él iba
algo detrás —probablemente cuatro o cinco minutos detrás—, sobre un camión de
redilas similar, todos llamados por esos años “camiones pasajeros” o “pasajeros”
a secas. Cuando llegaron al punto del accidente, vieron casi repetido, alguno
de los cuadros monstruosos, infernales, imaginados por Dante en su Divina Comedia, escena en verdad
grotesca: un camión balastrero repleto de grava y rocas, destrozado en su parte
frontal, yacía apenas ladeado por la banda izquierda. Más adelante, el camión
embestido, cuya góndola o caja se encontraba deshecha y casi desprendida del
resto, volteado hacia el costado derecho, reposaba junto a la cuneta de la carretera.
Entre el camino, el acotamiento y el perfil
cortado de la montaña, detrás del camión de pasajeros, la gente que seguramente
viajaba sobre las redilas del camión, apenas se reponía del impacto violento,
del horror y el susto. Tocaban sus hombros, sus piernas, componían sus ropas,
aliñaban sus cabellos y recogían sus pertenencias, mientras otras —recuerda especialmente
a mujeres— lloraban destempladas; gritaban y aullaban de dolor o pena, cuando
postradas sobre el pavimento, agitaban con sus manos los cuerpos inermes,
desgraciados; quizás los cuerpos de sus compañeros.
Dos o tres metros detrás del camión de
pasajeros, pero justo sobre la línea central del asfalto, tres personas
muertas, una de ellas mujer amatenanguense o aguacateca (de Aguacatenango,
pueblo próximo a Amatenango del Valle), por los amplios olanes satinados de su
falda, y su blusa blanca con bordados que aún recuerda. Tres muertos con sus
cuerpos exánimes, ensangrentados —desarticulados totalmente, por la disposición
de sus extremidades— y entre ellos uno: ¡Oh visión espeluznante! Abierto el
cráneo a mitades, justo desde las cejas, y la masa encefálica sanguinolenta,
casi entera, derramada entre el rostro del infortunado y la franja
fosforescente del camino.
Bastante, mucho tiempo duró en sus sueños esta
fotografía de la memoria, hasta que al fin desapareció del todo, como él creía
hasta hace exactamente los mismos días que tiene de transcurrido el accidente
que relata. Sin embargo, no era cierto, pues ahora, diáfano había vuelto el
recuerdo a sus cavilaciones, tras 32 años de silencio; tiempo suficiente, reflexionaba
él, para aquilatar esta enseñanza, y deducir su moraleja: 1. Que nadie aprende
en cabeza ajena, sino tan sólo de sus propias experiencias. 2. Que nadie le
toma tiempo, atención y menos respeto a la muerte, sino hasta que la siente o
la ve cerca de sus propios huesos.




2 comentarios:
hooola aki saludandolo y sabe me gusto esta anecdota se nota que cada vez ke algunas personas exigen un puente peatonal, mientras tanto otras les vle un cacahuate si ponen en riesgo su vida.... solo por ke no kieres kaminar unos cuandos metros mas...pero en fin todavia falta ke la gente tome konciencia y ke tenga un pokito de kultura vial.....le dejo mis gratos saludos......estaremos en contacto
atte
nayeli marina
Gracias Nayely Marina... Checa tu buzón... hace tiempo, después de que me escribiste te respondí ampliamente y ya no contestaste. Cruzcoutiño.
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